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Sola y blanco

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Sola y blanco

Mensaje por MaNtoSastO el Dom Dic 02, 2012 6:06 am

Este es el relato que salió para el duelo que llevamos a cabo con Yuske. Originalmente iba a ser Miedo en el ovlido, pero no me pareció que tuviera la sensación de thriller o terror que buscábamos, por lo que Sola y blanco tomó su lugar.
Este relato ya está escrito como guión y es nuestro próximo proyecto en Collapsys Pictures. Espero que lo disfruten.

Sola y blanco:
Nunca me gustó el invierno. Definitivamente no es para mí. ¿Anochecer a las cuatro de la tarde? No me gusta para nada. ¿La nieve? Sí, muy bonito verla caer, flotando en el aire como hipnóticos puntos blancos, ¿y después qué? ¿Congelarse los pies, patinarse a cada paso que das, tener que palear? Y ni hablar de cuando se acumula y se llena de tierra, tornándose de un marrón barroso que cubre todas las calles. No. El invierno no es para mí. Por eso es que siempre me quedo tranquila en casa, aprovechando el tiempo para leer y estudiar. Este cielo oscuro no me anima a hacer nada más, pero yo no le veo nada de malo a mi elección, después de todo, acabo de empezar la secundaria y los estudios son lo más importante.

¿Sonia? —Llamó la madre de los dos niños a la mayor de ellos, que estaba encerrada en su habitación de la segunda planta de la casa como de costumbre —Tony no se siente muy bien, voy a llevarlo al médico— aclaró haciéndole saber a su hija que su hermanito y ella no estarían en la casa por unas horas.

—Ok mamá —confirmó la chica a través de la puerta de madera grisásea. Pasados unos segundos, y mientras su madre preparaba al pequeño Tony para salir, se decidió a abandonar el templo que era su habitación para despedir a los dos. Bajó las escaleras a paso rápido, aunque hacía muy pocos días desde que se hubieron mudado a su nuevo hogar más cercano a la autopista, Sonia ya se había acostumbrado a subir y bajar los escalones de la casa, todo gracias a los diversos viajes que hacía en busca de algún que otro entremés durante sus sesiones de estudio.

—Si llego a tardar mucho hay una tarta en la heladera —le recordó la mujer— asegúrate de calentarla en el horno, comerla fría no te va a hacer bien.

Despidió a su madre y a su hermanito cuando se fueron hacia la puerta y se detuvo frente a la ventana para ver el auto marcharse con los dos a bordo. El vehículo se detuvo antes de doblar, y cuando lo hizo, sin las luces rojas y amarillas del mismo, todo en el exterior quedó inmóvil en una oscuridad opaca, casi tangible. Unos escasos copos de nieve emprendieron un lento descenso sobre el frío suelo —Perfecto —se dijo la muchacha antes de dejar caer la cortina y atravesar el comedor para sumergirse en su cuarto nuevamente.

Encendió la lámpara de pie que siempre brillaba con un tono ambarino antes de alcanzar su intencidad habitual y apagó la luz del cuarto. Para aclimatizarse un poco más encendió el grabador que tenía puesto un CD de música ambiental; le gustaba pensar que esas pacíficas melodías le ayudaban a concentrarse en lo que debía. Entonces se sentó frente al escritorio que le había regalado uno de sus tíos y se sumergió en la lectura de otro de los tantos libros que en la escuela le habían exigido. A un lado tenía un cuadernillo en el que no dudaba hacer ningún tipo de anotación, cualquier cosa que cruzara su mente en cuanto a lo que estudiaba lo apuntaba allí.

Pasaron algunas horas en las que ni siquiera se cambió de posición, pero aún así debía llegar a un límite, por lo que su propia mente decidió abandonarla en la travesía del estudio y decidió volar en ideas más relajantes. Sin más opciones contra el cansancio se frotó los ojos con las palmas y se separó del libro al que ya casi había terminado de leer. Decidió que era hora de tomarse un recreo.

