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[E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

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[E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Jue Abr 05, 2012 11:33 pm

C l u b ~ N e d
Sombras en la Tierra

Hola a todos! nuevamente voi a publicar mi historia. Le he hecho unos pequeños arreglos pero ahora no dispongo de mucho tiempo para revisarlos (esto de estudiar medicina me ocupa el 90% de mi dia jaja) y tampoco del tiempo suficiente para subirlos y tampoco del tiempo suficiente para leer otros fics, pero hare todo lo posible Exclamation

Nombre: Club Ned
Estilo: Aventura, Ciencia ficción, Sobrenatural
Sagas:
Spoiler:
1-Sombras en la Tierra
2-Viaje
3-El asesino de la esperanza
4-Puño de Hierro
5-Hielo y Agua
6-Amanecer Oscuro
7-El ascenso del Mal
Capitulos: *considero como 20 por saga*
Spoiler:
Prólogo - La República de la Tierra
Capítulo 1 - El proyecto ANDI
Capítulo 2 - La Colonia Ned
Capítulo 3 - El ataque de Deuxtar
Capítulo 4 - Crimson Shark: amago y golpe
Capítulo 5 - Una casa en la isla 
Capítulo 6 - Inquilinos del claro
Capítulo 7 - Los investigadores 
Capítulo 8 - En el Ministerio
Capítulo 9 - Los Poderes
Capítulo 10 - Lucha en el prado verde 
Capítulo 11 - Mirdal Gerlaky
Capítulo 12 - Orígenes   
Capítulo 13 - Dos payasos
Capítulo 14 - El Orbe y el Traidor
Capítulo 15 - Un incidente de madrugada 
Capítulo 16 - La técnica especial, revelada
Capítulo 17 - Dentro del armario
Sinopsis:
Spoiler:
Cuatro muchachos, luego de la Tercera Guerra Mundial, deben enfrentarse contra sus mayores miedos luego que el Destino juege con ellos a su antojo, despojándolos de su hogar, Club Ned, y llevándolos a buscar la salvación de una codisiosa y pecaminosa Humanidad que hace tiempo perdió el control de su mundo por una fuerza sobrenatural. Cuatro poderes, cuatro colores, cuatro jóvenes caminan a través de un sendero sinuoso y oscuro lleno de peligros, aventuras y descubrimientos que desembocará en el mismo origen del Mal Verdadero.

Prólogo - La República de la Tierra
Spoiler:

Imagínense encontrarse en la Tierra, un mundo lleno de vida y paz, en el que las tierras se han dividido por medio de tratados y otros por medio de sangrientas y trágicas guerras para formar estados independientes. Unos son más fuertes que otros y ocupan mayor extensión. Unos tienen diferentes tipos y doctrinas para gobernar a su país. Tienen diferentes recursos que explotan para luego hacerse dueños de ellos y crear dinero, un simple papel verde de mucha importancia para los humanos que luchan con garras y dientes para obtenerla. Los estratos sociales están bien definidos, para ser general, los más acaudalados llevaban la política, las decisiones y las grandes empresas; pero, en contraste, los más pobres eran menospreciados. Esta amarga diferencia provoca que todas las regiones del mundo, cada uno por su cuenta, tome rienda al asunto. Lo han intentado hacer por más de dos milenios, sin embargo la diferencia todavía sigue existiendo y cada vez se hace menos expedito para los países poder combatirlo. Y si algún país tuviera la cura para todos los males de la sociedad, de seguro que fracasaría en el intento, porque la envidia del resto de los países al ver que uno los ha superado en una cuestión que ha llevado siglos controlar, es algo insoportable.

Los humanos, llamándose suspicazmente el “último eslabón en la evolución”, se creían los seres vivientes más inteligentes. Pero se asemejaban más a termitas que a superdotados: las termitas cuando llegan a un lugar destruyen todo lo que encuentran y los humanos, también. Acabaron con un voraz he imparable apetito miles de ecosistemas, también así con casi toda la flora y fauna de la Tierra.

La crisis se avecina, la Tierra envejecía y auguraba muerte a estos humanos.
Ante estas circunstancias, muchos científicos, cada uno en su país, trataron de volver a la vida por medio de clones, a la gran cantidad de animales y plantas extintos; todas fracasaron. Era un feroz caos, la paz no existía y los estados, tratando de mejorar la calidad de su pueblo, lucharon unos contra otros, como en un juego de ajedrez, volviendo así las atrocidades que ocurrían en las guerras que ya se habían olvidado.

Estalló la Tercera Guerra Mundial, la llamada “guerra del Apocalipsis”. Las dos grandes potencias mundiales, separadas por un gigantesco océano, iniciaron el conflicto. Ningún país quedó fuera, el mundo entero se dividía, la Humanidad se desintegraba y nadie lo detenía. Sólo un sexto sobrevivió a la matanza de la Guerra del Apocalipsis, ese fue el final; sin ganadores, sólo con perdedores, que en este caso eran los que quedaban. Ellos, miraban a su alrededor, perdidos en un mundo totalmente distinto al que los vio nacer. Ese mundo ya no les pertenecía.

Ya casi no quedaban Estados, éstos disgregados se reunieron y dejando de lado su idioma o su color de piel, hicieron un acto más trascendental que el descubrimiento del fuego o el descubrimiento de vida en otros mundos: lograron un acuerdo, en el cual se comprometían a formar un sólido y único estado. Lo bautizaron como la República de la Tierra y así dieron inicio a una nueva era en la Humanidad, sin embargo, el mundo todavía no les pertenece.

Había un último paso, esto no podía quedar en palabras y acuerdos, mediante un comité discutieron sobre qué hacer exactamente. Luego de varias alargadas conversaciones se decidió que se realizaría una Metrópolis, en el lugar más bello que quedaba en este mundo. Ese lugar fue en la antigua Península de los Balcanes, territorio llamado Tersómifans. Las otras ciudades las abandonaron como si fuera el papel de un dulce y se dirigieron a la nueva y única ciudad: la Metrópolis de la Tierra. Todos vivieron ahí (a excepción de algunos que se opusieron y comenzaron a ocupar ciudades circundantes). Construyeron altísimos rascacielos, hermosas casas cerca del mar y muchos centros para trabajar, (ya que el trabajo era lo que se primoreaba en la Metrópolis); todo esto fue pagado por el millonario tesoro que juntaron todos los estados que permanecían en pie. Junto con esto, se formó el Ministerio, un gran complejo en el que un Ministro era el Gobernador de la República, los ayudantes y otros jefes de otros sectores se llamaban “Ministros de segunda mano” o luego llamados más tarde por “Ministro de” y su especialidad. Y, lo más importante, lograron conectarse con civilizaciones extraterrestres pacíficas (por suerte) y han aumentado su conocimiento tecnológico y científico extraordinariamente. Las artes y la literatura tampoco quedaron de lado.

La Metrópolis, la principal ciudad de la nueva República de la Tierra, era la tierra soñada de los escritores de ciencia ficción, de los arquitectos futuristas, y los científicos visionarios.

Desde este momento comienza la historia más oscura para la Tierra y el Universo. La falta de equilibrio y de mesura que se ha ido acumulando durante los largos años de la existencia humana cobrará vida a la más horrenda de las pesadillas jamás imaginadas… El verdadero dueño de este mundo.

Capítulo 1 - El proyecto ANDI

Primera parte
Spoiler:
“Si el humano juega a ser Dios, el robot jugará a ser humano.”

La paz que rodeaba a la Metrópolis guardaba muy adentro de si, en las raíces mismas de su origen, el producto de siglos de pecado e inconciencia humana. Cada día que pasaba en aquel pasado, alimentaba a una semilla oscura, incrementándola, haciendo despertar paulatinamente su sed de venganza contra los humanos que le daban vida. La semilla lamentablemente germinó en este presente. Muchos sucesos ocurrieron en ese punto intangible de la Tierra, hasta que al final la Maldad logró salir hacia el mundo terrenal.

En un laboratorio plagado de maquinarias con lucecitas que parpadeaban, dormían cuatro científicos, vestidos con delantales blancos, sobre una mesa rectangular repleta de papeles y tazas de café vacías. Eran dos matrimonios amantes de la tecnología y la ciencia que formaban parte del Grupo para el Desarrollo Tecnológico en la Metrópolis, asociados directamente al Ministerio de Ciencia y Tecnología. Se llamaban: Mori y Kike Sautan, y Kurine y Tiberio Wernin.

El reloj digital de Kike daba las cuatro con veintisiete de la madrugada del día jueves 11 de Octubre. Los científicos habían estado trabajando de corrido desde la noche del miércoles en el proyecto estrella de su división: el proyecto ANDI, que consiste en la producción de robot humanoides que puedan cumplir con las necesidades de los humanos. Ellos habían estado trabajando durante un año en esta empresa con los dos primeros androides de prueba: Andi 1 y Andi 2. Los estaban desarrollando por medio de un líquido en una cápsula de vidrio, conectados a una inmensidad de cables, en el cual crecían como humanos. Estos robots eran muy parecidos a un adulto normal, con la diferencia que eran más delgados, con la cara como si fuera un cráneo –algunas personas que los habían visto consideraron que eran un tanto grotescos– y por sobre todas las cosas, que eran cien por ciento de metal.

Si se lograba un éxito, estas personas poseerían la fama al instante, porque se necesita de una ayuda no humana capacitada para construir todo lo que la joven Metrópolis requería y a eso era lo que apuntaba este ambicioso proyecto. Se especulaba que esos científicos no son más que unos arrogantes y que su intención era sólo comercio y publicidad para el gobierno. Pero eso no era cierto, los jóvenes científicos pusieron todo su tesón en esto y la fama que pudiesen obtener no está en primer plano para ellos. Todo debe salir bien, para que hoy dentro de unas cuantas horas más, salga todo un éxito.

El siete cambió por un ocho en el reloj digital del científico y en ese instante, a unos cuatro metros de la mesa metálica, apareció una tenue luz carmesí que poco a poco se iluminaba, se alargaba y se ensanchaba; rápidamente un portal se abrió silenciosamente donde aquella luz había aparecido. Era de unos dos metros, casi tocando el techo, su estructura era más parecida a una tela rasgada con un cuchillo desafilado, pues poseía en su perímetro irregularidades parecidas a las que se forman cuando eso ocurre. Los científicos permanecían en su profundo sueño. Del portal aparecieron cinco sombras de diferentes tamaños y mientras avanzaban, del suelo unas hebras oscuras salían moviéndose espectralmente como humo. Parecían como si murmuraran por lo bajo. El más pequeño de todas las siluetas se adelanto hacia las cápsulas de los androides, introdujo su mano en la pantalla de Andi 1 y mágicamente atravesó el cristal, tocó al robot y aquella sombra se convirtió en humo y se fusionó con los circuitos; Andi 1 ni siquiera se inmutó. Las otras sombras se escabulleron por donde habían entrado. Luego todo se mantuvo en silencio, la normalidad había vuelto, los científicos seguían soñando. Ese día fue la antesala del terrible 12 de Octubre.

Marcado con rojo en la historia de la República, el día siguiente llegó vibrante y sonriente. Luego de despertar y darse cuenta de que se había queda dormidos la noche anterior, los científicos comenzaron a afinar los últimos detalles para este gran día; en el auditorio del Ministerio de Ciencia y Tecnología, todos los preparativos estaban listos.

Sólo faltaban cinco minutos y el recinto ya estaba atestando de gente. Los científicos estaban un poco nerviosos esperando en un cuarto contiguo al salón.

La hora llegó, los científicos salieron para dar su charla de introducción; fue muy tediosa, hasta el jefe de los científicos estaba dormitando en su asiento. Nadie se interesaba en palabras que podían ser falsas, muchos de los que dudaban de la autenticidad del proyecto. Habían transcurrido una hora y diez minutos que se hizo como una eternidad para el auditorio, cuando el momento de cobrarle vida a los robots había llegado. En el escenario las máquinas habían llegado y para no alargar tanto, los científicos fueron directo al grano: hicieron vivir a Andi 1 y a Andi 2.

La expectación de los invitados se elevó, los más de doscientos pares de ojos estaban enfocados en las dos cápsulas y en su contenido. El líquido que estaba dentro de las cápsulas empezó a descender y los robots cayeron suavemente al suelo metálico, la cápsula se levantó, los científicos conectaron a los androides a cada uno unos cables que provenían de una gran máquina. Esos seres robóticos, ahí tirados en el suelo, llenos de cables, daban un miedo atroz. A cada persona se les pararon los pelos de la nuca al ver la escena.

–Esto –le hablaba un científico al público mientras que los demás estaban trabajando en las conexiones– les dará la vida a Andi 1 y a Andi 2.

Mori Sautan bajó la palanca que estaba en la gran máquina y un fuerte sonido eléctrico comenzó a escucharse. Acto seguido, los ojos de los robots que yacían en el suelo se encendieron con un fuerte color rojo en Andi 1 y azules en Andi 2. Se levantaron y miraron al público que los miraba atónitos y asustados.

Nada ya quedaba en duda, todo el esfuerzo dio finalmente sus frutos. Emocionados, los científicos vieron como el público lentamente se levantaba para aplaudir.

De repente un leve movimiento de la tierra sacudió el lugar. Andi 1 extendió sus manos a cada lado y una onda apareció desde su cuerpo, a medida que la onda avanzaba producía fisuras en la tierra, las baldosas salieron disparadas y las personas gritaban y se empujaban para salir. Los científicos, ahora tremendamente asustados, hicieron todo lo posible para apagar a esta amenaza, pero fue imposible. Andi 2 miraba a su “hermano” espontáneamente. Todos, incluidos los científicos –que fueron forzados por cuerpos de seguridad–, abandonaron el recinto.

Ahí estaba el fruto de siglos de pecado humano, Andi 1 alojaba dentro de sí la Maldad pura.

Su homólogo, lo miraba, casi inexpresivo, Andi 1, lo miró también.

– ¿Por qué? –le preguntó Andi 2.

– ¿Por qué?, porque se lo merecen. –dijo y de inmediato tomo el cráneo de Andi 2.

– Suéltame, suéltame. –decía sin emoción ni movimiento.

Rayos rojos salieron de la mano de Andi 1 y electrizaron a Andi 2.

– Ahora, me seguirás, tú serás mi acompañante.

Andi 2 asintió, el color de sus ojos era ahora también rojo. Luego salieron hacia la calle, juntos y comenzaron con la destrucción.

La alarma se propagó por toda la ciudad. “Dos robot andan sueltos en las calles de la metrópolis, no teman, quédense en sus casas y relájense.”, difundían los noticiarios en su primera noticia. Las familias no estaban seguras en sus hogares, se llegó a pensar que la Metrópolis caería. Durante una semana los dos robots amenazaban contra todas las personas, destruían sus casas y mataban a los que vivían ahí.

El Ministro y sus ayudantes lucharon mucho contra la amenaza, tomando serias medidas que enmarcaron este año como el más catastrófico. No dejó a nadie salir de la Metrópolis, ni tampoco entrar; cerró toda la ciudad con murallas, pero el caos aumentaba y la ciudadanía estaba descontenta, Antonio Guizer, primer ministro de la época, no sabía qué hacer.

Segunda parte
Spoiler:
Era el día siete desde que los robots despertaron, el Ministro se paseaba preocupado por su elegante oficina mirando de vez en cuando la pantalla que tenía sobre el escritorio. Esperaba una noticia importante, esperaba que la recién nombrada capitana de los ejércitos de la República de la Tierra, Escila Fregota, hubiera capturado a las dos catástrofes con éxito.
***

Los minutos pasaban y no sucedía nada dentro de su oficina, tenía prohibido salir de ella hace dos días atrás cuando Andi 1 mató al anterior capitán, Sardon Dermirz. Por la cabeza del anciano Ministro de sesenta y un años se pasaban los más atroces pensamientos, él creía, por la demora que Escila Fregota tenía, que ella no lograría el objetivo.

Miró por la ventana luego de haber revisado por enésima vez la pantalla. Nada, el frontis del ministerio Gubernamental estaba vacío y toda la Metrópolis que se podía ver desde esa altura estaba con ventanas cerradas: el mundo estaba paralizado. Se sentó, aún más preocupado en su silla y llamó a la secretaria:

– Señorita Kalebota, ¿puede venir un momento?

– “De inmediato, señor” –se escuchó la chillona voz de la secretaria Ximena Kalebota.

El ministro estaba tenso, serio y pensativo, su entrecejo fruncido demostraba toda la preocupación que lo invadía, si no hacía esto bien él será el que pagará las consecuencias.

Luego de unos segundos llegó Kalebota, ella era una mujer joven y regordeta con una cara ovalada y enérgicamente amigable.

– Ah, ya estás aquí. –dijo Antonio con voz queda– Necesito que verifiques cuando llegará Escila Fregota.

– Señor Ministro, lo siento pero no puedo comunicarme con ella. He intentado muchas veces, pero no responde. No hay manera de contactarse con ella, sólo hay que esperar –terminó de decir Kalebota con una ligera sonrisa que demostraba mucho nerviosismo.
Al Primer Ministro le tembló la barbilla al escuchar decir a la secretaria “sólo hay que esperar”, se levantó furioso e indicando a la mujer con su dedo índice le regañó potentemente:

– ¡Cómo te atreves a decir que tengo que esperar, si llevo encerrado aquí por más de cuarenta y ocho horas! ¡Ahora intentarás comunicarte con la señorita Fregota y me envías la llamada de inmediato! ¿Entiendes? –le hizo un ademán de que saliera y Antonio se dirigió nuevamente a la ventana, para apreciar la misma triste imagen de antes.

Lo que él no sabía es que lejos de donde se encontraba, Escila Fregota estaba en plena batalla contra los dos androides y su demora se debía a que los enemigos estaban ganando. Se ubicaban dentro de los límites de la ciudad, en el parque más bello de toda la Metrópolis: un amplio sector donde la naturaleza dominaba y había en el centro una laguna artificial.

Escila junto con los mejores escuadrones de la República fueron de inmediato al lugar donde se había visto con mayor frecuencia a los destructores y encontraron a los culpables. Cuando llegaron, Andi 1 y Andi 2 habían votado árboles y la laguna estaba llena de desperdicios y troncos putrefactos. Sobre uno de dichos troncos se encontraba Andi 2 que miraba abstraído su reflejo en las sucias aguas.

– ¿Por qué? ¿Por qué hacemos esto? –se le oía decir.

Sigilosamente el escuadrón de Escila se acerco a Andi 2 que aún no los había percibido. Es extraño decirlo, pero Escila pensaba que lo que estaba haciendo se asemejaba a la captura de animales que se han escapado de un zoológico y que sería muy fácil atraparlos. Con una basta trayectoria en el Ejército, Escila Fregota siempre fue hábil en estas cosas de captura y siempre encabezaba actos como estos. Pero los androides que buscaban no eran comunes fugitivos y acabarían pronto con la convicción positiva de la mujer.

Ella se percató de esto cuando ordenó a su escuadrón a romper el silencio y atacar de sorpresa a Andi 2. Los hombres, con trajes muy bien protegidos dispararon redes para capturarlo y rayos paralizantes, pero nada alcanzó a atraparlo, porque de un salto se escapó escabulléndose entre los pocos árboles que había en la ribera opuesta. Los soldados siguieron disparando, con la esperanza de que por un acto de suerte lo podían capturar. Pero no pasó nada.

Luego de un momento, la capitana dio un alto al fuego y quedó en silencio con sus soldados, esperando y observando con recelo el entorno, buscando a los dos androides que en cualquier momento podían matarlos.

Nada, nada pasaba. Escila pensó que le habían dado un buen susto, por lo que se preparó para buscar por todo el parque.

Estuvieron unos minutos buscando cuando un rayo rojo atravesó el cráneo de un soldado, dejándolo muerto sobre la tierra. El rayo, que provenía de las ramas de un árbol, alertó y preocupó mucho a Escila, por lo que inmediatamente ordenó a que dispararan al lugar de donde surgió el rayo. De inmediato, luego de que el primer soldado disparara, otro rayo rojo, ahora lanzado en el lado opuesto a donde estaban disparando, impactó en otro soldado. Escila espetó la orden de disparar a ambos lados. Por primera vez sentía un poco de temor por su sangre.

– ¡No se van a escapar de mi tan fácilmente, cabrones! –gritó descolocada la capitana mientras disparaba hacia las ramas.

Iban los disparos de los soldados de Escila y venían los rayos mortales provenientes de los escondidos androides.

Habían perdido ya siete soldados cuando se escuchó que dos bultos cayeron. Escila, mandó a cuatro hombres para que recogieran los cuerpos atados de los androides capturados.

– Misión cumplida, capitán.

– Excelente. – una sonrisa de victoria se dibujó en el rostro de la mujer.

***

El Primer Ministro seguía esperando en su oficina, rígido, con la mirada perdida en los escombros de la ciudad, esperaba lo peor. No quería ver destruida a su amada ciudad, la que vio nacer cuando iniciaba su carrera en la política, luego de sobrevivir al la Guerra del Apocalipsis. En ese entonces no se imaginaba llegar a ser el Gobernador de la Metrópolis. “Me es imposible dejarlos, me es imposible imaginar mi mundo sin ustedes, pues mi mundo es también su mundo.” pensaba, mientras volvía a su gran asiento de cuero negro. Repentinamente la pantalla del escritorio se encendió. Impactado, vio la cara de Escila que le dijo:

– Ministro, he capturado a los dos androides. Me dirijo a...

– Ven con ellos aquí de inmediato, –le interrumpió duramente Antonio– quiero verlos. –y cortó la conversación.

Era algo extraño lo que acababa de decir, pero Antonio encontraba cuerdo ver a las dos bestias que estuvieron a punto de acabar con su ciudad. Era como si el cazador cuando mata al animal que estuvo a punto de asesinarlo, lo cuelga disecado en su casa para contemplar y rememorar aquella satisfacción de haberlo capturado.

Luego Antonio, un poco más relajado, llamó a Kalebota de nuevo para decirle que citara ahora a los cuatro científicos que participaron en la creación de Andi 1 y Andi 2.

Cuando el escuadrón de Escila Fregota llegó al frontis del Ministerio Gubernamental con los dos androides, el Primer Ministro acompañado por los cuatro científicos y una docena de soldados los estaba esperando. Detrás de ellos había una nave blindada.

– He llegado Ministro, con lo que usted me pidió.

Antonio no dijo nada sólo avanzó y se acercó a la protegida jaula donde estaban Andi 1 y Andi 2 atrapados. El viejo miró con ojos vidriosos y de cansancio a las bestias que tenía al frente. La furia sólo invadía a Andi 1, el otro estaba mal herido tirado en una esquina sin moverse ni hablar aunque sus ojos de un rojo intenso demostraban todo su odio.

– Ustedes causaron los peores siete días de nuestras vidas, pero sólo sufrirán unos cuantos segundos cuando los estemos fundiendo. –dijo lentamente el Primer Ministro, pasando con aparente increíble valentía su tembloroso dedo sobre los barrotes de la jaula que se estremecía por los golpes del androide.

Anteriormente, Guizer conversó con los científicos para anunciarles que los androides debieran ser fundidos en Tidar cuando llegaran, obviamente ellos se opusieron diciendo que había algo que había salido mal y que podían solucionarlo, pero Guizer fue tajante y para él había sólo una vía para acabar con la destrucción de la Metrópilis. Los científicos, decepcionados, aceptaron la destrucción del proyecto que los haría mundialmente reconocidos y, además, aceptaron el silencio de que proyectos como estos nunca más vieran la luz.

La jaula junto con los androides fueron dispuestos a ser introducidos a una gran nave aterrizada en la mitad de la calle. Todos los presentes estaban mirando varios metros más atrás, limitados por una barrera de soldados, como aquellos demonios vociferaban contra la Humanidad.

De pronto, una llamarada impacto contra la jaula y esta cayó, saliéndose de la plataforma que lo trasladaba hacia la nave. Todos se inquietaron. La flama provino de la cima de un rascacielos cercano al Ministerio. Los solados se prepararon para cualquier cosa, apuntando hacia el edificio y a los prisioneros.

Una pequeña silueta descendió desde la cima, Escila no dio orden de disparar aún. Un hombre alto de cabello rubio y largo, que ocupaba una gran capa, se divisaba a medida que se acercaba en su caída. Tocó suelo a unos veinte metros de distancia de la escena.

Guizer se desesperaba ante la inmovilidad de la capitana mientras que ella se intranquilizaba, porque no había dado la orden de disparo. “No puede ser, él…” se dijo, inundada por una sorpresa paralizante.

El hombre lanzó de sus manos dos bolas de fuego que impactaron en las maquinarias y en la nave que volvían a introducir la jaula. Un grito ahogado del los presentes se sintió. La jaula cedió, se calentó tanto que la fuerza de Andi 1 logró romperla. El androide salió victorioso, riendo malévolamente.

Todos corrieron hacia el interior del Ministerio, solamente los soldados y el hombre del fuego se quedaron afuera. Escila entró, llevada por su sorpresa escalofriante que no la abandonaba.

– Siéntete alagado Septimorial, de que te haya salvado. –dijo lentamente el hombre de la capa avanzando hacia el robot en medio de una irregular balacera.– ¡Esta será la última vez que lo hago!
***
La situación no empeoró.

Al escaparse Andi 1 y más tarde, cuando estaba ya recuperado y apunto de volver ser apresado, Andi 2; la Metrópolis volvió a respirar en paz. El Ministerio no dio más explicación a los medios que la ya enunciada. Mágicamente, todo volvía a la normalidad; la tormenta ya había pasado, afortunadamente.

Pero, ¿qué ocurrió en realidad? ¿quién era ese sujeto que dominaba el fuego?... Las respuestas están muy lejos.


Última edición por EnRoKe el Vie Feb 22, 2013 9:45 pm, editado 10 veces
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Jue Abr 05, 2012 11:33 pm

Capítulo 2 - La Colonia Ned

Primera parte
Spoiler:
“Los tiempos cambiaron y ahora solo les queda aprender a defenderse”

Muchos años pasaron, marcados por el asenso del sucesor de Antonio Guizer, el Contralord de la República, Zafiro Soler. Flameante, el nuevo Primer Ministro le dio un nuevo aire a la Metrópolis por medio de diferentes leyes dictadas bajo su puño y letra que beneficiaron a todos, en especial a los ciudadanos, que le dieron su apoyo incondicionalmente.

En estos tiempos se fundó Club Ned, idea de Ned Volkinez, que con un generalizado apoyo del gobierno, logró concretizarla. Ned, no era ni un político y no tenía nada que ver con la República, es más, en un comienzo ni siquiera figuraba como ciudadano de la Metrópolis; sin embargo, su elevado carisma y potente retórica le dejaron relacionarse con los más grandes cargos del Ministerio, entre ellos se ganó la amistad de Escila Fregota mucho antes de que asumiera al puesto de capitana.

Ned era un hombre bastante especial físicamente. Por su larga cabellera blanca y una barba del mismo color, la cantidad de arrugas que marcaban su rostro, aparentaba tener una edad muy avanzada; pero en la forma de caminar y, más aún, cuando se le oía hablar, era los momentos en se rebelaba toda su energía interna y encontrábamos al vigoroso joven encerrado. Él tenía aproximadamente sesenta y siete años, nunca lo ha expresado directamente. Aferrado a sus ideas como ninguno, logró ser escuchado por el Ministerio. Sentado, en una gran silla de cuero negro, escuchaba sumamente complacido como le aceptaban su propuesta. Corrían los tiempos posteriores al ataque de los androides, aproximadamente cinco años después.

“Aquí, se crearán nuevos ciudadanos para la República, con una visión de bien para la sociedad. Aquí, quiero que todos, sin excepción, sean convertidos en personas íntegras y provechosas, pero por sobre todo, llena de conocimientos, que les permitan avanzar por el sendero de la luminosidad en este transitado mundo.” Decía Ned, en la inauguración, demostrando todo su desplante.

Club Ned, creado como una escuela especial, fue la más prestigiosa academia dentro de la Metrópolis. Variados hijos de los más importantes empresarios y de algunos políticos, estudiaban ahí. Todo iba viento en popa, hasta que las relaciones con el Ministerio empezaron a empeorar, justo después del último cambio de mando de Antonio Guizer; algunos nuevos ministros y administradores estaban corroídos por una envidia que había esta creciendo desde que las relucientes canas del anciano se hicieron presentes en el Ministerio. Variados altercados surgieron que desencadenaron en una gran distancia entre Club Ned y el Ministerio Gubernamental, y que tuvieron como punto más álgido, el momento en que Ned se desligaba completamente del Ministerio, cuando Zafiro Soler había a sumido como la primera magistratura.

– No lo hago por mi propio bienestar ni conveniencia; todo lo contrario, lo hago por mis alumnos que han tenido que pagar muy caro todas estas peleas que hemos tenido. –decía enérgicamente el anciano a los pocos ministros que se habían hecho presentes en la reunión entre ellos y un ceñudo Soler. – El Ministerio ya nunca más me va a poner piedras en mi camino.
Los políticos se miraron entre ellos, demostrando en parte sorpresa y por otra parte aliviados.

– No encuentro ningún problema de que te desligues de nosotros. Es mejor que estés fuera de estos pasillos antes de que continúes succionando más de nuestra sangre. –dijo, pedante, uno de los que estaba en contra de Ned.

Él ni siquiera se inmutó al oír esas palabras, hace tantos años que ha venido escuchando agravios en su contra que ahora se hizo resistente a cualquier clase de descalificaciones.

– No entres en polémica, Domies. –le reprochó el primer Ministro sin siquiera mirarlo, sus manos entrecruzadas que apoyaban su cabeza, demostraban toda la presión que este asunto le daba. – Ned, –no le miró– no me siento ni complacido ni agraviado de que quieras salir de nuestra jurisdicción, pero ten claro que eso es más que imposible si sigues pisando territorio de la República.

Zafiro no estaba de ningún lado, se mantenía neutral, como un verdadero árbitro en esta disputa.

Ned le respondió de inmediato, tal como si se hubiese anticipado:

– Si así lo dices, entonces me veré en la necesidad de abandonar también el territorio de la República; eso implica, que me iré de este mundo. –fue tajante y severo al decir esto.

Nadie le contesto, todos quedaron muy pensativos. Sin embargo, el Primer Ministro se levantó y le dirigió una mirada fulminante.

– Si así lo deseas, la República de la Tierra no te tiene amarrado a estar aquí ni en ningún otro lugar. Eres libre y por consiguiente las puertas para irte de aquí están bastante abiertas. Está reunión se ha terminado.

Club Ned se desplazó hacia el espacio. Era una fortaleza flotante en el oscuro mar del universo. La institución no había cambiado de fondo, seguía siendo una escuela, pero ahora integraba mucha más capacitación y lo más sorprendente de todo era que seguía manteniendo el objetivo de crear gente íntegra para que se desarrollase en la Tierra. Todo comenzó a ir bien en ese entonces, la población creció tanto que se tuvo que ampliar y pasó a llamarse la “Colonia Ned”.

Sin embargo las relaciones con el ministerio aún eran muy distantes.


– No creo que me haya ido tan mal.

– Siempre dices lo mismo y terminas reprobando el examen.

– ¡Eso no es así! Aunque aún sigo siendo el mejor desde el primer año entre ustedes dos.

– No me digas…

– Déjalo Rob, no sigas fastidiando.

– No me digas nada, deja que él se defienda por si mismo esta vez.

Eran tres amigos, pertenecientes a Club Ned y que recién iban en tercer año. Estaban en su cuarto, descansando sobre sus camas luego del primer examen. Se llamaban Alex, Robert y Benjamín.

– No seguiré hablando contigo, me voy al casino a comer un poco. –dijo Alex levantándose de la cama. – ¿Me acompañas, Ben?

– No, no tengo hambre. –le contesto Benjamín con una sonrisa.

Alex salió un poco molesto pero al rato se le esfumó. Encontró el casino desierto, sólo la asistenta estaba detrás del mesón. Al muchacho se le ocurrió una idea para calmar un poco los ánimos de Rob.

Alex se dirigía a su cuarto sosteniendo una bandeja con tres helados.

– ¡Les traje unos helados! –dijo Alex mientras se abría la puerta.

Pero no escuchó a nadie agradecerle, la habitación estaba desierta. Dejó un la bandeja en una mesa metálica y salió a buscar a sus amigos. “¿Dónde habrán ido todos?”, se preguntaba mientras caminaba hacia el Salón Oval donde acostumbraban ir todos a entretenerse. Estaba vacía.

– ¿Qué esta sucediendo? ¿Dónde se fueron todos?

Y al pasar por un diario mural de la sala, encontró un aviso del cual nunca se había percatado.

– ¡¿Hoy es la llegada de nuevos estudiantes a la Colonia?! Nunca me dicen las cosas que van a suceder.

Corrió hacia el aeropuerto de la Colonía (que quedaba muy lejos) y al llegar se percató que todo el mundo estaba ahí recibiendo a los nuevos estudiantes. Jadeando, se escabulló entre la multitud para encontrarse con sus amigos.

– ¿Dónde te habías metido? –le preguntó Benjamín.

– Larga historia –dijo Alex, dificultosamente.

– Al parecer, corriste mucho.

Ned recibió a los nuevos integrantes y sin decir palabra se los llevó a dar la vuelta típica de reconocimiento de la colonia. Entre los aproximadamente treinta nuevos alumnos que caminaban junto a Ned, estaba Pablo, un muchacho de mirada perdida y entristecida, entre sus atuendos se destaca una amplia bufanda anaranjada que oleaba mientras caminaba. Iba muy cerca de Ned, no por azar, sino que el anciano decidió que fuera ahí; Pablo era especial.

– Bueno, hay muchas otras cosas que no les he contado. –les decía Ned con una amigable sonrisa al termino del tour– La idea es que ustedes las descubran con sus nuevos amigos que harán aquí.
Antes de retirarse le dijo a Pablo casi susurrando, como si quisiera que nadie lo notase.

– Acompáñeme, señor Barbagelata.

Ned y Pablo avanzaron sin decir más palabras hacia el despacho del anciano, que estaba varios pisos más arriba.

– Bueno, toma asiento. –le dijo cordialmente, cerrando la puerta.

El muchacho, un tanto aturdido por aquel extraño recibimiento del líder de la organización, se sentó en un ancho sofá verdoso que estaba al frente de otro de las mismas características. Ahí tomo asiento Ned y sin más rodeos comenzó a hablarle al muchacho, acerca del porqué de su especial bienvenida.

– Tú eres distinto a todos, Pablo. A estas alturas ya debes haberte dado cuenta de eso. –el muchacho ni asintió ni negó, estaba un tanto asustado de lo que pudiera decir y saber el anciano de su propia vida.– Tu vida fue amarga y oscura, ¿no es así?. Has estado constantemente en circunstancias que no son apropiadas para un niño. –Ned se detuvo un momento para mirar al joven.– ¿Sabes a lo que me refiero? –esta vez asintió, sabía perfectamente lo que estaba aludiendo el anciano. Ned continuó: – De uno u otro modo, te viste forzado a madurar más rápido de lo común, aquel niño tuvo que transformarse en un adolescente abrumado e inmerso en un mar de preocupaciones. No quiero estremecerte más, no quiero ser una especie de psicólogo. Pero quiero que sepas ahora, que estas aquí, porque así lo pedí.

– No entiendo, –se aventuró a decir el muchacho– ¿por qué me elegiste a mí?

– Yo no te elegí. Tú solo cumplías con los requisitos que otorgué para que me buscaran a alguien como tú. Pablo, tú me sirves. –al decir esto, el joven sintió una sensación extraña, como si fuera un servicio que se compra en las tiendas.

– ¿Cómo voy a ser de utilidad? Yo traigo, desgracias y catástrofes a dondequiera que vaya.

– Eso no es así, Pablo. Tú tienes ese don.

El muchacho quedó en silencio.

– Utilizarás para mí ese don. A cambio te entregaré protección, comida y educación dentro de esta Colonia.

– Eso no me interesa. –dijo rápidamente, no quería ser alguien que se compraba.

– ¿Y qué te interesa?

– Me interesa saber cómo iré a utilizar este don para ayudarte, si no lo sé dominar; –luego agregó, suspirando– entre otras cosas.

– Eso lo descubriremos más adelante.

– No creo que pueda hacerlo.

El anciano se levantó y se colocó al frente del muchacho, extendiéndole su mano para hacer el trato.

– ¿Me ayudarás?, ¿cueste lo que cueste?

El muchacho, con la mirada hacia el suelo de parqué, no sabía si aceptar; pero una extraña y fugaz certeza de que más adelante todo saldría bien hizo que su mano se estrechara con la del anciano.

– Acepto. Cueste lo que cueste.
Segunda parte
Spoiler:

Estaban los tres amigos en su cuarto, jugando cartas y comiendo los helados que Alex había traído. Acababan de tener su última clase de la jornada. De repente, luego de varios juegos, tocaron a su puerta, Benjamín se paró a abrirla.

– Buenas tardes muchachos. –era Ned que lo saludaba con una ligera sonrisa.

Alex y Rob se levantaron de inmediato, los tres saludaron formalmente al líder sin decir palabra. Estaban sorprendidos por su visita, Ned nunca iba a los cuartos de los estudiantes a menos de que sea algo bastante importante.

– ¿A ustedes le sobra una cama? –dijo entrando y buscando con la mirada la cama desocupada.

– Sí, señor. Esa de ahí. –respondió Alex indicando la cuarta y última cama de la izquierda.

– Perfecto. –salió de la habitación, volviendo al segundo después acompañado del nuevo muchacho de la bufanda– Él es Pablo Barbagelata, y quiero que lo reciban en esta habitación.

El nuevo muchacho con la boca escondida tras la bufanda, se inclinó para saludarles, los amigos le devolvieron el gesto.

– Espero que sean amigos pronto. –dijo Ned, retirándose con paso calmo– ¡Ah!, se me olvidaba, –dio media vuelta en el umbral de la puerta– Pablo, tu equipaje se perdió. No te preocupes, lo están buscando en este momento y cuando sea encontrado lo dejarán aquí lo antes posible. Mientras tanto, –se dirigía a los tres amigos– préstenle un poco de ropa, y, obviamente, explíquenle bien como es la Colonia. Adiós. –y se fue caminando por el pasillo.

La puerta se cerró y quedaron los cuatro solos, sin emitir palabra, inspeccionando al nuevo, que ni siquiera se atrevía a levantar la mirada del suelo. Roberto se recostó en su cama, no tenía ganas de seguir viendo ni conocer al de la bufanda anaranjada. Ben y Alex, mucho más afables, le indicaron cual era su cama.

– Vas a estar al lado mio. –le dijo Alex con una amplia sonrisa.

