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Miedo en el olvido

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Miedo en el olvido

Mensaje por MaNtoSastO el Jue Dic 13, 2012 4:15 pm

Esta es una historia que se me ocurrió junto con Acompañando a la soledad, por lo que pueden encontrarla parecida en varios de sus elementos. En aquel momento fue escribir una o la otra para el concurso, pero luego de un año, o un poco más, finalmente saqué este otro relato de mi cabeza.
Me hubiera gustado colocar diferentes temas que ambienten las diferentes partes de la historia pero creo que después de todo prefiero lo clásico y limpio que no interrumpla la lectura. Si les interesa al final colocaré el tema que más escuché mientras lo escribía.

Espero que lo disfruten.



Miedo en el olvido


¡Vengan todos a Magialandia! ¡La tierra de la diversión los espera a todos!
¡Niños, mamis y papis! ¡No dejen escapar la oportunidad de visitar el más grande parque de atracciones del mundo! ¡Con entretenimientos para toda la familia, sí!
El pequeño hermanito podrá jugar con más pequeños de su edad en la guardería, mientras los papis se entretienen en los buenos restaurantes y pistas de baile que ofrece Magialandia.
¡Y todos los chicos quedarán asombrados ante la inmensidad de los juegos y la gran feria
a la que no alcanza un solo día para visitar de cabo a rabo!

¡No se lo pierdan! ¡Vengan todos a: Magialandia!

Un fuerte ruido tronó arrastrando sus tentáculos por cada uno de los húmedos rincones que plagaban el lugar: otra viga de la rueda de fortuna había cedido ante el intoxicante asedio del óxido y el tiempo. El retumbar se mantuvo en el aire, tal y como las tormentas se suspenden sobre las tierras descampadas. Pero éste se extendió con el coro que el eco del resto de las metálicas construcciones le dedicaron como despedida. Algunas motas de polvo se mantuvieron en el aire, paralizadas, flotaron por una suceción de minutos que no tenían prisa por pasar. El suelo de la feria se bañaba con charcos y lagunas desparramadas en un errático intento por embarrar y cubrir todo a su paso. Como en un cementerio para lo que alguna vez se hubiera erguido en pos de la alegría, los retazos de juegos se esparcían añorando aquellos momentos en los que hubieron obsequiado con recuerdos felices a incontables almas. Las nubes cubrían el cielo con calma, grises y extensas, no encontraban en su paso la intención de dejar ver más allá de ellas mismas. En su lugar cubrían al antiguo gran parque con sus infinitos brazos, de la misma manera que una madre abrazaría a su bebé al arroparlo para su sueño.

El lejano sonido de otra atracción caída lo devolvió a sus sentidos. Había estado parado debajo del derruído techo del puesto de tiro al blanco desde hacía ya incontables vueltas de las manecillas del tiempo. Observó con sus apagados ojos a la distancia, preguntándose cómo era que las cosas habían acabado de esa manera. ¿Cómo era que la gran feria y el gigante parque de diversiones se había venido abajo? No lo sabía, pero caminar por sus desoladas calles consolaba su alma trayéndole la esperanza de encontrar aquello por lo que había ido a aquel lugar. La oscuridad de los recovecos todavía lo repelían llenándolo de temor, pero sabía que si deseaba desentrañar el misterio que envolvía al parque debía armarse de valor y adentrarse en sus penumbras.

Luego de avanzar por la calle que discurría y guiaba por toda la feria se detuvo en frente de un carro de dulces, estaba lleno de una sustancia que prefirió no descubrir; seguramente los dulces y palomitas de maiz ya demasiado viejos como para soñar con la importante tarea de cautivar el paladar de un niño. De pronto y allí parado, observando la descolorida fachada de otro de los puestos, uno de los tantos en los que los pequeños intentan casi inútilmente embocar anillos en diferentes bloques de madera para llevarse los premios que más les gusten, se vio absorto en un oscuro pasillo que partía del centro del parque hacia las sombras de sus lados. El lúgubre lamento del poco viento que soplaba por aquel pasaje ululó débil en un llamado personal hacia él. Puso un pie delante del otro, dubitativo al principio, el corazón le gritaba entusiasmado tanto como aterrado, entonces prosiguió, un paso a la vez, a acercarse al angosto y tétrico camino nacido de la separación entre las paredes de dos puestos y, finalmente decidido, se adentró en su oscuridad.