Bajó las escaleras de nueva cuenta y fue directa hacia la cocina, miró la hora que marcaba el microondas dictaminando que era muy temprano para hacerse la cena y se conformó con un simple paquete de papas fritas que extrajo de la alacena. Degustando una salada y crujiente papa, se sentó en el comedor y encendió el televisor para distraerse un rato. La calefacción central se encontraba encendida, haciendo de aquel recinto uno muy agradable.

No prestaba real atención a la programación emitida cuando de pronto toda luz en la casa se apagó inundando cada centímetro de un negro absoluto. Ningún aparato eléctrico funcionaba, por lo que sin lugar a dudas se trataba de un corto —el día se pone cada vez mejor— bufó con desgano mientras terminaba de comer el contenido del paquete que traía en las manos. No tenía mucho apuro por lo que acabó con su entremés sentada en la oscuridad del salón mientras dejaba que su vista se acostumbrase a la negrura repentina. Al terminar se puso de pie y se propuso mirar por la ventana para confirmar si el corte era solo en su casa o si afectaba algún área en particular. Utilizó su mano derecha para hacer la cortina a un lado y observar el exterior. Seguía la oscuridad, pero ahora la luz de la luna se atrevía a penetrar tenue el manto que las copiosas nubes formaban en el cielo. Y sumando el blanco del suelo que reflejaba con la misma intención fantasmal, las sombras se tornaban un poco más ligeras de lo que lo habían sido horas atrás. Afiló la mirada y notó al otro lado de la calle que no había ninguna luz, se trataba de un apagón general por lo que no tenía nada que hacer más que esperar.

Se quedó mirando cómo caían los copos de aguanieve: era probablemente el tipo de nieve que menos le gustaba, dibujaba líneas rectas que se estrellaban contra el adoquinado del exterior humedeciéndolo todo. Algo en la distancia llamó su atención y entornó la vista para escrutarlo mejor. Era una silueta negra, una sombra, completamente estática bajo la nieve. Parecía la figura de un hombre parado. Continuó observándolo, entendiendo que si se trataba de una persona, ésta estaba parada de cara a la casa. La idea de un extraño asechando en la oscuridad la incomodó, por lo que antes de alarmarse prefirió convencerse de que no era más que su imaginación. Agudizó su vista con la determinación de descubrir qué era aquello pero en ese mismo instante la sombra se apagó intermitente y reapareció unos pasos más cerca de la casa.

Sonia dejó escapar un grito y se alejó de la ventana, chocando contra la mesa que estaba a su espalda. Nunca había visto nada parecido, no entendía de qué podía tratarse, entonces se serenó y recordó lo cansada que estaba su vista y su mente de tanto estudio. A eso le sumó el hecho de estar sola en la casa y el corte de luz. Todo junto le habría sugestionado jugándole una mala pasada. Eso era. Debía de ser solo su imaginación. Respiró lentamente para calmarse y volvió a mirar por la ventana:

Nada.

La figura ya no estaba, tal y como lo pensó no era más que su imaginación, pero cuando creía estar segura de ello un golpeteo dentro de la casa resonó alterando sus sentidos, poniéndola en alerta. ¿Qué era ahora? Si se trataba de una broma de su mente no le hacía ninguna gracia. Se volteó para comprobar al otro lado del comedor: había un pequeño hall donde se hayaban la puerta del baño del primer piso y hacia la derecha las escaleras hacia la planta superior donde estaban las habitaciones. Su vista ya se había acostumbrado a la oscuridad por completo, pero el pequeño hall no contaba con ninguna ventana por lo que la espesura del manto negro era todavía más sólida. Pegó la espalda contra la pared y se quedó allí parada, mirando con fuerza al pequeño lugar. Notó una presencia parada al lado del arco que separaba el comedor del hall, estaba segura de que lo que veía era un pie descalso. Recorrió con la mirada el camino hacia arriba, siguiéndolo como si estuviera completando el cuerpo que no debería estar allí. Se estremeció al llegar al final y percatarse de un extraño brillo que la observaba.