Pablo no se mostraba muy reacio a conversar con ellos, sin embargo, escuchaba como ninguno todo lo que los jóvenes le contaban sobre la Colonia. Los sábados de descanso y fiesta, los miércoles de exámenes o las idas a la Tierra, en fin, en los dos días siguientes Pablo conocía casi todo. Y ya al tercer día, pablo se soltó un poco más y comenzó a hablar, tan efusivamente con sus nuevos amigos que sus preocupaciones que traía de la Tierra comenzaron a desaparecer de su mente. En relación a lo académico, Pablo no lograba engancharse cien por ciento con las clases, eso que iba en primer año y los tres lo trataban de ayudar, pero, en las actividades físicas se destacaba sobre el resto, especialmente en básquetbol, donde se ganó de inmediato un puesto en uno de los equipos mejor posicionados en la Colonia y también se ganó el apodo del hábil de la bufanda, puesto que no se sacaba su bufanda para jugar.

Poco a poco, Pablo comenzó a ser conocido en la Colonia, ya todos lo reconocían por su bufanda y lo invitaban constantemente al salón Oval para jugar y conversar un poco; hasta algunas chicas le pedían citas, él aceptaba gustoso, pero no tenía intenciones de hacer amigos con los demás. Estaba encantado con el aprecio de los estudiantes de la Colonia, pero sus únicos amigos eran Alex, Benjamín y Rob. Sin embargo, Rob encontraba algo extraño en Pablo como una barrera que le impedía considerarle un amigo de verdad.

– Ese Pablo es un tanto extraño no creen. –les a Alex y a Ben, un día mientras él estaba entrenando con su equipo.

– ¿Por qué lo dices? –le preguntó despreocupado Ben.

– Porque no sabemos nada de él. Nunca nos ha contado su pasado.

– Bueno, eso es cosa de él. –le dijo Alex– si no nos a contada nada aún, debe ser por algo.

– Por eso, ese algo es el que me extraña.

– ¿Qué? –le preguntaron ambos.

– Ese algo tiene que ser muy grande para que nos oculte su vida, ¿no creen?

– No te entiendo, Rob.

– Yo tampoco.

– Bah! No importa, ya verán lo que digo.

Horas después, ya estaban los tres bañados y acostados, Pablo no se había vuelto a ver desde que salió a entrenar y su ausencia preocupaba a sus amigos hasta que la puerta se abrió y el hábil de la bufanda apareció. Les sonrió y se apresuró a ponerse pijama.

– ¿Qué ocurrió? ¿Por qué vienes llegando a estas horas? –le preguntó Alex que estaba más cerca de Pablo.

– Eh… –dudó, mientras se sacaba los calcetines– estaba entrenando.

– Ah, entiendo. –dijo Alex cerrando sus ojos para dormir.

– Que yo sepa los entrenamientos no duran hasta tan tarde. –dijo Roberto con un toque de malicia.

Pablo terminó de ponerse el pijama y se acostó, sin responderle.

– Hey, Pablo, ¿qué hacías? –preguntó Roberto, con más malicia aún.

– Ya dije que estaba entrenando.

– Pero, eso no puede ser porque…

– ¡Acaso no puedo entrenar más de la cuenta por mi mismo! –le interrumpió bruscamente, enojado por las insistencias de Rob. La conversación terminó, la tensión que se creó abrumó a Alex sin que se pudiese quedar dormido; esa noche de insomnio se dio cuenta de que Pablo era alguien que escondía algo.

Al día siguiente, como cualquier día de clases, los muchachos se levantaron temprano, al son de la melodía del despertador de Alex. Benjamín estaba arrepollado entre las sábanas y esperaba a que el agudo sonido terminase, era costumbre de que Alex apagara su despertador, pero esta mañana nadie lo apagó. Se levantó el mismo a apagarlo y se percató de que Alex no estaba en su cama, ya estaba hecha. Le preguntó a Pablo, que estaba mirando recostado mirando hacia el techo, no sabía donde estaba; trató de preguntarle a Rob, pero seguía profundamente dormido.

– Debe haberse ido a tomar desayuno. –especuló Ben.

Se levantaron (incluido Rob) y se dirigieron al casino a tomar desayuno. Alex no estaba ahí. Comenzaron a preocuparse, pero había una posibilidad de que estuviera en la sala de clases. Se dirigieron más temprano de lo común a la sala que les tocaba, Pablo se les separó en el camino porque debía ir a su clase, entraron, y rápidamente encontraron a Alex, tirado sobre su banco, durmiendo profundamente.

El profesor aún no había llegado y estaban ellos tres solos en la gran sala de “Teoría del Ataque y Defensa”. Se sentaron al los lados de su amigo, que todavía no despertaba.

– ¿Lo despertamos? –le preguntó Ben a Rob.

– Es lo mejor, la clase va a empezar dentro de un rato y el profesor no creo que le sea muy agradable encontrar a Alex dormido sobre su escritorio. –le contestó y acto seguido comenzaron a despertar a su amigo.

No les costó mucho trabajo, pues es de ligero dormir. Alex, tenía unas ojeras increíblemente marcadas y sus ojos hinchados demostraban la pésima noche que pasó.

– ¿La clase aún no ha empezado? –preguntó un tanto preocupado mientras se refregaba los ojos.

– No, faltan como diez minutos. –le contestó Rob.

– Pero, ¿qué te paso? ¿Tuviste una mala noche? –le inquirió, preocupado, Benjamín.

El muchacho asintió lentamente.

Quedaron en silencio, mirando hacia el pizarrón limpio, sin ninguna raya, esperando a que el profesor escriba como desaforado. Alex estaba demasiado pensativo, sus ojos, aparte de su hinchazón, escondía una preocupación enorme.

– Quiero que me escuchen. –le dijo lentamente a Rob y Benjamín– Me he dado cuenta de que Pablo es bastante… extraño.

– Ja!, por fin te diste cuenta. –dijo, sarcástico, Rob.

Alex no lo tomó en cuenta, así que continuó:

– Anoche, como no me podía quedar dormido, escuché que Pablo hablaba mientras dormía de cosas extremadamente extrañas. De momentos, me daba miedo la expresividad con las que decía esas cosas.

– ¿De qué estás hablando?

– Pablo, hablaba como si estuviera presagiando algo, la muerte de todos nosotros.
Benjamín quedó para dentro, mientras que Rob soltó una carcajada:

– ¡No me digas, que ahora vas a creerle a los sueños de ese enclenque!

– No es que crea, es que me impresionó la forma que decía los sucesos que iban a pasar antes de nuestra muerte. Y lo que más recuerdo, es cómo repetía la palabra “¡profesor Hinkybell!” mientras emitía quejidos de dolor. Fue horrible, si ustedes lo hubieran escuchado, me darían la razón.

– Bah!, pues yo no creo nada, debes haber alucinado, Alex.

– No he alucinado nada, Rob.

– Ya, calma. –dijo Benjamín en tono conciliador– Alex, yo te creo lo que dices, pero no pienso que sea para tanto.

– Ya veo, –dijo Alex con la cabeza hacia abajo– ustedes no pueden entenderme.

El silencio reinó otra vez entre los amigos, sin decir palabra alguna, los demás compañeros llegaban a la sala y saludaban. Minutos más tarde, llegó el profesor, que cerró con firmeza la puerta y se predispuso a comenzar su clase. Él era el profesor Hinkybell, de Teoría del ataque y defensa.

“¡Profesor Hinkybell!”, “¡Profesor Hinkybell!”, en la cabeza de Alex retumbaban los gritos de Pablo en aquella extenuante noche. “No sé porqué, pero tengo el presentimiento de que todo lo que decía Pablo entre sueños, se cumplirá”.

Varias salas más allá, en ese mismo instante, comenzaba la clase de Matemática de Pablo, sin embargo, el pupitre del muchacho estaba vacío, él nunca fue a su sala. Tenía que hacer algo urgente, tenía que hablar con Ned. Así que se dirigió, cuando se separó de Rob y Benjamín, hacia la oficina del anciano. Subió varios pisos hasta llegar al lobby de recepción, donde la secretaria lo miraba sobre sus gruesos lentes.

– ¿Qué desea? –le preguntó con un dejo de desdén.

– Necesito hablar con Ned.

– Esta no es hora para hablar con él, además, usted es un estudiente. ¿No debería estar en clases en este preciso momento?

Pablo no supo qué decir, la mirada penetrante de la secretaria estaba fija en su asustada cara. Para su suerte, Ned salió de su oficina y encontró al joven.

– Ned, necesito hablar con usted.

– Adelante, pase, no hay problema. –y al decir esto miró a su secretaria con una fuerza que la mujer no anotó que Pablo Barbagelata estaba fuera de clases a las ocho once de la mañana.
Ned, cordialmente, le pidió que se sentase en la misma butaca que la primera vez y él, se sentó al frente de él.

– Has venido para contarme, ¿no? –le inquirió el anciano, mirándolo fijamente.

– Si, señor.

– Entonces, cuéntame de todo lo que te acuerdes, cada detalle es importante.

– Está bien. De lo que más me…

– Espera, algo falta. –le interrumpio.

Ned se levantó de la butaca y se dirigió a su escritorio donde sacó de un cajón una botellita verde llena de un líquido azulado, vació su contenido en un plato que se encontraba sobre una mesa auxiliar rebalsada de objetos y encendió una vela que calentaba el plato por abajo. El líquido del frasco comenzó a evaporarse lentamente, emanando un humo azul oscuro, sin olor alguno.

Ante la cara de curiosidad del muchacho, Ned le contó de qué se trataba.

– No te preocupes, lo que acabo de poner a vaporizar es una sustancia que encontré para aumentar la capacidad de recordar sueños. Nos servirá bastante. –se sentó de nuevo frente al muchacho– Bueno, comienza a contarme.

El muchacho se demoró un poco, pues al inhalar el humo comenzó a entrar en un estado de trance, que lentamente lo adormilaba, pero lo mantenía consiente. De súbito, una serie de vertiginosas imágenes comenzaron a aparecer en su mente, lo descontrolaban.

– Concéntrate, vamos, concéntrate, Pablo.

– Es muy… difícil. –apenas podía articular palabras, las imágenes y el efecto sedante del humo se lo impedía.

– Sólo concéntrate, atrapa una imagen.

En aquel mar de imágenes, que se revolvían y deformaban, para Pablo era imposible fijarse en una. Sólo una imagen, una imagen que aparezca en ese mar, enfocarse en ella sería lo necesario para comenzar a recordar. Ahí… en un rincón, del mar emergió una imagen, el joven se abalanzó con la mirada hacia ella y logró enfocarla. La imagen intentó mezclarse con el resto, pero la fuerza de su concentración se lo impedía. Lo había logrado, el mar comenzó a desaparecer dejando aquella imagen. Pablo volvió a la normalidad, pero su mente estaba lista para recordar.

Ned escuchó atentamente, cada detalle que salía de la boca del estudiante era analizado por el anciano, aunque para un simple mortal la historia que narraba no tenga mucho sentido, para Ned encajaban perfectamente en el gigantesco puzzle que estaba resolviendo. Estuvo escuchándolo por más de media hora, hasta que el líquido se evaporó por completo y el muchacho ya había sacado por la boca todo sueño. ¿Qué augurios se esconden tras su sueño?

El anciano se quedó dubitativo por varios minutos escudriñando los acontecimientos que acaba de escuchar. Pablo no se atrevió a mirarlo a la cara, su rostro apuntaba hacia el piso, pero a los minutos después lo levantó para escuchar lo que Ned le estaba diciendo.

– No sé si deba hacerlo, pero es imperioso, ante lo que me acabas de decir, que me vaya de este lugar antes de que cosas peores ocurran. Pablo, tu sueño me ha aclarado varias dudas, pero lamentablemente me ha creado otras, me gustaría escuchar otro sueño, pero me dijiste que este suceso ocurriría pronto, entonces me iré. –largó un suspiro– Me gustaría quedarme aquí a luchar junto a ustedes.

Pablo quedó perplejo ante lo que dijo Ned, sin embargo, en lo más profundo de su corazón comprendía la decisión. Mientras caminaba de vuelta a su habitación (la clase ya había terminado), se dio cuenta que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, la ida de Ned era tan extraña que habría que tener duros argumentos para realizar eso, argumentos que Pablo desconocía y que muy difícil podrá conocer. El muchacho, finalmente se resignó a ser el portavoz de sus sueños premonitorios y no quiso interponerse ante lo que Ned haga. “Pero esto afectará a todos los de Club Ned, yo estaré en peligro, no puedo quedarme con los brazos cruzados”, pensó furioso ante su incapacidad de actuar frente al inminente desastre.


Ned cumplió con lo que dijo. Bien temprano al día siguiente, sin avisar a nadie más, no se lo volvió a ver por la Colonia.

Capítulo 3 - El ataque de Deuxtar

Primera parte
Spoiler:
“¿Por qué son castigados los que no tienen culpa alguna?”

Era tarde, los alumnos estaban ya acostados, el silencio rondaba por toda la Colonia, ni un murmullo, ni un paso. Todo estaba calmo, menos para el Vicepresidente y el Consejo Educativo de Club Ned, quienes, alarmados al no encontrar por ninguna parte a Ned, se reunieron extraordinariamente. Habían pasado dos horas y todavía no resolvían qué hacer al respecto. Los seis presentes, nerviosos y confundidos, no sabían con exactitud qué había pasado.

Barajaron millones de hipótesis respecto al porqué de la repentina desaparición del líder. Algunos decían que lo raptaron, otros enunciaban que Ned salió a hacer un trámite a la Tierra y se le olvidó avisar de lo apurado que salió; sin embargo, los seis concordaban que Ned desapareció de la Colonia sin que nadie se diera cuenta de ello.

Las cámaras de seguridad no arrojaban nada extraño, los profesores e inspectores no detectaron nada malo, todo parecía a puntar a que el día de hoy, veintiuno de junio, fue un día tan común como el resto. Era imposible que Ned Volkinez se hiciera humo.

El Vicepresidente, con una tonelada de papeles sobre sus piernas, les dijo a sus colegas:

– Aunque no tenemos idea de dónde se ha metido Ned; necesariamente debemos anunciar esto a los alumnos, no queremos que se enteren de manera fortuita y causen un desorden mayor. Por eso quiero que aprueben generan una reunión generalísima el día de mañana a primera hora.

– ¿Vas a juntar a toda la Colonia sólo para decir que Ned está desaparecido y no tenemos idea alguna de dónde se metió? –le increpó uno del Consejo, frunciendo el entrecejo– Vaya, Vicepresidente, ¿no será eso perder tiempo valioso para buscar a nuestro líder?

– No sólo diremos eso, –le contestó fríamente el Vicepresidente– también quiero que permitan a todos los alumnos, desde primero hasta quinto año, que puedan buscar a Ned por cielo, mar y tierra.
– Pero…

– Juntos, ¡lograremos dar con Ned más rápido!

– Pero, no crees que iremos demasiado lejos, paralizando las clases y todas las otras cosas que trae consigo que saquemos a los alumnos de la Colonia.

– Eso es correcto, –dijo impertérrito el Vicepresidente– lo que acabo de proponer es ir demasiado lejos, sin embargo, es un método válido para encontrar a nuestro líder.

– Podemos buscar a Ned por nuestra cuenta, no hay necesidad de hacer eso.

– ¡No!, ¿acaso no entienden? –su rigidez comenzaba a transformarse en desesperación– Los alumnos de Club Ned están totalmente capacitados para llevar a cabo una misión de rescate, es mas, si se trata de Ned, ellos responderán de manera mejor. Créanme, yo conozco el tipo de jóvenes que vienen a la Colonia y sé que eso sucederá.

El ambiente se ponía cada vez más tenso, el Vicepresidente contra el Consejo Educativo, una pelea dispareja, pero que el hábil Vicepresidente logró revertir a su favor, haciendo que los del Consejo aceptaran su propuesta.

– Yo lo entiendo, señor Vicepresidente, sé que Ned significa mucho para usted. –le dijo una mujer que formaba parte del comité en el momento que la reunión había terminado y todos salían de la oficina de reuniones.

El Vicepresidente sólo asintió. Al salir la mujer, se quedó sólo. En el fondo, era verdad lo que le habían dicho: Ned era una persona especial en su vida. Él era como el padre que nunca tuvo, comprensivo, amistoso y un muy buen hombro donde desahogarse, el Vicepresidente le debía mucho a aquel anciano que lo cogió cuando el rumbo de su vida se había borrado y lo llevó a Club Ned donde le enseñó de todo un poco, y donde también lo terminó de criar. Estuvo junto a él incluso en arduos conflictos entre Ned y el Ministerio, ahí se maravillaba con la destreza de su mentor. Sin embargo, su admiración hacia el anciano fue máxima cuando supo que iba a ser el nuevo Vicepresidente de Club Ned en la colonia del espacio; desde ese momento, Ned era todo para él.

– Tú eres como un padre para mí. –le dijo un día en la Colonia.

– ¿En serio? –le dijo mirando hacia otro lugar con una amplia sonrisa– Pues, tú vendrías siendo como un hijo para mí.

Una lágrima llena de emoción cayó por el rostro del Vicepresidente en ese momento, se sentía verdaderamente querido como nunca antes en su vida.

Pero ahora que Ned no estaba, el corazón del Vicepresidente se estaba partiendo de tristeza. Era necesario encontrarlo ahora mismo, costase lo que costase, daría la vida por encontrar al anciano. Con todo esto revolviéndose en su corazón y su mente, se dirigió a su cuarto para dormir. Afortunadamente, su cansancio venció a su amargura y preocupación, y logró quedarse profundamente dormido a los pocos minutos después de acostarse.

A la mañana siguiente, bien temprano, el auditorio de la Colonia estaba repleto de alumnos, profesores y administrativos que comenzaban a tomar asiento para oír la desdichada noticia. Los cuatro amigos, entre un gran grupo de estudiantes, trataban de mantenerse juntos y buscar unos asientos para cuatro.

– Argh! ¿A qué genio se le ocurrió hacer una reunión de emergencia con todos los alumnos? –se quejó Roberto, con un terrible mal humor.

– ¡Ahí hay cuatro asientos! –exclamó Alex indicando.

Avanzaron rápido para que no les ganaran el puesto y se sentaron justo a tiempo, pues el Consejo Educativo y el Vicepresidente subían al escenario.

Sus caras no eran las mejores, a pesar de que el Vicepresidente durmió apaciblemente, en los últimos minutos antes de dar comienzo a la reunión, la angustia se volvió a apoderar de su cuerpo, desfigurándole hasta su andar. Los mismos seis que se habían congregado la noche anterior estaban ahora sentados frente a frente al público que los miraba dubitativos y extrañados por esta vertiginosa asamblea. El Vicepresidente, más nervioso que nunca, sentía como las miradas del auditorio junto a su pesadumbre interna le estaban carcomiendo su alma llegando al punto de no querer acercarse al podio para comenzar el discurso.

Ya todos, estaban sentados y en silencio, los estandartes de Club Ned se encontraban a ambos lados del escenario; y el podio, al centro, entre ellos. Era el momento, el Vicepresidente se levantó de su asiento, caminó lentamente, sin demostrar su flaqueza y se irguió detrás del podio, evitando mirar a los presentes a sus rostros. Se quedó un momento en silencio, tragó saliva y preparó su voz para que no sonara desarmónica producto de las emociones que lo embargaban. Un murmullo comenzó a surgir en consecuencia del mutismo del locutor.

“Algo malo, esto es algo malo” se decía a si mismo Pablo, que estaba encogido en su asiento.

Por fin el Vicepresidente comenzó a hablar, pero antes de emitir cualquier palabra, miró al público: gran error. Se dio cuenta de que había transmitido su preocupación al auditorio y los nervios comenzaron a apoderarse por completo del él, su serenidad que había querido aparentar, desapareció en ese instante. Sin embargo, se dignó hablar, evocando la majestuosidad con la que Ned argüía en los pasillos contra sus adversarios políticos.

– Como ven, no estoy muy tranquilo, pues ésta no es una reunión para anunciar algo bueno. –hizo una pausa en la que volvió a examinar las caras de los presentes. – No tengo ganas de anunciarles esto, pero es sumamente necesario. Tampoco tengo ganas de darme vueltas mucho en este asunto, así que seré claro. El día de ayer, Ned Volkinez desapareció de la Colonia sin dejar rastro alguno. –los presentes se quedaron hacia dentro, la preocupación inicial se transformó en una especie de tragedia colectiva.– Junto a los que están acompañándome en este momento, analizamos exhaustivamente qué sucedió con nuestro líder, sin embargo no llegamos a ningún puerto concreto, pero si a un consenso que nos ayudará a encontrarlo. Seré breve con esto: todos los que conforman Club Ned deben buscar a nuestro líder, cueste lo que cueste y es por esto que mañana a primera hora, realizaremos una operación masiva y obligatoria, para cada uno de los estudiantes de la Colonia, en el que iremos a la Tierra a buscar a Ned. – el murmullo que se había esbozado al comienzo, comenzó a expandirse por toda la sala, no podían creer lo que acababan de oír.– Ya he dicho todo lo necesario. Esta reunión queda cerrada.

La efervescencia en el público era increíble, todos, desde los profesores hasta los auxiliares de aseo estaban completamente impactados, muchos de ellos enfurecidos por la medida adoptada. Discutían todos con todos, incluso, un profesor, encolerizado, se acercó al Comité y al Vicepresidente para increparlos.

– ¡¿Cómo es posible que puedan arrojar a nuestros estudiantes a una misión tan poco práctica y elaborada?! ¡¿Qué no hay otra solución?! ¡¿O acaso, no aceptan de su error al dejar que Ned fuera secuestrado o algo por el estilo?!

El profesor no obtuvo respuesta por parte del Directorio, pero si de parte de los guardias que sacaron al individuo que se abalanzaba iracundo ante su indiferencia.

Lentamente, las personas comenzaron a salir del salón esparciendo por toda la Colonia un ambiente tenso e inquietante. Se sustituyeron las clases ese día por la preparación para la expedición masiva a primera hora del día siguiente, por lo tanto, todos debieron acostarse más temprano de lo habitual.

Los muchachos no tuvieron mucho tiempo para conversar sobre lo que acababa de ocurrir hasta que fueron a acostarse luego de ducharse. Se encontraban en pijama y tendidos sobre sus camas, no tenían ni una pizca de sueño pues eran en realidad dos minutos para las seis de la tarde. Conversaron sin muchas ganas sobre la ida hacia la Tierra. Por alguna extraña razón había surgido una apatía hacia su planeta natal. Pablo no habló mucho, estuvo muy retraído ese día. Eso es entendible, si sabes que él conocía que la ida de Ned era sólo la antesala de lo que vendría.

“¿Qué hago?”, se preguntó todo el día. “¿Qué hago?”. “Nada, tu no puedes hacer nada, eres un simple estudiante más”, se respondió mientras sus amigos hablaban en la habitación. “Pero… si me quedo sin hacer nada… no, ¡no! ¡No quiero que todos mueran! ¡Por eso debo hacer algo! Debo… revelar este secreto que no me deja actuar.”

– Escuchen –se atrevió a decirles–, Ned no desapareció, no fue raptado ni nada por el estilo –sus amigos lo miraron sin comprender mucho–. El escapó por cuenta propia.

– ¡¿Qué estás diciendo?! –gritaron los tres al unísono.

– Lo que escucharon.

– ¿Cómo dices eso tan seguro? ¿Cómo es que sabes? –le preguntaron, totalmente incrédulos e impactados.

Aunque estaba convencidísimo de contarles todo a sus amigos, algo más poderoso que él le impidió desahogarse; la promesa que había establecido con Ned un día, de aquellos que “entrenaba más de la cuenta”.

– No sé. –ya se había rendido, ellos no le habían creído, la esperanza que se había generado se apagó– Hagan como si no me hubieran escuchado.

Acto seguido, se introdujo en su cama dispuesto a dormir. Sus amigos, todavía un tanto anonadados, se resignaron y también se introdujeron para dormir. Sin embargo, Alex, encontraba raramente coincidente todo lo que estaba ocurriendo; todo estaba girando en torno a Pablo y Ned. El muchacho no se quedó dormido de inmediato, esperó un rato para que todos estuvieran dormidos y así, poder hablar con Pablo.

– ¡Hey!, Pablo, ¿estás despierto? –susurró lo suficientemente fuerte para que el de la cama de al lado le escuchase.

No obtuvo respuesta. Tampoco al segundo ni tercer intento. Alex se percató que Pablo estaba profundamente dormido y nunca le contestaría, por lo que se decidió por quedarse dormido. De repente, la voz de Pablo, resonó en la habitación tan despacio, que sólo Alex lo pudo escuchar.

– Yo… yo… siempre traigo desgracias a dondequiera que vaya… esta no es la excepción.

Alex no sabía si responderle, por lo que miró el rostro de su amigo y se dio cuenta que estaba dormido. Otra vez hablaba en sus sueños, pero eso no fue lo que le llamó la atención, lo que acababa de decir era lo más preocupante. “Pablo, qué nos escondes”, fue lo último que pensó antes de quedarse dormido.

****

Cuando estás en el espacio es imposible no soportar adormecerse con su monótona melodía ni comenzar abruptamente a recordar tu pasado, por más olvidado y malo que fuese. De eso se dio cuenta Pablo, el mismo día que llegó a la Colonia Ned. Ahí encontró una tranquilidad que nunca pudo experimentar en la Tierra y que le permitió desenvolverse con el resto de las personas, al punto de que llegó a formar amigos. El concepto de amistad cambió radicalmente para este muchacho, la amistad ya no era algo inasequible; ahora estaba tan cerca que puede sentir el calor fraternal de sus amigos. Por fin era aceptado, por fin Pablo conocía lo que era sentirse querido, lo que era la felicidad.

“Estoy agradecido de ustedes, Alex, Ben y Rob”, se decía cuando compartía con sus amigos, “Gracias por hacerme sentir una persona normal”.

Sin embrago, su catastrófica visión le atemorizaba, pues todos los lazos que había creado iban a terminar en unas pocas horas más.

La concepción del universo era compartida por muchos, incluso el Vicepresidente, que desde el hangar en el que estaban preparando las naves para la expedición, miraba abstraído el espacio moteado de infinitas estrellas. Estaba preocupado, no sólo por todo lo que estaba pasando y lo que vendría, sino que había algo extraño en el cosmos, algo andaba mal.

– Señor, todo está listo. –le dijo un hombre sacándole el ensimismamiento al Vicepresidente.

– Bien, –dijo, pausadamente– entonces, dé la orden de despertar a toda la Colonia. –miró su reloj– En una hora más quiero a todos aquí.

– Sí, señor.

El Vicepresidente fue a su habitación, agobiado por aquella sensación de que algo malo se avecina. Lo que él no sabía era que había un muchacho que había anticipado esta predicción y estaba recién despertándose luego de un mal sueño. En la habitación de los muchachos, sólo Alex y Pablo estaban vestidos y preparados para salir al hangar, Benjamín estaba duchándose y Rob, recién quitándose el pijama.

– ¿No piensas bañarte? –le preguntó Alex a Rob.

– No, porque nos vamos a retrasar.

– Ah… entiendo. –y le sonrió, le hizo gracia el argumento de su amigo.

Pablo miraba a sus amigos desde la distancia, estaba mucho más preocupado que el Vicepresidente. “… no puedo hacer nada”, pensaba, furioso, “amigos…”.
Segunda parte
Spoiler:
Ya más de la mitad de la Colonia estaba en el hangar, recibiendo información de último momento. Una medida adoptada fue la de hacer grupos de no más de seis alumnos, los cuatro amigos quedaron juntos más un muchacho de primer año llamado Gorme Rivera de pelo negro y ojos del mismo color. El muchacho no era de muchas palabras, su ceño estaba fruncido desde que le dijeron que iba a estar en el grupo conformado por los cuatro jóvenes.

Más allá, el Vicepresidente, acompañado del Consejo y unos cuantos profesores, se dirigían hacia el hangar para dar comienzo a la expedición.

– Disculpen. –dijo el Vicepresidente, deteniéndose a contestar su comunicador.

– <<Señor, hemos detectado una nave desconocida que se aproxima a la Colonia>> –le dijo la comunicadora.

– Intenten comunicarse con ella. –dijo, ingenuo, pues no relacionó esa nave al inicio del maldito suceso.

– << Ya lo intentamos, pero hay respuesta>>

El hombre quedó en silencio, pensando.

– No intenten nada hasta que yo llegué hacia la sala de operaciones. –dijo, un tanto alarmado.

El Vicepresidente, sin decir palabra a los que lo acompañaban (que seguían caminando más allá), se dirigió lo más rápido posible a la sala de operaciones. Al llegar se percató que la situación que se avecinaba era preocupante. La nave que se acercaba era de unas dimensiones impresionantes, era negra como el carbón, muy bien acorazada y lo peor de todo, se podía ver a simple vista una gran artillería que apuntaba hacia la Colonia. Todo esto no le causaba muy buena espina, pero no quería apresurarse a nada, había que esperar.

– Señor, que hacemos, ¿damos la señal de alarma? –le preguntó un operador con nerviosismo.

– Esperemos, –cada que segundo que pasaba se ponía más atemorizado, por eso agregó: – aunque será mejor que comiencen a alertar a los tenientes y profesores.

De repente, la Colonia se remeció tan fuerte que todo quedo tirado por el suelo, incluso varias personas se cayeron, los demás se sostuvieron de lo más cercano para no caer. Todo esto producto de que la extraña nave comenzó a disparar en contra de la Colonia, el Vicepresidente rápidamente ordenó a dar la alarma de emergencia.

El caos llegó en un instante, los remezones siguieron y las personas corrían de un lado a otro. No sabían que hacer. El hangar comenzó a convertirse en una especie de panal de abejas, todos iban a cualquier dirección, mientras escuchaban las estremecedoras palabras del propio Vicepresidente que se escuchaban por los altavoces.

– <<Estamos siendo atacados por una nave enemiga desconocida. Atención a todos, la expedición se pospone hasta que acabemos con la amenaza. ¡Todos en posiciones de combate para defender a la Colonia!>>

La Colonia entera comenzó a desplazarse hacia diferentes puntos donde se equiparon y esperaron al enemigo.

En un grupo de alumnos, iban nuestros cuatro muchachos, afligidos y atemorizados. Aunque los tres años en Club Ned habían recibido la formación para enfrentarse a este tipo de situaciones, ellos no se sentían capaces para lograr defender a su Colonia. Pablo, estaba silencioso y sobre todo, totalmente aterrorizado, este era el suceso catastrófico que se le aparecía en los sueños, este era el final de Club Ned. Entre tanto, Alex comenzó a hilar todo lo que había escuchado de Pablo en aquellas noches de sonambulismo y se encontró con la misma conclusión que la de su amigo. Estaban perdidos.

La nave desconocida no deba tregua, incluso después que la Colonia contraatacara con una potente artillería, hasta varios minutos después del primer remezón, el fuego cruzado se detuvo debido a que las naves estaban tan cercas una de la otra que disparar sería un arma de doble filo. Se dio inicio al combate cuerpo a cuerpo cuando una nave proveniente de la gigante negra aterrizó en una plataforma de la Colonia y de ella bajaron varias docenas de tropas robóticas armadas que comenzaron a destruir las cerradas puertas de acceso con sus disparos. Adentro, varios escuadrones armados esperaban a que entraran estos robots. La puerta metálica se llenaba de honduras y lentamente comenzaba a ceder. Unas garras metálicas aparecieron entre las dos hojas de la puerta, los soldados apuntaron y lentamente la puerta cayó. La imagen de un androide alto, con una capa ondulante color sangre, rodeado de una docena de robots de combate, fue la última que los soldados de Club Ned vieron antes de ser asesinados por un mar de disparos.

Rápidamente el caos y la muerte se esparcieron por la Colonia. Al paso de las tropas robóticas, alumnos y profesores, hombres y mujeres, yacían muertos en los pasillos y salas donde intentaron luchar o esconderse de la masacre. El aire se tornó denso y ácido.

Alex, Ben, Rob y Pablo estaban todavía con vida, en la sala oval junto con otros alumnos y varios profesores, entre ellos el profesor Hinkybell, que los alentaba al igual que un jefe de un batallón de soldados romanos. Pablo, en aquel revoltijo de sensaciones, miraba con compasión al profesor. Alex al ver la mirada de su amigo, se dio cuenta de inmediato en lo que pensaba.

– Alex, –escuchó la voz de Benjamín detrás de él– estoy comenzando a creer de verdad todo lo que nos dijiste hace dos días atrás en la clase del profesor Hinkybell.

Alex se dio media vuelta y contempló la cara de su amigo, angustiado y resignado.

– Vaya… –no supo que más decir, todo estaba tan raro en este momento que las palabras no salían con fluidez de su boca.

– Por eso, –continuó Benjamín con voz apagada– si eso será así, si este será nuestro fin –levantó la cabeza con mucha más energía para mirar fijamente los ojos de Alex–, nosotros debemos dar todo para que nuestra muerte no sea en vano y así tratar de que los demás puedan salvarse.

Los muchachos quedaron en silencio, mirándose, apunto de llorar, pero una explosión cercana les hizo recapacitar y acelerar sus cuerpos: las tropas enemigas ya llegaron hasta la sala oval.

– ¡¡Llegó la hora muchachos!! –gritó el profesor Hinkybell a todo pulmón– ¡¡Luchen por Club Ned!! –y hizo un enérgico ademán para indicar que era el momento de atacar, acto seguido se sacó de un tirón su monótono traje de profesor de la colonia para mostrar una delgada túnica blanca semejante a los de artes marciales.

Al segundo, los disparos provenientes de ambas partes comenzaron a cruzarse, tanto robots como humanos caían al suelo en un charco de aceite y sangre respectivamente. Algunos, como los cuatro amigos, al no tener armas luchaban a puño limpio contra esos robots que no sucumbían tan fácilmente. Rob resultó herido, pero rápidamente fue asistido y ayudado a levantarse.

– Déjenme, que continuaré peleando– dijo, lleno de adrenalina, tomando un arma y disparando contra las chatarras.

Al centro de la sala, Hinkybell, luchaba espectacularmente. Sus técnicas de combate eran tan avanzadas que lograba despedir bolas de energía blanca desde sus palmas con las que lograba destruir de un golpe a los invasores. Los estudiantes miraban de reojo las peripecias de su profesor totalmente atónitos, nunca lo habían visto luchar de aquella forma (salvo los de último año que se estaban preparando para luchar como él).

Poco a poco, la victoria se deslumbraba en el horizonte.

Sin embargo… apareció entre las tropas robóticas el androide de la capa color sangre y se acercó al profesor, empujando a todo quien se le acercara con una fuerza sobrehumana. Hinkybell, que terminaba de derrotar a un par de robots, vio como el androide se le abalanzaba y se defendió con una esfera de energía. El androide sólo retrocedió unos metros.

– Pero que tenemos aquí –dijo el androide de la capa revelando una voz metálica–. No pensé encontrarme tan rápido con el maestro del control energético. Esto por fin se pone emocionante. –y volvió a atacar.

Hinkybell se protegía con su habilidad de los múltiples ataques físicos del androide.

– Dime… tu… nombre. –le inquirió, jadeante, el profesor, mientras se protegía y mantenía la embestida de su adversario.

– Mi nombre… –soltó una risa malévola– Yo soy… –y empujó al profesor unos cuantos metros más atrás y dijo a todo volumen:– ¡El General Deuxtar!

Todos escucharon el nombre y se dieron vuelta para mirarlo. Estaban mirando al que acabó con Club Ned.

– ¡Pues yo soy el profesor Hinkybell! –gritó, mientras se levantaba del suelo– ¡¡Y yo seré quien te derrote!! –comenzó a correr hacia el general.

Mientras corría, extendió su mano y reuniendo toda su energía, materializó una luminosa espada blanca como si fuera una extensión de su propia mano. Deuxtar, no se sorprendió.

– Ja, ja, ja –rió–. Me han hablado mucho de tu espada… No me sorprendes.

Hinkybell dio un largo grito mientras blandía la espada contra el general, pero éste detuvo el ataque con sus garras metálicas. El hombre, enardecido, comenzó a luchar como nunca antes lo había hecho, todo su cuerpo y alma estaban volcados hacia fuera, en contra del androide, para derrotarlo y terminar esta sangrienta lucha que ya se había extendido por casi toda la Colonia.

Mientras tanto, los muchachos siguieron peleando en una sala contigua contra los robots que no paraban de crecer en número puesto que llegaban refuerzos a cada instante. Aunque las cosas iban mal, los muchachos estaban totalmente confiados en que las cosas saldrían bien, principalmente por el profesor Hinkybell, a excepción de Alex y Pablo, que todavía no concretaban cómo a su profesor le podía suceder algo malo. Un instante, las miradas de los muchachos se cruzaron y comprendieron automáticamente lo que estaba pensando el otro. Los dos, rápidamente, fueron de nuevo a la sala oval y encontraron al profesor y al androide, luchando furiosamente uno contra el otro, rodeados de una imagen que difícilmente se borrará de la retina de los muchachos: el suelo metálico esta regado de sangre de sus queridos alumnos y profesores. Hinkybell al estar tan concentrado en su batalla, no se percató de la presencia de los dos estudiantes, hasta que los dos jóvenes soltaron un grito al unísono:

– ¡¡Profesor Hinkybell!!

Los dos combatientes dieron un salto hacia atrás, separándose, para mirar a los muchachos. Hinkybell al verlos, se desfuguró.

– ¡¿Qué rayos hacen aquí?! –les gritó– ¡Váyanse de inmediato de… –pero no termino, porque Deuxtar había aprovechado el momento en que el profesor dio vuelta la cabeza para atacarlo. Atravesó con sus garras el cuerpo del hombre, este gritó al igual que los muchachos.

–¡¡Nooo!!

Deuxtar retiró sus garras que estaban empapadas de sangre y se rió malévolamente al ver como el cuerpo inerte del maestro del control energético caía en una poza de su propia sangre.
Alex y Pablo, sumidos en un horror incontenible, salieron corriendo, sudando de pies a cabeza en busca de sus amigos… Había que escapar lo más pronto posible. Llegaron a la otra sala y en un santiamén jalaron, sin dar ninguna explicación, a Rob y Benjamín hacia el hangar donde el fuego y las naves destruidas eran las huellas del paso de las tropas de Deuxtar.

– Estamos perdidos. –dijo Rob sumamente abatido, al igual que sus tres amigos.

Ya no tenían más opción, comenzaron a correr, ya casi sin ánimos, hacia el otro extremo del hangar, donde había un acceso hacia la plataforma. En el camino, se encontraron con los cuerpos de muchas personas conocidas, parecía una morgue luego de un atentado terrorista.

De súbito, a medio camino, escucharon tras de sí una voz conocida:

– ¡Hey! ¡Aquí hay una nave!

Se dieron vuelta y encontraron a Gorme Rivera lleno de suciedad, entre los escombros y las llamas, al lado de una pequeña nave que había pasado desapercibida por el fuego. Los muchachos, aliviados corrieron hacia donde el pequeño y le recompensaron con una palmadita en el hombro.