Pasados unos minutos de un lento y temeroso caminar vislumbró a la distancia de tres cuerpos que una nueva calle cruzaba otra parte de la feria, otro camino que se dirigía al corazón de las desoladas instalaciones: los juegos principales del parque de diveriones. Exitado por la promesa de encontrar una nueva sección del misterioso lugar aceleró su paso, pero algo lo detuvo en seco, impidiéndole mover ningún músculo siquiera: antes de llegar al final del pasaje una voz resonó en su cabeza. Era una voz suave y calmada, algo aguda. Parecía pertenecer a una niña.

„Dicen que este parque está embrujado“

¿Embrujado? ¿Qué significaba eso? ¿Quién había hablado? ¿Acaso no estaba solo como creía?

A continuación una serie de pasos iniciaron su melodía de percusión en un tropel que se aproximaba lenta pero inexorablemente al sitio donde él se encontraba. Detuvo su respiración mientras sentía el sudor escurrirse por su frente. Había estado seguro en la zona del parque a la que había llegado, se había familiarizado con ella y se sentía su dueño, y ahora entendía por qué cada vez que miraba hacia los lados, hacia las zonas inexploradas, sentía aquel sentimiento tan perturbador. En aquella zona había algo que no pertenecía a su mundo, algo que era mejor dejar solo.

Las pisadas resonaban cada vez más cercanas y él juraría que por un momento pudo escuchar unas vocecillas cuchicheando entre ellas... planeando algo...

Desesperado se dio media vuelta tan rápido como pudo, volcando unos cajones llenos de latas de gaseosas para reponer en algún kiosco y corrió de regreso por el camino que lo había llevado hasta allí. Al mismo instante que el estruendo se precipitó, las pisadas cesaron y todo sonido, incluso el mismísimo viento que solía recorrer el cascarón vacío que era cada atracción, se convirtieron en eterno y absoluto silencio. Estaba en su lugar seguro, escuchando los latidos de su corazón acelerando la sangre por todo su cuerpo, los oídos le zumbaban alertantes. Ya ni siquiera ese lugar podía ser seguro.

De pronto se sintió sumamente solo, comprendió la soledad en la que se encontraba inmerso. Más allá de todo, estaba por su cuenta. Nadie vendría a ayudarlo, a nadie le había dicho que estaba allí. Aunque quiso escapar un pesado sentimiento en su pecho se lo impidió. Debía descubrir qué había pasado, su ser entero se lo pedía.

Una vez más miró hacia el camino a un lado y notó unas sombras observándolo. O tal vez observaban el lugar y no lo habían notado aún. Se estremeció, aquellas cosas estaban ahí mismo. ¿Estaban jugando con él? ¿Querían llevárselo? Con movimientos entrecortados y exigidos se movió lentamente hasta detrás de un puesto de alimentos, el cual era un carrito en realidad por lo que suspendido del suelo por las ruedas del mismo dejaba ver la parte inferior de su cuerpo oculto detrás. Se aterró más de lo que ya estaba al percatarse de ese detalle. Los cuerpos oscuros seguramente lo seguirían y lo encontrarían si se quedaba allí.

Se armó de valor y se separó de su escondite. A gachas corrió entre otros puestos y escombros de juegos que ya hubieran caído hacía tiempo. La calle de la feria era muy larga, por lo que siguiendo en línea recta y sin acabar de llegar al final ya había perdido de vista a las criaturas malditas. Se detuvo con la intención de recuperar el aliento; no por haber corrido sino por la intensidad de su susto.