En un intenso flash que la cegó de un solo golpe volvió la luz, se dio media vuelta y se refregó los ojos, pero en seguida el susto de saber que podía haber algo en la casa regresó. Irguió su cuerpo y clavó la mirada en el lugar donde había creído ver aquello.

Y allí estaba.

Parado en el exacto lugar que viera antes, se encontraba la figura de un hombre completamente blanco. No tenía cabello, sus ojos eran negros y no permitían distinción entre la pupila y el iris de los mismos. Sus ropas no destacaban salvo por estar manchadas de un color grisáseso o tal vez marrón.

Sonia se paralizó, lo observaba horrorizada. El sujeto estaba allí de pie devolviéndole la mirada, con una incómoda y desencajada sonrisa. Su cuerpo temblaba de manera frenética de vez en cuando, como si sufriera ligeras convulciones. Seguía mirándola, riendo por lo bajo, hablando sin decir palabras, entonces cesó todo movimiento y la miró fijo. Giró su cuerpo y tranquilamente empezó a subir las escaleras, desapareciendo para la vista de Sonia tras la pared. La chica escuchó las sistemáticas pisadas subiendo escalón por escalón, hasta que se apagaron al llegar al piso de arriba.

Quedó en completo shock, ¿qué demonios era esa cosa? ¿Cómo había entrado en la casa? ¿Qué es lo que quería? Asustada como nunca antes en su vida, quiso llamar por teléfono a su madre, pero recordó que todavía no habían instalado la línea en la casa por lo que la única manera de comunicarse era con el móvil que tenía en su habitación.

Se armó con un cuchillo que tomó de la cocina, no tenía idea de cómo enfrentarse a otra persona pero llevarlo en su mano le daba un poco más de valor, y se acercó al hall. Las escaleras bordeaban dos paredes hasta un pasillo con barandas sobre la entrada del baño. En esa parte estaba la puerta del cuarto de sus padres y más allá el corredor continuaba hacia las habitaciones de los niños y el baño del piso superior que se hallaba al fondo.

Miró hacia arriba con temor, pero en las sombras del piso superior nada parecía moverse. Poco a poco fue arrastrando la espalda contra la pared y subiendo un paso a la vez. Antes de lo que hubiera querido ya estaba en el corredor del segundo piso observando unos cuadros que en otro momento no le hubieran llamado la atención, pero que en esa particular ocación las expresiones de las personas pintadas se tornaban exageradamente grotescas y amenazadoras. Movió un pie atrás del otro sin separarlos de las maderas del piso, deslizándolos de manera lenta y silenciosa. No había ningún alma en el pasillo. Abrió la puerta de la habitación de sus padres y con cautela atisbó dentro: nada.

Continuó el camino sumergiéndose en la oscuridad hasta llegar a la puerta de su habitación. No había ningún sonido que la alarmara. Otra vez abrió con precaución, la grisásea puerta chirrió y dejó al descubierto las sombras de su cuarto. Todo estaba tranquilo, no parecía haber nada allí tampoco. Con la mano izquierda tanteó la pared hasta dar con el interruptor de la luz, detuvo sus nerviosos dedos sobre él y aferró fuertemente el cuchillo en su otra palma, palpando con la mirada las siluetas que se recortaban en el cuarto. Tomó aire y encendió la luz que brilló desterrando a la oscuridad. Nada. Todo estaba seguro.

Vislumbró su teléfono celular sobre el escritorio al otro lado del cuarto, pero por el rabillo del ojo se percató de un movimiento anormal: una deformada masa blanca se agitaba en todas direcciones. Bruscamente viró su cabeza y clavó la mirada en el cuerpo del hombre blanco que se aproximaba a ella sirviéndose de sus cuatro extremidades para arrastrarse por el piso del pasillo mientras dejaba escapar una entrecortada y aguda risa. Estiraba sus brazos en torno a ella como si buscara alcanzarla y abrazarla. Llevaba su rostro petrificado en una torcida sonrisa y los ojos extremadamente abiertos y fijos en ella.