Subieron los cinco en la nave y salieron a toda velocidad del hangar. Minutos después, cuando estaban a una distancia considerable de la colonia, miraron para atrás y vieron como la nave de Deuxtar se alejaba de la Colonia, al segundo, se horrorizaron al ver como estallaba el hogar que los había albergado durante tanto tiempo. Desde el Vicepresidente, que había muerto en la sala de operaciones junto con los demás funcionarios cuando el ejército de robots llegó a ese punto, hasta el más pequeño de los estudiantes, murieron trágicamente. Ellos cinco eran los únicos sobrevivientes.

Ellos debían sobrevivir, porque el mismo destino que produjo que la colonia Ned se destruyera, cambiaría sus vidas para siempre.
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Vie Abr 06, 2012 7:36 am

Bien! Esta historia está bien interesante.
Creo que la última vez tenías pensados unos 18 capítulos por saga, veo que se te han ocurrido muchas cosas más por agregar Very Happy
Espero que pronto vengan épocas un poco más pacíficas que te permitan continuar escribiendo y subiendo con mayor libertad. alien

Un saludo!
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Sáb Abr 07, 2012 4:24 pm

Genial Manto que sigas interesado en mi historia!
Y jejeje creo q se me han ocurrido varias cosillas para agregar, espero que no sean tan distorcionantes, sin embargo, estos primeros capitulos no han sufrido mucha alteracion en los sucesos (son practicamente los mismos xd)

Dejo cuatro capitulos más (me volvi loco) jajaja !! no, porque no creo qe posteare aqui en algun tiempo (como dos semanas) Eso, espero que lo disfruten


Capítulo 4 - Crimson Shark: amago y golpe

Primera parte
Spoiler:
“Democracia y Anarquía siempre se enfrentarán a muerte”

Una nave Ministerial descendía de un cielo anaranjado en dirección hacia el hangar principal de la Metrópolis de la Tierra, donde no esperaban que llegara tan temprano. Esa nave acababa de salir de la Tierra en la mañana de ese día y no debía volver hasta en tres días más.

– ¿Qué está diciendo? ¡¿Cómo es posible que la tripulación del vuelo 203 haya vuelto?! ¡Si ni siquiera ha pasado un día desde que salió de la Metrópolis! –espetó un furioso hombre de pelo gris, un bigote robusto y panza prominente, sentado tras su escritorio mirando fijamente al hombre que estaba frente a él.

– No tengo idea, señor. –contestó tímidamente este hombre, encogiendo sus hombros.

– Pues, cuando aterrice, haz traer a mi despacho la tripulación de esa nave. –dijo, calmándose un poco– Necesito tener una conversación urgente con ellos… –e hizo ademán para que el hombre se retirara.

Luego de que el individuo cerrara la puerta, el viejo dio vuelta su asiento dándole la cara a una ventana tapada por un visillo color crema que difuminaba el crepúsculo. Con sus manos cruzadas y frunciendo el entrecejo, dijo para sí:

– Al parecer en esta situación habrá que tomar la medida especial.

Mientras que el hombre bajaba rápidamente al hangar, en ese lugar, la nave del vuelo 203 acababa de aterrizar. De él descendieron cinco soldados, seguidos por una mujer con gafas atiborrada de papeles y por último, una esbelta y más elegante Escila Fragota, en la cual los años que habían pasado habían revotado muy lejos de ella manteniendo su frescura y belleza totalmente intacta. Llevaba un traje carmín oscuro con terminaciones en dorado y blanco junto con una capa blanca que hacía juego. Sobre su pecho derecho, la medalla que decía en dorado “Capitana de los Ejércitos de la Tierra”.

Escila tomo posición adelante y caminó, solemnemente hacia la salida del hangar que daba a un hermoso vestíbulo del Ministerio Gubernamental. Ahí, apareció el hombre que fue enviado por el anciano del bigote poblado. Se les acercó a penas entraron al vestíbulo y les invitó, nervioso, a que lo siguieran a la oficina de su jefe. La capitana lo quedó mirando hacia abajo, pues era mucho más alta que él y le dijo con disgusto:

– Discúlpanos, en este preciso instante vamos a hablar con el Primer Ministro. Eso es más urgente que hablar con Mashler. Con su permiso –y siguió su camino, acelerando un poco el paso.

El hombre quedó callado, no ofendido, sino más bien afligido por lo que le diría su jefe al saber que no consiguió que Escila fuera a su despacho. Al minuto despareció tras una puerta para contarle lo sucedido a Mashler, su jefe.

Escila tenía que hablar con Zafiro en ese preciso instante. Había un tema urgente que resolver y estaba totalmente relacionado con el viaje y la vuelta imprevista. Al llegar al acceso de la oficina del primer Ministro en el octavo piso, dejó atrás, en la sala de espera, a sus acompañantes que se sentaron en un total silencio. Escila, después de consultar con la secretaria del magistrado, entró al majestuoso despacho de Soler.

La habitación había cambiado muy poco desde el gobierno de Antonio Guizer, salvo que la cantidad de muebles y adornos había aumentado un poco y el inmenso ventanal que iluminaba a esa hora crepuscularmente toda la habitación tenía unas nuevas cortinas de terciopelo rojo recogidas en a los costados. Escila, que conocía como era el antiguo decorado, se dio cuenta que Zafiro Soler tenía un muy refinado gusto.

El ministro estaba sentado en un largo y lujoso sofá, bajo un colgante de cuentas que daba luz a un extenso informe acerca de los crímenes en la Metrópolis que estaba leyendo. Al entrar la Capitana, Zafiro se levantó, dejando aún lado el informe y la invitó a sentarse en una de las múltiples butacas que había frente al sofá.

– Escila, que bueno verte por aquí. –le dijo mientras la mujer se sentaba– ¿Qué haces por estos sectores tan temprano? ¿No era que estabas de viaje a Club Ned?

– Es por eso mismo que vengo a hablarle. –el rostro de Escila tenía algo extraño, este día como ningún otro, irradiaba una extrema preocupación por algo…

En la habitación contigua, donde se encontraba la sala de recepción del Primer Ministro, un airado Nustus Mashler caminaba como un huracán hacia la puerta de acceso a la oficina de Zafiro, sin importarle un ápice los reproches de la secretaria. Atrás de él, la tripulación del vuelo 203 era retenida por tres sujetos.

Abrió la puerta de un portazo y entró, sin saludar, con el ceño fruncido a más no poder. Escila y Zafiro se dieron vuelta hacia el umbral para ver la redonda figura del Mashler, que cerraba la puerta con vigor.

– ¿Qué modales son esos, Nustus? –le preguntó el Primer Ministro, impasible.

El aludido no respondió, avanzó decidido hacia donde se encontraban sentados y se detuvo fulminando con la mirada a Escila que estaba abrumada ante la llegada de ese sujeto. “¿Quién se cree este?”, pensó, devolviéndole la mirada.

– Soler –comenzó a decir Mashler tratando de contener su ira–, no tengo mucho tiempo pero requiero hablar con Escila y su tripulación de inmediato. –al hablar, se le movía el bigote de un lado a otro– En privado.

La señorita Fregota se levantó y le dirigió la palabra al del mostacho.

– Tendrás que esperar, Mashler. –y agregó tajantemente: – Ahora, sal, pues estoy conversando con Zafiro de algo secreto.

Mashler se ruborizó de ira y apretó los puños. Parecía que los botones de plata de su frac iban a salir volando debido a la presión que estaba ejerciendo su prominente barriga que en los lapsos de ira se inflaba aun más.

– No tengo tiempo para discutir contigo, Escila. –dijo Nustus Mashler muy descortés– Recuerden que soy el Director del departamento de Planificación y sabes muy bien que esta vuelta temprana es un problema que debe ser resuelto. Y para tu información, nadie me ha notificado de esta sorpresiva llegada, ni si quiera la Plataforma Espacial. –se volvió hacia el Primer mMinistro– Por lo tanto, Zafiro, necesito que posterguen su secreta conversación.

Zafiro asintió y miró a Escila para comunicarle que podía salir.

– Yo no tengo problema en que te la lleves. –dijo Zafiro– Lo único que me preocupa es tu falta de cortesía. Mínimo: se toca la puerta antes de entrar a cualquier habitación ajena.

Escila sonrió por lo que el Ministro acababa de decir y luego miró de reojo a Mashler para ver su reacción. Él estaba como un tomate, pero no emitió ninguna palabra, ni si quiera se despidió al salir del despacho.

– Vendré tan pronto como pueda. –dijo Escila a Zafiro antes de cerrar la puerta lentamente.

En la recepción no se encontró con su tripulación. Los que vinieron con Mashler ya se los habían llevado. La Capitana, que caminaba tras él, pensaba en lo extraño que era todo esto… ¿Por qué dijo Mashler que nadie lo había notificado si en la Plataforma Espacial había dejado una clara constancia de su vuelta? Y lo que más le apesadumbraba era el suceso que le hizo devolver… aquel suceso que no le pudo contar a Zafiro. Escila se recriminaba por no haberle dicho lo que sucedió, pero pensaba terminar pronto con lo de Mashler y volver a contarle todo… lo que le sucedió en su viaje a la Colonia de Club Ned.

Llegaron al despacho de Mashler. Escila, al no encontrar a su tripulación ahí, comenzó a preocuparse por su paradero.

– ¿Dónde está toda mi tripulación? –le preguntó con severidad.

– No te preocupes, yo te llevaré donde ellos pronto. –le contestó, sin mirarla.

No se detuvieron en la oficina, siguieron por un estrecho y mal iluminado pasillo de acceso restringido. Pasaron unas cuantas puertas de metal hasta que se pararon frente a una.

– Llegamos –dijo Mashler digitando unos números en un teclado al lado de la puerta, esta se abrió y agregó– Pase usted primero.

Escila, vaciló, pero finalmente entró a una oscura habitación parecida a un laboratorio donde encontró a su tripulación en unos asientos metálicos rodeados por tres hombres uniformados. Esto no le daba muy buena espina, sin embargo no quería causar polémica por lo que se resignó totalmente justo cuando Mashler entraba y se cerraba la puerta tras de sí. Total, ella era la Capitana de los Ejércitos de la Tierra y nada malo puede pasarle dentro de las dependencias republicanas.

Zafiro Soler durante el resto de la tarde y hasta la mañana siguiente no la volvió a ver. Estaba afligido por lo que le pudo haber sucedido con Mashler. Preguntó a varias fuentes, pero nadie pudo darle información exacta.

Ya era mediodía y Zafiro estaba en su despacho, como era costumbre. Ya había terminado de leer el informe de la noche anterior y eso no era lo que le preocupaba en lo más absoluto. Su mente estaba llena de pensamientos relacionados con lo sucedido con Escila, aunque sólo eran especulaciones, estaba plenamente afligido. Mirando un grisáceo día a través de la ventana trataba de dilucidar qué era lo que estaba sucediendo.

Desde hace tiempo que se viene dando cuenta que hay rivalidades entre distintas personalidades dentro del Ministerio, cosa que a Zafiro no le agradaba para nada. Muchas veces ha tenido que soportar y ser como mediador en las disputas que se formaban entre ellos. Mashler ha protagonizado muchas de ellas y por lo que sucedió ayer, el Director del departamento de planificación ya tenía sus días contados en el Ministerio. Pero eso traía un problema: los que estaban del lado de él, se volcarían contra Zafiro, recriminándolo por despedir a Mashler. El Primer Ministro estaba en jaque.

“¿Me quedo aquí, cruzado de brazos, esperando a que todo se resuelva? O ¿Actúo ahora, cortando de raíz toda esta rivalidad?”, pensaba.

El sonido de un llamada entrante lo sacó de sus pensamientos. Dio vuelta hacia su escritorio y contestó, era su secretaria que le avisó que Escila Fregota estaba esperando en recepción y quería conversar con él. El corazón de Zafiro dio un vuelco, ella estaba a salvo.

– Escila, que bueno que estés bien –le dijo con entusiasmo luego de que ambos se sentaran–. Me tenías sumamente preocupado.

– Disculpa. –dijo.

– ¿Y? ¿Vienes a contarme el porqué de tu vuelta tan rápida?

Escila se sorprendió con la pregunta, quedó mirando a Ministro con cara de extrañada.

– ¿Cómo preguntas eso Zafiro? ¿Qué no te has enterado?

Zafiro no contesto, no entendía lo que estaba sucediendo.

– La Plataforma Espacial de la República nos comunicó mientras viajábamos que nuestro viaje había sido postergado. –le dijo con prisa.

¿Qué está sucediendo aquí? Lo que está diciendo Escila es una tremenda incoherencia… Decir eso, si horas atrás el Director de planificación estaba descontrolado por la vuelta repentina y sin aviso de su vuelo.

– Y… ¿no piensas decirme nada? –se atrevió a preguntarle, puesto que esto lo sacaba de toda lógica.

– Decir algo de qué. ¬–contestó, arqueando sus finas y femeninas cejas.

– De tu viaje. Ayer en la tarde, me contarías algo sumamente importante que sucedió en el viaje.

– No sé de que está hablando, señor. –dijo, sin relajar sus cejas.

– ¿Te sucedió algo en el viaje a Club Ned? ¿Ese algo tiene que ver con que hayas vuelto tan rápido? –comenzaba a desesperarse, todo esto le resultaba muy raro.

Escila se levantó, un tanto airada por las preguntas de Zafiro. Ella también encontraba que había algo raro en todo esto, el Primer Ministro estaba actuando extraño.

– Señor, la Plataforma…

Pero él hombre se levantó también. Miraba a Escila con recelo, ante la cual ella se percató y se defendió diciendo:

– Zafiro, si me hiciste venir por esto será mejor que me retire.

Acto seguido comenzó a caminar con vehemencia hacia la salida.

– ¿Te ha sucedido algo hoy? –le preguntó el ministro rápidamente.

– Nada. –dijo, girando su rostro proseguido de su espesa cabellera sin detener su andar.

Zafiro, totalmente paralizado, desplazó su vista por la trayectoria de la mujer, hasta que esta cerró la puerta tras de sí. Abatido y con un fuerte dolor de cabeza, se recostó sobre el sofá. En la mesita que se encontraba al lado, encontró una caja de cigarrillos, prendió uno y con aparente parsimonia se lo llevó a la boca. “¿Qué está sucediendo?”, pensaba, “¿Por qué Escila actuó tan distinto?”. Todo esto lo conducía a pensar que habían sujetos que estaban moviendo piezas dentro del Ministerio bajo sus propios pies, sin que él supiera de ellos. Esa sensación lo aterrorizaba… puesto que Zafiro se convertiría en una especie de títere manipulado por estas personas que se movían entre las sombras. Quería hacer algo, quería actuar. Esta vez estaba dispuesto, porque nada podía detenerlo, estaba seguro de que encontraría la raíz de todos estos sucesos dentro de su propio nido; cosa que a él no le gustaba.

Realizaría esta investigación solo, sin ayuda de nadie, puesto que cualquiera podría estar envuelto con este grupo de personas. La desconfianza se convertiría en el arma principal del ministro.

Al acabársele el cigarrillo, decidió iniciar con el caso de Escila. Ahí sentado, comenzó a recordar cada palabra y cada gesto de ella en las dos ocasiones anteriores. Aparte de ratificar la olímpica contradicción entre la tarde de ayer (en el que le contaría el porqué de que se devolvió tan rápido de su expedición) y hoy (que contó algo sumamente ordinario, que no merecía tanto secretismo), llegó a la inquietante conclusión de que a Escila le pudieron haber borrado la memoria.

Se levantó, y rápidamente se colocó una capa blanca colgada en un perchero y salió de su despachó, decidido a buscar respuestas.

– Señor. –le decía su secretaria al verlo salir, pero este no contestaba– ¡Señor! ¡Señor Soler!

Éste estaba a punto de salir de la recepción, pero se detuvo al escuchar a su secretaria.

– ¿Qué sucede, Martha? –dijo, frunciendo el entrecejo.

– Usted no puede salir. –dijo tímidamente, encogiéndose de hombros, como si tratase de esconderse tras sus gafas. El Primer Ministro la miró con sorpresa y enojo, por lo que ella se apresuró a decir: – Han avisado del Ministerio de Defensa Interior que por su seguridad no saliera de su despacho, porque… –quedó en silencio, desviando la mirada hacia abajo.

– ¡¿Por qué?! –le espetó Zafiro que no estaba para perder el tiempo.

Martha se retorció un poco, como una especie de gusano y dijo muy fuerte:

– ¡Porque nos están atacando, señor!

– ¡¿Qué?! –exclamó, perplejo Zafiro, sin dar crédito a lo que acaba de oír.

Rápidamente entró a su despacho, cerró la puerta de un golpe y desde su escritorio comenzó a llamar desesperado a los del Ministerio de Defensa para exigir una explicación. Aparte de que afuera se estaba desarrollando una batalla, se encontraba impotente porque nadie le notificó acerca de este suceso. Esto, sólo apoyaba a su hipótesis de que habían personas que trabajaban en la oscuridad y aportaba un hecho: le estaban escondiendo información.

****

Se sentían reverberar las pisadas ágiles de dos muchachos de ropas poco llamativas en un angosto callejón de la Metrópolis, iluminado vagamente por un deslucido alumbrado público y por la luz de la luna que se veía a trazos entre los rascacielos de la ciudad. Era un pasaje bastante poco aseado, típico de los que se encuentran detrás de un restaurante o tienda comercial, lleno de basureros y desperdicios tirados por el suelo. Los dos jóvenes estaban corriendo y miraban constantemente hacía atrás como si alguien los estuviesen siguiendo.

– ¿Los hemos dejado atrás? –preguntó uno de los muchachos de una rubia cabellera desordenada a más no poder.

– Parece que sí. –contestó el otro, que miraba hacia atrás, su cabello era castaño con un largo flequillo levantado hacia el lado.

Se detuvieron y se relajaron.

– Ésta fue buena, ¿no lo crees, Mataro? –le preguntó con una sonrisa el de cabello castaño, era un poco más pequeño que el otro.

– Si. –le respondió con otra sonrisa– Hay que repetirlo… –pero se detuvo, al otro extremo del callejón, que le estaban dando la espalda, sintieron un sonido bastante conocido por ellos.

Se dieron vuelta y se encontraron con cinco policías que les estaban apuntando.

– ¡Alto ahí! –espetó uno de los uniformados– ¡Ustedes están bajo arresto!

Los muchachos no se movieron ni se preocuparon ni un poco, es más, las sonrisas no habían abandonado sus rostros.

– ¿Quiénes? ¿Nosotros? –preguntó, arrogante, Mataro, con intención de fastidiar a los policías.

Lo logró. Los cinco abrieron fuego en contra de los dos adolescentes, sin embargo estos comenzaron a correr entre la balacera y, sin resultar impactados, se abalanzaron contra ellos para atacarlos con imparables derechazos y patadas. En menos de un minuto, los policías estaban tirados en el suelo, inconscientes, mientras los dos muchachos estaban muertos de la risa.

– Saoran… –le dijo Mataro entre carcajadas– Estos debiluchos no son nada.

Acto seguido los dos saltaron tan alto como si fuesen ingrávidos hasta el techo del los edificios adyacentes, cada uno en un edificio distinto, comenzaron a contemplar la Metrópolis de noche. Estaban en silencio, mirando a su alrededor, hasta que se escuchó un repique proveniente de los bolsillos de los muchachos. Eran sus celulares que sonaban. Ambos, sincronizados, contestaron y luego cortaron sin decir palabra. Se miraron maliciosamente, los dos habían recibido la llamada de la misma persona.

– ¿Nos vamos? –preguntó Saoran, como si quisiese seguir ahí.

– Espera. –le contesto, mirando hacia la calle, donde se habían estacionado tres patrullas policías rodeados de varios uniformados que buscaban con impaciencia a los fugitivos. Mataro agregó: – Deja terminar con ellos. –Extendió su mano con la palma abierta, apuntando a los policías. De ella salió despedida una luminosa bengala morada que impactó en el lugar indicado, haciendo explotar a todo lo que estaba alrededor. Los vehículos quedaron hechos añicos y los policías estaban desparramados por todas partes. Luego se volvió hacia Saoran y le dijo alegremente: –Pues, ahora si nos podemos ir.

Saoran lo estaba mirando con recelo y los brazos cruzados.

– ¿Qué te sucede? –le preguntó Mataro.

– Nada.

– Dime…

– Es que, ¡te llevaste toda la diversión, Mataro!

– Hehe… Lo siento

Los muchachos se fueron saltando de edificio en edificio con la misma ingravidez y velocidad que antes, dejando tras de sí una serie de crímenes.
Segunda parte
Spoiler:
****

Eran pocos minutos para el mediodía y el cielo sobre la Metrópolis estaba nublado, anormal para esta época del año. El Primer Ministro estaba en su despacho, pensativo; mientras que Escila, pisos más abajo, era notificada de que Zafiro Soler la estaba buscando y quería hablar con ella.

Era él día siguiente al regreso del vuelo 203 y en la cima de una montaña desabitada cercana a la punta noreste de la Metrópolis se distinguía una nave plomiza con franjas color carmín tipo crucero de asalto que flotaba con lentitud, avanzando hacia la ciudad. Aquel sector era el centro de comercio de la desmesurada industria de la República, donde se destacaba un gigantesco rascacielos de armazón negro y cubierto por vidrios reflectantes, llamado “El Espejo”.

El crucero era de procedencia desconocida, en el Ministerio no tenían notificado la llegada de ninguna nave de las ciudades del resto del planeta o de otras civilizaciones. En la sala de vigilancia, plagada de pantallas que mostraban diferentes puntos de la Metrópolis, el encargado de de turno junto con sus ayudantes que se encontraban sentados a lo largo del panel de mando, bajo los monitores, se dieron cuenta de la presencia de la nave. Los radares aéreos lo confirmaron. Hicieron lo que había que hacer: llamaron a los de Defensa y les dieron alerta de lo que estaba sucediendo.

– ¡Comiencen un análisis de la nave extraña! –dijo un almirante.

– ¡Sí, señor!

– ¡Movilicen las naves caza hacia la punta noreste! –agregó– ¡Y dé también la orden de preparar a las dos legiones de tropas con las que contamos en este momento, por si la situación empeora!

– Pero, señor, para movilizar tropas terrestres necesitamos la autorización de la Capitana Fregota. –dijo una mujer al lado de él.

En ese instante, Escila volvía de su extraña conversación con Zafiro y estaba caminando por las dependencias del Ministerio de Defensa. El almirante salió a su encuentro y pidió autorización. Escila accedió. Y sin más preámbulos, del hangar salieron una docena de naves, seguidas de cuatro naves de transporte llenas de tropas. Iban a defender el Espejo de aquella inminente amenaza, porque si llegase a ser atacada, la economía de la Metrópolis se iría en picada libre.

El bloqueo republicano rodeó todo el sector, el Espejo estaba franqueado por naves cazas que se reflejaban en los espejos del rascacielos haciendo parecer que había el doble de unidades. En la sala de control, Escila, el Almirante y varios tenientes más estaban esperando que el crucero plomizo diera señales de querer atacar para dar la orden de iniciar el combate. Estaban nerviosos.

El crucero se detuvo justo al inicio de la ciudad, el gran monitor de la sala de control amplio la imagen sobre ella y se dieron cuenta de un gran símbolo rojizo a un costado de la nave, era una especie de tiburón arqueado circularmente y bajo de él, las palabras “Crimson Shark”.

– ¿Crimson Shark? –preguntó un teniente– ¿Qué será eso?

Aparentemente nadie tenía la más remota idea, pues nadie dijo nada al respecto.

– ¿Una organización? –se atrevió a especular el Almirante.

– No hemos encontrado nada en los archivos ni en la web. –dijo un ayudante.

Pero no se habló más, puesto que dieron la señal de ataque al percatarse que la nave había desplegado un enorme cañón que apuntaba medio a medio al Espejo. Las unidades aéreas de la República comenzaron a disparar al crucero de la Crimson Shark, intentando derribarlo.

– ¡La nave enemiga esta preparando un ataque contra nosotros! –dijo otro ayudante.

Y en efecto, del cañón comenzó a resplandecer una gran esfera de energía que crecía aceleradamente generando un sonido expansivo.

Se aumentó rápidamente los ataques para impedir que disparara. Entre disparo y disparo, de la zona inferior del crucero enemigo salió una pequeña nave que huyó hacia el otro lado del conflicto. De las pantallas que monitoreaban la batalla, en ninguna se podía apreciar esta nave y los presentes se encontraban enfrascados en el enemigo, por consiguiente, nadie se dio cuenta de ella. Gravísimo error.

El crucero recibió un daño en su cañón producto de una bomba lanzada por una nave caza, lo que produjo que la esfera de energía que se estaba generando disminuyera su poder a la mitad. Sin embargo, eso no fue necesario para que el cañón no pudiese disparar.

– ¡¡Rápido, rápido!! ¡¡Necesitamos que destruyan ese cañón antes que dispare!!

La orden del Almirante sonó demasiado tarde en los audífonos de los pilotos… El crucero de la Crimson Shark había disparado su esfera de energía a tan sólo un 50%, pero esto no fue una excusa para que al impactar en el Espejo, este no se desplomara tal como lo haría un alto vidrio.

Escila y los demás estaban impactados al ver a través del monitor, como el Espejo se hacía escombros. Como la maravillosa estructura era reemplazada por una lluvia de pequeños fragmentos luminosos y por el sonido metálico del armazón azotándose a sí mismo y contra el suelo.

Minutos después, la nave enemiga fue destruida al explotar el cañón que portaba.

La República de la Tierra había obtenido una victoria a medias… Sin embargo, esto todavía no había finalizado.

La nave que había escapado del crucero viajaba en dirección al Ministerio Gubernamental a toda velocidad. Nada hacía ver que dentro de ese transporte, que pasaba desapercibida entre la inmensidad de otras naves, viajaban Saoran y Mataro junto a una misteriosa mujer, que se encontraba detrás de un velo lo que impedía verla.

– Sólo una plataforma desocupada necesitamos para poder aterrizar –dijo Saoran mirando a través de una rendija donde a través de ella ya se veía el edificio del Ministerio.

– ¡Ja! –se rió Mataro con estridencia– Al parecer no entiendes el plan, Saoran. –el aludido lo miró con desprecio, pero Mataro no se dio cuenta así que le contó el plan– Verás, como la…

– ¡¡Conozco muy bien el plan!! –le interrumpió, dándole la espalda a Mataro, éste ultimo le sacó la lengua con desprecio.

– Cállense los dos o si no verán cómo el castigo de la semana pasada se ve duplicado. –amenazó una voz pausada y femenina proveniente detrás del velo, los dos adolescentes se calmaron al instante.

La nave comenzó a descender. Aterrizaron en una plataforma custodiada sólo por dos soldados que al ver la nave se perturbaron y notificaron de su llegada explicitando el extraño símbolo del tiburón.

– Es imposible. –dijo, perplejo, uno de los tenientes en la sala de mando– La Crimson Shark… ¡Envíen tropas de inmediato hacia…! –ordenó, pero fue interrumpido por el Almirante.

– ¡Las tropas están en el Espejo! –su voz sonaba un tanto preocupada– y no volverán hasta que terminen de analizar el área y la nave derribada.

– Pues de la orden, mi comandante, ¡de que desalojen el área y vengan a proteger al Ministerio! –dijo con mucha energía el teniente.

El Almirante abrió la boca para responderle, pero Escila se le adelantó.

– Yo me encargaré de esto. Iré con mi escuadrón personal y por mientras no muevan otras tropas hasta que yo lo diga. ¿Entendido? –luego de que le asintieran, se acercó al Almirante y le dijo por lo bajo:– Que el Primer Ministro no salga de su despacho, es posible que vengan por él. –se retiró veloz, con su capa blanca ondeando alrededor de sus rodillas.

En la pequeña plataforma, la nave con la insignia de la Crimson Shark estaba detenida. Los soldados, alertas, apuntaban hacia la rampa de acceso que acababa de abrirse. De repente bajó un robot de pequeñas dimensiones, ovalado, más parecido a un indefenso pingüino metálico que a un androide de combate, pero en vez de tener una cabeza de ave, tenía el hocico y los ojos de un tiburón, junto con una pequeña pero clara aleta dorsal metálica. Comenzó a avanzar haciendo un ruido metrónomo estacionándose en menos de un minuto entre los soldados que habían seguido con la mira todo su trayecto un tanto perplejos.

– ¿¿Qué coño es esto??

¡BOOM! El robot estalló, tirando a los dos soldados al suelo. De la nave, bajaron Mataro y Saroan con una sonrisa de oreja a oreja, porque este iba a ser otro día de acción para los adolescentes. Detrás de ellos descendió una mujer alta, de piel extremadamente blanca con tonos rozados, su pelo lacio y largo era negro pero brillante recogido en la frente en un pequeño flequillo hacia adentro, sus ojos eran rasgados del mismo color que su cabello lo que aumentaba aún mas su frialdad. Llevaba un vestido verde muy elegante que cubría un aparente esbelto cuerpo. Al mirarla, se producía un efecto de contraste entre su piel, pelo y vestido.

Los muchachos se acercaron a los soldados que yacían en el suelo y, al confirmar que estaban ya desmayados, hicieron volar la puerta metálica de acceso que protegía la entrada al Ministerio. Mataro y Saroan, con expectación, entraron primero; detrás la mujer avanzó elegantemente con una expresión seria y tenebrosa.

Entraron a una sala circular, de doble altura en la que al centro se encontraba la parte más baja con unas escaleras que conducían al nivel superior que rodeaba como un anillo a todo el nivel más bajo, varias puertas daban hacia este anillo. No se veía ningún mueble ni decoración, salvo una que otras butacas y retratos de personas de renombre en las paredes. Este debía ser una de las múltiples salas de conexión que tiene el Ministerio Gubernamental.

La misteriosa mujer al atravesar el umbral, se detuvo en seco, porque en el nivel inferior se encontraba un escuadrón completo de soldados de traje blanco encabezados por Escila Fregota que empuñaba una pequeña pero mortal arma. Aquellos, eran el Escuadrón Especial, que son de exclusivo control del Capitán del Ejército. Perpleja ante aquel recibimiento, la mujer se quedó entre los dos muchachos, mirando cautelosa los soldados que apuntaban hacia ellos. De repente, todas las puertas de la sala quedaron selladas por una gruesa hoja férrea… La habitación quedo totalmente aislada del resto de la Metrópolis.

– Que grato recibimiento me das –habló la mujer de vestido verde con una molestosa ironía, su voz era la misma de la que sonó detrás del velo en la nave–, ¡Escila Fregota!

La capitana no se inmutó, le daba lo mismo que esa desconocida conociera su nombre.

– No es nada. –le respondió siguiéndole el juego– Es más, es un placer para mi recibirte con todo mi escuadrón. –y agregó con una sonrisa de victoria– Hace tiempo que no tenemos un poco de acción con mis muchachos.

La mujer no respondió, se dedicó a mirar con repulsión a Escila desde lo alto.

– ¿Quién eres? –le preguntó Escila un tanto agresiva.

La aludida dio una carcajada, y luego dijo jactanciosa:

– Disculpa mi descortesía por no haberme presentado. Soy Victoria Estarder, líder de la Crimson Shark.

Escila sonrió otra vez. Esa mujer, Victoria, era la lider de esta organización que le dio un tremendo dolor de cabeza a todo el ministerio y si lograba acabar con ella, todos estos desastres y los siguientes, terminarían.

– ¿Crimson Shark? ¿eh? –dijo sin desdibujar su sonrisa– Que bonito nombre, ¿no es así? lástima que en unos pocos minutos más ya no tendrá líder.

Los soldados del escuadrón rieron por lo bajo sin dejar de apuntar, mientras que Victoria comenzaba a encolerizarse. Las palabras de la capitana habían logrado su objetivo: provocar a la mujer del vestido verde.

– ¡¿Qué es lo que acabas de decir?! –vociferó.

– Lo que oíste.

– ¡¿Estás desafiando a la Crimson Shark?! –dijo empuñando su mano derecha hacia delante, mostrando un reluciente anillo de oro– Si es así, deberías preocuparte por las consecuencias.

– ¡¡Ja, ja, ja!! –se rió Escila.

Saroan y Mataro se sintieron extraños al ver como peleaban estas dos mujeres, por lo que retrocedieron unos pasos; se sentían tan invisibles como los soldados de Escila que ya nadie los tomaba en cuenta. Además, quedaron extrañados al ver como esa mujer de la República se reía de su líder; “ella no sabe lo que es capaz de hacer Victoria”, pensaron los muchachos, ufanos. La Capitana, dejó de reír y agregó:

– ¿Qué concepción tienes de “desafiar a otro”, Victoria? Estás totalmente equivocada. Como tú has venido y entrado sin avisar a nadie, destruyendo puertas y edificios… ¡¡Tú eres la que está desafiando a la República de la Tierra!! –se sacó la capa de un tirón e indicó a su escuadrón que abriera fuego contra la Crimson Shark.

La batalla comenzó. Los dos adolescentes comenzaron a correr por todo el anillo, cada uno por un lado, seguidos por una ráfaga de balas. Victoria, por su cuenta, saltó hacia el nivel inferior, entre las pocas balas que iban hacia ella (porque casi todos los soldados estaban pendientes de Mataro y Saroan), cayó frente a Escila. Ambas se miraron con odio, tal como si fuesen enemigas desde la infancia.

De súbito, Escila se echó hacia atrás y con su pequeña arma disparó hacia Victoria, dispuesta a matarla. La mujer atacada en menos de un segundo hizo algo increíble. Con un rápido movimiento de su mano derecha el anillo que portaba se expandió formando un aro de aproximadamente dos metros de diámetro y se situó frente a ella. Las balas iban a toda velocidad, pero al pasar a través del aro dorado, una pantalla transparente, un campo de fuerza invisible, detuvo a las municiones tal como el más poderoso escudo creado en la Tierra, dejando caer las balas al suelo haciendo un pequeño sonido metálico.

Escila quedó pasmada ante el movimiento de defensa de su adversaria, mientras que atrás de su escudo, Victoria sonreía con malicia.

– No te esperabas esto, ¿eh?

La Capitana no respondió, comenzó a disparar de nuevo, esta vez moviéndose para encontrar en algún momento a Victoria desprotegida.

La batalla iba mal para el Ministerio. Mataro y Saroan, con sus increíbles patadas y puñetazos comenzaron a derribar a los soldados que salían despedidos de arriba abajo y viceversa. Escila comenzaba a preocuparse, por lo que comenzó a alejarse de Victoria, quién, a pesar de no haber recibido ningún golpe de ella, estaba deteniendo todos sus disparos, hasta que la perdió de vista. Rápidamente pidió refuerzos. Sin embargo, en un parpadear, la alta figura de Victoria (era un poco más alta que Escila), apareció delante de ella. Su anillo estaba flotando alrededor de la muñeca de la mujer. Victoria estaba indefensa por lo que la capitana se apresuró en atacarla. Tomó su arma y apuntó, pero, Victoria con una ágil patada lanzó por los aires la menuda arma. Escila cayó al suelo de rodillas, perpleja. Miró sorprendida a su enemiga y vio como ella, raramente, no se estaba riendo, sino que también la miraba, casi como con si se estuviera compadeciendo de ella.

– Dime –le dijo Victoria con voz queda–, ¿dónde está el Primer Ministro? –Escila no le contesto, por lo que agregó: – ¿Lo han escondido no es cierto? O ¿lo tienen encerrado en su despacho?

Escila no dijo nada, ahora miraba los negros ojos de Victoria con odio: la sonrisa malévola le había vuelto a su pálido rostro. Sabía que Zafiro estaba encerrado en su despacho, pero lo malo de todo esto era que ese despacho era uno de los tantos que se encontraban conectados con este salón. Si Victoria llegase a conocer ese dato, todo estaría perdido.

– Parece que no me contestarás. –se dio media vuelta y caminó con lentitud, en medio de la batalla hacia una escalera.

Escila se levantó y comenzó a correr hacia donde había caído su arma. La tomó y con decisión apuntó hacia Victoria que ya estaba en la plataforma superior, donde caminaba hacia una de las puertas. ¿Se habrá dado cuenta de…?

Disparó una vez, no le dio. Victoria se alertó y miró hacia Escila con una mirada furtiva, al segundo el anillo que levitaba en su muñeca se extendió en forma de escudo. Escila se preparó para disparar el otro, pero un soldado de su escuadrón que había sido lanzado intencionalmente por Saoran golpeó contra ella en un costado, arrojando a ambos hacia la pared del nivel inferior. Escila retiró al soldado muerto que pesaba sobre ella y con la arma en su mano, se dio cuenta de que ya la batalla había terminado. Todo su batallón estaba en el suelo, los muchachos estaban pisándolos mientras se reían de una forma anormal y Victoria esperaba al lado de una puerta, con su escudo de aro a un lado. Escila estaba sola en esta habitación, encerrada con tres personas muy fuertes. Sin embargo, ante esta adversidad, nunca tiró la toalla.

“Los refuerzos deben estar por llegar, las legiones en el Espejo ya deben haber vuelto también”, dijo para sí.

En efecto, al segundo después la puerta al lado de Victoria se abrió. Los refuerzos habían llegado pero había algo extraño en todo esto, algo que sólo Escila se dio cuenta, puesto que aquella puerta era la puerta que conducía al despacho del Primer Ministro. La Capitana comenzó a correr hacia la puerta, intentando prevenir que la Crimson Shark entrara antes de los soldados, sin embargo Victoria, que se había adelantado, estaba con su escudo bloqueando el acceso. Los refuerzos, detenidos al otro lado comenzaron a disparar, obviamente sin efecto alguno.

Escila alcanzó a Victoria, la agarró fuertemente y la empujó lo más lejos posible, llevando consigo el aro escudo. Ambas cayeron al suelo fuertemente. El acceso estaba expedito por lo que los soldados comenzaron a entrar, se encontraron con los muchachos y la pelea volvió a surgir.

Victoria se soltó de Escila, ambas se levantaron y comenzaron forcejear una contra otra intentando botarse de la plataforma elevada.

– ¡Eres una maldita! –fue uno de las tantas blasfemias que se lanzaban.

Mientras tanto, Zafiro Soler salía de su despacho rodeado de varios soldados por el acceso principal que no daba hacia la sala de conexión, sino que al gran hall del octavo piso del Ministerio. Ahí, los soldados corrían de un lado a otro, los oficinistas y algún que otro ministro corría desesperado hablando por celular hacia los pisos inferiores donde estaría a salvo. Zafiro se sentía como un minusválido, ¿cómo era posible que lo tratasen así? Tenerlo retenido en su oficina, no haberle notificado de la batalla en el Espejo y ser ido a buscar por una dotación de soldados, esto era algo totalmente extremista de parte de quien fuese que estaba controlando todo esto.