Aquellos seres estaban en su parte del parque, habían venido al otro extremo por lo que en su desesperación, como un relámpago, brilló la idea de regresar al mismo sitio del que ellos vinieron. Quizás al haberlo seguido ya no quedaba ninguno del otro lado y estaría seguro allí mientras lo buscaban en esta parte de la feria. No obstante el incómodo sentimiento que le surgía cada vez que pensaba en acercarse a la otra zona no dejaba de atormentarlo, no quería ir, pero tampoco quería quedarse. Imaginó ver a las sombras aproximándose por el medio de la feria y esa sola idea lo impulsó a sumergirse en una nueva callejuela que lo guiara hasta la parte desconocida del laberíntico parque de atracciones.

Con sus oídos agudizados caminó casi sin mirar a ningún otro lugar más que al suelo en el que dejaba caer sus pies cada vez que avanzaba. Se detuvo antes de salir a la siguiente gran calle, homónima de la que ya conocía, y respiró profundo.

Al salir de la oscuridad del callejón se percató de que esta otra zona no era demasiado diferente de la anterior. La amplia calle llena de puestos y juegos, con atracciones a sus lados, se extendía desde la distancia hacia el centro y corazón del parque donde la rueda de la fortuna se encontraba junto con montañas rusas y los demás juegos principales. Estaba igual de desolada, llena de escombros, con atracciones oxidadas y derruídas, un carrucel destartalado, maquinillas de gancho llenas de muñecos polvorientos y descoloridos.

Estaba absorto en todo ello cuando algo lo desencajó una vez más, crispándole los bellos de la nuca. Una metálica risa resonó por todo el lugar, era disonante y se entrecortaba. En seguida unas palabras con las mismas grotescas características la siguieron:

„Ven a probar tu suerte. Todo lo que siempre qusiste saber acerca de tu futuro. ¿Te atreves a descubrirlo?“

Miró asustado hacia su costado. Una máquina de la fortuna estaba encendida y la cabeza de marioneta de un payaso hababa con su mecánica boca. Tenía varios focos quemados y rotos, así como uno de los ojos del muñeco, pero las demás lucecillas brillaban en múltiples colores mientras el rostro sobre la pantalla que portaba el juego se movía y repetía la risa y sus frases una y otra vez.

La sorpresa de ver ese juego funcionando le hizo olvidar todo lo demás, se acercó tímido hasta la caja de la fortuna y miró a la pantalla, pero esta solo enseñaba una serie de líneas que parpadeaban y en la parte inferior, en blanco, las palabras sí y no. Sabía que no era para nada normal que esa sola máquina estuviera prendida, y sabía que debía aterrarle, pero hallaba a la voz artificial de aquel payaso algo tranquilizadora, definitivamente le hacía sentir algo de vida en el parque. No obstante esa tranquilidad le duró muy poco. El cuchicheo de unas apagadas voces lo extrajo de su sueño y lo devolvió a la realidad con un golpe seco y frustrante. Ya estaban allí de nuevo, lo habían seguido una vez más. No lo dejarían solo.

Se separó de la máquina de la fortuna y vislumbró dos cabezas negras que se acercaban lentamente por uno de los pasajes al lado de la feria. Quiso alejarse hacia el otro lado, siguiendo la calle de la feria hasta el borde del parque, pero notó otro par de figuras negras que salían de un callejón lejano. Estaba siendo cercado, venían a atraparlo.

Horrorizado decidió escapar hacia el lado opuesto, hacia el centro del parque de atracciones. Cruzó por delante de la tétrica calle por la que venían las dos criaturas y oyó un grito que se clavó en sus tímpanos como cuchillos. Había sido visto. Dio zancadas tan largas y apresuradas como su condición le permitía, no sabía qué hacer con ninguna certeza, cada metro que se aproximaba al centro mayor era la fuerza en su interior que le decía que saliera de allí, pero así también la voz en su cabeza que le pedía a gritos que siguiera avanzando.