Sonia pegó un grito y corrió en sentido contrario, alejándose de la criatura. El ser la imitó y soltó un agudo y partido chillido que acompañó sus erráticos y frenéticos movimientos. La chica dio con la puerta del baño que abrió y cerró con toda la rapidez que pudo. Puesto que la puerta se abría hacia el lado de adentro dejó caer su cuerpo sobre la misma en un intento por obstruirla. Un fuerte golpe resonó agitándola y varios golpes más lo sucedieron. El ser debía estar chocando sus manos y su cabeza para lograr ingresar. Sonia cargaba su espalda contra el único obstáculo que la separaba del monstruo, sus piernas cedieron y cayó sentada al piso a la par del insistente golpeteo y la fuerte respiración al otro lado. El pánico y el terror se adueñaron de la muchacha, quien no pudo evitar dejar caer lágrimas que le surcaron las mejillas. Sollozaba cuando los golpes cesaron, una entrecortada respiración siguió por debajo de la puerta, como si fuera un perro olfateando nervioso, entonces una serie de pasos se alejaron por el pasillo.

Sonia se mantuvo allí apoyada durante unos largos minutos, cargada de espanto, hasta que al fin se decidió a espiar al otro lado. Se arrodilló frente a la puerta y lentamente la abrió, dejando una pequeña apertura por la que pudiera pasar su vista solamente.

Estaba al final del pasillo, agachado de cuclillas y de cara a la puerta del baño. La observaba con su sonrisa, articulando palabras mudas mientras la cabeza le temblaba yéndosele a un lado. Estaba allí. No estaba dispuesto a marcharse.

Cerró la puerta una vez más y se recostó sobre ella como lo había hecho momentos antes. Su respiración era agitada, sudaba y le dolía la cabeza. No sabía qué hacer, había dejado caer el cuchillo que traía al correr hacia el baño. Tratando de armarse de valor volvió a abrir la puerta para buscar el arma, pero el hombre blanco ya no estaba allí. Sonia se atrevió a asomar su cabeza afuera y de pronto oyó otro ruido.

La puerta de calle se abrió y una conocida voz sonó en la casa —¡Tengo hambre! —Tony traía un apetito voraz. El corazón de su hermana se alivió y ella bajó a su encuentro, seguía muy perturbada pero ver a su familia la consolaría, su madre la protegería del monstruo. Al llegar al comedor dejó el cuchillo sobre la mesa y saludó a su hermanito con un abrazo, el chiquito la miró extrañado.

—¿Dónde está mamá? —Preguntó Sonia al percatarse de su ausencia.

—En la calle. Viene después.

Un poco extrañada por su madre, la muchacha fue a la cocina y encenció el horno donde colocó la rica tarta para que pudieran comer. Su mamá estaba tardando en volver a la casa por lo que decidió llamarla, al pasar por el comedor encendió la televisión para Tony y se dirigió de nuevo al piso de arriba deteniéndose un momento al observar la puerta del baño que había dejado abierta. No había nada allí. Avanzó hasta su cuarto y tomó el teléfono, marcó el número de su madre y lo dejó sonar hasta que una voz al otro lado atendió.

—¿Si? —Preguntó su mamá —¿Qué pasa querida?

—¿Vas a entrar de una vez? No debías mandar a Tony solo —recriminó Sonia— ya puse la comida en el horno.

Se hizo un silencio incómodo del otro lado de la línea —¿De qué hablas Soni? Tu hermanito está aquí conmigo, estamos saliendo del hospital.

Sonia se paralizó en el acto y el sudor frió volvió a fluir por su rostro. Caminó rígida como una estatua hasta las barandas en la parte del hall donde el sonido de la estática que emitía el televisor resonaba. Parado bajo el arco estaba su hermanito, mirándola fijamente y sin expresión alguna.