En la sala de conexión, Escila estaba ya distanciada de su enemiga. Comenzó a ordenar a los soldados y a entregarles órdenes para que salieran victoriosos de esta cruda batalla. Sin embargo, esta convicción de salir airosos era contradictoria, puesto que en el fondo Escila estaba perdiendo las esperanzas de acabar con el grupo de Victoria. Llevada por este impulso, en el momento que llegaban más refuerzos (los batallones que estaban en el Espejo efectivamente ya habían vuelto), se escapó de la lucha sin pensarlo dos veces. Victoria al darse cuenta de su huida, alertó a los adolescentes que peleaban enérgicamente contra los soldados. Se sentía totalmente triunfante.

Mataro y Saoran se alejaron de los pocos soldados que quedaban en pie para destruir la puerta por la cual Escila había escapado. Victoria los acompañó, protegiéndolos con su aro escudo de los disparos.

– ¡¡ESCILA NO TE ESCAPARAS TAN FÁCILMENTE DE NOSOTROS!! –gritaron Mataro y Saroan, mientras los tres corrían hacia el hall del octavo piso.

Escila, al huir, se encontró con el Primer Ministro siendo conducido a un sector más seguro. Se perfiló entre los soldados para que le dejaran hablar con él, pero no le alcanzó a decir nada puesto que la Crimson Shark, enmarcada a un lado por el aro escudo impactado constantemente por las municiones de los soldados, había aparecido.

– ¡Disparen! –ordenó Escila, tenía en mente si disparaba por dos lados a la ves, no habría ninguna forma que Victoria pudiese detener el ataque con su ruin escudo.

Los soldados acataron. El Primer Ministro quedó en su sitio al igual que Escila, ambos expectantes. Sin embargo, la Crimson Shark saltó en todas direcciones haciendo que el fuego se cruzara impactando en los maceteros, vidrios, paredes y todo lo que se encontrase. Afortunadamente las personas ahí presentes se refugiaron tan pronto como la voz de Escila dio la orden de disparo.

– ¡Maldición! –exclamó la Capitana.

Los enemigos se acercaban esquivando cada disparo con mucha habilidad. Escila agarró a Zafiro del brazo y corrió hacia la escalera más cercana. Ahora sólo había que huir para resguardar la vida del Primer Ministro. Atrás de ellos Saoran y Mataro se encargaban de los soldados y Victoria corría tras ellos.

– Adonde vas, Escila. –alardeaba Victoria mientras corría– ¿Otra vez huyes? ¿Qué impresión es la que me estas dando?...

– ¡Cállate! –le espetó Escila, sacando otra pistola más pequeña que la primera y disparándoles sin dar en el blanco.

– ¿No lograrás huir de nosotr…

No logró terminar. Se detuvo en seco, cayó de rodillas, con la mano izquierda se tocaba el corazón, tal como si Escila le hubiese disparado en ese lugar, y con la derecha se apoyaba en el suelo. El anillo cayó al suelo, haciendo un ruido metálico. Escila no dio vuelta para mirar a su enemiga, siguió corriendo escaleras abajo.

Mataro y Saroan, terminaron de rematar al último soldado y corrieron a ver a su líder.

– Ya es la hora. –les dijo Victoria con una mueca de dolor.

– ¡Maldita sea!

– ¡Pero si estábamos a punto de conseguir…!

– ¡¡Dejen ya de palabrear y sáquenme de aquí!! –le ordenó la mujer cuya voz era lo único que no estaba decayendo.

Los muchachos bastante indignados, tomaron a Victoria con cuidado, cogieron el anillo que había vuelto a su tamaño original y la llevaron rápidamente de vuelta a la nave entre las miradas de miedo y sorpresa de los presentes que aún se mantenían escondidos.


Capítulo 5 - Una casa en la isla
Primera parte
Spoiler:
“El Destino anda revoloteando muy benevolente sobre los afortunados muchachos”

Ya llevaban viajando aproximadamente una hora sobre la nave, durante la cual los cinco tripulantes iban sin decirse nada. Rob aprovechó de dormir en un desnudo catre mientras que los tres amigos restantes iban en la sala del piloto, abstraídos en sus pensamientos. Por su parte, Gorme estaba sólo en el estrecho y único pasillo de la nave, recostado en el suelo, sin moverse ni un milímetro. Una atmósfera de desazón inundaba cada metro cúbico de la nave.

Pablo, que iba piloteando, no quería pensar en nada. Trataba de no recordar lo sucedido en la Colonia, de las personas que pedió; él había perdido aquel maravilloso e iluminado mundo que lo sacaba de su oscura depresión. Además, tenía una ganas incontrolables de contarles a sus amigos acerca de su visión, de saber si ahora le creían, y de aclarar todas aquellas idas en las que llegaba tarde a dormir.

Abstraído en esa necesidad, se percató que ya estaban en la ionosfera de la Tierra. En realidad no llevaban un rumbo fijo, lo único que sabía era que debía aterrizar y la Tierra era la mejor opción. Por lo que se decidió hablar luego de aquella silenciosa y angustiosa hora.

– Vamos a aterrizar en la República de la Tierra. –dijo con voz ronca.

Alex y Ben aceptaron meneando la cabeza. Gorme, que estaba un poco más allá fue a avisar a Rob.

– Ah, Gorme –le dijo Pablo con lentitud–, ¿puedes revisar si estamos en condiciones de aterrizar?

– Sí, esa es buena idea. –dijo Alex– Hay que estar preparados, porque si los mecanismos de aterrizaje se encuentran dañados: nuestro aterrizaje no será del más bonito. –lo dijo en un tono amigable, tratando de alegrar el ambiente, pero fue aplastado por la pena que se había apoderado de la nave.

Gorme, aunque estaba sorprendido por la petición, fue a revisar luego de avisar a Rob que aterrizaríamos. Rob se levantó y se reunió con sus amigos en la sala del piloto y aprovecharon, mientras Gorme volvía, de sentarse y abrocharse todo lo necesario para aterrizar.

– Se está demorando mucho ¿no creen? –dijo Benjamín, un tanto preocupado.

Pero nadie dijo nada más, puesto que una explosión proveniente de la zona de mecánica donde debería estar Gorme los sobresaltó.

– ¡¡¿Qué esta suecediendo?!! –gritaban todos a distintas voces.

– ¡Acaban de explotar los alternadores de velocidad! ¡¡Acaban de explotar lo alternadores de velocidad!! –chillaba de horror Gorme desde la sala de mecánica.

Los muchachos comenzaron a desabrocharse las numerosas correas de seguridad para ir a solucionar el grave problema. Sin embargo, la nave comenzó a desestabilizarse y Pablo perdió el control de la nave, por lo que tuvieron que quedarse ahí, paralizados de miedo.

Comenzaron a caer en caída libre hacia la Tierra.

Atravesaron la atmósfera a una velocidad increíble. Tan rápido iban que lograron pasar la barrera de la Plataforma Espacial sin que fueran atrapados por los poderosos colectores aunque si percibidos por el radar.

Afortunadamente, las naves de la Colonia Ned estaban fabricadas de tal forma que en caso de colisión o aterrizaje forzoso, la velocidad se fuera reduciendo a medida que el aire se volviera más denso, es decir, a medida que descendían a través de la atmósfera. En efecto, cuando ya atravesaron las pocas nubes que había la velocidad de la nave drásticamente se redujo. Dentro de la nave, los muchachos, esperaban, en silencio.

Impactaron en una pequeña playa rodeada de un frondoso bosque. La nave comenzó a arrastrarse con fuerza en la arena.

El Destino los salvó.

Los muchachos salieron sin ningún rasguño de la nave que estaba moderadamente despedazada a lo largo de la fina arena de la playa en la que se habían estrellado.

Luego de cerciorarse de que ninguno estuviera herido, comenzaron a buscar entre los escombros a Gorme. No lo encontraron por ningún lado. Revolvieron todos los escombros, investigaron en las habitaciones que no se habían destruido completamente, pero no había rastro del pequeño. Se resignaron, apenados, a que lo habían perdido.

Ahora ellos eran lo último que quedaba de Club Ned y con mucho honor llevaban el peso que traía consigo: Buscar a Ned y reformar a su querida organización.

Se acercaron a la orilla. Los cuatro, con la cabeza hacia abajo, recordaron, en modo de funeral, a todos los humanos que habían muerto en la masacre de la colonia, entre ellos, recordaron con especial emoción a sus amigos y compañeros de curso, a los profesores (en especial el profesor Hinkybell) y a Gorme que acababa de morir. Los muchachos, tristes y silenciosos, lanzaron un trozo de la nave que poseía en emblema de su organización al mar en remembranza de todo Club Ned tal como lo haría la viuda que deposita flores en la tumba de su esposo.

Quedaron en silencio por unos segundos, mirando como el trozo de metal se balanceaba sobre la superficie introduciéndose hacia el interior del mar y como finalmente se hundía. De repente un sonido de motor parecido a un gigantesco zumbido tronó sobre sus cabezas. Los muchachos se tendieron al suelo de inmediato, tapándose los oídos, hasta que el sonido aminoró de intensidad. Era una nave oscura como el carbón y de forma semejante a la de un huevo que había pasado sobre la playa para introducirse hacia el interior del bosque. Los muchachos, que se habían levantado temerosamente, vieron como se perdía a unos pocos metros de la playa, lo suficientemente cerca para escuchar como los motores se detenían junto con el atroz zumbido y observar parte de la negra y metálica coraza de la nave.

Ben dijo en un susurro:

– Mejor escondámonos en los arbustos de enfrente. Aquí estamos muy expuestos y nos pueden descubrir.

Los amigos ágilmente se escondieron en los frondosos arbustos silvestres que por suerte no tenían espinas y se percataron que la nave en forma de huevo estaba a unos cuantos pasos de ellos.

De súbito, la compuerta se abrió y con un sonido sordo cayó la rampa. Desde adentro se escuchaba la voz malhumorada de una mujer:

– ¡No sigan fastidiando y terminemos rápido con esta misión! –y se escuchó los pasos de varias personas bajando por la rampa.

Aparentemente estaba acompañada, pero no lograban ver nada debido a que la rampa estaba hacia el otro lado por lo que la nave impedía ver. Sin embargo, a los segundos aparecieron tres personas caminando por la izquierda. Era una mujer alta y de facciones gélidas acompañada por dos muchachos de ropas poco llamativas. Era la Crimson Shark… la nave llevaba la insignia al otro lado, arriba de la rampa.

Los jóvenes siguieron con la mirada la rápida caminata de los tres individuos hasta que desaparecieron tras la densidad del bosque justo cuando el de menor estatura comenzaba a hablarle a la mujer.

– Victoria, no crees que es extraño traernos para esta isla. Podríamos estar preparándonos… –pero su voz se esfumó en la distancia. Pero al segundo, se escuchó claramente que su voz dijo: – Metrópolis –y volvió a desaparecer, esta vez no se le escuchó más.

Los muchachos comprendieron algo que los perturbaba: se encontraban en una isla. Se miraron perplejos y confusos.

– ¿He oído mal o ese tipo dijo que esto era una isla? –preguntó Ben, anonadado.

– Yo también escuché lo mismo. –dijo Rob en susurro.

– Entonces… –comenzó a hablar Alex, bajando el tono– eso nos trae un montón de problemas.

– ¿Porqué? –preguntó Pablo por lo bajo; hace tiempo que no hablaba.

– ¿Porqué? –se volvió a sorprender Alex, sin hablar muy fuerte– Porque tenemos que buscar a Ned y reconstruir Club Ned a como dé lugar. Esa es nuestra única misión. –dijo con resolución.

Quedaron en silencio, pensativos. Delante de ellos se extendía un largo y oscuro camino para encontrar a su líder.

– Ahora, lo mejor es que sigamos a esas personas. –dijo Alex rompiendo el silencio– Pueden ayudarnos a encontrar a Ned… los escuché decir “Metrópolis”, seguro que se refieren a la Metrópolis de la Tierra. Podemos pedir que nos lleven en su nave.

– Espera, espera –dijo Ben–. Que sucede si son gente malvada. No tenemos idea de quienes son ni que traen entre manos.

– Si, Alex, no viste la cara diabólica de la mujer. –dijo sarcástico Rob tratando de aligerar el ambiente.

– No sé, pero salgamos de aquí y sigámoslos. En una de esas... –se levantó y sin decir más, salió del escondite.

Viró rápidamente por la izquierda, en el lugar donde habían desaparecido esas enigmáticas personas, pero no las encontró, es más, la densidad de los árboles aumentaba y impedía ver muy lejos de donde se estaba. Rob, Pablo y Ben salieron del arbusto para encontrarse con Alex.

– ¿Y? –preguntó Ben, como si supiera que no los iba a encontrar.

– Nada. Será mejor que vaya a buscarlos. –dijo Alex convencidísimo de que los encontraría y que entablaría conversación con ellos para que los llevaran a la Metrópolis.

Alex comenzó a introducirse en el bosque, pero Benjamín le atrapó su brazo con fuerza y lo jaló hacia fuera.

– ¿Qué te suce…?

– Escúchame, Alex –le regañó Benjamín con firmeza, sin soltarle el brazo de su amigo que trataba de zafarse– No vas a ir a buscarlos. Sería una irresponsabilidad y tú lo sabes bien. ¿Qué sucede si ellos no son de fiar?

– ¡Pero qué sucede si ellos “son” de fiar! –gritó Alex que estaba perdiendo la paciencia– Tú mismo acabas de decir que no sabes nada de ellos. Tenemos que averiguar.

– ¡Alex! ¡Entiende!

Pablo, que se había apartado para mirar la nave, estaba detenido frente a la rampa, mirando hacia arriba de la puerta de acceso, donde se encontraba la insignia carmesí de un tiburón arqueado y bajo de ella, las palabras Crimson Shark. Pablo estaba articulando esas dos palabras sin emitir sonido… Había algo en ella… Algo… Pero no se acordaba.

– ¡Hey! –llamó a sus amigos interrumpiendo la discusión– Alex... será mejor que no vayas por ellos.

El muchacho, todavía agarrado por Ben, se extrañó. ¿Qué coño sabía Pablo de esos tres?
Segunda parte
Spoiler:



– Vengan. –les ordenó y sus amigos se le aproximaron, Ben soltó a Alex cuando este dejó de forcejear– Vean eso –y les indicó la insignia.

– ¿Crimson Shark? –preguntó Rob, que no entendía lo que quería demostrar Pablo.

– Si. Crimson Shark… – continuó Pablo– tengo una vaga impresión de ellos, aunque no sé que es en realidad, debe ser la organización a la que pertenecen esas personas. Creo…

– ¿Crees?

– Bueno, lo que pasa es que…

Pero se detuvo, no sabía qué estaba diciendo. En realidad no sabía nada de la Crimson Shark.

– ¡Dinos! –le urgió Alex.

– Lo que pasa es que… tengo una corazonada de que estas personas no son nada de buenas. –se atrevió a contar Pablo.

– ¡Una corazonada! –espetó Rob– Yo no le haré caso a ninguna corazonada.

– Ni yo tampoco. –dijo Alex dándose vuelta y se fue corriendo a buscar a los personajes.

Ben se enojó y salió corriendo detrás de él. Los otros dos, quedaron atónitos ante esta escenita, a pesar de esto, los siguieron corriendo también. Los encontraron otra vez discutiendo, pero cuando llegaron estos se apartaron y Ben dijo con los brazos cruzados como si hubiera perdido un juego de ajedrez:
– Está bien, busquémoslos.

Los cuatro amigos comenzaron a buscarlos en aquel bosque tratando de no alejarse mucho de la negra nave para no perderse. Luego de unos cuantos largos minutos, no encontraron nada más que árboles y arbustos. Buscaban mirando por todas partes, como en un mal sueño tratando de buscar la llave para salir de él; pero no encontraban dar con ella, mejor dicho con ellos, porque al parecer se habían ido muy lejos.

– Esto es totalmente improductivo. –dijo Rob, imitando un aire de ejecutivo, que les hizo mucha gracia a los demás que se rieron de buena manera.

Alex, luego de reír, aceptó que esto no estaba funcionando por lo que desistió en la búsqueda. Pero, todavía estaba con esperanzas por lo que les propuso la idea que se acababa de ocurrir:
– ¿Por qué no volvemos a la nave de aquellas personas y las esperamos escondidos? –hizo una pausa para ver las expresiones de sus amigos, que no denotaban ni negación ni aceptación. Por lo consiguiente, siguió hablando para entusiasmarlos– Cuando aparezcan les decimos que necesitamos ir a la Metrópolis y listo.

Rob frunció el entrecejo pero no dijo nada, mientras que Pablo miraba al interior del bosque buscando a los personajes enigmático, pero Benjamín le dijo.

– ¿Qué sucede si esos personajes son personas que nos pueden hacer daño?

– Por eso debemos escondernos y esperar. –dijo Alex sonriendo ligeramente para convercerlos.
Pero Rob dijo tajantemente:

– Esperar a qué, Alex. Si ellos se van, estamos perdidos.

– Dejémoselo al Destino, –dijo pausadamente el aludido incrementando su sonrisa– él ha estado este día a nuestro favor, ¿no es así?

Los demás, incluyendo a Pablo, rememoraron que habían sobrevivido a dos catástrofes sin ningún menoscabo. Así que aceptaron devolverse al escondite entre los arbustos.

Estaban ahí, mirando por las zonas sin ramas, esperando a que aparecieran las tres personas. Estaban arrodillados y sentían un poco de hambre, pero eso no importaba ahora.

A cualquier signo de movimiento, ellos se volteaban y miraban, pero no era nada relacionado con alguna especie de vida humana. No podían conversar, estaban como apagados sin baterías, con el único actuar de respirar y mirar (de repente se escuchaba el sonido del estomago de Pablo, que se encontraba vacío y cuando eso sucedía su propietario ponía caras de dolor mientras que sus amigos se reían por lo bajo).

Miraban árboles, una que otras aves y tierra. Otra vez miraban árboles, aves y tierra… árboles, aves y tierra… y tres personas que caminaban hacia la nave con forma de huevo. Eran la mujer con sus acompañantes que conversaban agitadamente. Los muchachos dieron un respingo al verlos y quedaron en completo silencio para escuchar lo que hablaban.

– Victoria, ¡como nos haces perder el tiempo aquí! ¡Tú sabes que en esta isla no hay nada! –dijo Saoran, el de pelo castaño.

– Sí, además no hemos hecho nada, sólo caminar sin rumbo. –corroboraba Mataro, el de pelo rubio.

Victoria seguía caminando rápidamente con el entrecejo fruncido y los ojos cerrados. Se le notaba muy furiosa. Ya estaban cerca de la nave, estaban a punto de desaparecer detrás de ella por lo que Alex se preparó para salir, pero se detuvo, puesto que justo Victoria frenó dando media vuelta para encarar a los adolescentes. Los miro furibunda y espetó:

– ¿Qué es lo que estoy escuchando? Desde cuando que les tengo el permiso de meterse en mis asuntos. ¡Ustedes trabajan para mí y deben acatar en todo lo que digo! –Saroan y Mataro se encogieron de hombros, como cachorros a los que sus amos les han regañado– Esta isla esconde un secreto muy importante, que muy pocos saben y que es de vital importancia encontrarlo, por que nos puede ayudar a controlar definitivamente la Metrópolis. Incluso, creo que nos puede ayudar a detener mi condición que tanto daño nos hace. Pensé que lo podríamos encontrar, pero me doy cuenta que va a tomar mucho más tiempo. A si que no dispondremos de esta arma para el mediodía. Tendremos que dar el golpe a la Metrópolis sin él. –terminó de decir esto y despareció detrás de la nave.

Los dos jóvenes criminales, un poco más sumisos luego de esas palabras, entraron a la nave que ya comenzaba a prender los motores. La rampa subió detrás de ellos y la nave comenzó a elevarse produciendo otra vez aquel atroz zumbido, para luego desaparecer en el cielo de aquella despejada y brillante mañana.

Los cuatro amigos estaban perplejos por lo que acaban de oír. ¿Este era el fin?

Salieron, despacio, otra vez hacia la playa. Caminaron hacia los escombros de su nave, que por fortuna no fueron vistos por la Crimson Shark.

– ¡Demonios! –gritó Alex pateando un pedazo de cascajo. Esta completamente furioso por no haber podido ir a la Metrópolis.

– No es culpa tuya. –lo consoló Pablo– Esas personas son malas y lo bueno fue que no hubiéramos hecho contacto con ellas, quizás qué hubiera sucedido.

– Sí, tienes razón. –dijo lentamente Alex.

Se echaron en la cálida arena a contemplar cómo las olas rompían en la orilla; total, no había nada más que hacer. Estaban en una isla aparentemente desierta con nulas posibilidades de encontrar a su líder. Lentamente, divagando en sus propias ideas, sus cuerpos que se encontraban sumidos en una amenazante fatiga, fueron quedándose dormidos bajo la custodia del sol de mediodía, aquel sol que presiona y quema; que no deja descansar. Sin embargo ellos estaban tan agotados que esto no les afectaba en lo más mínimo, salvo las quemaduras que les quedarían.

Pasó aproximadamente una hora en la que Pablo con su boca abierta y mirando al cielo, dio estruendosos ronquidos. Hasta el momento ninguno de los otros tres amigos se había despertado, pero de repente Pablo hizo un fuerte ronquido que despertó a Alex el cual detesta con toda su alma estos sonidos (especialmente los de Pablo, aunque detestaba más las noches en que su amigo soñaba con terribles augurios).

Se levantó y miró las rojas caras de sus compañeros, de inmediato se tocó una de sus mejillas. Estaba ardiendo.

– Maldito sol, ya me has quemado mi cara. –dijo Alex a la naturaleza, era obvio que no esperaba respuesta, pero lo que consiguió fue otro ronquido de Pablo.

Fue al mar a remojarse su cara, luego no sabía que hacer. Decidió ir a los escombros de la nave. Caminó por encima de las placas de metal desmontadas y entró en algunas de las pequeñas salas que se encontraban casi intactas, por ejemplo la que se encontraba el ligero equipaje (que no era de ellos puesto que la nave era de otro grupo) y la de funcionamiento mecánico. En esta última se detuvo, quería observar qué sucedió para que la nave cayera.

– Bah!... No debería haber dejado que Gorme fuera a revisar. –dijo observando una herramienta atravesada en uno de los tubos más delicados de la nave que fue lo que desencadenó la caída– ¿Por qué no hiciste el taller de funcionamiento espacial? Yo te advertí Alex que algún día nos iba a servir. –dijo para sí mismo con frustración.

En aquel soliloquio, apareció por la abertura hacia el exterior un pequeño animal dorado muy peludo, con ojos saltones de expresión interrogativa que miraban fijamente a Alex. Él dejó de hablar y miró al animalito de unos veinte centímetros y quedó cautivado por su belleza. “No es un animal común, no de este planeta, creo”, pensó. Se acercó al animalito y se percató de sus pequeñas orejas y manos que las tenía pegadas a su cuerpo, también se percató de su diminuta y tierna nariz y boca. Se acercó un poco más y vio que tenía un pequeño collar con un medallón de madera que tenía grabado extraños signos. Alex extendió su mano para coger el medallón y el animalito saltó hacia atrás, hizo un extraño sonido y salió saltando como un conejo.

Lo siguió, confundido por el actuar del animalito. Tenía el presentimiento de que algo le quería mostrar, por lo que resolvió seguirlo. De inmediato entraron en el bosque y aquella cosa daba saltos demasiado ágiles y zigzagueaba bordeando los árboles del bosque, por lo que Alex debía correr para seguir su paso.

Fueron sólo unos minutos de persecución cuando se abrió un inmenso claro en el bosque y apareció una pequeña base que debería ser blanca pero estaba muy sucia y tenía ventanas pequeñas en forma de óvalos. Alex y el animal, se detuvieron al instante. El muchacho miró sorprendido la construcción, negando lo que sus ojos decían. Era imposible que hubiera algo aquí, ya que escuchó de los personajes extraños que no había nada, que era una isla desierta. Pero esto contradecía todo: este claro era muy grande y fácil de encontrar, había una gran probabilidad de encontrarlo por lo que aquellas personas estaban mintiendo, a no ser que algo extraño hubiese sucedido.
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Sáb Abr 07, 2012 4:40 pm

Capítulo 6 - Inquilinos del claro

Primera parte
Spoiler:
“Más misterios por guardar les esperan tras las puertas de esa extraña casa”

El animal se dio media vuelta y contempló a Alex que quitó los ojos de la base y miró al mamífero. Un segundo después, escuchó una voz suave y tierna, que le decía: “Vamos, entra a la base. No tengas miedo”. Por un momento el joven creyó que había alguien detrás de él, pero luego de girar rápidamente la cabeza se percató que nadie había dicho eso. Estaba sólo con aquel animalito que lo miraba sin parpadear a través de esos inmensos ojos escarlatas. Al escuchar otra vez la voz, se dio cuenta que provenían de la boca del animal, que se movía sin mostrar los dientes.

– Vamos, entra a la base. No tengas miedo.

“¿Qué clase de animal es éste? ¿Un animal que habla?”, pensaba sin dar crédito a lo que sucedía. Sin embargo, una fuerza mayor surgió desde su interior, semejante al instinto, pero totalmente diferente a una corazonada, que le impulsó a caminar hacia aquella casa en medio del claro.

El muchacho, seguido por el mamífero, fue hacia la puerta de metal de la base y ésta se abrió automáticamente dejando pasar a Alex y a su peludo acompañante.

El interior no era como Alex se la imaginó. No estaba tan sucio como la fachada, estaba medianamente decorado, en realidad, no había ningún cuadro ni fotografía; tenía un pequeño vestíbulo que conectaba a una habitación estrecha pero alargada que hacía de living, comedor y cocina puesto que cerca del vestíbulo había dos sofás y tres sillas rodeando una pequeña mesa de centro y a la derecha una cocinilla con una mesa y una silla idénticas a las del living; entre estos dos espacios había un pasillo que conducía hacia dos pequeñas piezas cada una iluminada por una ventana ovalada cuya leve luz que lograba filtrarse primero por el claro y luego por el vidrio iluminaba un camarote de dos camas y una fea cómoda, también había un baño en la segunda puerta de la izquierda, y frente al fondo del pasillo había una misteriosa puerta metálica (completamente diferente a la madera blanca de las demás puertas, excepto la de acceso) que estaba cerrada por dentro. Alex, que había recorrido cada una las habitaciones sin separase del animal, se detuvo frente a la puerta cerrada y reparó que no tenía picaporte sino una solitaria cerradura.

De repente cayó en la cuenta de que alguien debe vivir aquí y de inmediato comenzó a experimentar una sensación extraña, se sentía como un ladrón dentro de una casa ajena y en cualquier momento podría aparecer por la entrada al pasillo su propietario y eso traería problemas. Sin pensarlo más, se dio vuelta y salió de esta casa. El animal no lo siguió.

Rápidamente, Alex se dirigió hacia la playa. Hizo gala de su excelente sentido de la orientación por lo que no tardó mucho en llegar. Encontró a sus amigos todavía durmiendo sobre la ardiente arena y a medida que se les acercaba comenzaba a desaparecer esa extraña sensación y comenzaba a irrumpir en sus oídos los estruendosos ronquidos de Pablo. Despertó a sus amigos remeciéndolos levemente. Ben y Rob despertaron de inmediato pero Pablo no respondía a los leves remezones de su amigo. Así que Rob, molesto, le lanzó un puñado de tierra en la cara y con un sobresalto, el dormilón se despertó escupiendo tierra.

– ¿Por qué nos has despertado? –inquirió Ben, soñoliento, luego de que Pablo se sacara con desgano los varios gramos de tierra que tenía en su boca y preguntara quién había sido a lo que nadie se lo adjudicó.

– Porque… –le contestó Alex informándoles de con quién se había encontrado y qué había visto, omitiendo que el animalito le había hablado porque no tenía la certeza suficiente para decirlo y por temor a que se burlasen de él.

Ellos quedaron maravillados con esta noticia puesto que los alentaba.

– Pero, es maravilloso. –dijo Benjamín muy contento –Vayamos ahora mismo a echarnos en una de esas camas que nos dijiste. Estoy muerto de sueño. –terminó dando un bostezo.

– Hay un problema... –dijo preocupado Alex frunciendo el entrecejo.

– ¿Qué? Siempre tiene que haber un problema, nada es perfecto. –Rob soltó aquellas palabras todavía molesto porque lo habían despertado de su sueño.

– Cuenta, cuéntanos aquel problema. –hincó Ben.

– La casa que encontré gracias a ese animal, está habitada por alguien. Eso se los puedo asegurar, ya que estaba amueblada y provista de cosas para que viviera cómodamente una persona.

– ¡Da lo mismo, Alex! –exclamó Pablo entre un colosal bostezo– Esa puede ser la única casa en esta isla y si no nos mantenemos bien, no podremos realizar lo que queremos.

– Tiene razón Pablo. –le dijo Ben a Alex.

– Yo voto por ir a aquel lugar. –acotó Pablo levantando la mano.

– Yo también. –dijo lentamente Ben; también levantando la mano al mismo momento que Rob lo hacía.

– No soy responsable de lo que pueda ocurrir ahí. –sentenció su amigo y finalmente también levantó la mano.

Y así decidieron pasar el día en la base y por una posterior convicción de Pablo mientras caminaban hacia la casa, también pasar la noche ahí.

Inmediatamente cuando llegaron, Pablo y Rob fueron a los camarotes de una de las recámaras a seguir durmiendo, pero Ben y Alex no tenían una pizca de sueño por lo que se sentaron en las butacas de la sala contigua a la cocinilla, comiendo maní que encontraron sobre una mesa como si estuviesen más cómodos que en su propia casa, sin embargo estaban sumamente tensos e inquietos. Miraban constantemente alrededor como si de repente apareciera el dueño de esta casa.

– Dijiste que un animal te trajo hasta aquí, ¿no? –le pregunto Ben, mientras miraba el pasillo desde el sofá.

– Sí, era pequeño y era muy peludo. Nunca había visto uno de esos en mi vida.

– Debe de ser de otro planeta.

– Lo mismo pensé yo. –quedaron en silencio, Ben aprovechó de echarse unos cuantos maníes en la boca– Ese animal me habló, me dijo que entrara en esta casa sin miedo.

– ¿Qué has dicho? –casi se atragantó de la sorpresa.

– Que el animal que me condujo hasta aquí sabe hablar. –Ben lo quedó mirando, sin expresar burla ni aprensión, sino que lo miraba comprendiendo lo que había dicho, aunque la sorpresa todavía no abandonaba su cuerpo– ¿Me crees?

– Por supuesto. –le dijo y Alex recordó cuando sus amigos no le habían creído lo del terrorífico sueño que había escuchado de Pablo– ¿Cuándo no te he creido?

– No digas eso. –lo miró entrecerrando los ojos– Recuerda que tú ni Rob me creyeron cuando…

– Ya sé, ya sé; no digas ni me hagas acordar de eso. –dijo Ben, cerrando los ojos, para no imaginarse el atroz ataque de Deuxtar. Y otra vez quedaron en silencio.

– ¿Qué te parece si inspeccionamos toda la base? –preguntó Alex luego de un rato a lo que su amigo asintió con la cabeza.

Se levantaron y fueron hacia una puerta corrediza de vidrio que daba al pasillo. Entraron en la primera puerta a la derecha que correspondía a la habitación en que no estaban durmiendo Pablo y Rob. Lo único que les llamó la atención fue la extraña decoración que yacía sobre la deslucida y vacía cómoda, en especial una funda de una espada.

Siguieron examinando la construcción. Se saltaron la recámara en la que sabían que dormían sus amigos para no despertarlos y entraron al oscuro baño provisto de una ducha de pié, un lavamanos poligonal y un inodoro de última generación; todo esto se distribuía perfectamente en pocos metros cuadrados. En aquel baño algo le llamó la atención de los dos jóvenes, había una puerta diminuta al lado del lavamanos, una de esas puertas que se utilizan para que las mascotas entren y salgan cuando quisiesen. Benjamín, pensando detenidamente, le dijo a Alex:

– ¿Qué podría ser esa pequeña puerta? No le veo utilidad alguna al lado del lavamanos.

Alex quedó observando con el ceño fruncido la puerta, se acercó e introdujo su mano. La puerta se abrió hacia atrás y de inmediato salió un fuerte olor a orina y excrementos. El muchacho retiró la mano en el instante en que el olor toco su nariz y se alegró de no encontrarla llena de materia extraña, no obstante, su mano había atrapado un poco de pelo dorado… Todo le quedó muy claro.

– Esto es el baño del animalito que me ayudó a llegar hasta aquí. Creo que vive aquí. –le dijo a Ben.

– Mhh… si, ya me doy cuenta.

Luego del baño fueron a la última puerta del pasillo, a la fría puerta de acero.

– Qué rayos habrá al otro lado de esta puerta. –dijo Ben.

– Algo muy importante, según veo. –le dijo Alex tocando a la puerta con sus nudillos.

Ésta retumbó con un sonido sordo, nadie les abrió. Algo derrotados, los dos amigos se dieron media vuelta y fueron de nuevo a la sala donde estaban comiendo para dirigirse a la cocina.

Ahí la despensa se encontraba en un rincón, cerca de la pequeña mesa metálica circular. La luz del sol entraba cálidamente por una única ventana ovalada que no se podía abrir. Investigaron toda la cocina y en la despensa encontraron comida para animal.

– Ves – le dijo Alex a Ben con una sonrisa–, aquí vive el animalito.

– Pero, ¿con quién? No creo que aquella cosa viva sola en esta casa que está adaptada para varios seres humanos o algo parecido.

– Eso es algo que tenemos que averiguar.

Finalmente, la casa terminaba en el reducido hall de entrada que no tenía nada fuera de lo común.

Luego salieron de la casa y decidieron ir a la nave destruida para sacar todas las pertenencias (en su mayoría ropa) que se encontraban en buen estado dentro de la nave, y volvieron con ellas guardándolas en las cómodas de las habitaciones, teniendo precaución de no despertar a sus dos amigos. Más tarde se vendrían a percatar que como esa nave no era la que les tocaba a ellos, las valijas de ropa eran de otros alumnos, por lo que trataron de repartirse la ropa lo más equitativamente posible. Alex se quedó con las de menor talla, pues era el más pequeño del grupo.

– Que bueno que no venía ninguna mujer en esta nave. –se rió Ben y Alex también lo hizo.

Después volvieron a sentarse en las butacas y siguieron conversando.

– ¿Quién crees que vive aquí? –preguntó Alex.

A lo que Ben respondió:

– No lo sé, pero quién fuera que fuese debe estar haciendo algo interesante.

– ¿Cómo sabes eso?

– Alex, ¿no te acuerdas que esos muchachos que vimos con esa tal Victoria le decían que habían perdido el tiempo en una isla desabitada como ésta?

– Sí.

– Y la mujer les dijo esta isla escondía un gran secreto que los podía ayudar a acabar con la Metrópolis.

Alex entendió y llegó a la misma conclusión que Ben, por lo que le expresó lo que acababa de inferir:

– Entonces la persona que vive aquí está tratando de encontrar aquella cosa y puede ser que lo quiera para destruir la Metrópolis, tal como los de la Crimson Shark. –hablaba un poco alarmado– Si eso es cierto Ben, estaremos en un gran peligro ya que sabemos que los que se oponen a la Metrópolis se oponen de alguna manera a Club Ned.

– Roguemos para que lo que acabas de decir no sea cierto. Y aquella persona nos ayude a encontrar a Ned.

Se quedaron en silencio y de repente apareció el animalito dorado de ojos saltones. Se subió a una butaca desocupada, se acurrucó y cerró los ojos.

– Oye, Alex, tenemos visitas.

A Alex se le ocurrió una magnífica idea al verlo.

– Ben, si ese animal puede hablarme, tal vez nosotros podremos preguntarle quién vive aquí. –Ben, al oírlo, se llevó un dedo al labio en señal de sospecha– ¿Qué sucede?

– Podría ser, pero es posible que esa cosa no pueda entendernos a nosotros y eso no te permitiría hablar con él.

El animal levantó la mirada, emitió un bufido de desaprobación y salió de la casa dando rápidos saltos.

– Mira, Ben. –y le indicó como el animal huía– Estoy plenamente seguro de que el animal dorado nos entiende perfectamente. Ahora la cuestión es que debemos encontrarlo...

Lo interrumpió su amigo antes que se levantara:

– También es preciso que logremos encontrar una forma para que nos hable y nos diga todo lo que necesitamos.

Ya habían pasado varias horas desde que llegaron a la casa y Alex se percató, además de que ya comenzaba a oscurecer, que los ronquidos de Pablo ya no se escuchaban. De repente, aparecieron sus dos amigos por la puerta del pasillo y saludaron muy contentos y reconfortados por el agradable sueño que habían tenido.

Comieron en la mesa de la cocinilla y Ben les contó a los dos lo que habían descubierto aquella tarde.
Segunda parte
Spoiler:


****

A la mañana del día siguiente, Ben, Rob, Alex y Pablo se encontraban afuera de su base. Iban caminando y conversando acerca de cómo lograrían encontrar a Ned, se detuvieron en seco detrás de unos altos arbustos al ver una silueta de una persona caminando por el bosque varios metros más allá.
Era una figura pequeña que denotaba cansancio, pero aún no se podía apreciar quién era. Los muchachos se quedaron inmóviles mirando como avanzaba entre el follaje.

– ¿No será la persona que vive en la base? –preguntó Pablo en un susurro.

– No lo sé. –contestó Alex. Y quedaron en silencio.

Cuando pudieron ver quién era la figura, se sorprendieron mucho, ya que habían pensado que había muerto... Era Gorme Rivera y presentaba signos de hipotermia. Lo fueron a auxiliar de inmediato.
Las horas pasaban y el pobre de Gorme estaba acostado en uno de los camarotes, tapado por varias frazadas y custodiado por los cuatro amigos que conversaban en la habitación con él.

– Gorme, ¿cómo te sientes ahora? –le preguntó Benjamín.

– Bastante mejor que hace unos cuantos minutos, gracias a tu té, Alex. De verdad muchas gracias por salvarme la vida. –contestó muy agradecido Gorme.

– De nada. Pero ahora vas a quedarte dormido y cuando despiertes quedarás repuesto. –dijo Alex, e hizo un ademán a sus amigos para que salieran del cuarto para dejar dormir a Gorme.

Salieron otra vez al exterior y caminaron a la playa donde se encontraban los restos de la nave y decidieron que era necesario retirar todos los escombros para que nadie se diera cuenta de que personas están en la isla, como por ejemplo las extrañas personas de la Crimson Shark.

Se demoraron todo lo que quedaba de la mañana, pero esto no implicaba que se hayan removido todos los escombros ya que quedaban placas inmensas de metal que no lograron trasladar para hundirlas en el mar, por lo que tuvieron que cubrirlas con ramas.