Tropezó y calló con el pecho sobre uno de los charcos, cortándosele la respiración por unos instantes. Se incorporó dificultoso y miró hacia arriba. Imponente se erguía la pendiente más alta de las montañas rusas del parque y orgullo de Magialandia, la más veloz de todas las atracciones. Dio unos pasos hacia atrás lleno de vértigo, y fue entonces cuando se percató de un puesto que tenía una pared completamente destruída, de una manera mucho más violenta que el resto de las cosas. Clavó su mirada en aquel sector, algo allí lo llamaba. Quiso observar más de cerca y un intenso destello lo cegó.

Sangre. Unos pies destrozados. Gritos.

Gritó espantado, sus músculos se tensaron y vibraron convulsionados. Su vista se nubló. Quiso vomitar, pero cuando las arcadas lo doblegaron en el suelo lo llevaron a ver hacia el lado contrario, donde cuatro figuras dispares venían directo hacia él por el medio de la calle de la feria.

Completamente horrorizado corrió tambaleándose hasta una puerta roja que estaba a su derecha y la abrió de un golpe. El lugar estaba terriblemente oscuro, como si hubiera estado sellado por mucho tiempo. El aroma a maderas viejas, seguramente del piso que crujía a sus pies, penetraba inescrupuloso hasta su cerebro. Caminó a tientas, extendiendo sus brazos lo suficiente como para conocer su alrededor. Estaba mareado, de sus globos oculares llovían lágrimas que se sinceraban con el temor que sentía en ese momento. Chocó con una cortina que lo acarició como una mano fantasmal y dejó escapar un grito que calló al instante, no quería que las sombras lo encontraran.

Pero fue demasiado tarde.

Luego de dar unos titubeantes pasos se vio rodeado por inumerables siluetas negras que se recortaban de la oscuridad por una aciaga iluminación que penetraba por alguna ruptura en el techo con su pálido y casi imperceptible carácter. Las figuras estaban paradas a sus lados, quietas, inmóviles y espectantes, observándolo, esperándolo.

Su corazón se contrajo, sus pulmones no se atrevían a llenarse de aire. Las lágrimas que empañaban su vista se tornaron en fluyentes cascadas que le humedecieron el rostro, mezclándose con el sudor frío que se impregnaba por todo su cuerpo. Dio un miserable paso hacia adelante y se topó con una silueta cercana, justo frente a él, que lo observaba directo a los ojos. Lo sabía, la sombra estaba mirando dentro de su alma, no podía escapar de ella, no podía hacer absolutamente nada.

Un estruendo lo estremeció y en un fuerte destello todo se volvió blanco, el cuarto se llenó de luz y pudo ver la cara de aquel ser que lo observaba. Un demacrado payaso, con su cara despintada en tétricas figuras que contaban tristes historias lo escrutaba. Su cuerpo desfigurado y raquítico temblaba espasmódicamente. Soltó un grito y corrió alejándose de él. Estaba rodeado por más seres como ese, el cuarto estaba plagado de destruídos bufones que no querían dejarlo escapar. Corrió buscando un camino para alejarse de aquellos monstruos, lleno de espanto y desesperación, hasta que finalmente vio una salida, una puerta doble que fungiría como su escape.

Salió despedido, arrojándose contra ella con todo su ser, y cayó en el embarrado suelo de la calle de la feria. Estaba completamente sucio y perdido, se sentía como un bebé abandonado por su madre. Miró suplicante al cielo y se encontró con más de su infierno.

Cuatro figuras negras lo rodeaban.

Comprimió su cuerpo en una bola, escondiendo su cabeza entre los brazos, escuchando los pasos a sus lados, rompiendo en llanto, en desesperanza.

Entonces entre todas las cosas se alzó una voz que resonó muy clara, tal y como lo había hecho la primera vez en su cabeza:

„Tengo miedo... vámonos de una vez.“

Levantó su cabeza y, secándose las lágrimas con la manga de su camisa, observó a aquellos seres que lo rodeaban.