—Mamá... —la línea se cortó súbitamente dejando más estática, los dos ruidos se unían en un baile oscuro y siniestro. Con pasos cortos el niño en la casa se dirigió hacia la escalera y comenzó a subirla. Aterrada, Sonia se encerró en su habitación, entonces los ligeros pasos se frenaron al otro lado y la persona llamó a la puerta con tres firmes golpes. La muchacha no se atrevió a contestar y los golpes se sucedieron con mayor insistencia. Fueron cinco esta vez, y cinco más los siguieron. El llamado a la puerta comenzó a sonar en el mismo lugar sin parar, constante y decidido. Un segundo golpe lo acompañó, siendo éste a una altura a la que Tony no alcanzaría. Sonia desesperaba una vez más. Un tercer golpe se sumó, y luego un cuarto y un quinto. Podía contar un total de cinco manos llamando a su puerta, martillando despiadadamente. La muchacha volvió a sumirse en el terror. Llevó su cuerpo hacia atrás para tomar distancia y se detuvo contra el escritorio en el que estudiaba bajo la ventana. De pronto: silencio. Los golpeteos se callaron.

Un suave sonido la llamó a su espalda, se dio vuelta y lo encontró una vez más. Con su respiración quebrada y la sonrisa grabada en su rostro, el hombre blanco abría la ventana desde afuera. Sonia chilló fuerte y las lágrimas volvieron a brotar de sus cuencas, corrió hacia la puerta mientras oía la risa partida del deforme ser acercarse por detrás.


Aparcó el auto debajo de un techo y se bajó primera para luego tomar a su hijito. El médico le había recetado con un antibiótico y le había dicho que no tenía de qué preocuparse.

Los dos entraron a la casa y se encontraron con una muchacha de largos cabellos parada en mitad del comedor.

—¿Sonia? —Su madre se acercó a ella — ¿Pasa algo, querida?

La chica gritó estridentemente y clavó un cuchillo en el estómago de la mujer. La sangre se regó por toda la habitación cuando cayó al piso. Tony estaba paralizado, en sus ojos se reflejaba la desencajada expresión de su hermana.


—Asesinato y suicidio —declaró el detective encargado del caso en una charla con uno de sus compañeros —la hija mayor mató a la madre y al hijo menor, luego se cortó las venas y murió al lado de ellos.

—Qué locura —exclamó su interlocutor.

El detective dejó escapar una risa apagada —Es todavía más loco cuando se tiene en cuenta toda la historia —el menor de los dos se mostró curioso por lo que el mayor le explicó— mientras investigaba el caso desenterré uno más antiguo: en esa misma casa, en el pasado, una familia cuidaba a un hijo inestable mentalmente. Según los pocos datos que hay, éste estallo en un brote de demencia y mató a todos en la casa, acabando con su vida al último.

—Espeluznante, —se estremeció quien escuchaba— ¿y cree que ambos casos tengan algo que ver?

El detective se acomodó el sombrero —¿Cómo quieres que tengan algo que ver?


La casa al lado de la autopista fue cercada con cintas amarillas y clausurada, múltiples vecinos del barrio afirman haber visto la figura de un hombre blanco caminando por sus habitaciones en la noche, y algunos otros afirman haberlo visto acompañado por una segunda figura blanca, una de largos cabellos.
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Re: Sola y blanco

Mensaje por yuske el Sáb Ene 12, 2013 10:35 pm

espeluznante, relamente ha sido una historia que te tiene al filo.

El inicio me pareció algo lento pero a la vez perfecto para como se van desarrollando las cosas, siento que logra trasmitir esa sensación de que se esta siendo vigilado, observado... escalofríante.

Y el final fue sobervio, el panico y el desquicio llevo a sonia a arrebatar la vida a sus seres queridos y el horror por sus acciones a quitarse la propia.

pero me queda algo en la mente y es ¿Que tipo de criatura o ser era aquella que le acoso?




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