Cuando terminaron la faena, fueron a la base y almorzaron, aunque ya era muy tarde para eso porque según el reloj digital que estaba en la cocina eran las cuatro veintidós. Mientras comían salchichas y frijoles hechos a microondas, se colocaron a conversar:

– Debemos tomar una decisión ahora. –dijo tajante Alex después de tragar un pedazo de salchicha– No podemos seguir aquí en esta casa, esperando que caiga algo del cielo que nos ayude a encontrar a Ned, hay que apresurar nos en el actuar. ¿No les parece?

Los demás tenían algo en la boca por lo que no contestaron, pero Rob se apresuró en tragar y dijo:

– Esta isla está más desierta que en fiesta de fantasmas, –los demás rieron por lo bajo– nunca encontraremos a Ned aquí.

– Entonces, qué propones. –le preguntó Alex al que acababa de hablarle, pero no contestó y se echó un poco de ensalada en la boca.

– Primero tenemos que estar seguros si en la isla no hay nadie más. –dijo Ben.

A lo que Ale dijo de inmediato, como si se le hubiera aclarado la mente:

– Tal vez, el que vive aquí nos pueda ayudar en todo esto. Pero debemos hablar con ese animal para estar seguros.

– Que tal si el animalito, como tú dices, no es más que un espía de la persona que vive aquí y entrega toda la información a su amo. –dijo Rob con un toque de desdén.

– ¡Pero, Rob! No debemos tener ese punto de vista tan negativo. –le indicó Ben justo cuando terminaba de comer.

– ¡Pero es posible y si es así estaremos en grandes peligros! –exclamó enojado Rob.

– ¿De qué peligros estás hablando? –preguntó Pablo con la boca llena de pan.

– De que pueda trabajar con aquellas personas que vimos cuando llegamos, y ellos tenían la intención controlar a la Metrópolis, y no creo que ellos sean del Ministerio, porque su nave no lo demostraba. –contestó algo malhumorado Rob, levantándose de la mesa para dirigirse al baño.

– Tiene razón. –dijo Alex al resto– Mañana por la mañana, saldremos con Gorme si está bien y revisaremos toda la isla, después tendremos tiempo para ir a la Metrópolis.

– En eso nos puede ayudar el que debería vivir aquí. –dijo Pablo con obstinación mirando a Alex con los brazos cruzados y recostando toda su espalda en la endeble silla, que estaba a punto de romperse.

– Pero si no es bueno, tendremos que encontrar otro método. –aclaró Alex. A lo que Ben dijo rápidamente:

– Podríamos construir una balsa para ir a la Metrópolis.

Hubo un silencio en el que se escuchó como Rob tiraba la cadena y salía del baño, inmediatamente Pablo fue al baño, desde hacia tiempo que se estaba aguantando. Rob no volvió, al parecer fue a ver cómo estaba Gorme.

Se quedaron Ben y Ale solos en la cocina lavando los platos y seguían conversando acerca de cómo construir la balsa y la manera de encontrar cómo llegar a la Metrópolis, por qué en un planeta como este y en una isla desconocida puede encontrarse o muy cerca o muy lejos. Nadie sabe.

Las horas pasaban y Gorme se recuperó completamente justo cuando el sol comenzaba a anaranjear el cielo y el reloj de la cocina marcaba las ocho siete. Todos estaban en cualquier parte: Rob dándose una ducha, Ben conversando con Pablo, Gorme viendo abstraídamente la cima de una montaña y Alex caminando lejos de la base, por uno de los miles de senderos que tenía la isla.

Al muchacho le gustaba caminar solo, encontraba productivo estar aunque sea unos momentos a solas para rememorar y pensar sobre los distintos hechos que han sucedido alrededor de él. Esta vez, tenía mucho en que pensar, pues en las últimas cuarenta y ocho horas habían pasado un montón de sucesos que cambiaron su vida.

Ahora estaban un poco mejor, habían encontrado un lugar cómodo donde dormir, Gorme no murió en el aterrizaje. Sin embargo, a pesar de toda la buena fortuna que tuvieron, Alex percibía que las cosas no estaban yendo tan bien como esperaba. Primero, el ambiente dentro de la casa en el claro estaba sumamente denso y agresivo, a la menor insinuación uno saltaba contra el otro enojándose y haciendo que los demás se sientan incómodos. A Alex esto lo desencajaba, no podía creer que la amistad que se había cultivado se estuviese secando; sólo encontró una explicación que no lo alegró ni reconfortó: este momento era crítico.

Segundo, tenían una misión clara, pero no sabían que hacer para alcanzarla. La idea del bote hacia la Metrópolis, por muy arriesgada que fuese, era la mejor opción que tenían (por no decir la única). Alex se imaginaba como el apacible rostro del anciano líder de Club Ned desaparecía en la oscuridad, sin que su mano lograse alcanzarla.

Tercero, estaban habitando una casa que no era de ellos y para colmo no sabían quién era su dueño. Eso atraía más aquel ambiente de hostilidad. Para lograr respirar un poco más de tranquilidad debían conocer quién era el dueño (si era bueno o malo)… pero si lograban conseguir al animalito de nuevo para sacarle esa información… En esas divagaciones, Alex sonrió al pensar en una frase que le hizo gracia: ellos se habían transformado en unos “inquilinos del claro”.

Sin llegar a un cuarto pensamiento, Alex se percató que los senderos por los que caminaba estaban hechas por las constantes pisadas de alguien, eso quiere decir que en esta isla alguien estaba habitándola sí o sí.

Estaba oscureciendo, el viento comenzaba a mover con fuerza las copas de los árboles y el frío se calaba cada vez más en la ropa del joven, así que decidió devolverse por el sendero a la casa. Dio media vuelta y caminó mirando al cielo, que tenía una tonalidad naranja azulosa en el que las nubes se tornaban color canela. Alex se ensimismó en una nube de forma alargada y oscilante que terminaba en un globo alargado con una franja que estaba entreabierta como boca y de ella salía un hilo de nubes: tenía la forma de una serpiente con la lengua afuera. A Alex le quedó gustando aquella forma, pero no logró quitarse de la mente que aquello era un signo de que algo iba a pasar, un mal augurio.

Cuando llegó a la base se encontró que todos, menos Gorme, estaban buscando a Rob y el recién llegado se asustó puesto que su primera impresión fue que el dueño de la casa se lo había raptado. Pero se la guardó para no alterar más a sus amigos.

Recorrieron habitación por habitación, rincón por rincón.

– ¡Roberto donde estas, Roberto! –llamaban todos a diferentes tiempos, buscando a Rob desesperadamente. Comenzaban a llegar a la conclusión que Alex pensó.

Hasta que ya no tenían más esperanzas. Se detuvieron en el corredor, angustiados. Pero unos murmullos que provenían de una de las salas los esperanzó para seguir buscándolo.
Avanzaron unos pasos cuando de nuevo se escucharon los murmullos que ahora eran más fuertes, parecía un débil gemido de dolor que provenía del baño. Se acercaron más y otro gemido muy fuerte salió del baño que casi los hace dar un respingo y fue seguido con un “¡Pun!” prolongado junto con un mal olor. Estaban más aliviados ya que lo que provocaba esos gemidos era Rob que luego gritó:

– ¡Necesito papel higiénico!

Ben abrió la puerta sin golpear y se sorprendieron al ver a su amigo sentado en el inodoro haciendo sus necesidades biológicas. Rob se tapo lo más que pudo mientras su cara se coloraba producto de la vergüenza y de la furia que sentía porque tres caras lo estaban mirando en una de las posiciones más pavorosa en la que alguien te puede ver. De inmediato sus amigos agravaron su vergüenza con unas estridentes carcajadas. Alex, que se contuvo la risa, salió corriendo y llegó al instante después con dos rollos de papel higiénico.

– Toma. –le dijo sin poder aguantarse más la risa. Atrás de él Ben y Pablo se reían y se tapaban las narices a la vez.

– Les advierto, si es que siguen con la puerta abierta me enojaré mucho con ustedes.
Ben que quería desde antaño vengarse de su amigo por bajarle los pantalones en la Colonia Ned en clase de deportes, desapareció un segundo del baño, cuando volvió sostenía una cámara fotográfica que encontró en una maleta de la Colonia y le sacó un centenar de fotos. Al pobre de Rob se le transfiguró la cara y gritó:

– ¡¡Malditos perdedores, me las van a pagar muy caro!! –y se levanto iracundo destapándose sus partes para empujar, con un poco de dificultad puesto que sus pantalones al estar abajo no le permitían desplazarse, hacia fuera a sus amigos. Luego les cerró la puerta de un portazo.

Los cuatro salieron corriendo hacia la sala se estar, con lágrimas de risa cayendo por sus mejillas.

– Nunca me di cuenta que Rob era estítico. –dijo solazado Ben y volvieron a reírse.

****

Robert no les habló en todo lo que quedaba de día (que era muy poco), pero no se pudo aguantar hacerles una broma en la noche.

Cuando estaban todas las luces apagadas, Rob, se dirigió al armario de una de las habitaciones en la que estaban sus pertenencias, tomo una llave que estaba arriba de una mesa y la introdujo en la cerradura del cuarto cajón; la abrió y dentro se encontraban variados objetos raros y personales que habían encontrado mientras revisaba las pertenencias que habían traído de la nave. Los objetos iban desde calzoncillos de ositos hasta fotos de mujeres ligeras ropa (pertenecientes a algún alumno hombre de la Colonia de un curso superior, claro). El muchacho con la mirada encontró lo que buscaba. Introdujo la mano y saco lo que se llamaba “Vociferador fantasmal de Graid Mercer y Cia.”

– Sabía que había encontrado uno de estos. Todos esos perdedores me las van a pagar. –se dijo con una maléfica sonrisa pegada a su rostro.

Aquella cosa era una broma horrenda, de las peores que existían y daban vueltas por la Colonia Ned. Era una esfera azul que tenía una cinta naranja que decía:

Vociferador fantasmal de Graid Mercer y Cia.

Hágales pasar a sus amigos la más horrenda pesadilla viviente de sus días.
Si la cinta es de color verde es del tipo ladrón; si es café, psicópata asesino, y si es naranjo, fantasma de una horrible mujer gritona.

INSTRUCCIONES: De vuelta la cantidad de veces que desee la perilla amarilla (cada vuelta son diez segundos de espera para que funcione). Déjela en un lugar y luego espere escondido hasta que, ¡waa!, sus amigos se asustaran de por vida. Para desactivar pulse de nuevo el botón amarillo.

ADVERTENCIA: no apto para personas lloronas, con problemas urinarios o cardiacos, su uso indebido en ellos podría ser catastrófico.


Después que Rob leyó esto, se la introdujo en el bolsillo y salió de la habitación en dirección a la cocina donde todos (incluido Gorme) estaban cenando.

Sigilosamente se detuvo en una mesita del living y dio cuatro vueltas a la perilla amarilla. La dejó rápidamente en dicha mesita, como si fuera una bomba. No quería involucrar en esta venganza a Gorme, que no había hecho ni visto nada por lo que hizo que se levantara de su cena y lo siguiera hasta afuera.

Los dos, acurrucados bajo la ventana, esperaron. Todavía quedaban treinta segundos.

– ¿Qué hacemos aquí? –preguntó Gorme entornando sus ojos a Rob y éste lo hizo callar. – Pero…

– ¡Pss!, espera y verás. –y se levantó para ver a través del vidrio.

Gorme se levantó y miró, pero se asustó al ver en el reflejo de la ventana la malévola sonrisa de su acompañante.

Quedaban diez segundos..., cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡aaahh!, dentro de la habitación un gran grito de mujer se escuchó, los que estaban comiendo dieron un respingo y como el ruido persistía se pusieron a gritar desesperadamente y corrieron en dirección a los camarotes de una habitación; estaban los tres apiñados tiritando en el camarote inferior tapados por una delgada sábana, blasfemando y preguntándose qué había ocurrido. Pero luego vino algo peor, de la esfera que reposaba en la mesita del living salió una cara de mujer y luego el cuerpo de ella, por su boca abierta como una cueva salía aquel grito espectral. Rob, expectante, pegado al vidrio del living veía como la mujer fantasma salía volando en dirección a la habitación en que sus amigos se habían escondido. Gorme, que se espantó tanto como los de adentro estaba agachado con los oídos tapados.

– Sígueme, no nos perderemos la acción. –le dijo al pequeño pero este no respondió. – Bueno, tú te lo pierdes, pendejo. –y corrió hacia la otra ventana oval.

Adentro los muchachos sintieron que los espantosos gritos se iban acercando. Ellos tiritaban y gritaban tanto como el fantasma. Al aparecer el espectro en la habitación, los muchachos vieron a través de la sábana con la que se cubrían, su paranormal cuerpo que era de un color verdoso semi transparente y llevaba un traje delgado y demasiado grande, semejante a la sábana con que los jóvenes se tapaban. Ella había empezado a flotar sobre toda la habitación que se encontraba oscura describiendo amplios círculos. La luz se encontraba apagada porque no habían tenido tiempo de encenderla cuando entraron. “Oh, que pena me dan”.

Los muchachos se sentían a morir por los chillidos del fantasma que retumbaban en sus oídos, pero de un momento a otro cesó.

Al otro lado de la ventana Rob reía y se agarraba la panza de la risa.

Alex sacó la cabeza para ver por qué el grito cesó. Miro por todas partes muy asustado, hacia la izquierda y derecha también miró hacia el techo. Se tranquilizó y les dijo a sus amigos que se encontraban a su lado que se salieran, Pablo y Benjamín, sacaron sus cabezas, temerosos.

– ¿Qué fu-e e-so? –preguntó al instante Ben, jadeando del miedo.

– Un fantasma de una mujer; parece. –dijo Alex.

– ¿Dónde está Rob y Gorme? –preguntó Pablo afirmando con fuerza las sábanas por si había que volver a esconderse.

– ¿Rob? –preguntaron mirando hacia la ventana en la que el rostro de Rob desparació.

– Diablos, me han visto. –dijo Rob, escondido debajo de la ventana oval.

– Rob sal de ahí, ya pasó. –dijo en tono muy paternal y acogedor Ben, para ver si se atrevía a salir.

De pronto el rostro de Rob se volvió a ver en la ventana. Los muchachos aliviados se prepararon para levantarse y salir de la habitación, preparados para atacar a Rob por hacerles pasar este susto. Pero... en un parpadeo el rostro de su amigo se desfiguró y se transformó en la mutilada cara de la mujer fantasma, otra vez gritando. Los muchachos se escondieron debajo de las sábanas. A pesar de que el miedo los invadía, lograron escuchar que los gritos del fantasma decían algo:

– <<Terribles cosas ocurrirán. Serán los testigos del mal cuando renazca.”>>

Y luego, el grito se intensificó.

– ¡¡Madre mía, madre mía, esto no es cierto!! –gritaban bajo la sábana.

El fantasma salió del vidrio y se dirigió hacia el camarote, donde, con sus huesudas manos comenzó a zarandearla con fuerza. Rob, se levantó otra vez y vió lo que sucedía. Ya era sufieciente. Corrió, pasó por al lado de Gorme que se incorporaba lentamente, entró a la casa y se dirigió a la esfera azul que estaba abierta sobre la mesita. La tomó y apretó el botón amarillo deteniendo así los gritos del fantasma junto a los gritos de sus amigos.

El fantasma había desaparecido.

Rob, llegó al segundo después a la habitación, encendió las luces y vio a sus tres amigos jadeando y sudando del miedo, tendidos en la cama de abajo.

– Son unos perdedores –y los apuntó riendo malévolamente–, me vengué. Ja, Ja, JA!!!

Los tres muchachos, al escuchar la voz de su amigo, se levantaron y le dedicaron una mirada asesina a Rob.

– ¡Tú hiciste esto! ¡Te voy a matar! –dijo furioso Pablo, que estaba muy alterado, y se lanzó sobre Rob, pero Alex lo atrapó y le impidió hacerlo.

– No puedes ahora que estamos a mano. Ahora, Ben, elimina esas fotos de mí en el baño. –dijo dichoso a la vez que se acostaba en el camarote inferior del que se acababan de levantar sus víctimas mientras Ben, sin otra opción, sacaba de la cómoda la cámara y eliminaba las fotos.

Quedaron en silencio y cuando Ben terminó su labor, comenzaron a mirarse… Ocurrió algo, algo nació en ellos que hizo que se rieran, los cuatro, juntos, como los buenos amigos que eran. Y se dieron cuenta que después de todo ante la adversidad la amistad siempre prevalece.

Capítulo 7 - Los investigadores

Primera parte
Spoiler:
“ ¿Encuentro fortuito o malévolo plan? ”

Al mediodía siguiente, los cuatro amigos salieron, como lo habían planeado la noche anterior, hacia los misteriosos bosques y extensas praderas cubiertas que se encontraban en la isla para encontrar respuestas a las variadas preguntas que surgían en las cabezas de Club Ned. Dejaron a Gorme en la casa para no exponerlo a la agotadora travesía.

El joven se encontraba tan aburrido en aquella silenciosa construcción que comenzó a caminar dando vueltas alrededor de la casa. Estaba un poco fastidiado por lo ocurrido ayer, porque indirectamente había sido afectado por la broma de Rob (aunque éste hizo lo posible para que no se viera involucrado). Lo que vio la noche anterior a través de la ventana del living lo dejó espantado, desde pequeño que le tenía pavor a los fenómenos paranormales y aquel espectro produjo que Gorme no le hablara a Rob en señal de disgusto por su venganaza.

Mientras caminaba, tenía la mirada fija en el suelo inundado de hojas secas tratando de borrar el horripilante rostro mutilado de la mujer. De súbito, varios metros más allá de la casa, pero aún dentro del claro (no se atrevía a salir de él), encontró sobre el manto de hojas una especie de roca morada con múltiples relieves. Se detuvo y toda su atención se fijó en ese extraño objeto. Luego, se agachó y lo tomó. De inmediato se dio cuenta que no era una roca puesto que era bastante liviana y al examinarla frente a sus oscuros ojos se percató que sostenía una caracola morada de grandes dimensiones.

Una conexión inmediata surgió, Gorme no sabía si era el brilló que comenzó a emitir la caracola o la suave voz con la que le hablaba.

– No temas en poseerme –de inmediato Gorme se asustó y soltó a la caracola que cayó al suelo provocando un sordo sonido. Pero ella siguió hablando: –. Como me has encontrado, tienes que hacer algo por mí.

Gorme no entendía por qué le hablaba y seguía asustado, pero luego le pareció agradable que una caracola morada le hablara. Era la primera vez que a Gorme le gustaba algo, tal vez la caracola tenía un cierto poder mental sobre Gorme o había una atracción el uno por el otro, quién sabe. Luego de unos segundos de silencio Gorme la cogió de nuevo y la Caracola dijo un poco más fuerte, en un tono convincente y autoritario:

– Estoy esperando a que asientas. –él lo hizo de inmediato como si estuviera siendo amenazado.– Dentro de pocas horas podré convertirme en mujer y es por eso que necesito que me cuides hasta que llegue el momento. –Gorme volvió a asentir rápidamente, esas palabras no lo sorprendieron para nada. Lo que fuera que estuviera produciendo la embriaguez con la que miraba a la Caracola parecía bloquear sus sentidos de alerta y percepción.

¿Qué relación más extraña? Y ¿Qué encuentro más extraño?... Nadie se imagina lo que vendrá luego de esta relación.

****

Lo más novedoso que encontraron luego de unos minutos de caminata fue una alta montaña solitaria que al parecer se encontraba al centro de la isla. Por lo tanto, los jóvenes de Club Ned, luego de una larga caminata sin ver nada interesante y misterioso, decidieron ir hacia ahí esperando encontrar por fin algo que valiera la pena.

– Y también podremos ver toda la isla. –dijo finalmente Ben, mientras caminaban entre los árboles siguiendo un menguado sendero. Pablo, unos pocos pasos más atrás amarraba un pedazo de tela roja al tronco de un castaño.

Ésta era una medida que habían decidido antes de salir. Alex, sacando una gran capa roja que había encontrado en una cómoda, dio la idea de que cada unos cuantos metros amarrarían una tira de tela para indicar el camino de vuelta a la casa.

– Eres inteligente, Alex –lo encomió Pablo dándole unos golpecitos a la espalda de su amigo, éste solo respondió con una tímida sonrisa.

El camino que habían seguido comenzó a ascender hacia la montaña y se obstaculizaba con empinados y peligrosos barrancos. En uno de los barrancos, que era uno de los más complicados, Rob casi cae y después de esto pasaron más cautelosamente los siguientes barrancos o cuestas empinadas que debían pasar. Rocas, árboles secos y ningún signo de vida era lo que se apreciaba en esta montaña, era una soledad tan grande que cansaba más de lo común. Cuando llegaron a una pequeña planicie en la mitad de la montaña, a considerable altura, Alex dijo muy cansado:

– Uf, este es un buen lugar para apreciar toda la isla. ¿No es cierto?

– Sí, es muy bello. –dijo Ben mirando maravillado el paisaje– Me quedaría aquí para siempre.

Como si estuvieran en un teatro se sentaron a contemplar lo que había en la isla y en los alrededores. La isla era aparentemente triangular donde un vasto bosque cubría por completo la isla (a excepción de la montaña). Los muchachos alcanzaron a divisar cerca de la punta derecha el claro donde se ubicaba la casa, que no se podía divisar muy bien.

– ¡Veo algo en el horizonte, al parecer es tierra! –dijo emocionado Pablo, como si fuera Colón en el momento de descubrir América.

Y, efectivamente, frente a ellos, miles de kilómetros más allá, cruzando el inmenso océano se podía ver una delgada e inconfundible línea de tierra.

– Sí, es tierra Pablo. –dijo Rob con el ceño fruncido, estaba aburrido de estar sentado por tanto tiempo– ¿Por qué no los largamos de aquí? Ya no hay nada más que hacer.

Los demás miraron despectivamente a Rob como si hubiera dicho una gran blasfemia.

– Rob, –dijo Ben con mirándolo entrecortadamente– ¿no te interesa haber encontrado tierra?

– No, es mas, era obvio que más allá, en algún lugar debe haber tierra firme.

– Pero, ¡ahora sabemos donde está!

– ¡Bah!, hubiera sido mejor si hubiéramos encontrado al dueño de esa casa. –dijo Rob, ceñudo; y se levantó de la tierra y agregó mientras se sacudía con las manos su trasero: – Yo me largo de vuelta a la casa –y comenzó a bajar de la montaña, siguiendo las amarras rojas de los árboles secos.

Los tres se quedaron sentados, pero solamente unos segundos más, puesto que comenzó a enfriarse el ambiente y se percataron de que sus estómagos comenzaban a rugir de hambre. Alex, se quedó sentado mientras los demás se levantaban y se limpiaban para ir de regreso a la base.

– Vayan, de inmediato los alcanzo. –dijo sin mirarlos porque estaba abstraído con la maravilla que miraba.

Pablo y Ben se fueron conversando, desapareciendo cuando bajaban por un barranco y Alex se quedó solo. De repente sintió en sus oídos una voz femenina muy bella, que casi parecía una canción que le decía: “Alex, mira detrás de ti y cuando me encuentres léeme”. La voz calló, Alex quedó vacilante ante esta voz, no sabía si dar media vuelta o salir corriendo a encontrarse con sus amigos. Llenándose de valor, volteó la cabeza y vio un pedazo de papel muy blanco que tenia algo escrito sobre la tierra. El joven sintió un impulso muy potente por agarrar la hoja, lo hizo y leyó lo que tenía escrito:

Quien lea esta carta por favor ayúdenos, necesitamos tu ayuda para poder ser libres de una vez por todas.
Estamos desesperados y no creo que duremos demasiado en este encierro. Nos encontramos cautivos en un castillo en la punta más alta de él. Ten cuidado con el malvado que se encuentra aquí, es muy perverso y nos mantiene confinados bajo una inmensidad de horrores.
Estamos en el planeta Phartor, de la constelación de Masured, el planeta que tiene a la maldad, como su rey. Es muy difícil el camino, pero te entregamos un mapa que aparecerá luego de que termines de leer; y desde ahora te decimos que por agujeros negros has de pasar.
Buena suerte y te damos las gracias por leer nuestra carta de rescate. Ayúdanos por favor, nosotros estamos en tus manos.

Gracias otra vez.
Xavier, Uriel y Diana Wernin.

La carta estaba escrita con una letra que aparentemente había sido escrita con premura. Alex, qué no entendía nada de lo que estaba leyendo, la volvió a leer una y otra vez y cayó en la cuenta de lo que la carta decía.
– Donde está el mapa –dijo en voz alta, y al no encontrarla, se desesperó.

Se levantó del suelo, buscándolo por todas partes y de repente la carta se prendió en llamas. Alex la soltó rápidamente, el papel se quemaba mientras caía. Un montón de cenizas quedaron sobre la tierra. Luego éstas comenzaron a aglutinarse y se transformaron en un rollo de papel muy grueso, el joven lo tomó de inmediato y se lo metió en el bolsillo muy rápidamente. Sabía por intuición que era el mapa.

Y Alex fue ágilmente al encuentro con sus amigos, que estaban ya muy adelantados, aunque no habían descendido toda lo montaña. Cuando los encontró, sus amigos le preguntaron que había hecho, pero no les contestó; sentía en su corazón una profunda pena por esas personas que estaban encerradas en Phartor y no pensaba en otra cosa, es más se había olvidado de buscar a Ned. Luego de unos segundos sólo se remitió a decir:

– Nada, no hice nada, sólo quedé mirando el paisaje por unos segundos más; nada más que eso. –su voz sonó monocorde.

Al decir esto, Alex entrevió que no quería contarle nada de lo sucedido con la carta y con las personas que estaban encerradas en ese planeta, a pesar de no saber el por qué no ha de contárselos.

Bajaban muy despacio y con sumo cuidado de no caerse en un barranco. De pronto, miraron hacia el horizonte y se dieron cuenta que venían dos relucientes naves alargadas, apenas divisibles en el celeste cielo. Se detuvieron y observaron cómo se acercaban a la isla y posteriormente aterrizaban en el claro de la casa.

De inmediato los muchachos comenzaron a correr cuesta abajo para apresurarse a ver quiénes eran los que habían aterrizado en la isla. ¿Serán los dueños de la casa? ¿O podrían ser otra vez Victoria, Mataro y Saoran? Nadie de los cuatro sabía la respuesta y mientras corrían, Gorme había vuelto a la base junto con el objeto y se encontraba en graves problemas.

La extraña relación entre Gorme y la caracola morada había llevado al joven a actuar como un súbdito de ella. Esta le pidió al muchacho que la cuidara y eso es lo que hizo; él la dejó sobre una butaca mientras se sentaba en una silla, frente a ella, para contemplarla casi sin pestañear. El pobre no sabía los interminables planes malévolos que tejía la insaciable mente de ese cuerpo mientras estaba recostada sobre la butaca.

Luego de eso se escuchó cómo se detenían los motores, Gorme dio un respingo y miró por la ventanilla de la cocina, donde estaban las dos naves y observó que tenían la insignia de una institución llamada “Ministerio de Investigaciones”.

Gorme miró a la caracola a la vez que ésta le vociferaba:

– ¿¡Quién ha llegado!?

– Dos naves… del Ministerio de Investigaciones. –dijo algo temeroso el muchacho producto del grito de la caracola; pero se atemorizó mucho más cuando ella le volvió a gritar.

– ¡¡Rápido estúpido!! ¡¡Sácame de aquí!!

Gorme actuó rápida y temblorosamente. Cogió a la excitada caracola en uno de sus brazos y salió disparado de la base, en dirección opuesta a la de los recién llegados para no toparse con ellos. Ambos desaparecieron entre los arbustos y gruesos troncos del bosque, sin que nadie se diera cuenta.

Unos segundos después salieron de las naves siete hombres vestidos con trajes de espías con un casco que no permitía ver sus caras y se agruparon inmediatamente después de bajar. El líder de ellos (uno que poseía en su traje una insignia dorada) les habló a sus cómplices a través del casco:

– La última señal de la Crimson Shark fue registrada en este lugar. –sacó un aparato con forma ovalada– Fred, Will y Greor; ustedes será scouts y verificaran con el radar el perímetro. –le entregó a uno de los aludidos el objeto ovalado– Si encuentran algo o alguien, no le pregunten nada, sólo atrápenlos y tráiganmelo aquí. Ya saben que los de la Shark son peligrosos. Ahora, ¡Muévanse! –y los tres soldados fueron a sacar de las naves sus scouts, montaron en ellos y se fueron con un leve ruido de motores– Nosotros entraremos en esa casa y la revisaremos por completo. ¿Entendido?

– ¡Entendido! –dijeron al unísono los restantes.

Y entraron en la base con sus armas en las manos botando de un golpe la puerta metálica, que no se abrió cuando los investigadores se pararon al frente de ella. Comenzaron a inspeccionar cada centímetro de la base, expectantes por encontrar a la desaparecida y hábil Victoria.
Segunda parte
Spoiler:

Mientras tanto nuestros cuatro amigos estaban con prisa de llegar a la base lo antes posible y ver quiénes eran los que venían en las naves. Seguían las amarras que habían colocado, pero desafortunadamente, al inicio del sendero marcado, otras tres personas más seguían las señales.

Cuando los soldados salieron montando sus scouts, encontraron al inicio del bosque una tela roja amarrada en un tronco. Uno de los investigadores dijo a sus compañeros, mientras se detenían y bajaban de sus scouts:

– ¿Qué creen que es esta tela?

– Para indicar un camino, eso es más que cierto. –dijo uno que se había adelantado un poco y encontró otra tela roja– Hay que seguirlas, tal vez nos conduzcan hacia algo interesante.

Y volvieron a subir a sus vehículos siguiendo el camino hecho por Club Ned. Los investigadores tarde o temprano se encontrarían con los muchachos y ellos los atraparían de inmediato ya que en esta isla supuestamente inhabitada el Ministerio de Investigaciones suponía que cualquier persona que se encontrase aquí era potencialmente sospechosa.

Los muchachos corrían y de repente sintieron a lo lejos un sonido de motor, se detuvieron en seco y observaron estupefactos como tres scouts montados por unas personas de trajes negros, se acercaban a ellos. Los jóvenes estaban paralizados por el asombro y rápidamente los investigadores los rodearon, se bajaron de los scouts y sacaron sus armas.

– ¡Manos arriba! –vociferó uno de los investigadores apuntando a Pablo, que al igual que sus amigos estaba de rodillas en el suelo con las manos en la nuca.

Los investigadores se hicieron señas, apresaron a los muchachos y los subieron a los scouts. Alex, Pablo, Rob ni Ben se opusieron ni forcejaron debido a que ellos eran del Ministerio (según decía la pequeña insignia que llevaban en el pecho) y los cuatro pensaron que los podrían llevar a la Metrópolis; estaban resignados a que esto a la larga sería bueno, pero ¿por qué los habían apresado? ¿Acaso habían hecho algo al estar viviendo en aquella base? O ¿aquel escurridizo animalito reveló que habían llegado y estaban viviendo en su casa? Todo estaba muy raro desde que llegaron a la Tierra.

Los investigadores colocaron a los sometidos sobre un scout del que le salió un carro por un costado. Siguieron el camino de regreso por las telas coloradas y llegaron a la base en unos pocos minutos. Al llegar, los jóvenes vieron las brillantes naves del Ministerio, pero nada de tranquilidad comenzaron a sentir, todo lo contrario, la confianza desapareció y comenzaron a sentir un inusual y poco agradable temor. Los scouts se detuvieron, bajaron de ellas y se llevaron a los muchachos arrastrando sin hacer menor fuerza, porque las presas que tenían en sus muñecas tiraban de ellas con brusquedad, como si hubiera un poderoso imán frente a ellas que las atraía. Cuando entraron a la base estaba todo desordenado, tal como si un huracán hubiera entrado en ella.

– Teniente Linor, hemos encontrado… –dijo uno de los soldados cuando cruzó el umbral de la destrozada puerta; pero fue detenido por la voz de su líder que decía.

– Tráelos de inmediato. Estoy aquí.

Los hombres empujaron a nuestros amigos y los condujeron hacia una de las habitaciones, ahí estaban cuatro personas que revolvían en los cajones de la cómoda.

– Capitán, he encontrado a cuatro personas andando por el bosque. –repitió fuertemente el investigador.

– Perfecto, bien hecho. –dijo malévolamente el líder de la expedición.

Éste ya no llevaba el casco puesto por lo que los muchachos vieron el rostro de Linor. Era jóven, pero su rostro no era común: estaba lleno de arañazos y cicatrices, una ceja la tenía reducida producto de una pequeña quemadura, y sus azules ojos no emitían ningún brillo de vitalidad; tenía el pelo lizo, de un negro aceitoso, que le cubría parcialmente las orejas (una de ellas tenía un aro, mientras que a la otra le faltaba un pedazo). Linor comenzó a observar a sus recién llegados mientras se acercaba a ellos con altanería.

– Vuelvan a lo que estaban haciendo, sigan buscando más cosas que nos puedan servir. –dijo, severo, sin desviar la mirada de sus cautivos.

De inmediato los tres scouts salieron de la base y quedaron los cuatro muchachos y los cuatro investigadores.

Linor dejó de mirarlos y se dio media vuelta para ordenar a los demás investigadores que salieran de la habitación y siguieran buscando en otra parte, por lo que ahora estaban solos los muchachos con el rudo capitán. Este les volvió a clavar sus ojos en ellos y les dijo:

– Al parecer no los conozco, pero ustedes si conocen a alguien que ando buscando. Díganme sus nombres.

Ben saltó de inmediato antes de que cualquier otro revelara su identidad:

– Primero, sácanos estas presas y luego conversaremos.

El capitán, haciendo un leve sonido de astucia, pasó por detrás de los muchachos, en dirección hacia la puerta.

– He dicho que nos saque estas presas. –instó otra vez Ben, con más brusquedad.

El líder de los investigadores no se inmutó, siguió caminando hacia la puerta y la cerró de un golpe. Era obvio que los intimidaba. Luego, sacó de su bolsillo un pequeño aparato que pasó cerca de las presas y estas al instante se abrieron y se reducieron en unas pequeñas esferas adheridas a la piel sus muñecas. Ahora que Club Ned no se encontraba con las manos atadas podían hablar de mejor manera.

– Bueno, ahora que están más cómodos –dijo el capitán con un dejo de suspicacia–, díganme quienes son. –se quedaron en silencio, no se atrevían a decir sus nombres. Linor al no recibir respuesta se molestó– Bueno, parece que no quieren colaborar. –se acercó a los jóvenes y dijo amenzante– Yo sé muy bien que conocen a Victoria Estarder, líder de la Crimson Shark y si no me dicen su paradero actual, estarán en un aprieto mayor del que ya se encuentran.

Los muchachos quedaron algo dudosos por las palabras del capitán de la expedición ¿Victoria Estarder? No conocían a ninguna Victoria Estarder… A no ser que…

Alex se atrevió a hablar luego de un silencio abrumador:

– Vimos a alguien que se llamaba Victoria, no creo que sea la misma, pero si sirve de algo, andaba con dos muchachos.

– Esas tres personas, ¿eran así? –le preguntó Linor mientras sacaba de su bolsillo tres pequeñas fotografías con las caras de Victoria, Mataro y Saoran. Alex asintió levemente, tratando de ocultar su sorpresa “¿Asi que el Ministerio sabe de esos tres?”. Linor continuó guardándose rápidamente las fotografías, harto de tantas vueltas:– Muy bien, vayamos al grano. Ustedes se preguntarán por qué se encuentran aquí en esta base… esperen, ¿cómo es que llegaron a esta isla desierta?

Los muchachos se miraron, y Rob se precipitó a mentir, porque no sería conveniente hablar de Club Ned frente a personas del Ministerio en las que no confiaban plenamente.

– Siempre hemos vivido aquí, es más, esta base es nuestra. –no era muy convincente como lo había dicho, por lo que su captor dudó completamente de lo que había dicho.

– ¡Cada vez que mienten, cometen un bloqueo de la verdad y eso es penado por la ley de la República! ¡Comenzarán a decirme la verdad desde ahora en adelante, porque están frente al capitán de la expedición que trata de destruir a ustedes, a su grupo! –exclamó irritado.

Quedaron sorprendidos, ¡el Ministerio estaba detrás de la destrucción de la Colonia Ned! Todo el sufrimiento que habían pasado los últimos días era producto de la República de la Tierra, la sucia República de la que Ned se desligó. Ahora no era necesario aparentar que eran de aquí, era hora decir quiénes eran en verdad porque la persona que tenían al frente conocía todo lo que les había pasado. Pero había algo raro, él buscaba a la Crimson Shark no a los que habían sobrevivido al ataque de Deuxtar; los jóvenes no sabían en que pensar.

– Como pueden ser tan malévolos –dijo debilemente Alex–, nosotros somos los únicos que sobrevivimos a la destrucción de la Colonia Ned y caímos en esta isla.

Linor soltó una carcajada.

– ¡Otra vez mienten! Ustedes no pertenecen a Club Ned, es imposible porque simplemente no quedó rastro de ella. –vociferó el hombre con la sonrisa gravada y los ojos abiertos como platos– ¿Ustedes creen que el Ministerio no está al tanto de todas sus andanzas? ¿Ustedes piensan que son más listos que nosotros y que pueden venir a decir tamaña mentira? Pues están equivocados. Yo sé que ustedes son de la Crimson Shark y tienen, en algún lugar de esta isla, escondida a su lider, Victoria. –golpeó con su gran puño el armario, que resonó fuertemente– ¡Basta ya de juegos y mentiras! Sólo díganme donde la esconden o los llevaré al Ministerio para interrogarlos…

Hubo un silencio, la exasperación de Linor pareció haber llegado a su pick, puesto que comenzó a tranquilizarse. Sin embargo, todavía imponía su autoridad.

– Contesten.

– No sabemos donde esta esa mujer ¡Usted está equivocado! –gritó apresurado Pablo, como si alguien le estuviera obligando a hacerlo.

Linor volvió a reír estruendosamente.

– ¡El radar no puede equivocarse! Sólo hace unas horas que me indicó señales de ustedes.

– Nosotros hemos estado afuera toda la mañana, no tenemos nada que ver con esto. –dijo Ben esperando a que todo esto acabara pronto.

– Pero Gorme estaba aquí cuando salimos, ¿dónde está? –preguntó Rob acordándose súbitamente del muchacho.

El rostro del capitán se iluminó, pero no de una forma natural, sino de una forma en que sus opacos ojos casi destellaban– ¿Quién es Gorme? ¿El también está detrás de sus malvados planes? ¡Respondan!

Pablo no podía contenerse y volvió a hablar apresuradamente.