A su izquierda una niña con un abrigo gris tiraba del brazo de otro chico que sonreía divertido. A su derecha otro muchacho de corta edad miraba curioso a un lado y a otro y otra jovencita, de cabellos largos y castaños, entornaba su vista hacia algo por sobre la puerta de la que él había salido.

Se giró y leyó el desgastado cartel que portaba la leyenda: Casa de los espejos.

Su vista quedó clavada en esas palabras mientras escuchaba el cuchicheo de los niños comentando a su lado. Su respiración se normalizó y entonces lo vio todo:

En su mano derecha sostenía unos hilos que llevaban globos amarrados en su extremo superior. Se escuchaba reir mientras hablaba con una mujer. Sin aviso, un fuerte ruido. Gritos. Levantó su mirada. Un objeto de gran tamaño venía a su encuentro. No pudo reaccionar.

Separó su cuerpo del piso embarrado, de forma torpe y débil caminó para girarse y puso su vista en la más alta de las pendientes de las montañas rusas del parque. Faltaba un trozo que había caído. Había caído, pero no por el tiempo como el resto de las atracciones. Allí estaba el por qué que buscaba.

Recordó ese día. Abrazó su deformado cuerpo y una lágrima, esta vez sin ningún tipo de temor, descendió por su rostro. Los niños pasaron caminando a su lado, ignorándolo por completo mientras la chica de cabellos largos y voz calmada reprendía a los muchachos por andar por ahí conectando cada interruptor que encontraban, y la otra, seguro más pequeña que los demás, repetía insistente:

„Te digo que vi a un fantasma...“

Sonrió y entendió. Esos niños estaban ahí para descubrir la fúnebre historia del parque. Para conocer su fúnebre historia... pero no iban a encontrar nada, todo había sido olvidado hacía tiempo. Y él, él había recordado.

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Re: Miedo en el olvido

Mensaje por yuske el Vie Dic 14, 2012 11:42 am

Sorprendente manto.

al principio había creído que era la historia de un fantasma y aunque por unos instantes me hiciste dudar, tuve razón al final Very Happy

Veo la similitudes con "acompañando a la soledad" el lugar abandonado, las sombras, la huida desesperada.... Pero de cierta forma lo noto diferente, siento que de alguna manera esta historia es de más difícil digestión, y que hay que leerla con calma por que de no hacerlo puedes revolverte entre tantas acciones.

Narrativa, trama, bla bla bla, no es necesario decir algo que siempre se dice. la trama es buena, me gusta tu narrativa, como tantas veces te lo he dicho, así que para no repetidamente lo dejo así.

Respecto al track.... auqnue me parece mas pripio de una fabrica, herreria que de un párque de diversiones, es espeluznante, pero ¿que más se puede esperar de silent hill? Por cierto no estoy seguro pero creo que eres el primero que nos deja un track con la historia.

Corregidme si equivoco.

Hasta luego.




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Re: Miedo en el olvido

Mensaje por MaNtoSastO el Vie Dic 14, 2012 6:21 pm

Creo que Templar ya lo había hecho con Tales of Phanxia (cómo extraño esa historia Sad )
Había pensado en distintos temas para colocar en distintas partes, pero en definitiva iban a tener que estar abriendo y cerrando páginas de youtube o videos y no quería cortar la lectura por eso. El tema de Silent Hill lo coloqué porque me transmite una sensación bastante especial... un sentimiento de desesperanza, de inevitable soledad y demáses... como si todo fuera inútil.

En fin, como siempre, me alegra que te gustara Smile
Saludos!
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Re: Miedo en el olvido

Mensaje por yuske el Miér Feb 06, 2013 11:42 am

Tienes razon templar ya lo habia hecho en ToP

Y si, tienes razon en cuanto al tema, la sensacion que da durante la lectura es envolvente, te sumerge en la historia y te hace sentir un poco de desesperacion y miedo por lo que pasara.




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