– Él es nuestro compañero que vino junto con nosotros desde la Colonia y se encontraba por aquí cuando nos fuimos, pero ahora parece que no está.

El líder de los investigadores no quedó satisfecho.

– ¿Parece. . . por aquí? ¡¿Acaso me están tomando el pelo?! –la ira volvió a aparecer en su rostro– ¡¡No estoy aquí para perder el tiempo!! –y sacó con fuerza de su cinturón una pistola con la que les apuntó– ¡¡¿Díganme de una vez por todas dónde está Victoria?!!

Los cuatro jóvenes no sabían cómo reaccionar. En cualquier momento el descontrolado Linor podía dispararles, sin embargo había que hacer algo pronto.

– ¡Nosotros no sabemos dónde está ahora! Sólo la vimos el día en que llegamos – exclamó airado Ben.

Pareció que el rostro de Linor comenzaba a inflarse de ira, pero al segundo otra vez se calmó.

– ¿Hace cuántos días y a qué hora?

– Hace tres días, –se atrevió a contestar Alex– era de mañana cuando caímos a la isla y los vimos.

El capitán que todavía les apuntaba, no dijo nada, solamente asintió como si se le hubiera aclarado una idea en su mente. Se formó un silencio que fue quebrado de inmediato por unos sonidos de personas que forcejeaban con otra afuera de la habitación, acto seguido se abrió la puerta y aparecieron dos de los scouts que sujetaban con fuerza a Gorme que se remecía y pataleaba en el aire. Detrás de ellos se observaba al otro scout que tenía a la, aparentemente inerte, caracola. Linor bajó el arma y contempló a sus soldados mientras volvía a sacar el pequeño aparato para volver a poner las presas en las muñecas de los cuatro jóvenes.

– ¡Gorme! –dijeron al unísono los cuatro amigos.

– Así que este es Gorme. –dijo el capitán que se volvía a los muchachos para colocarle las presas otra vez. Luego miró con desdén al pequeño.

– Lo encontramos escondido bajo el acantilado, señor, y llevaba esta caracola. Cuando nos vio, intentó lanzarse al mar, pero lo atrapamos justo a tiempo. –dijo uno de los soldados que sostenía a Gorme– Pero lo más sorprendente es… el radar… Tome, señor, mírelo. –y le entregó el aparato ovalado. Linor luego de inspeccionarlo, sonrió. Luego miró detenidamente al pequeño que tenía en frente mientras asentía levemente.

– No pareces un humano muy inteligente… dime una cosa, Gorme, ¿conoces a Victoria?

– ¿Victoria? –dijo Gorme totalmente confundido– No conozco a nadie que se llame Victo…

– ¡Mientes! –y le propinó una poderosa bofetada en el rostro de Gorme– Sé perfectamente que conoces a Victoria.

Gorme dejó de forcejear y quedó suspendido en el aire, sujetado firmemente por los dos investigadores, mirando al suelo totalmente abatido. Los cuatro amigos miraban sin poder hacer nada porque las presas ejercían una fuerza tal que no permitía que se movieran.

– Dime… dime todo lo que sabes sobre esa caracola.

Gorme titubeó ante la pregunta del líder. No podía hablar… no, no podía hacerlo, la caracola le había dicho que no hablara nada de ella, ni de cómo la había encontrado.

– ¡¡CONTESTA!! –vociferó Linor abriendo su boca a unos centímetros del rostro de Gorme.

Pero él no contestó. No lo haría.

Linor, retrocediendo y respirando hondo concluyó que ya no podía seguir interrogando a los individuos por lo que salió de la recámara dando grandes zancadas, mientras daba órdenes a los investigadores que era hora de irse con los muchachos y la caracola. Al escuchar esto los hombres que sostenían a Gorme y el que sostenía a la caracola, siguieron a Linor. Club Ned quedó en aquella habitación escuchando como se alejaban los ágiles pasos de los investigadores.

– Tráiganme a los cuatro rehenes. ¡Ahora! –ordenó, furioso, Linor.

En un santiamén entraron los tres soldados restantes, los apuntaron con unos aparatos semejantes a un control remoto, idéntico al que tenía Linor y jalaron de ellos sin hacer esfuerzo por el suelo inundado de ropa y adornos rotos.

Ya se encontraban fuera de la casa, Linor los estaba esperando.

– Mételos en la nave, Fred.

Los investigadores a cargo de Gorme y la caracola se dirigieron hacia una de las naves.

– Ahora… Movámonos.

Sin embargo no pudo moverse ni un paso porque uno grito proveniente del grupo que ya se había marchado alerto a los presentes. Gorme corría con la caracola en sus brazos en dirección hacia el bosque.

– ¡Atrápenlo! –rugió el líder y todos los investigadores (incluso los que estaban al lado de los cuatro amigos) salieron en busca del fugitivo que ya había desaparecido en el follaje– ¿Qué te sucede, Fred? –le dijo al único que no hizo caso a la indicación pues que se encontraba tirado en el suelo sobándose su brazo; era el que tenía la caracola.

– Esa caracola comenzó a arder y me quemó, incluso con el traje puesto. –le contesto el accidentado.

– Eso es imposible. –dijo Linor con el ceño fruncido, mirando la dirección en que se habían perdido sus soldados– Vamos, levántate. – le dio la espalda y comenzó a caminar en dirección a una de las naves– Ahora tenemos que irnos con esos cuatro. Fred, acompáñame a la Metrópolis. –y se embarcó.

El investigador se levantó y apuntó con ese extraño aparato remoto con su brazo sano a los muchachos. Estos comenzaron a arrastrarse otra vez por las hojas jalados por las presas. Subieron junto a Fred a la misma nave que Linor entró.

La nave comenzó a ascender, dejando atrás a la desbaratada casa en claro.

– Se fueron. –dijo una voz suave, tierna y extrañamente aguda sobre el techo de la construcción– ¿No harás nada por ellos?

– No creo que pueda hacer mucho, Combe. –le contestó otra voz de mujer. Sobre el techo metálico de la casa se veían dos siluetas. Una diminuta y peluda, y la otra alta y robusta, que miraban como desaparecía el pedazo de metal resplandeciente– Fui una estúpida.
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Mar Abr 17, 2012 6:52 am

Bien! Aquí es hasta donde tenía leído, espero subas el octavo capítulo prontín Very Happy
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MaNtoSastO
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Vie Abr 20, 2012 10:29 pm

*Aparece con el pelo sucio, vistiendo ropas que usó durante toda una semana, unas ojeras gigantes y con una mochila atochada de libros al arrastre* Hola a todos, aparezco luego de algunas semanas de desaparecer porque tuve muchas pruebas y trabajos en la U, y les vengo a dejar antes de caer rendido a un sueño añorado por dias el capitulo

Capítulo 8 - En el Ministerio

Primera parte
Spoiler:
“ Dentro de las paredes ministeriales los secretos rondan por todas partes ”
Nunca pensé que encontraríamos a tantas personas en esta isla, Linor.

– Yo si Fred, intuía que encontraríamos algo interesante. –y miró a los cuatro muchachos que, abatidos de forcejear con las presas que empujaban hacia abajo, estaban sentados en el suelo de la nave.

– El señor Istodust nos va a recompensar muy bien por nuestro trabajo, ¿no lo crees? –el joven soldado que acompañaba al líder estaba piloteando la nave y se había sacado el casco; su cabello era de un extraño color rosado y sus ojos eran grises destellantes.

– Sólo si son verdaderamente importantes. Se nota que todavía no conoces a Marshall, Fred. –Linor, sentado en el asiento del copiloto, habla mucho más relajado que minutos atrás–. Él es muy exigente, por algo es el Jefe de Inteligencia.

– No lo digo por eso. Es que… si tenemos éxito en esta misión tal vez… –dudó– tal vez, pueda ascendernos por fin a un rango en el Departamento de Inteligencia.

Linor frunció el entrecejo.

– ¿Acaso el pequeño Fred está siendo atacado por un arrebato de ambición? –dijo con voz melosa– Nunca me había imaginado esa faceta tuya.

El investigador se dio media vuelta para fijar sus grises ojos en los oscuros de su líder.

– Señor, por favor no me llame pequeño, ya tengo dieciocho.

– ¡Ja! Tú siempre serás pequeño para mí. Hemos estado juntos por mucho tiempo y siempre te he visto como un hermano menor.

Fred desvió rápidamente la mirada y aparentó concentrarse en el pilotaje. Unas pequeñas manchas rojizas se dibujaron bajo sus ojos. Y quedaron callados.

Ya llevaban unos diez minutos de viaje y los muchachos veían a través de la gran pantalla de piloteo como la pequeña franja de tierra a la que se dirigían comenzaba a acercarse más y más. Alex pensaba que todo esto podría a terminar en algo bueno: irían a la Metrópolis y tendrían la oportunidad de buscar a Ned.

– ¿Qué habrá sucedido con el resto del escuadrón, Linor? –preguntó de repente el soldado, todavía con vergüenza.

– No me gusta especular. No me preguntes.

– Esta bien, señor. –dijo Fred, resignado.

Los muchachos escuchaban la conversación en silencio, y de vez en cuando levantaban sus cabezas para mirar la escena. No les quedaba más que esperar a que todo esto terminara. Mientras ese pensamiento calaba más hondo en sus mentes, los minutos se alargaban sin dejar que este viaje terminara, hasta que escucharon una voz que salía por un parlante que decía:
– <<Cuarto Hangar, puesto once>>

Estaban llegando por fin a la Metrópolis. Un poco aliviados, comenzaron a sentir como la nave disminuía sus motores. Afuera la brillante nave ministerial entraba por uno de los seis accesos a los hangares del majestuoso Ministerio Gubernamental.

Linor se levantó de su asiento antes de aterrizar por completo y se volvió por primera vez a los cautivos.

– No causen más problemas, no aleguen, sólo hablen cuando diga que hablen, de otro modo estarán en problemas aún peores. –y fulminándolos con la mirada, dio vuelta hacia la salida que se había abierto, mientras que Fred dejaba el asiento del piloto y sacaba el control para las presas con el que los apuntó.

– Andando. –dijo Fred tirando del control como si una imaginaria cuerda estuviera uniéndola a las presas de los muchachos.

Club Ned, sin resistirse, se dejó llevar hacia la salida.

La luz del día los cejó por un instante y luego se observaron dentro de un hangar de desmesuradas dimensiones con dos accesos opuestos por los que entraban y salían varias naves plateadas con la insignia del departamento al que pertenecía, a lo largo del hangar yacían otras cuantas naves de las que en algunas salían individuos vestidos con elegancia y la mayoría con una carpeta atiborrada de papeles que se dirigían hacia los distintos accesos del edificio gubernamental. De éstas, las que se encontraban más cercanas volteaban mirando con vacilación a los muchachos.

Rápidamente fueron rodeados por dos soldados los cuales a pesar de andar ligeros de armadura, portaban unas pesadas armas.

– Manténganse en silencio. –dijo uno de los soldados escolta. Se quedaron quietos, inhibidos por aquellas armas, sin mover un músculo. Alex, armándose de valor miró de reojo a uno de los soldados y se percató que llevaba asido aquel aparato que controlaba las presas que llevaban puestas.

Unos pasos más adelante, Linor y Fred estaban dándoles la espalda y al parecer conversaban con alguien que no se alcanzaba a distinguir puesto que los dos hombres lo tapaban. Segundos después, Fred se apartó para dejar pasar a su oyente. Era una mujer baja y delgada, que superaba las cuatro décadas las que intentaba ocultar con un corto cabello platinado y un collar de perlas tan brillante como su pelo, llevaba un traje de oficina color azul marino con terminaciones en blanco sobre el cual, muy cercano a uno de sus reducidos pechos, brillaba otro objeto que no era de su collar o parte de su pelo, sino una ovalada placa metálica, una insignia con el logo del Ministerio y bajo esto las palabras Ministerio de Defensa Republicana con letras plateadas. Sus pequeños ojos pardos, clavados en los muchachos, comenzaron a acercarse más y más a medida que la mujer avanzaba.

– Andando. –ordenó con una voz quebradiza luego de inspeccionar unas dos veces a los cautivos, y se dio rápidamente media vuelta.

La mujer comenzó a andar dando pasos cortos pero rápidos, para alcanzar la velocidad normal del andar, junto a los dos escoltas tras ella. Las presas comenzaron de nuevo a ejercer fuerza, por lo que los jóvenes tuvieron que caminar manteniendo las manos juntas atrás. Cuando pasaron entre Fred y Linor, Alex sintió cómo este último lo atravesaba con su mirada fría. No quiso dar vuelta su cabeza para comprobarlo.

Rápidamente llegaron a una puerta que se abrió mecánicamente para dejarlos entrar. Un pasillo, que se lograba apreciar desde el hangar puesto que la puerta era transparente, se extendía varios metros más allá hasta abrirse para formar un iluminado hall donde muchas personas caminaban de un lado a otro.

Siguieron su trayecto, la mujer acelero su paso lo suficiente para que los muchachos y los escoltas tuvieran que apurarse un poco. Alex recién vino a percatarse, luego de contemplarla de espaldas, que la falda era lo suficientemente rígida como para no ondear y que le llegaba con suerte hasta el pecho a pesar de que utilizara unos altísimos tacos.

Alex desvió la mirada debido a que habían doblado por otro pasillo, sin llegar hasta el hall. Frente a ellos un ancho ascensor los esperaba. Entraron, había un hombre adentro, la mujer ni lo saludó sino que le dio la espalda y extendió lo más que pudo su brazo derecho para digitar con agilidad una clave en el panel.

– <<Buenas tardes, señora Bongard>> –dijo una suave voz de mujer proveniente del techo del ascensor mientras las puertas de acero se cerraban.

– Buenas tardes. –dijo casi en un susurro la mujer.

El ascensor comenzó a elevarse y sobre el acceso una pantallita mostraba los pisos por los que pasaban.

Cuatro…

– ¿Son ellos, Bongard? –dijo calmadamente el hombre.

Cinco…

– Sospechosos. –contestó tajante.

Seis… El ascensor se detuvo y de nuevo la voz femenina se escuchó:

– <<Piso seis. Acceso privado al Ministerio de Defensa Republicana>> –Las puertas se abrieron y salieron todos, dejando dentro al hombre. Mientras las puertas se cerraban, la voz dijo: – <<Que tenga una buena jornada>>

Ahora se encontraban en una sala atochada a cada lado con puertas, había tres ascensores más al lado del que acaban de salir y a un lado, unas butacas se apiñaban. Bongard pidió a los soldados que aguardasen ahí mientras ella salía por una de las puertas, por lo que Club Ned quedó sólo con aquellos uniformados que todavía sostenían esas amenazadoras armas.

Pasaron varios minutos en los cuales de uno de los cuatro ascensores salieron dos personas vestidas formalmente, de severa expresión, que ni siquiera se percataron de la presencia de las seis almas antes de salir por una puerta.

De repente Bongard volvió a entrar en la habitación, pero sólo se quedó en el umbral de la puerta para decir:

– Vamos, el señor Istodust nos está esperando. –y se quedó esperando hasta que los rehenes y los soldados estuvieron cerca del acceso para comenzar a caminar a través de un pasillo daba a un hall un tanto frío.

Lo primero que notaron los muchachos al entrar era que la decoración era muy distinta a lo de lo poco que habían visto del Ministerio. Era de paredes elevadas, coronadas por pequeñas ventanas que dejaban entrar una tenue iluminación. Bajo ellas y entre las puertas de madera por las que entraban y salían personas, había numerosos cuadros de personajes ilustres pero desconocidos por los muchachos que poseían dos denominadores comunes: todos eran hombres y miraban tan profundamente y con una seriedad tal que atemorizaba. Para apalear la poca luminosidad que entregaban las ventanas, había una descomunal lámpara de lágrimas doradas que resplandecía con elegancia y fortaleza. Bajo ella, una escultura de mármol negro que se asemejaba a un rey de ajedrez. En su plataforma, unas letras de color blanco giraban lentamente alrededor, las que rezaban: “Departamento de Inteligencia Republicana, con exigencia hacia la verdad”. A unos cuantos metros frente a esta obra de arte se erguía una enorme puerta de roble de doble hoja; llamó la atención de los muchachos que era la única puerta que no era automática, es decir, las personas debían empujar las pesadas puertas de madera para entrar o salir del Departamento. En la pared opuesta delante de un gran emblema del Ministerio Gubernamental estaba un largo mesón abarrotado de papeles y con un computador ocupado por una secretaria que trabajaba afanosamente. Cabe destacar los tres largos pasillos que surgían cada uno respectivamente de una de las paredes, las que daban a los diferentes despachos y subdivisiones del departamento.

Los muchachos de inmediato se sintieron como un pez fuera del agua al encontrarse rodeados de tanta elegancia y belleza. Sus ropas comunes y corrientes contrastaban fuertemente con los brillos dorados, las cortinas de terciopelo o los impecables trajes de los que transitaban por el hall.

Bongard hizo ademán para que la siguieran a través del salón. Llegaron al mesón donde la secretaria ni siquiera se percató de su presencia, pero Bongard no requería de la atención de la oficinista, porque se entornó hacia dos hombres que hablaban seriamente a un lado del parador.

– La mayor preocupación que tengo, Istodust, y quiero que me entiendas, es que si más personas siguen cayendo ante esa mentira, menor va a ser nuestra posibilidad de detenerlos. –decía uno de pelo corto y negro.

El otro que se había percatado de la presencia de Bongard terminó la conversación diciendo:

– Te comprendo perfectamente, ahora si me permites, tengo un asunto importante que resolver. –el otro hombre se despidió para luego salir caminando hacia la salida del departamento– Buenas tardes, Vilma –saludó Istodust mientras se aproximaba a la mujer.

Marshall Istodust, de aproximadamente cincuenta años, era un hombre alto y fornido, dueño de una ordenada cabellera rubia y de unos penetrantes ojos rebalsados de seriedad y de una agudeza que atemoriza a cualquiera que los mira fijamente. Su traje negro le asentaba perfectamente y su insignia que resplandecía débilmente era mucho más grande que la de los presentes que llevaban una y decía: “DIR – Jefe de Inteligencia”.

– Recibí el aviso de que vendrías con estos sospechosos; por eso te esperaba aquí afuera, pero bueno, ya sabes, hoy en día he estado cargado de casos –dijo el hombre mirando con desconfianza el grupo de muchachos que estaba tras Bongard– Vamos, pasemos a mi despacho. –y dando media vuelta, caminó resueltamente hacia el pasillo central donde al final se apreciaba una gran puerta de madera con una placa que rezaba “Jefe de Inteligencia”.

Vilma le siguió y tras ellas los soldados comenzaron a caminar con los jóvenes rehenes con las presas ejerciendo fuerza para que avanzaran. A la mujer se le hizo difícil alcanzar al político puesto que sus pequeños pasos no tenían comparación con los de Marshall.
Segunda parte
Spoiler:

Ella, sin prestar atención a las miradas y a las cosas que decían los demás, pasó por al lado de la estatua sin dedicarle una mirada; pasó por el lado del mesón sin saludar ni dar a conocer a la secretaria el motivo de su sorpresiva visita a pesar de su expresión de sorpresa. Y finalmente se detuvo a medio camino del pasillo central puesto que se encontró con lo que venía a buscar: los rehenes. Y supo que eran los sospechosos de ser parte de la Crimson Shark puesto que divisó más adelante la inconfundible espalda del Jefe de Inteligencia y un mechón platinado de la Asesora de Investigaciones.

– ¡Alto ahí! –espetó Escila airosa; todos se dieron vuelta, incluso los muchachos. –Marshall, no sabes el gusto que me da que no se cumplan los decretos expresados por el propio Primer Ministro. –agregó con sarcasmo.

Marshall y Vilma, sorprendidos por aquella entrada de la Capitana, caminaron rápidamente por el lado de los rehenes para quedar frente a frente con Escila. El ambiente se puso tan tenso que los curiosos que se habían asomado desde las distintas oficinas y desde el hall de entrada retrocedieron y se ocultaron.

Avanzando un paso, Istodust salió a defenderse, con una estoicidad inquebrantable.

– Escila, yo no tengo el tiempo para escuchar cómo te burlas de nosotros. –la capitana aguantó expresar una carcajada– Además, no tengo idea de qué decretos me hablas.

Escila no aguantó más; dejando de lado las ganas de reírse en la cara del Marshall la invadió una necesidad de golpear al político, pero se contuvo. Respiró hondo y dijo:

– No utilices ese tipo de excusas, Marshall. Tú, yo y todo el Ministerio está al tanto de las modificaciones que hizo anteayer el Primer Ministro en consecuencia del ataque de la Crimson Shark, entre los que figuraba que todos los casos que tuvieran relación con estos criminales pasarían directamente a ser investigados por mi equipo en la capitanía.

Marshall escuchó con paciencia, sin inmutarse.

– Aquellas palabras del Ministro Soler están totalmente fuera de lugar. –dijo Istodust penetrando con la mirada a Escila– Es más, el propio Primer Ministro está perdiendo su habilidad para gobernar y tomar decisiones.

– ¿Qué dices? –expresó sin ocultar su cólera.

– Lo que acabas de oír, mi estimada Escila –le sonrió con casi indetectable dejo de burla– precisamente lo que acabas de oír. –Y contempló por un instante, con la sonrisa como mueca, como los celestes ojos de la Capitana emitían una furia atemorizante– Conozco esa mirada. ¿Me equivoco al decir si se la ha dedicado a varios de mis colegas, Vilma? –le dijo a Bongard elevando la voz para que escuchase bien claro Escila– No has tenido la oportunidad de contemplar los agudos ojos de nuestra Capitan General. –Bongard no dijo ni hizo nada, pero se apreciaba como se mordía la lengua– Y quiero que me escuches –le volvió a decir a Escila que todavía no se relajaba–, hay muchos otros más que piensan como yo; hay muchos más dentro del Ministerio que darían lo que fuera para que ese canalla salga de aquí.

– No sabes en el problema en que caes el decir esas cosas. –sentenció Escila más firme que antes.

– ¿Problema? ¿Con quién crees que hablas? Yo soy el Jefe del Departamento de Inteligencia y se qué, cómo y cuándo uno cae en algún problema, y que yo sepa, lo que digo no compromete ninguna falta al Código Republicano.

– ¡Pero es el Primer Ministro! Y merece respeto –espetó.

– El Primer Ministro… Sabes una cosa, tú no deberías proteger tanto a Zafiro ni tomar tan a pecho lo que él dice; no creo que sepas, Escila, que él últimamente anda hablando mal de ti a tus espaldas. –dijo lentamente Marshall.

Escila, aunque Istodust afirmó con una firmeza inexpugnable, no logró creer lo que decía. Qué Zafiro hablaba mal de ella, una de las pocas que lo apoyaba.

– Aparte querida, –dijo Bongard contorneándose extrañamente para hablar– ¿Quién está más capacitado para investigar y descubrir a estos criminales? ¿Eh? ¿Tú y tu capitanía o el Departamento de Inteligencia?

Escila hizo oídos sordos. No le interesaba gastar su voz peleando con otra persona, especialmente con alguien tan despreciable como Vilma, la cual quedó airada por su indiferencia.

– Quiero que me entregues a los rehenes. Yo me haré cargo de ellos, como bien sabes. –dijo la capitana Fregota tratando de no desesperarse más.

– Es imposible. –la detuvo Marshall, tajante.

– En ese caso, llamaré a Zafiro para que arregle todo esto.

– ¡Nos está amenazando! –alegó Vilma como si estuviera acusando a Escila con Marshall.

– Eso parece. –contesto el jefe de inteligencia para luego quedar en silencio el cual Escila aprovechó para sacar su celular dispuesta a traer al Primer Ministro– Calma, Escila, calma. –solicitó sin un ápice de alteración– Te entregaré a los prisioneros.

– Pero… ¿señor? –trató de discrepar Vilma a pesar de que Istodust le movió la mano para que no lo hiciera.

– Con la condición de que esta discusión no salga de nuevo por tu boca. ¿Entendido? –le dijo con severidad a Escila.

Ella no respondió. Escuchó finalmente lo que quería escuchar. Aliviada, les indicó a los soldados que la siguieran con los rehenes, mientras dejaba atrás a Marshall y Vilma que comenzaban a discutir.

– ¿Por qué lo hiciste? –le preguntó temerosa.

– Me acabo de dar cuenta que alguien le está pasando información al otro bando. –Vilma titubeó– Al fin y al cabo, este caso de la Crimson Shark nos traerá más problemas que los que ya tenemos, por lo que es mejor pasárselos a otros, especialmente si es del otro bando. Bueno –dijo dándose media vuelta y encaminándose hacia su despacho–, si quieres conservar tu puesto debes dejar de ser tan despreocupada y tener en cuenta que la información, aquí, se esparce como el gas. –y cerró la puerta de madera tras él.

Vilma Bongard quedó parada en medio del pasillo por unos minutos mientras los oficinistas comenzaban a salir de sus despachos; hasta que parpadeó con fuerza y salió del departamento sintiéndose culpable de su falta de tino.

****

La Capitana pidió a los escoltas que esperaran afuera de su oficina. Quería hablar a solas con los cuatro muchachos los cuales se encontraban liberados de sus presas, sentados sobre unos cómodos sofás sintiendo una extraña mezcla entre relajación y alerta.

– No crean que los he liberado por recibirlos en mi despacho. –dijo seriamente Escila sentada sobre una butaca de terciopelo amarillo– Sólo los he recibido aquí por una razón: –desvió la mirada de los muchachos– puede que se haya cometido un error con ustedes y debo comprobarlo.

Alex, al igual que sus amigos, no entendía lo que decía la Capitana.

– Ustedes –dijo volviendo a mirarlos– están bajo investigación por estar relacionados con la Crimsom Shark ya sea directa o indirectamente, esa es la información que recibí. No obstante, he aquí el error, ustedes dijeron a los investigadores que formaban parte de Club Ned.

– Esa es la verdad. –interrumpido Rob.

– Calma, calma. –pidió la mujer– Ya podrán hablar. Ahora sólo escuchen.

>>Pero ustedes, en este instante para todo el Ministerio de Defensa son de la Crimson Shark y no hay nada que se pueda hacer al respecto, a pesar de que se muestren las pruebes que digan lo contrario. Lo que sucede es que en mi registro de los que actuaron y los posibles seguidores de estos delincuentes, no figuran personas como ustedes. ¿Cómo es que se llaman?

Los jóvenes dieron esa información. Alex luego de decir su nombre a la capitana quedó mirándola fijo. Aparte de encontrarla muy bella, halló que aquella belleza la había visto en otro lugar que no lograba recordar. Esa familiaridad lo atormentaba de tal manera que casi no escuchaba lo que decía la mujer que se había levantado hacia su escritorio de donde escribió sus nombres en una pantalla adosada al mueble.

Quedó unos minutos en silencio, mirando el monitor que se reflejaba en sus hermosos ojos azules. Poco a poco, su expresión severa comenzaba a sufrir una metamorfosis: su delicada boca comenzó abrirse y sus ojos se abrieron más de la cuenta, como si estuviera profundamente estupefacta. Lentamente, sus ojos dejaron de mirar la pantalla, su mente dejó de percibir; lentamente fue desplomándose sobre su escritorio, sujetándose débilmente con sus brazos para luego caer torpemente sobre el suelo alfombrado de su oficina.

Los cuatro jóvenes se levantaron de inmediato para socorrer a Escila.

– ¡Pablo, ve a avisar que la señorita se desmayó! –le ordenó Benjamín.

El muchacho corrió hacia la puerta la cual se abrió y se encontró con los dos soldados que hacían ahora guardia.

– Apúrense, la señorita se ha desmayado. ¡Ayúdennos!

Los uniformados se miraron, y segundo después entraron como cohetes dentro del despacho. Alex, Ben y Rob que trataban de tomar a Escila, fueron apartados bruscamente por los soldados. Mientras uno de ellos llamaba por refuerzos, otro activaba las presas de los muchachos y los apuntaba con su amenazadora arma.

– ¡Al suelo! –espetó, y de inmediato obedecieron arrojándose al suelo cabeza abajo.

Pronto llegaron cuatro soldados más y se reunieron alrededor del cuerpo de Escila que comenzaba a temblar y retorcerse. Estaba teniendo un ataque epiléptico.

De súbito entró un uniformado blanco, perteneciente al Escuadrón Especial.

– ¿Qué a sucedido? –dijo, mientras se daba cuenta de la escena.

– La capitana Fregota, está…

El soldado blanco vio como su capitana se retorcía en el suelo.

– No puede ser. –dijo angustiado– Tómenla cuidadosamente, tengan cuidado que se caiga. –se dio vuelta para hablar al soldado que todavía apuntaba a los caídos muchachos– ¡Tú! Llévatelos a una celda. Ellos son los principales sospechosos de haber herido a nuestra Capitana.

– ¡Si, señor!

Las presas comenzaron a ejercer su magnética fuerza y Club Ned se vio forzado a levantarse. Atravesaron el umbral, con el soldado apuntándoles a sus espaldas. Tras ellos, los seis soldados llevaban a la abatida capitana que había dejado de temblar, pero que todavía no despertaba. Los presentes del hall vieron como el inerte cuerpo de Escila colgaba entre los brazos de los soldados. Pocos lograron ahogar un grito.

*****

Ahora se encontraban en un doble problema: eran sospechosos por pertenecer a una organización criminal buscada por el Ministerio y eran los supuestos responsables del desmayo de Escila. Aunque todo aquello era parte de un grandísimo error, Alex, apoyado contra la fría pared de una oscura celda, pensaba que salir de todo esto iba a ser imposible.

Sus tres amigos, dispersos por el calabozo, miraban el suelo de concreto sin demostrar ni una pizca de vitalidad. Estaban perdidos, estaban totalmente sumergidos en un lago de fango del cual no podían salir.

Alex no podía creer la mala suerte que ahora les estaba siguiendo la que de inmediato asoció a la misteriosa carta que había leído horas atrás en la montaña y recordó que aún tenía el trozo de mapa en su bolsillo, pero no le interesó, en realidad ahora nada le interesaba. Tampoco mantenía interés en aquella esperanza que cada uno guarda en su corazón que sale a flote para superar cada adversidad.

Pasaron los minutos y nadie habló, nadie se movió, nadie hizo algo para salir de este encierro.

¿Acaso el Destino se había dado cuenta que estaba siendo muy benevolente con estos muchachos y por eso había decidido arremeter con esta situación? Puede que el Destino haya actuado así, pero puede que otros, poseedores del poder suficiente, hubieran modificado las delgadas fibras que mantenían a los muchachos contentos y estables. Poco a poco, la oscuridad que se había mantenido alejada, comenzaba a acechar sobre sus cabezas y sentían como la esperanza era arrancada de sus cuerpos, como se sumergían más y más en ese lago de fango.

Pablo suspiró y se refugió aún más en su bufanda, la cual no había soltado en ningún momento, dejando ver sus ojos verdes que demostraban todo su pesar.

“Ves, siempre es lo mismo.”, se decía Pablo, “A cualquier lado que voy siempre traigo la desgracia”.
Tercera parte
Spoiler:

Ya habían pasado dos horas y Escila comenzaba a recobrar el conocimiento. La enfermería estaba en semipenumbra y nadie esta ahí salvo ella. Se levantó cuidadosamente, puesto que su cabeza le dolía como si se la hubieran pateado y se encontraba mareada. Nunca antes se había sentido así de mal y lo peor era que había sido consecuencia de un desmayo bastante extraño del cual la mujer conocía perfectamente.

Caminó despacio hacia la salida, aún tenía su uniforme por lo que salió. Ahora comprendía todo, absolutamente todo lo que había ocurrido estos últimos días.

– Señorita Fregota, usted debe mantener reposo hasta mañana. –dijo una enfermera que apareció entre la oscuridad de la habitación contigua.

– Tengo que irme. Necesito hablar con Zafiro, es urgente.

Y sin esperar una respuesta de parte de la enfermera, salió del sanatorio.

Aunque ya habían terminado las horas de trabajo, un considerable número de personas todavía trabajaba en el Ministerio, entre los que se encontraba el Primer Ministro.

El accidente de Escila fue silenciado de inmediato por los soldados que sólo la hicieron llegar a los integrantes de más alto rango dentro del Ministerio de Defensa y al Primer Ministro, por lo que la capitana en su trayectoria hacia el despacho de Soler, no se encontró con miradas o con personas que se le acercaran preocupadas.

Zafiro a esas horas trabajaba en el complicado caso de la destrucción de “el Espejo” y la catástrofe en la que varias empresas se encontraban producto de este atentado, de pronto sintió como la línea directa a su secretaria hacía el típico sonido que antecede a las palabras, pensó mecánicamente que le iba a anunciar que se retiraba a su casa.

– <<Señor Soler; la señorita Fregota le espera>>

Se sorprendió.

– Hágala pasar.

El temor que tenía Zafiro por la salud de Escila desapareció por completo al ver como la mujer entraba a su despacho.

– Querida. –la saludo el Ministro con un abrazo– Estaba preocupadísimo por ti. Me alegra verte bien.

– Gracias, Zafiro. –dijo Escila demostrando su cansancio.

– Toma asiento, toma asiento. Se ve que estás todavía convaleciente.

Escila se sentó en aquel elegante sofá bajo la lámpara colgante de cuentas. Zafiro se sentó en una de las butacas de alrededor.

– ¿Dónde están los sospechosos que estaban en mi despacho al momento de mi desmayo?

– Esos jovencitos. Están encerrados. El Teniente Riss me ha informado que se los llevarán a la prisión de Hastil mañana en la mañana.

– ¡NO! –gritó Escila; aquella palabra surgió inconsciente desde su interior.

– ¿Qué sucede?

– Zafiro… Zafiro… Ahora recuerdo todo.

– ¿Qué me estás diciendo? –el Primer Ministro estaba totalmente sorprendido.

– De alguna manera he… recobrado mi memoria.

– Escila. –dijo Soler, preocupado.

– Ahora entiendo todo, Zafiro, ahora entiendo porqué te enojaste conmigo luego de mi llegada inesperada de la Colonia Ned. Ahora entiendo porqué me comporté así.

– Cuéntame, mujer, no hagas esperar más a este pobre hombre.

Escila tragó saliva con dificultad. Y organizó en su mente la frase que iba a decir.

– Me han borrado parte de mi memoria y me pusieron otra.

Zafiro quedó en silencio, petrificado, dándose cuenta que eran ciertas sus suposiciones: Escila, la capitana de los ejércitos de la Tierra, había sufrido un lavado de cerebro.

– Borraron los recuerdos, toda la información acerca de mi viaje a Club Ned. ¡Todo! –dijo desesperada– ¡Cambiaron todo eso! ¡Lo cambiaron! –y su inexpugnable fortaleza se derrumbó, de sus ojos comenzaron a caer lágrimas sobre un rostro que hace tiempo no lloraba.

Zafiro se le acercó y la abrazó. Dejó que la mujer llorara sobre sus brazos y manchara su chaqueta.

– Tranquila, Escila, tranquila. –y le besó con suavidad su frente.

Escila, comenzó a tranquilizarse, se separó del Ministro y decidió contarle todo, costase lo que costase, porque era necesario hacerlo, por el bien de esos muchachos y de toda una institución.

– Si no puedes hablar, dejamos esta conversación para otro momento. –le dijo compasivo Zafiro, acariciando la tersa mano de la mujer.

– No, seguiré.

– Toma. –y sacando sus manos de la de Escila, sacó de su bolsillo un pañuelo blanco, el cual se lo entregó.

– Gracias. –decía mientras se limpiaba las lágrimas, el delineador se le había corrido un poco.

– ¿Quieres agua?

– No, gracias. Ya estoy mejor. –y le dedicó una sonrisa que confortó al Primer Ministro.

– Bueno, entonces porqué te interesa tanto esos muchachos. –le preguntó suavemente, como si la pregunta pudiera detonar otra vez las lágrimas de Escila.

– Porque esos cuatro niños son de Club Ned. Ellos cuatro son verdaderos integrantes de Club Ned.

– ¿Pero? Cómo es eso posible, si la colonia fue destruida por meteoritos.

– Esa es la mentira… La mentira que yo misma dije… La mentira que me incrustaron.

– ¡Ay! –suspiró Zafiro– No sabes como me siento al verte así y al contarme esas cosas.

– Créeme.

– Te creo, pero dime la verdad. ¿Qué ocurrió con Club Ned?

Escila respiró hondo para tomar valor.

– Fue atacada. Fue destruida por completo. No sé quién fue, pero yo lo vi desde mi nave mientras viajaba hacia la colonia. Zafiro, no sabes cuan horripilante fue ver como explotaba Club Ned.
– ¡Por Dios mío! Cómo… Ned… –titubeaba, perplejo, el hombre al conocer esa funesta verdad.

– No sé, no sé, Zafiro. No sé como sucedió.

– Ned…

– Y esos muchachos, yo los había visto, yo les había hecho una clase años atrás. Ellos, ellos… son de Club Ned y de alguna manera lograron sobrevivir.

– Escila…

– Zafiro, ¡tienes que liberarlos! ¡Han cometido un terrible error contra ellos! –Escila decía a la vez que apretaba sus puños y otra vez comenzaban a salir lágrimas de sus bellos ojos.

El hombre quitó el pañuelo que apretaba fuertemente y con delicadeza limpió el rostro de la mujer.

– Haré todo lo posible… haré todo lo posible.

Luego de terminar de limpiar, se levantó y sacó su celular para librar a esos jóvenes.

****

Alex dormitaba al igual que Ben y Rob. Pablo, que no lograba dormirse a pesar de tener bastante sueño, seguía pensando en su desdicha. Las horas, los minutos que habían trascurrido se habían hecho una eternidad. De repente un ruido lo sacó de su ensimismamiento. Levantó su rostro y vio como la sombra de uno de los soldados se acercaba a la celda a medida que los pasos de sus botas se escuchaban cada vez más fuerte.

El soldado apareció y con un garrote comenzó a golpear los barrotes produciendo un estruendoso ruido metálico que despertó con un sobresalto a los que dormían.

– ¡Levántense! –ordenó con fuerza. Los muchachos, desganados, obedecieron.

No estaban preparados para lo siguiente, nada hacía vaticinar las milagrosas palabras que salieron de la ruda boca del soldado.

– Están libres.

Los muchachos recibieron la noticia como un disparo que les impactaba. Quedaron en silencio.

“Es imposible”, pensaban, sin poder creer que fueran liberados.

– El Primer Ministro los quiere ver. Síganme.

Con cautela, como si estuvieran encaminándose a una trampa, siguieron al hombre. Pero esa desconfianza comenzó a esfumarse, cuando, pasos más adelante, el soldado se dio vuelta y les apuntó con un aparato que hizo que las presas que tenían se soltaran y cayeran sordamente en el suelo de concreto, para luego volar hacia el interior de ese aparato.

****

La puerta del despacho del Primer Ministro volvió a abrirse, esta vez para dejar entrar a cuatro muchachos asustados que contemplaban la habitación a la que habían llegado.

– Buenas noches. –dijo Zafiro Soler acercándose a los muchachos que no se habían atrevido a dar un paso– Adelante, tomen asiento.

Dudaron por un segundo, porque vieron que en el lugar que indicaba el hombre estaba Escila Fregota, tomando una humeante taza de café, la cual les dedicó una ligera sonrisa que ocultaba una inmensa preocupación.

– ¿Café? –preguntó cortésmente el primer Ministro acercándoles una bandeja con cuatro tazas de café.

Los muchachos aceptaron, imitando la cortesía de Zafiro. Estaban ávidos por tomar algo caliente, puesto que el calabozo está muy frío.

– Disculpen si no tengo algo para comer. Deben estar hambrientos.

Los muchachos no dijeron nada y tal como los perros callejeros contemplan el interior de una casa solo contemplaban a las dos personas que los miraban fraternalmente.

– Se preguntarán, –empezó a decir Zafiro rompiendo el incómodo silencio– entre las múltiples dudas que les rondan, por qué están libres ¿no?. Pues, yo, utilizando mi poder como Primer Ministro he logrado librarlos de todas aquellas falsas acusaciones en su contra. Ahora, por excepción ministerial, ustedes están libres de toda culpa, tal como si este día nunca hubiese sucedido.

Por fin, el milagro que Alex veía tan lejos había llegado.

Estuvieron en el despacho de Zafiro durante más de una hora, en la cual hablaron sobre el porqué de su absolución, lo ocurrido con Escila y la escapada divina que hicieron los muchachos para salir de la Colonia. Sin embargo, ese tiempo no bastó para recordar dónde Alex había visto a Escila, pero su duda se borró cuando Escila dijo en medio de la conversación:

– Yo los reconocí, luego de leer sus nombres por segunda vez y recordé ese día en que les hice una clase de defensa personal ¿se acuerdan?

– Perfectamente, señorita, ahora me vengo a dar cuenta por qué me era tan familiar.

Escila le sonrió.

Luego de tomar él último sorbo de café, Zafiro consultó a su reloj de oro cuyo diseño le llamó enormemente la atención a Alex y se dio cuenta que ya eran cerca de las doce de la noche.

– Vaya que tarde es. Será mejor que nos vayamos. Escila, no te preocupes, yo los llevaré al hangar y los dejaré en sus hogares. Acompáñenme, por favor.

– Buenas noches. –se despidió Escila.

– Buenas noches. –respondieron al unísono, con una sonrisa de verdadera felicidad, mientras seguían al Primer Ministro a la salida de la oficina.

“Toda esta pesadilla terminó” pensó Alex contento y ansioso por procesar toda la información que había obtenido en esa especial conversación.



Última edición por EnRoKe el Vie Abr 20, 2012 10:30 pm, editado 1 vez
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Vie Abr 20, 2012 10:29 pm

Capítulo 9 - Los Poderes

Primera parte
Spoiler:
“ Escondidos por años duermen las energías milenarias de la salvación ”
Desde la pequeña sala de estar provenían unas estridentes risas que resonaban en toda la casa. Por fin los cuatro amigos reían como si estuvieran sanos y salvos en la Colonia Ned sin que toda esta desdicha les hubiera sucedido. Sus caras, destacadas por el majestuoso y utópico toque de la felicidad, parecían destellar. Se veían iluminados, carismáticos y esperanzados, extrañamente esperanzados.

– Hay que s-ser muy im-beci-l para ha-cer eso… con los dedos, es de mu-jerci-ta –decia entre carcajadas, Ben, apretándose el estómago con fuerza.

– Cálla-te –replicó Pablo, también entre risas. Estaba rojo como un tomate.

Ya eran pasadas las diez de la noche y sobre la mesita de la cocina aparentemente se había servido una cena más elaborada que de costumbre. En la mesa de centro cuatro copas finísimas contenían un líquido ambarino y a un lado del sofá, dos botellas vacias.

***

El Primer Ministro dejó a los muchachos en la puerta de la base.

– Pues, buenas noches. –dijo cordialmente, mientras los cuatro adolescentes entraban.

Pablo, en un arrebato de educación nada propio, se dio media vuelta para preguntarle al magistrado:

– Señor, ¿no quiere pasar?

Al escuchar los tres amigos esto se dieron media vuelta y miraron con un poco de desazón a su amigo.
– ¿Qué demonios dijo? –susurró Rob.

No fue muy distinta la reacción de Zafiro, el cual miraba con desconcierto al muchacho.

– Que amable, pero ¿no es muy tarde para que ingrese a su hogar? –señaló con una ligera sonrisa el Ministro.

– Este no es nuestro hogar. –se apresuró a corregir Pablo, con una inocencia…

– ¿Perdón?

– No le haga caso, señor. –expresó Alex que se apresuró a agarrar a Pablo de los hombros para introducirlo a la base de un tirón y con una fingida sonrisa que ocultaba su vergüenza, agregó: – Es la hora, ya sabe, a los jóvenes como él le afecta en su comportamiento.

Zafiro miró extrañado.

– Está bien. Hasta pronto. –dijo finalmente Zafiro.

Alex, cerró la puerta y se encontró con Pablo que lo miraba como una mascota hambrienta. Rob y Ben ya se habían ido a sus respectivos dormitorios.

– ¿Por qué lo hiciste? –preguntó Pablo.

– ¿Por qué lo hice? –dijo, irónico, Alex– ¿Por qué tú hiciste eso?

– ¿Qué cosa?

– Invitar al Ministro a entrar a esta casa que para colmo no es nuestra y no sabemos de quién es.

– ¿Y? no le veo el problema. Yo sólo intentaba ser amable con él. –se defendió Pablo, cruzando los brazos y dándole la espalda a Alex.

– ¿No vez que eso nos puede llevar a más problemas?

Pablo había comenzado a caminar hacia su pieza y al llegar a la vuelta que daba al pasillo, se detuvo para decir:

– No, no es eso lo que veo. Yo sólo vi que hice algo para agradecer todo lo que el señor Soler hizo por nosotros.

Y desapareció, dejando a Alex sólo.

La noche transcurrió con normalidad, dejando que el sol saliese aproximadamente a las ocho de la mañana (según el reloj de pared de la cocinilla). Sin embargo, aunque el día estuviese maravilloso, los muchachos dormían plácidamente en los camarotes, con las ventanas tapadas por unas gruesas cortinas, dejando las dos habitaciones en total penumbra.

Afuera, justo a la salida de la base, dos cajas envueltas en un elegante papel de regalo esperaban a que los muchachos se despertaran y se toparan con ellas.

– ¡Vengan! ¡Miren lo que encontré! –gritaba Pablo desde afuera de la base, luego de desayunar aproximadamente a las dos de la tarde.

– ¿Qué sucede? –dijeron los demás que se levantaron de las mesas de la cocinilla y se movieron, perezosamente hacia la salida.

– Al salir a tomar aire, me encontré con esto. –explicó mientras sostenía dos paquetes. Uno alto y otro alargado. – ¡Son regalos!

– ¿Regalos?

Estaban sorprendidos. ¿Regalos? ¿Regalos para quién si aquí viven como inquilinos y el verdadero dueño no lo conoce ni su sofá?

– Déjalos ahí, puede que no sean para nosotros. –dijo Rob, dándose media vuelta. Esto no le interesaba en lo absoluto.

– A ver. –dijo Alex tomando de improviso uno de los paquetes. Comenzó a inspeccionarlo, de arriba a bajo, por los lados y dio con lo que quiso encontrar– Aquí está. –e indicó una etiqueta que estaba pegada al papel decía con una pulcra letra:

“Para ustedes, mis estimados. Espero que esto les borre el amargo sabor del día de ayer.
Zafiro y Escila”

Quedaron en silencio, hasta Robert volteó para leer. Con que estos regalos eran de parte del Primer Ministro y de la Capitana… Que extraño.

– ¡Bienvenido sea! –dijo con euforia, Ben, tomándolos dos paquetes para luego llevarlos a la salita. Se sentó en uno de los sofás y comenzó a despedazar el papel que escondía el regalo.

Benjamín siempre ha demostrado esa faceta ante los regalos, ante el misterio o ante las sorpresas; su corazón se acelera de súbito.

Pasados unos cinco minutos, dos botellas de un exquisito licor y cuatro finísimas copas reposaban sobre la mesita de centro y cuatro pares de ojos los miraban perplejos, como si fuera la primera vez que ven algo así.

Sin embargo, había otro objeto sobre la mesita, uno más plano y menos espectacular que los otros dos. Era un trozo de papel cuadrado, que se desprendió de uno de los regalos. Alex se dio cuenta de su existencia, tomó el papel y leyó en voz alta su contenido escrito en una letra totalmente distinta a la anterior, más redonda y cursiva:

– En estos momentos comprendo y me considero partícipe de su dolor que los agobia. Conozcan que siempre me tendrán para apoyarse. Este presente fue idea nuestra, mía y de Zafiro; para que ustedes festejen y se alegren de que siguen con vida y que de alguna u otra forma celebren, también, –Alex tragó un poco de saliva– por las almas de sus amigos, profesores que ya partieron. Besos, Escila.

Y quedaron es silencio.

***

Ese mismo día, cuando el sol estaba desapareciendo el en horizonte, el aire del claro tenía un agradable aroma, entre curry y romero, entre carne y ají, entre dulce y salado. En la cocinilla de la base, el fogón estaba encendido, Robert y Alex, de allá para acá, cortaban, especiaban, salteaban los ingredientes que encontraron por coincidencia escondidos tras los paquetes de arroz y fideos dentro de la ínfima despensa para la cena que llevarían a cabo. Estaban contentos, aunque no hubiera una sonrisa por fuera, por dentro su corazón se desbordaba en una felicidad que había llegado envuelta en papel de regalo.

Pasos más allá, Ben y Pablo, ponían la mesa, sacando los cubiertos y platos adornados de unas cajas bajo el fregadero que nunca habían sido usadas. Dejaron para el final las copas y el licor, que pusieron como mesa de centro dual.

Aproximadamente a las ocho cuarenta de la tarde comenzó la cena, en la que brindaron por todos los muertos por el ataque de Deuxtar, encomendándoles especialmente esta comida. Alex, luego de terminar de decir unas palabras de honor, contempló la copa que sostenía entre sus dedos y el líquido ambarino que oscilaba dentro de ella. Él nunca ha bebido alcohol, salvo en aquella oportunidad que Ben lo engañó con un falso vaso de bebida que resultó ser una combinación desagradable de variados licores indescifrables por el inexperto paladar de Alex en esta materia. Esta sería su primera voluntaria vez, pero no se iba a detener, cerrando los ojos y ayudado por la emoción del recuerdo, propulsó con rapidez el licor hacia su boca, pasando casi sin ser saboreado hacia su estómago. Un calor comenzó a abrazarlo, un calor extraño y vivo, y desde ese instante decidió que tomar no era algo tan malo como se lo imaginaba.

Pocos minutos después, luego de elogiar el licor cuyo nombre en ruso era impronunciable, las cuatro copas fueron vueltas a ser llenadas y segundos más tarde sus lenguas comenzaron a desenrollarse y a expresar frases cada vez más carentes de coherencia.

Se levantaron de la mesa. Pablo tomó las dos botellas y sus copas y las llevó hacia la mesita de centro del living. Ahí se sentaron a seguir bebiendo y festejando. Las risas comenzaron a inundar la serenidad del claro, dejando de lado el sabroso olor que horas atrás tenía.

– A que no puedes… tomar tres copas sin pausa… –retó Alex a Ben. Todos estaban totalmente desbaratados.

– ¿Qué?

– Que te… tomes de un viaje tres copas.

– No entiendo.

– ¡Bah! Mira. –y quitando de las manos las copas de Ben y de Pablo, que aún tenían alcohol, agrupo los tres cristales en una mano, abrió la boca lo mas que pudo e introdujo el trío dentro. Tiró rápidamente su cabeza hacia atrás dejando entrar de sopetón tres copas medianamente llenas de licor. Una bofetada de anestesia.

Sus tres amigos se comenzaron a reír a carcajadas de la gracia de Alex, el cual se les incorporó luego de dejar las tres copas sobre la mesa y de amortiguar del impacto.

– ¡Ya entiendo, Alex! –dijo Benjamín sonriente mientras tomaba las tres copas maniobradas y las llenaba de licor, sin embargo, para su mala suerte, la botella se había acabado, pero destapó con avidez la segunda y llenó las tres copas.

Y repitió con éxito la hazaña.

Pablo vino después, dejando en claro que su boca no era lo suficientemente grande para introducir los cálices por lo que tuvo que ayudarse torpemente con sus dedos.

Luego vino Robert, que se reía incansablemente.

– Es tu turno. –dijo Alex, sonriéndole, abstraído.

– Esta bien. Esperen. Ben, dame tu copa. –Ben, un tanto sorprendido, se la entregó, en ese estado no se acordó de su repulsión a que ocupen cosas que son de él y que involucren saliva o fluidos internos– Ahora, miren y aprendan.

Llenó las cuatro copas, las asió con una mano y vertió con precisión el líquido ambarino en su boca abierta. Superó notablemente a sus antecesores, los cuales miraban impactados la proeza realizada. Segundos más tarde, las risas volvieron a brotar, más fuertes y más borrachas que nunca.

Ya eran las diez de la noche, media botella se terminó en la llenada de cuatro copas que esta vez no iban consideradas para tomarlas bruscamente. Ben la dejó a un lado del sofá junto con su homóloga.

– Hay que s-ser muy im-beci-l para ha-cer eso… con los dedos, es de mu-jerci-ta –decia entre carcajadas, Ben, apretándose el estómago con fuerza

– Cálla-te –replicó Pablo, también entre risas. Estaba rojo como un tomate.

Se encontraban completamente borrachos, abstraídos en el mundo de aparente felicidad, rondando por toda la salita de estar, parándose sobre el sofá o intentando darse piruetas en el reducido pasillo con efectos nefastos, pero que no eran proseguidos por un grito de dolor porque sus cuerpos estaban totalmente anestesiados.
Les vino a agarrar el efecto depresivo del alcohol luego de dos horas que los dejó tendidos sobre el sofá, desparramados, sin vida, pero con los ojos abiertos por los que veían borroso y distorsionado. De pronto apareció por el pasillo, una mancha café dorada que se les acercó, bordeando el sofá.

– ¿Ven lo mismo que yo? –preguntó Ben, arrastrando las palabras y indicando con el dedo a la mancha.

– ¿Esa cosa?

– ¿Qué es?

– Estamos alucinando, estamos alucinando, estoy seguro.

La mancha, que en realidad era aquel animalito peludo que habitaba esta base pero que había desaparecido días atrás, los estaba mirando con sus grandes ojos, con una severa expresión. Movió su cabeza con brusquedad y dijo con su voz característica:

– Vaya, con que así se comportan los elegidos.

– Lo oyeron. ¡Habló!

– Yo también lo escuche.

– Yo no, ¿qué está sucediendo?
– Ya dije, estamos delirando. ¡Es una ilusión alcohólica!

Ben, tomando un poco de fuerza y de equilibrio, se inclinó para tocar a la mancha parlanchina, pero esta saltó hacia atrás situándose sobre una deformada butaca.

– ¡No se atrevan a tocarme! –chilló la criatura– ¡En ese estado son capaces hasta de matarme!

– ¡Otra vez habló!

– Ahora lo oí, más claro que el agua.

– Cállense, estamos delirando.

– Cállate tú, Rob, esto es real.

– Más real que el agua.

– ¿Eh?

– ¡¡Me hartaron!! ¡Qué demonios se creen para estar así de borrachos en la casa de mi ama! ¡Lo que les haría si se enterara! –volvió a gritar el animal, pero los muchachos, se levantaron y totalmente desquiciados comenzaron una persecución que no duró más de cinco segundo pues chocaron los cuatro con la mesita de centro cayendo de golpe sobre ella y con su peso, la destruyeron.

– ¡¡NOOO!! Ya fue suficiente, esto se acabó.

Los jóvenes, tendidos sobre los restos de madera, perdieron la poca conciencia que les quedaba y se introdujeron en un profundo sueño.

***

<No lo vas a lograr.>

Pablo se revolcaba en su cama.

<¿Qué me vas a hacer daño? No digas tonterías, si apenas puedes percibirme>

Pablo continuaba moviéndose de un lado a otro

<Te vas a arrepentir de todo esto.>

Esa voz, la había escuchado tantas veces…

<¡¿Qué?! Ya, ya, esta bien, sólo te dejaré unos segundos. No puedo dejar este cuerpo por mucho tiempo.>

Aquel típico sudor volvía a invadir su cuerpo, sin dejar que despertara.

<¿Entendido?>

Para Pablo, esto era imparable.

Un prado comenzó a dibujarse. Extenso y brillante, en un principio parecía un inmenso espejo que reflejaba la luz del día. Pablo estaba ahí, en medio del césped que se mecía con la cálida brisa.

De pronto, frente a él, apareció un pequeño y peludo mamífero que lo observaba con unos inmensos ojos.

– Me han encargado que te explique lo que sucederá el siguiente día. Es un día muy importante. –dijo el animal suavemente.

– ¿Qué? ¿Quién eres tú? Te pareces a…

– No hay tiempo para eso. Me costó mucho trabajo vencer a tu “don”.

Pablo ya no entendía nada, su desconcierto se lo impedía.

– Ahora escúchame.

El muchacho asintió.

– La cosa es simple. Mañana por la mañana, tienes que llevar a tus amigos al oeste de la base hasta que te encuentres con una planicie como esta.

– ¿Qué?

– Vaya, si que eres cabeza dura. –y le repitió la misma instrucción– ¿Entendido?

– Todavía no entiendo.

– Está bien. Plan “B”, ahí vamos. –de pronto el horizonte comenzó a acercarse: la imagen se estaba desvaneciendo– Sólo déjate llevar, yo apareceré ahí por la mañana y los guiaré. No me hagan preguntas ni intenten atraparme como sucedió esta noche. ¿Claro? –su voz fue más grave.

– Eh… Ahora sí.

El horizonte ya estaba a unos cuantos metros de distancia.

– ¡Justo a tiempo!

Y pronto todo se puso negro, un segundo después resonó la voz:

<Muy bien, ya me harté. ¡Ahora sal!>

– Está bien, está bien. Que hospitalario. –contestó la voz del animalito, para nunca más volver.

<¡Escucha bien Pablo, nunca voy a dejar que otra persona se meta a tu mente tan fácilmente!>


Y terminó.

Pablo se despertó sobresaltado, sudando de pies a cabeza.

“Debo admitir que sueño cosas muy extrañas que luego se vuelven realidad, pero esto fue totalmente nuevo para mi”, pensaba “Nunca más voy a volver a beber alcohol. Lo juro.”

Segunda parte
Spoiler:

***
Otra vez amanecía en la isla. El sol, como siempre, destellaba con orgullo iluminando el claro con haces dorados de luz. Uno de estos rayos atravesaba la ventana ovalada de una habitación, colándose un hueco en la cortina para chocar directo contra el rostro de Pablo, que comenzaba a despertarse. Pronto comprendió el sueño que había tenido y un leve dolor de cabeza que ojalá pronto acabaría.

Se levantó, y al percatarse que Rob seguía durmiendo en la cama de arriba, salió de la habitación para no molestarlo. Se duchó, se vistió y tomó desayuno, como de costumbre, salvo que eran las ocho de la mañana y el ambiente estaba más caluroso que de costumbre.

– Pablo, ¿ya estas levantado? –preguntó una hora después Ben, con una cara de no haber dormido muy bien.

– Si –le sonrió–, ¿tienes hambre?

– Mucha.

– Toma, lo hice yo. Esto te repondrá de la resaca.

– Vaya, gracias, andas muy caritativo hoy. –dijo Ben devolviendo una agradable sonrisa.

– Es que, hoy parece que será un día distinto.

Su amigo no prestó atención a esas palabras.

Ni tampoco Alex y Rob, que llegaron a los minutos, atraídos por el olor de la comida de Pablo.

Se sentaron en la mesita, y Pablo los atendió, con una reconfortante taza de té y de aquel extraño emparedado hecho por Pablo que supuestamente detenía el malestar. Sin embargo, ante aquella jovialidad y solidaridad, se escondía una preocupación que no tenía nada que ver con la borrachera de la noche anterior, sino con aquel extrañísimo sueño que carcomía sus pensamientos.

Luego de haber desayunado, el muchacho se dispuso a levantar la mesa mientras sus amigos se vestían y se duchaban.

– Hoy. ¿Por qué hoy?

Se reunieron en la salita. Pablo tenía algo que decirles.

– Necesito que salgamos.

– ¿De qué hablas? ¿Salir a donde?

– ¿A recoger frutas para hacer postre? –pregunto Rob con un dejo de sarcasmo.

– No, no. Sólo salgamos.

Salieron y percibieron aquel sofocante día. Lo primero que vieron fue al dorado animal parlanchín. Sobre la rama de un árbol, contemplándolos con sus ojos inmensos.

– ¡El animal! –saltaron Ben, Rob y Alex. Pablo se quedó atrás, conciente de lo que vendría.

– ¡¡ALTO!! –chilló el mamífero abriendo su boca, haciendo que los tres muchachos, que iban a abalanzarse contra él, se detuvieran en seco– Ni un paso más. No voy a dejar que me toquen.

– Es el animal. –dijo emcionado Alex– Tenemos que atraparlo para sacarle información de esta isla.

– Sí –contestó Robert–. Lo que no puedo entender, es porqué se muestra así como así luego de días de ausencia.

Los tres muchachos comenzaron a avanzar lentamente con el objetivo de agarrar al animal que seguía sentado en aquella rama no tan elevada del suelo.

– No, ¡No! Les he dicho que no se acerquen. –espetaba el mamífero.

Y de pronto, justo antes que sus tres amigos saltaran para coger al mamífero, Pablo se acordó de su sueño, de lo que le había dicho aquel mismo animal y gritó:

– ¡Paren, paren! No le hagan nada y no pregunten nada.

Los tres desistieron de su acto al escucharlo y dieron media vuelta, mirando a su amigo con sospecha.

– ¿Qué dices?

– No digan nada, sólo, sólo…

– Quédense ahí y no traten de resistirse. –interrumpió el animal desde su ubicación.

Obedecieron, no por haberle tomado confianza al animal ni nada por el estilo; sino que un extraño efecto somnífero embriagó sus cuerpos, sumiéndolos por segunda vez en menos de veinticuatro horas en un profundo y repentino sueño.

***

– ¡Revela el poder, portal, para detener a las sombras que dominan este mundo perdido! ¡Levántate! ¡Date a conocer como nunca antes te habías revelado y entréganos el poder del Destino!

Aquella voz, dominante e intensa, resonó en los oídos de los muchachos antes que abrieran sus ojos para darse cuenta que se encontraban en la mitad de un extenso prado verde rodeada de montañas grises poco elevadas donde una leve brisa chocaba contra sus rostros. Estaban, solos, tendidos en el césped, en medio de la nada.

Pero pronto sintieron de nuevo aquella voz resonante:

– Levántense, de lo contrario se perderán el espectáculo.

Se pusieron de pie de inmediato y giraron sus rostros. Se pusieron en guardia al encontrar a dos personas de pie, mirándolos fijamente. Eran un hombre y una mujer muy particulares. La mujer tenía una estatura tal que alcanza a superar levemente a su acompañante; de contextura ancha y de facciones nórdicas muy resaltadas, se asemejaba más a una esbelta valkiria de cabello color corteza que a una mujer común y corriente, cosa que ella no era precisamente. Por culpa de esta fisonomía a los muchachos les fue difícil estimar una edad para ella, además que el inapropiado abrigo de lana, deshilachado a más no poder, aparentaba una falsa vejez. Sin embargo su liso rostro emitía algo difícil de comprender y explicar, algo así como una camuflada bondad, una arisca generosidad, casi compasión, que borboteaba lentamente de sus delgados labios en aquella sonrisa que les dedicaba.

El hombre, un poco más bajo que la mujer, era de todas formas mucho alto que los muchachos. Entre aquel traje blanco perfecto, aquella rubia melena que se ondulaba sutilmente con la brisa, aquella postura erguida y distinguida, sus ojos era lo que más destacaba. Poseían una coloración morada que provocaba en quién las mirase un ardor inmediato, por eso los muchachos, cuando fijaron la vista en él, la desviaron de inmediato. Era como si aquel hombre resplandeciera de una manera invisible para la visión pero perceptible para el interior.

Aunque, pasado unos segundos, nadie hizo nada, los jóvenes de Club Ned todavía no podían dejar de estar a la defensiva. Nada hacía darles cuenta que si eran buenos o malos, hasta que la alta mujer les habló con una voz para nada parecida a la que escucharon en un principio, sino que más áspera y ronca.

– Relájense, no les haremos nada.

Esas palabras no bastaron para remover del todo la precaución, pero se soltaron y miraron. Era tiempo de preguntar.

– ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacemos aquí?

– Sabía que tarde o temprano lo preguntarían. – respondió animosa la mujer– Yo soy Mirdal Gerlaky, un gusto y soy la dueña de la casa en la que están alojando por más de una semana.

Con que ella era la enigmática dueña de la base, por lo tanto, el animalito parlanchín debía ser de ella, pero éste no se encontraba. De pronto, saltó hacia el hombro de la mujer aquel mamífero. Esto respondía varias respuestas.

“¡Tú!, ¡¡el animal!!” pensaron los muchachos, dispuestos a atraparlos si la situación fuese distinta a esta.

– Ah, llegaste Combe. ¿No hay nada? ¿Estamos solos? –preguntó su ama. A lo que el animal, asintió levemente– Él es Combe, algo parecido a una mascota. Tengo claro que ya se habían conocido, ¿no? –ahora, tanto el animal como los muchachos asintieron– Bien, ahora les presento a quien me acompaña.

– Esta bien Mirdal, no es necesario que me presente. No es momento. Ahora hay que continuar con el plan. El tiempo juega en nuestra contra. –dijo, severo, el hombre, sin mirar a nadie en particular.
Hizo que se separasen, en aquel mismo sitio, mientras que los dos personajes más Combe retrocedían unos pasos. Ahora, era preciso comenzar con el ritual.

– Manténganse tranquilos. –les decía constantemente el hombre– La calma es fundamental.
Los muchachos no decían nada, sólo asentían. Sus corazones, para nada emocionados y exaltados por la desconfianza, percibían que todo esto iba a salir bien, sin embargo, sus mentes lo contradecían ideando la sensación de que todo esto era como una ceremonia pagana de sacrificio a un dios sin muchos seguidores, esta idea los atemorizó por unos momentos, pero no por mucho tiempo puesto que algo casi milagroso hizo desistir a sus mentes en aquella idea. De pronto, alrededor de ellos, un círculo de fuego se ciño a unos cuatro metros de distancia con unas flamas tan elevadas que casi duplicaban dicha distancia. La imagen fue impactante. Instintivamente retrocedieron chocando necesariamente el uno con el otro, al centro, como prisioneros de una trampa.

– ¡Déjennos salir! ¡Es una trampa! ¡Imposible! –gritaban.

Afuera de la prisión de fuego, la mujer miraba con severidad al hombre mientras le decía:
– No tenías por qué haberlo hecho así de improviso.

– Descuida. –dijo con tranquilidad el otro– ¡Escuchen, esto no es ninguna trampa, ni nada por el estilo! ¡Es parte del proceso y necesito que no se desesperen! –les dijo con energía a los adolescentes exasperados quienes oyeron el mensaje, pero no lo acataron del todo.

A pesar de todo, esta extraña ceremonia continuó; no porque la voluntad del hombre (que era quien dirigía todo esto) así lo decidiera, sino que el Destino arbitró para que todo continuara bien, provocando que la desesperación de los muchachos se disminuyera.

Luego, las llamas comenzaron a reunirse en cuatro puntos de la circunferencia a la misma distancia conformando, por así decirlo, las puntas de una cruz regular que se ubicaban al frente de cada muchacho, una para cada uno. Lentamente las lenguas de fuego comenzaron a tornearse de diferentes colores, hasta que súbitamente desaparecieron introduciéndose en la tierra. Aunque ya no quedaban más llamas, sólo una franja circular de pasto quemado, esto no era todo.

– Manténganse erguidos y preparados para cualquier cosa. – les dijo el hombre.

Eso los alteró, pero de nuevo el Destino volcó la situación. Todo dependía del éxito de esta empresa que era, hay que reconocerlo, muy arriesgada.

Largos segundos de silencio después un temblor precedido por una oleada de calor proveniente de la tierra remeció todo el prado, para luego dar paso a la elevación de cuatro grandes rocas, como runas o pilares, que crecían y crecían hasta ser tan altas como el árbol más grande jamás visto. Cada pilar de roca, de cara a uno de los muchachos, poseía grabadas unas letras ininteligibles que brillaban con un matiz distinto. La roca de Ben era verde vital; la de Alex, azul puro; la de Pablo, anaranjado oscuro, y la de Rob, amarillo claro.

Metros más allá, los tres conocidos miraban pasmados lo que había sucedido.

– Por fin, los hemos encontrado.

Y la historia de la Tierra también, por fin, caminará hacia un posible feliz.

– No puedo creerlo. Ellos… en verdad son ellos. –decía la mujer impresionada.

– No hay que perder más tiempo. Hay que continuar, ya casi terminamos.

Los muchachos ya no escuchaban. Todo su ser estaba volcado hacia las columnas, sus sentidos sólo veían, olfateaban, oían, gustaban, sentían las rocas. Y lentamente, entraron en un transe, que supuestamente debía llegar un tiempo después, pero aparentemente la borrachera del día anterior había dejado más sensibles a los muchachos, más susceptibles a este tipo de cosas, más propensos al desfallecimiento y a la muerte misma. Habían entrado en un trance ¡qué irónico!, la mente tenía razón, estaban siendo utilizados tal como una ofrenda a algún dios, como la pitonisa de un oráculo o algo parecido que entra en transe para sumergirse en el misterioso y a la vez abominable mundo de la no-materia, de la energía pura; lugar, por el momento, indescriptible.

Y en aquel trance mágicamente comenzaron a levitar y, cuando llegaron a un tercio de la altura de las columnas, las letras que brillaban en ellas, se despegaron de la dureza de la roca, convirtiéndose en un gas liviano y divino, que viajó con rapidez hacia el correspondiente joven, envolviéndolos en una esfera que lentamente se fue opacando al llenarse cada vez más con el gas coloro hasta que las siluetas de los muchachos desaparecieron. Ya no había nada más que hacer.

– Ahora sólo debemos esperar. No hay más que hacer. –dijo por última vez el hombre, para luego, acompañado por la mujer y su mascota, dar vueltas alrededor de los pilares, vigilando que todo fuera como debiese.

Este momento era crítico. Había que protegerlos de costa a costa.

– Siento la energía, la siento atravesándome. –dijo el animalito al oído de su ama demostrando su temor.

– Yo, también. Pero no tengas miedo.

Y efectivamente, de las esferas flotantes de colores ya descritos para cada uno de los muchachos, se emanaba una invisible pero totalmente perceptible oleadas de energía que se expandían por toda la pradera, por todo el mundo y por todo el universo. Eran como cuatro diminutos soles que estaban emitiendo presurosos toda su energía acumulada.

Tal era la magnitud, que ese día todas las personas de la Tierra sintieron una vitalidad renovadora, algo distinto, algo que iluminó ese día gris y rutinario para cambiarlo en un día de total satisfacción. La Metrópolis revivió, fue como si hubieran promocionado una oferta imperdible y única, puesto que las personas salieron, se reunieron, se reconciliaron, rieron e incluso compraron más que otras jornadas y olvidaron lo malo de los días anteriores.

Aquella energía, renovadora y colorante, no tuvo en su totalidad efectos positivos. Escondidos en la oscuridad cuatro espectros sintieron la oleada de energía y de inmediato se percataron que la hora había llegado. Lo que tanto buscaban estaba más cerca y asequible que nunca. Por primera vez sus podridas almas se excitaron, provocando que salieran de sus escondites donde trabajaban en secreto para mezclarse en el brillante ambiente que detestaban y obraban por destruir.

Guiados por su percepción surcaron raudos los cielos del mundo entero para dirigirse a aquel punto sagrado que muchas veces habían pasado por alto. La isla, esa insignificante isla escondía aquel poder codiciado. Se alteraban cada vez más al acercarse a dicho punto. Cada vez más cerca… su victoria iba a ser inmediata, no cabía duda.

Y se posaron luego de aquel extenuante pero corto viaje, en la roca de una de las múltiples colinas que rodeaban a la pradera en cuyo centro, cuatro pilares y cuatro esferas relucientes destacaban. Habían dado en el clavo.

Llegaron tres sombras, de diferentes tamaños… Eran aquellos espectros que hace aproximadamente veinte años atrás que se introdujeron en un laboratorio para introducir la semilla que germinó devastando la esperanza y arrebatando la libertad de toda la humanidad. Pero faltaba uno.

– Esa energía… La hemos buscado durante tanto tiempo.

– Y estaba aquí, escondida.

– Era de esperarlo.

– Nuestro amo va a estar muy complacido.

A los minutos después apareció el cuarto espectro.

– ¿Dónde te habías metido?

– Tuve un contratiempo… –contestó el recién llegado– Debemos movernos rápido.
– Sí.

Y desde ese punto, las cuatro sombras, negras y neblinosas, ávidas de victoria, se dispusieron a atacar a los cuatro jóvenes y a los tres presentes, dispuestos a matar a quien fuera para conseguir lo que buscaban: el poder de los cuatro colores.

Esta batalla, recién iba a comenzar.
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Jue Abr 26, 2012 6:20 pm

Jojojo!
Me tardé un poco pero ya terminé de leer todo lo que me faltaba. Parece que la historia llega al primer gran quiebre, la adquisición de los poderes (que aún desconozco qué son exactamente, pero eso lo explicará el tiempo Razz)

Ya lo dije un par de veces pero lo repetiré porque vale la pena: me gusta cómo escribes.

Ahora con eso dicho, no sé si sea yo que estoy medio roto en este momento, pero no encontré ningún error grave en ninguna parte más que la que acabo de leer. Me dio la impresión de que no fue igual revisada que el resto, hay algunos errores como por ejemplo el siguiente: "caminará hacia un posible feliz." No sé si sea un "final feliz" o alguna otra cosa.
Por otro lado la siguiente expresión "Había que protegerlos de costa a costa." No es que esté mal pero me suena rara, me suena más "a toda costa"
Y por último la siguiente frase: "Aquella energía, renovadora y colorante, no tuvo en su totalidad efectos positivos." Se entiende, pero la primera vez que la leí me dio a entender que aquella energía no había sido algo bueno. Quizá si en vez de restringir su positividad con "no totalmente" le agregaras "efecto secundario malo" como "Aquella energía, renovadora y colorante, no solo tuvo efectos positivos" o algo así.

En fin, ese sería mi pequeño aporte Razz
Ahora me ire yendo a dormir y si hubo faltas ortográficas y gramaticales o dedazos todo es atribuído a mi estado de rotidez (?).

Saludos!

P.D: parece que Pablo tiene una maldad escondida o algo que se le escapa a él, quizás no maldad pero... sospechoso :O

P.D.2: siempre me olvido de preguntar, tal vez nada que ver pero... el personaje en tu avatar es Pablo? Very Happy
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Jue Abr 26, 2012 7:28 pm

Jjajajaja! manto! justo estaba publicando el nuevo capi y veo tu comentario (sincronia? xD)

Bueno, es verdad, este capitulo no lo alcance a revisar 100% pero esta decente a mi gusto, en algun futuro lo arreglare! Ah y gracias por el aporte

Te respondo a tus "post-data" ¿dices lo de pablo por el extraño sueño¿¿

Y mi avatar es un personaje de DGRay-man (manga) llamado alma karma, pero en realidad se parece mucho a Pablo jajaja que buena memoria visual tienes mantoo!

Ahora dejo el siguiente capitulo con una dosis de accion


Capítulo 10 - Lucha en el prado verde

Primera parte
Spoiler:
“ Las Sombras andan tras los jóvenes… no saben con quién se enfrentarán ”

Siempre que una batalla de gran tamaño se va a llevar a cabo, la Tierra, presa de un sentimiento indescriptible, entre miedo y ansias, se remece levemente, atenta y latente, demostrando que es tanto más poderosa que los seres que lleva sobre sí. Este fenómeno sucedió en las tres grandes guerras mundiales, la Tierra rugió interiormente, desesperada ante las inminentes catástrofes que no puede dominar tan fácilmente, pero que podía terminar de sopetón, cosa que nunca hizo… Ella tenía al tanto que no era ella que pudiera determinar el destino de la humanidad, aunque tiene el poder suficiente para hacerlo, había algo más allá que regía su existencia y el de todo el Universo. Por lo tanto, antes y durante cada gran batalla, la Tierra sólo tiembla, levemente, sin causar estragos, sólo para indicar que existía y que seguía siendo tan poderosa como antes a pesar de ser reprimida, cosa que supuestamente nadie sabe.

Esta vez, en el extenso prado de la isla, donde una gran pelea estaba a punto de estallar, la Tierra no tembló, ni se estremeció; había algo que hizo que su altanería y capricho fuera inhibido, más bien ahogado ese movimiento brusco y ansioso. Sin embargo, la Tierra conocía que dicha batalla estaba a punto de llevarse a cabo… y, sin alegar, sólo contempló, sólo por esta vez. ¿A qué se debe ese comportamiento?

La brisa se detuvo un momento, también para contemplar aunque sea el inicio de la contienda para luego seguir viajando veloz por todo el mundo. Las expectantes nubes, desde su prestigiada altura, se conglomeraron sobre la isla, teniendo cuidado de no tapar la vista al sol que exigía un espacio, un tanto furioso.

Todo estaba volcado, atento a este suceso. Todo.

Los cuatro espectros surcaban raudos el prado dejando tras de sí un halo oscuro y denso. Las dos personas que custodiaban a los jóvenes se alertaron de la presencia de aquellas manchas oscuras que ensuciaban el bello paisaje gracias a que Combe les gruñía con fuerza y, luego de un segundo de adaptación, se alertaron que era lo que tarde o temprano llegaría.

El hombre de rubia cabellera fue a su alcance y con su grave voz le dijo a la mujer:

– ¡Mirdal! ¡Mantente ahí! ¡Hechiza el terreno para mayor protección y que no se te ocurra ayudarme! ¡Sea la situación que sea! ¡Los muchachos son esenciales! –y comenzó a correr, al encuentro de los cuatro espectros.

“Nada sucederá, todo irá bien. Esto lo había previsto y nada se escapará de mis manos”, se decía el hombre de la rubia cabellera mientras extendía sus brazos hacia los costados. “Ellos… ellos, nunca obtendrán este poder” De sus palmas unas lenguas de fuego crecieron hacia los costados y hacia arriba formando en pocos segundos una muralla de fuego que avanzaba a la par con el hombre que corría… hacia el destino.

– ¡NO DEJARÉ QUE ACABEN CON ESTA ESPERANZA! –gritó sacudiendo con energía sus mandíbulas.

Metros más allá, los cuatro espectros se detuvieron. El hombre que dominaba el fuego había logrado su objetivo: acorralarlos.

– ¿Creen que no he estipulado su llegada a este lugar? –preguntó desafiante el hombre, deteniéndose a metros de los recién llegados.

Las sombras ni se inmutaron. Les importaba un bledo si él sabía que tarde o temprano llegarían; lo único que les importaba era conseguir aquella poderosa energía. Estaban sedientos.

– No te creas tan inteligente. –dijo, al parecer, el espectro más bajo– Ni aunque supieras de todo lo que sucederá este día y los próximos, ¡nunca lograrás detenernos!

Los muros de fuego comenzaron a ceñirse cada vez más, formando alrededor de ellos un círculo. Extrañamente las llamas no emitían calor.

– Sobre mi cadáver. –respondió entre dientes el hombre.

– Bien dicho, sobre tu cadáver, pues eso será lo único que quedará de tu existencia. –se mofó otra de las sombras.

– No se hagan falsas esperanzas, estimados, –dijo, irónico, el hombre con una amplia sonrisa– Esta vez yo triunfaré. Tengo alas para ganar.

– ¡Ja! ¿Tú sólo? No me digas, si nunca nos has derrotado.

– Pero esta vez será distinto.

– ¡No lo será, idiota! Has cometido innumerables errores este día. –espetó con frialdad el espectro más alto y de severa expresión.

– ¿Qué has dicho, Hielo? –le preguntó su compañero de la derecha.

– Lo que acabas de oír. El humano que tenemos frente a nosotros se ha equivocado tantas veces como asesinatos he cometido.

El hombre, que ya no sonreía, miraba extrañado al espectro. ¿De qué estaba hablando?

– ¿No te das cuenta? –prosiguió Hielo adelantándose un poco– Si bien has vaticinado nuestra llegada, nunca pensaste que nosotros estábamos preparados para esto. Lo que no sabes es que yo ya sabía de este día, yo ya conocía de tu misión. ¡Qué estupidez! ¿Acaso no te das cuenta en quienes le das tu confianza? –el espectro esperó la reacción del humano, éste estaba ceñudo y totalmente impactado– Me gustaría que recapitularas todo cuanto has hecho los últimos días y que te detuvieras en la conversación que mantuviste con aquel empresario, amigo tuyo, que se suicidó, exactamente hace unos horas de tu llegada a esta isla.

– ¿Cómo sabes tú eso? –susurró el hombre que no cabía en sí lo que decía esa criatura maligna.

***

“Recuerdo aquel día. La Metrópolis estaba gris, el cielo estaba gris, las personas estaban grises. Recuerdo que caminaba, apresurado y un tanto airado, hacia la oficina de Far Suatel un antiguo amigo de infancia, de quien no veía hace mucho tiempo. A pesar de verlo minutos después en su ordinaria oficina de transportes aéreos, no logré reconocer su cabello aleonado ni sus oscuros ojos. Pero, había algo en él, algo que no encajaba con su ente, puesto que lo único que recordaba era su talante, generoso y cálido, nunca deprimido ni apesadumbrado y su sonrisa que era tan luminosa como la luna llena; creo que por eso me caía bien. Sin embargo, en ese día gris, Far estaba tanto o más gris que las personas que circulaban en ese momento por la abarrotada calle que se veía a través de una estrecha y mal posicionada ventana.

– Buenas tardes. –quise comenzar formal, para no causar mala impresión si es que no me reconocía y él levantó su cabeza apartando la mirada de los múltiples informes que leía.

– Buenas tardes. –me respondió, sin vitalidad.

– ¿Me reconoces?

Me quedó mirando un rato corto para luego decir:

– Cliente frecuente, ¿no?

Recuerdo que esas palabras no fueron tan dolorosas como lo esperaba. Otra vez me había adelantado a los hechos, y obviamente, luego de tanta diferencia temporal, era lógico que no me reconociera; en especial si le agregamos mi especial condición que en ese entonces lucía.

Decidí, de súbito, no seguir con mi plan. Generé uno nuevo en unos segundos.

– De hecho soy un nuevo cliente.

– Perfecto. ¿Lo conozco?

– No, pero yo sí lo conozco.

Far asintió, lentamente. Su nombre ha sonado bastante dentro del ministerio, puesto que desde hace unos meses que les presta servicios con mucha regularidad.

– Necesito que me arriende una nave corriente.

– ¿Ya ha elegido una?

De esto no me acuerdo mucho, pero fue lo que comúnmente ocurre entre cliente y vendedor.

A los pocos minutos firmaba el contrato de arrendamiento. Todo estaba listo.

– Yo te conozco. –dijo de súbito, antes que yo cruzara el umbral hacia la calle. – Eres…

– No importa. –y salí; debía pasar lo más desapercibido posible.

– ¡Espera! –y se levantó, extendiendo su mano. – Tú eres el de aquel día, tú eres el que salvó a ese loco de lanzarse desde un edificio, te vi en las noticias.

Yo sólo asentí. Qué bueno que no me reconoció con el nombre de infancia.

– ¿Cuál es tu nombre?

Dudé, ¿era necesario todo esto?

– Soy Den, lo puede leer en el contrato.

Quedamos en silencio, cosa que aborrezco, por lo que me despedí.

Y eso fue toda la conversación. Nunca más lo volví a ver hasta dos días después, que me di cuenta gracias a la televisión que Far Suatel había muerto en su oficina por culpa de la alta dosis de relajantes que se estaba suministrando a unos pocos minutos de que yo fuera a retirar la nave que había arrendado.

Far, debo admitirlo, fue de gran utilidad y un antiguo gran amigo.”

***

El espectro de severo semblante siguió hablando:

– Tú, has caído en una trampa, ¿no te das cuenta? Ese tal Far, en realidad no era más que un títere de su cadáver.

Un frío recorrió el cuello del hombre.

– ¿Te acuerdas del rostro del hombre que lo salvaste de tirarse desde el edificio? Obviamente no lo recuerdas bien, pero si te hubieras fijado un poco más, te habrías dado cuenta que aquel hombre, el suicida, era exactamente igual a Far Suatel. Y en efecto, era Far Suatel.

– ¿Cómo es posible? ¿Qué incoherencias hablas?

– Vaya, vaya. Me extraña que no nos conozcas todavía, luego de tantas batallas. Para que te vayas enterando: Somos capaces de todo.

– Jejeje –se rió por lo bajo otro espectro– Hielo, recuerda que nadie nos conoce en realidad.

– No me importa. Sabemos que este humano es diferente a los demás.

El otro espectro rió de nuevo.

– Me importa un bledo que no entiendas lo que acabo de contarle, lo que es seguro es que tú nunca vas a engañarnos. Siempre vamos un paso más adelante que tú, que todos los humanos.

El hombre, Den, bajo la cabeza, no en señal de sumisión, sino de concentración. Su dorado y liso pelo le cubría el rostro para poder borrar todas las emociones que le embargaban. Había que prepararse, la batalla era inminente.

– ¡Vamos! ¿Ya te rindes? –se mofó el más pequeño de los espectros.

Unos segundos de silencio.

En el rostro de Den se dibujó una sonrisa para nada amigable, aquellas sonrisas que aparecen cuando uno se imagina la muerte de alguien odiado profundamente. El hombre levantó la vista y reveló su semblante, que, a buenas y a primeras, resultó ser algo impactante para los espectros.

– Tomaremos eso como un no.

– Ya me cansé de tantas palabras.

– ¡Peleemos, peleemos!

Y en aquel circulo, ceñido por aquellas altísimas lenguas de fuego, la batalla en el prado verde dio inicio.

Fue Den quien arremetió primero. Dio un gran saltó y acumulando en sus palmas unas incandescentes bolas de fuego, trató de atacar a sus enemigos. Éstos se dispersaron, tan lejos como las llamas se lo permitían, para luego contraatacar con una especie de onda oscura a Den. Con suerte esquivó dos.

En el suelo, contemplaba como los espectros se acercaban.

– Qué sencilla va a ser esta batalla.

Den se levantó y volvió a atacar, con la misma técnica, sin efecto alguno.

Entre los ataques y contraataques, Den se dio cuenta que su muro de fuego comenzaba a disminuir de intensidad, cosa que tarde o temprano ocurría, y cosa que fue también percibida por sus enemigos, los cuales a aprovecharon esta instancia para salir del círculo, hacia el vasto prado. Para Den las cosas se le dificultaron.[/justyfy]
Segunda Parte
Spoiler:
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Deshizo las llamas de fuego y miró rápidamente donde la mujer custodiaba a los muchachos. Nada ocurría; los espectros no había atacado ni los muchachos se habían despertado. Den tenía que seguir haciendo tiempo para que el plan salga a la perfección.

Dio un hondo suspiró y buscó con ambición a los espectros. Blanco fácil, su extrema oscuridad destacaba en el verdor del pasto. Estaban los cuatro juntos, mirándolo, sonriéndole.

Comenzó a correr mientras agitaba el aire con sus manos e invocaba alrededor suyo un anillo de fuego para luego lanzarlo. Una ola ígnea arrasó con el césped, impactando de lleno en las sombras.

De pronto, entre la humareda que se formó, un rayo azulado, surgió. Den no tuvo que moverse para esquivarlo, pronto se dio cuenta que no iba dirigido a él sino a las rocas. Por suerte, la mujer había convocado un potente campo de fuerza que detuvo el rayo. El peligro no fue el impacto, sino que los espectros se estaban volcando hacia los muchachos, hacia los poderes.

Dos masas oscuras, humeantes se elevaron en el cielo y volaron hacia el domo plateado que cubría las rocas, mientras que otras dos masas le cerraron el paso a Den para defender a su empresa.
– Alto ahí. –expresó la sombra más pequeña a Den– Hasta aquí ha llegado nuestra lucha.

Sin que el hombre pudiera decir o hacer algo, mientras miraba como los otros dos espectros se acercaban al campo de fuerza, unas angostas pero resistentes barras de acero crecían del suelo, elevándose tanto más alto que las llamas que Den había realizado al principio de la lucha. Estas barras formaron una especie de muralla que se extendía por todo el valle dividiéndolo en dos el cual era imposible de flanquear por los lados puesto que se mezclaba con la lejana montaña.

– Ahora es nuestro turno de dejarte tras una muralla, ¿no te parece? –escuchó Den al otro lado de la construcción.

Den retrocedió para contemplar la magnitud de lo sucedido. Se desesperó, hace tiempo que no sentía esa emoción.

Comenzó a asediar la metálica pared con ondas de calor para derretir el metal, pero ni siquiera se calentaba. Al segundo de desistir, saltó y saltó, para luego elevarse como nunca antes lo había hecho gracias a la propulsión del fuego que salía de sus manos y de sus pies, logró llegar en pocos segundos a la cima de la muralla.

El aire era ligero por lo que le costaba respirar, no obstante eso no fue impedimento para observar lo que sucedía allá abajo tras la muralla: Las cuatro sombras rodeaban el domo protector y trataban de destruirlo. Dentro Mirdal, la mujer, haciendo honor a su sangre extranjera, mantenía la compostura y murmuraba un hechizo a ojos cerrados, el más poderoso que se sabía, y cuando los abrió, la superficie del domo se puso opaca y con unos pentágonos que la cubrían de cuyos centros unos aparentes orificios se notaban. Una onda hizo retroceder a los atacantes, pero estos, sin darle importancia al cambio de aspecto del campo de fuerza, siguieron atacando. Segundos después, el verdadero efecto del hechizo se reveló. De los orificios comenzaron a salir cientos de balas doradas, brillantes y zigzagueantes, que impactaron contra los espectros, los cuales comenzaron al fin a retroceder, malheridos.

Den sonrió, de la misma manera que antes de empezar la batalla y descendió lentamente. Con la misma parsimonia se acercó hacia el área donde las sombras eran perseguidas en el aire por estos misiles. Al cabo de unos segundos, el hechizo dejó de funcionar, el domo volvió a ser translúcido y los aporreados espectros se posaron en el pasto, dándole la espalda al las rocas porque se dieron cuenta que Den había traspasado la muralla.

– ¿Dolió? –preguntó Den con ironía mientras se les acercaba. Tras él la muralla era tragada por la tierra. – Nunca esperaban a que eso sucediera ¿no? Ven, ustedes tampoco me conocen.

Ahora la táctica de Den cambió, ya no servía entretener a las sombras varios metros más allá. Ellos estaban al lado de los muchachos por lo tanto, es tiempo de proteger directamente el lugar. Pero primero tenía que pasar por sobre los oscuros espectros. No lo dudó, comenzó a correr.

Salió a su encuentro el espectro de severa expresión, al que le llamaban Hielo; pero Den lo trató de ahuyentar con una llamarada, pero éste, cubriendo su “piel” con una capa de hielo, se protegió del ataque y apareció frente a frente al hombre.

– ¡No nos menosprecies! –le gritó, y acto seguido, Den fue expulsado hacia atrás por un viento tan frío que casi le congela la respiración.

Recuperó el aliento y volvió a arremeter. Esta vez sí logro pasar a través de los espectros. Nada fácil. Tuvo que utilizar toda su agilidad y astucia para evitar los ataques e impedir el bloqueo del paso. Pero finalmente llegó. Ahora había que proteger.

Pegó su cuerpo al domo energético. No quería entrar, sólo quería apoyarse un poco, no por el cansancio, sino para ganar energías para lo que se vendría.

Mirdal, se acercó hacia Den y le dijo desde adentro.

– ¡Falta poco! Siento como las rocas se estremecen. Falta poco.

– Mantén el campo solamente.

– Usted mantenga a esos demonios a raya.

– Eso es lo que trato de hacer.

Silencio. Silencio. Risa malvada. Silencio.

– ¿Qué no quieres seguir peleando? –dijo el más callado de los espectros, demostrando una aguda y fría voz.

– Por supuesto que quiero seguir luchando. Lucharé hasta morir.

– ¡Jejeje! –se rió el más alto– Entonces qué haces ahí sin hacer nada.

– Espero que esta batalla sea más justa. –no supo porqué decía eso, Den encontraba que estaba pelea estaba bien pareja, pero como tenía que ganar tiempo, hablando, ganaba algo, aunque sea un poco. No quería atreverse a perderlo todo.

– ¿Justa? ¿Qué acaso encuentras injusta esta lucha? –interrogó con un dejo de desdén el espectro más pequeño.

– Sí, injusta. Ustedes son cuatro y yo soy uno.

– ¡Pero si tienes a esa inmunda mujer que casi nos mata! –alegó la sombra pequeña.

– Eso sigue siendo injusto. –dijo con calma Den.

– Está bien, está bien. –se adelantó a decir Hielo antes que el pequeño respondiera otra cosa. – Digamos que tienes razón. Entonces, ¿quieres que batallemos uno contra uno?

“Qué pregunta más estúpida” pensó Den.

– Pues claro que quiero eso.

Hielo entrecerró los ojos y se dirigió a sus semejantes con un grito:

– ¡Démosle a este insecto lo que quiere! ¡El Animadverso, ahora!

Las sombras se dispusieron de tal forma que formaron un cuadrado. Sacaron de su interior una especie de sustancia blanda, oscura como el petróleo y palpitante que elevaron hacia el cielo. De súbito un halo denso y negro, como vapor, comenzó a embriagar el prado verde. Lanzaron los objetos hacia el aire e, instantáneamente, el vapor negro se condesó en el centro del cuadrado hecho por las sombras, las cuatro sustancias cayeron en aquella conglomeración coloidal y una columna gruesa y lisa comenzó a elevarse, formando una especie de tubo negro terminado en una punta redondeada que se mecía lentamente, amenazando con caerse. Segundo después, más vapor se condensó cerca de la punta y una placa color hueso, como una máscara, se materializó; en la mitad de la altura un tatuaje concéntrico y extraño se dibujó, del mismo blanco que la placa. Lo último que se materializó fue una clara y amplia aureola ladeada sobre la redonda cima del monstruo. Un grito de ultratumba, intenso y atemorizante salió de ese ser que, aunque Den no lo creyera, si existía.

– Un Animadverso. –susurró, mirando hacia arriba el colosal monstruo– Así que es verdad que existen.

– ¡Pues claro! Los Animadversos son tan verdaderos como los Poderes Elementales. Son nuestros guerreros, la materialización de la materia oscura y de los sentimientos negativos de todos los seres racionales y sensibles. Son la pesadilla de este mundo… Después de nosotros claro. –decía con emoción Hielo– Estos monstruos, o como quieras llamarle, son tan poderosos que hasta nosotros nos cuesta dominarlos, y también crearlos; porque, si te diste cuenta, son formados a partir de nuestra propia materia oscura… Eso nos debilita, desafortunadamente para nosotros. Pero esto para ti no es favorable, de ningún modo, porque ¡el Animadverso es tan fuerte como nosotros cuatro juntos!

Den estaba pasmado. Experimentaba otra sensación que hace mucho no pasaba por su cuerpo.
– Animadverso… –repetía Mirdal dentro del domo, tanto más pasmada que Den– Animadverso…

Otro grito tétrico, subterráneo y el animadverso comenzó a moverse. Era como si estuviese ávido por luchar. A esto los espectros respondieron haciéndose a un lado, deslizándose lentamente por el césped. Se notaba que sus poderes habían menguado luego de haber convocado a este monstruo. Una densa neblina junto a una extraña oscuridad descendieron en el prado que pasó de su bello verde, a un apagado grisáceo.

– Así que, esto es un animadverso. –dijo en voz baja Den, contemplando la altura del enemigo.
Desde la cúpula se escuchó la amortiguada voz de Mirdal:

– ¡Ten mucho cuidado! ¡Los animadversos son…

No alcanzó a terminar puesto que un grueso rayo morado chocó contra el domo. Den, se hizo a un lado lo más rápido que pudo y contempló como la coraza semitransparente resistía el impacto. Sabiendo que quedaba poco tiempo para que el domo cediera, Den se elevó en dirección a la máscara del animadverso lugar de donde salió el chorro morado electrizante. Atacó y detuvo a tiempo el colapso. El demonio emitió un leve quejido y luego comenzó a desplazarse hacia atrás. Allá arriba, Den se daba cuenta de la terrorífica magnificencia que del animadverso provenía, sin embargo, no tuvo miedo; él nunca había sentido miedo ni ahora lo haría. Manteniendo su altura gracias a la propulsión de las llamas que de sus pies salían, comenzó a atacar al enemigo con insistentes bolas de fuego, desafortunadamente no surtieron mucho efecto.

Otro rayo morado salió disparado y por poco se salva Den de ser impactado. El ataque fue a dar al bosque de tras del domo. El manipulador de fuego comprendió que este monstruo era totalmente distinto a los demás demonios, éste era sin dudas de un nivel superior, por lo tanto, las simples bolas de fuego no le afectarían mucho; tenía que hacer algo distinto.

Se acercó lo más que pudo hacia la máscara color hueso, hacia aquel cuerpo de petróleo macizo, hacia aquella ladeada aureola que brillaba débilmente de un plateado que se difuminaba en la neblina que del propio animadverso provenía. Pronto, a unos pocos metros de distancia de su objetivo, su valor se esfumó y comenzó a caer, casi desvanecido, mientras la llama que en su mano mantenía para atacar se dispersaba en su trayectoria recta hacia el suelo, dejando unas pequeñas lenguas que le sirvieron de indicio a Mirdal para darse cuenta de lo que sucedía. No alcanzó a gritar puesto que cuatro sombras aparecieron frente a ella, tras el velo protector del domo.

– Tienes opción de vivir, asquerosa Disariana, sólo si nos dejas pasar. Pero, si te niegas, nosotros igual entraremos. El domo ya está lo suficientemente debilitado para que podamos romperlo… junto con tu cuerpo. –decía uno de los espectros. – Decide.

Mirdal extendió sus brazos y realizó de nuevo el conjuro de las balas doradas, pero se detuvo, algo andaba mal. Si hacía el hechizo, el domo podría colapsar.

Den, varios metros más allá trataba de levantarse, sus músculos estaban acalambrados y un glacial hielo lo invadía por dentro. Elevó el rostro hacia la columna negra que tenía a su lado y observó como el animadverso se inclinaba, amenazando con caer, hacia él. La máscara tétrica cada vez estaba más cerca del hombre. El frío se hacía cada vez más insoportable, el dolor se hacía cada vez más intenso. Logró ver a trabes de los únicos agujeros de la máscara, que se asemejaban a una boca, como salía de ellos el vapor que envolvía al prado. Intentó atacar, pero el frío lo paralizaba. Sin que el miedo se apoderada de él, la desesperación comenzó a dominarlo. De rodillas como estaba, no podía hacer nada. El animadverso se acercaba cada vez más y más. Miró hacia el domo de reojo, vio como las sombras arremetían brutalmente contraél y también vio como Mirdal se echaba hacia atrás, con expresión de angustia, sin saber qué hacer.

¿Está todo perdido?

Se escuchó un sonido de vidrio quebrándose y el domo cayó, transformándose en mil pedazos que se dispersaron sobre las rocas y sobre el cuerpo de Mirdal. Den, ya no podía más, sentía el aliento fétido del animadverso sobre su nuca, sus músculos ya no le respondían y al ver como las sombras se abalanzaban sobre la mujer y las esferas lumínicas dentro de las cuales se encontraban los cuatro muchachos, su desesperación se incrementó aun más.

¿Tanto esfuerzo para que todo se arruinara en este instante?

De pronto, una luz lo cegó. Y todo terminó.

– Lo tengo, ¡tengo a uno!

– Yo también

– La disariana es mia, ¡suéltala Metal!

– ¡¡¡¡Deeeeeeeeeeeeeeen!!!!

Entre aquel griterío, súbitamente, desde las cuatro esferas, la energía invisible que emanaban se volvió luz, una luz tan intensa que hizo que el animadverso se convirtiera en más que una masa oscura que se dispersó para siempre y que provocó que los espectros retrocedieran y se ocultaran de nuevo en la oscuridad de la que vinieron. Para cuando la luz dejo de resplandecer, el prado era el mismo, verde y hermoso. Den y Mirdal, abrieron los ojos y se encontraron con la recompensa, con su meta cumplida: los cuatro portadores, los cuatro elementos, los cuatro salvadores, renacidos en el momento preciso.

– Tanto tiempo pasó, ya es tiempo de limpiar este infectado mundo. –dijo Den, acercándose a Mirdal. – ¿No lo crees? –le preguntó con una sonrisa manchada por el sudor.

Ella asintió levemente, puesto que toda su atención estaba puesta en los cuatro muchachos que estaban parados sobre el césped, mientras una leve brisa corría, contemplaban con los ojos abstraídos en el horizonte al tiempo que un halo de luz los rodeaba y cada vez se centraba en sus corazones, haciendo el pacto definitivo que anclaría sus vidas al verdadero destino.

– Bienvenidos, cuatro portadores. –dijo Mirdal en voz baja y con una sonrisa igual de ligera.

Combe, el pequeño mamífero de Mirdal, se acercó a su ama y se volvió a posar sobre su hombro, luego de mantenerse escondido en el follaje de un árbol durante toda la batalla.
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Vie Abr 27, 2012 4:31 pm

Les dejo otro capitulo!!!!


Capítulo 11 - Mirdal Gerlaky

Primera parte
Spoiler:
“ El principio de todo requiere de un buen entrenamiento ”
Hacía calor, un calor enorme que no dejaba dormir bien. Las sábanas estaban amontonadas sobre el borde y en los camarotes dormían los jóvenes. Las ventanas estaban abiertas producto de la preocupación de la dueña de casa por aquellos especiales invitados que debía proteger. Ansiosa, la alta mujer cocinaba un abundante almuerzo. Suponía que tras tan agobiante proceso y por los dos días que llevaban durmiendo sus estómagos estaban ávidos por comer algo. De hecho, Mirdal no estaba equivocada, pues, más allá del calor que a esa hora del día hacía, las panzas de los muchachos esporádicamente pedían un poco de atención haciendo que el dormir ya no sea tan placentero como lo fue cuarenta horas atrás. Fue en uno de esos sonidos viscerales que Ben se levantó, con un hambre atroz y lo primero que percibió, antes de que se encontraba semidesnudo y que no se acordaba cómo había llegado a la cama de la base, fue el exquisito aroma que se colaba por la puerta. Del pasillo llegó a la sala de estar, guiado siempre por la fragancia que cada vez se hacía más intensa, ahí se encontró con el animal parlanchín acurrucado en un sillón. Se detuvo en el umbral. Al percatarse de su presencia, el mamífero levantó sus grandes orejas e hizo un chasquido. Acto seguido, la voz grave de una mujer se escuchó:

– ¿Quién anda ahí, Combe?

El muchacho quedó petrificado. ¿Quién era ella? Comenzó a echarse hacia atrás para escaparse de la mujer extraña, pero no sirvió de nada pues el alto semblante de Mirdal apareció en la sala y se fijo en él.

– Buenos días. –saludó la mujer con energía, a lo que Ben, sin moverse de su lugar, respondió con un leve movimiento de manos.

– Él es Ben. –dijo Combe, el animalito parlanchín.

– ¿Ben, eh?

Ben asintió para luego agregar:

– Benjamin Beshood.

La mujer, mirando de arriba hacia abajo al muchacho con una mezcla de amabilidad y preocupación, se presentó:

– Yo soy Mirdal Gerlaky. Un gusto. –le estrechó fuertemente la mano a Ben, quien se sorprendió ante el tamaño de la mano de la mujer.

Quedaron en silencio. Mirdal, luego de unos segundos, se dio cuenta que había dejado la cocina sola, por lo que dio un cuarto de vuelta y desapareció tras la muralla. En el pasillo, Ben trataba de comprender lo que estaba sucediendo al tiempo que Combe lo miraba sobre su sillón.

“Ella… ¿será ella la dueña de este lugar?”, pensó.

***

Las horas ya no corrían, mas el tiempo seguía fluyendo. ¿Tantos años de búsqueda? ¿Habrá valido la pena todo el esfuerzo? Para responder a esas preguntas, sólo había que volver a hacer correr las horas y no estorbar el trabajo del tiempo. Este fue el primer paso, el primero hacia la gran salvación de la humanidad cuya carga caía en aquellos jóvenes que no se imaginan lo grandioso de lo nunca conocido, de existencia infinitamente dudosa, nunca comprobada. Los poderes, las energía que rigen este universo desde su más íntima residencia, desde las profundidades de la materia que era el espejo de este movimiento energético más antiguo que las estrellas, hermano inseparable de la creación y padre de todos los seres y cosas que se encuentran dentro de este universo. Ese poder infinito y creador necesitaba de urgente auxilio… y era hora ya, que todo vuelva a la normalidad, normalidad perdida por el albedrío lacerante pero inocente de los humanos.

Así veía Gerlaky todo lo que estaba sucediendo mientras terminaba de limpiar los platos que hace unos minutos atrás contenían un exquisito almuerzo, devorado en silencio por los cuatro jóvenes, que ahora se estaban preparando, duchándose y vistiéndose, para dar comienzo al segundo paso.

Afuera el cielo parecía contento, esperanzado. Unas cuantas nubes pasaban ágiles sin dejar un poco de frescura en el claro, que a esa hora estaba resplandeciendo amarillo, reflejando el sol que se alzaba arriba de ellos. Mirdal Gerlaky, alta, usando un traje bastante ajustado que de pronto provocó que los muchachos desviaran un poco la mirada hacia lugares que no precisamente era su cara, estaba frente a ellos y a sus pies, cuatro esferas opacas, tan grandes como un melón.

– Creo que ya saben quién soy. Me llamo Mirdal Gerlaky para aquellos que todavía no han preguntado por mi nombre y soy la dueña de esta base en medio de la isla. –decía con fuerza– Se preguntarán qué hago aquí, qué hacemos aquí, qué está sucediendo; les digo de inmediato que yo no soy la más apropiada para contarles todo. Sin embargo, a medida que el entrenamiento avance, se irán dando cuenta de lo que está sucediendo.

– ¿Entrenamiento? –preguntó Rob entre sorprendido y disgustado por la idea. – ¿Qué entrenamiento?

– A eso voy. Yo les voy a enseñar a dominar la energía que ahora fluye por ustedes.

Alex recordó de inmediato al profesor Hinkybell, el maestro del control energético; y se cuestionó si lo que estaba hablando Gerlaky guardaba relación con ese tipo de energía.

Gerlaky contempló sus rostros de preocupación y se apresuró a decir:

– Bueno, antes que me asalten con dudas y cosas por el estilo, vamos a iniciar la primera actividad. Vengan y tomen una esfera. –les dijo indicándoles los cuatro objetos. Cada uno tomó uno.

Gerlaky les indicó que se sentaran y que tratasen de enfocarse lo más posible en sus palmas, en el contacto con el frío vidrio de la esfera; a pesar de esto, algunas miradas esporádicas se enfocaban en el curvilíneo cuerpo de la entrenadora. Ella, que se dio cuenta de que sus alumnos se estaban distrayendo les sugirió que cerrasen sus ojos y que se concentraran más. Los muchachos respondieron de inmediato, pero se guardaron sus comentarios de que esto era un tanto absurdo, que si no sabían porqué hacía esto, era más difícil lograr que Gerlaky les enseñara algo, lo que quiera que fuera. Además, la suspicacia les impedía concentrarse en las esferas. Encontraban un poco ridículo estar ahí sentados de piernas cruzadas en la tierra con unas esferas frías y pesadas. Gerlaky los miraba aprensiva, esperando que se concentraran. Les repitió con ímpetu que se fijaran internamente en sus palmas, que sintieran como el calor de su cuerpo calentaba la helada superficie del vidrio que sostenían. Luego de varias llamadas de atención, los muchachos comenzaron a sentir, casi todos al mismo tiempo, como las esferas rápidamente comenzaban a calentarse.

– ¡Mantengan los ojos cerrados! –ordenó Mirdal.

Las esferas estaban hirviendo, sus palmas sentían el dolor, pero algo más fuerte que el deseo de retirar las manos residía en el hecho de mantener los ojos cerrados. Ese algo mantenía adherido las palmas al cristal.

– Hasta que ya no sientan más dolor, pueden abrir sus ojos, lentamente y sin soltar las bolas.
Las caras de malestar paulatinamente iban desapareciendo y los ojos de los muchachos se abrieron.

El sol se había alejado, estaba en crepúsculo, sin embargo, el claro no estaba iluminado de un color anaranjado, sino por un color combinado. Se sorprendieron al darse cuenta que las esferas que sostenían brillaban de un color particular. La potencia de las luces era tal que les dificultaba mirar más allá que sus manos, asombrados y asustados por lo que estaba sucediendo trataban de buscar explicaciones en Gerlaky, pero, ella, sonreía levemente mientras asentía con la cabeza.

– ¿Qué es esto?

– ¿Por qué están brillando?

– ¿Qué significa cado color?

– ¿Por qué, señorita Gerlaky?

Los jóvenes comenzaron a alarmarse ante el silencio de la entrenadora, hasta que se apagaron las esferas, dejando tras de sí, el crepúsculo. Gerlaky salió de aquel ensimismamiento y se apresuró a tranquilizar a los muchachos, a sacarle de las manos las bolas de cristal para luego dejarlas en el suelo, al lado de ella. Y finalmente se dirigió a sus alumnos. Que se habían vuelto a sentar.

– Quiero que me escuchen. Todo lo que les voy a decir ahora es verdad. –Se sentó frente a ellos, mirándolos siempre fijamente. Sus exuberantes pechos, en aquella posición, sobresalían bastante más que en otras oportunidades, por lo que cruzó sus largos brazos alrededor de ellos, para taparlos. Luego continuó, con la misma integridad: – Los colores que ustedes acaban de ver son la materialización de los poderes que recibieron hace dos días.

Alex abrió la boca para preguntar algo, pero Gerlaky hizo que se tragara su pregunta con solo mirarlo.

– Sé que esto costará entenderlo pero quiero que escuchen. En este universo todo está interconectado, todo está encadenado, no importa cuán lejanos sean, cuán diferentes sean, pero hay algo, una energía invisible que los une. Esa energía es la huella de algo más grande y poderoso que da consistencia y vida a la materia. Esa energía son los Poderes Elementales, los poderes que rigen desde su propio reino intangible lo que sucede acá, en el universo. Ahora ustedes, en este momento, son los portadores de dichos poderes. Son los nuevos guerreros del universo, los que van a liberarnos de la oscuridad que se ha apoderado de este mundo. –hizo una pausa, en la que suspiró, era como si todo este discurso le hubiera afectado emocionalmente. – Bien, ahora les diré qué poder tiene cada uno.

<<Ben, tú posees el poder de la naturaleza, dominas el crecimiento de cualquier cosa creada por la Madre Tierra; Pablo, tú controlas la tierra, eres capaz de alzar inmensas montañas; Alex, tú tienes el poder del Agua, el movimiento de este fluido es a tu voluntad; y Robert, tú dominas a la luz, aprenderás a dominarla de una manera increíble.

Quedaron en silencio, tratando de comprender aquella fantasía que se les revelaba. Alex no entendía como lograrían controlar tales elementos y realizar tales hazañas sin recurrir a la ilusión que tantas veces había visto por televisión. Sin embargo, había algo en la voz de la mujer que provocó que cada una de esas palabras sonara tan verdadera como quien diga que cada mañana el sol sale por el horizonte y en la noche se esconde por el lado opuesto.

***

Ya era de noche y Gerlaky caminaba por el bosque junto a Combe, pensando, divagando sobre lo que acaba de suceder hace unas horas atrás. Aquellos muchachos estaban iniciando un camino largo y no exento de problemas; Mirdal se compadecía enormemente del destino que estos muchachos tenían, pero ya nada podía hacer, sólo entrenarlos y prepararlos, tal como había prometido.

***

Mirdal Gerlaky provenía de un planeta donde se estableció una colonia humana clandestina en la época en que estallaba la Tercera Guerra Mundial. El planeta, en la antigüedad llamada por siglos como Marte, se llamaba Disarion y se ubica bastante cerca de la Tierra. Sus colonizadores, producto de la gravedad y de las condiciones ambientales en que vivían, fueron lentamente aumentando en tamaño llegando a medir en promedio los dos metros treinta. Así, cuando esporádicamente los disariantes llegaban a la Tierra, los terrícolas pensaron que eran una especie de gigantes y no comprendieron, hasta que se descubrió la colonia en Disarion luego de la formación de la Metrópolis, que eran tan humanos como ellos, sin embargo, los disariantes se siguen llamando así y vienen a ser como una nueva raza de humanos, la única que se conoce hasta el momento. En uno de esos esporádicos viajes que hacían a la Tierra, iba Gerlaky con único equipaje un pequeño bolso de ropa interior y un mensaje que sostenía en sus manos por el cual hacía este viaje. El mensaje le pedía que fuera a la Tierra a reunirse con un individuo en el Ministerio Gubernamental.

Como una extraviada, puesta en una época que no le pertenecía, caminaba por las avenidas hacia el gran edificio del ministerio entre las miradas sorprendidas de los humanos. Se encontró como le especificaba la carta con tal personaje y se le dio a conocer la misión que tenía que hacer.

– ¿Cuento contigo? –preguntó con tranquilidad un anciano de barba blanca incipiente luego de una larga conversación en una sala redonda y bien iluminada.

Gerlaky miraba al suelo, ella no era de las que esperaban algo a cambio y ni le importaba irse a vivir a una isla desierta. Ella en realidad no tenía nada que perder.

– Lo haré, cuente conmigo, señor Volquinez.

– No me digas así, dime simplemente –le sonrió– Ned.

Tomó la pequeña nave que Ned había reservado para su viaje a la isla, se subió con su liviano equipaje y antes de despegar el copiloto le dijo al anciano que se asomaba por la ventanilla para contarle que se iba de cambiar de empresa, le pasó una tarjeta que rezaba el nombre de Far Suatel por si quería volver a requerir de sus servicios. Ned agradeció y la nave despegó hacia la isla.

Durante el viaje Gerlaky miraba la ciudad, los edificios que reflejaban los rayos de sol, las amplias avenidas por las que caminaban los ciudadanos, otras por donde circulaban los automóviles y otras más que eran calles sólo por el fluir de los automóviles que viajaban a alta velocidad. Sin quedar lo suficientemente maravillada como para emocionarse y saltar de la emoción, le era indiscutiblemente cierto que la Metrópolis era mucho más bella que como se lo imaginaba y mucho más que su ciudad natal que ya dejó atrás. Desvió la mirada hacia su bolso, que ahora contenía algo más que sus pertenencias, lo abrió y sacó un grueso libro, escrito a mano y comenzó a leer. [/justify]
Segunda Parte
Spoiler:
***

– ¿Te sucede algo?

– Y tú me lo preguntas.

– Te lo pregunto, ¿algún problema?

– Tú sabes perfectamente lo que sucede, Combe.

– Más o menos. Mis poderes para leer la mente no son tan profundos.

***

Tras leer el primer párrafo se dio cuenta que era una especie de detallada indicación de todo lo que tenía que hacer. De pronto, un escalofrío recorrió en una dirección su cuerpo. Ella se dio cuenta mientras conversaba con Ned que las cosas que él le explicaba con total decisión eran bastante extrañas, pero este libro le causaba un poco de pavor, era como si aquel viejo fuese como un ente divino, que viene a salvar a la humanidad. En esas divagaciones se quedó Mirdal, sin avanzar ni una palabra más del libro, contemplando como el rostro de Ned se desfiguraba y se transformaba en las formas más celestiales que se imaginaba. Cuando ya el blanco pelo manchó por completo la mente de la mujer disariana, la nave ya estaba aterrizando sobre la isla.

Sin dedicarle más que un ligero saludo, la nave y el pilotó dejó la isla dejando tras de sí a la alta mujer que miraba hacia el interior del bosque que surgía desde las cercanías de la playa sobre la cual estaba parada. No dio paso alguno, sólo se sentó y abrió de nuevo el libro y continuó leyendo en busca de más indicaciones.

***

– Ya veo.

– ¡Te lo juro! ¿Tú crees que soy una especie de mono telepático superior?

– Eso pensaba… hasta hoy.

– Mirdal, todavía no me dices qué te sucede, nunca vienes a dar estos paseos nocturnos.

***

Avanzó por el bosque, guiada por el libro que no fallaba en ninguna indicación. No tenía miedo pues algo en aquella prolongada conversación y las indicaciones impedían que la desorientación colmara su interior. Caminaba, a paso lento, quebrando las hojas con un ligero “crac” y de vez en cuando miraba hacia atrás para ver el camino que recorría. Por suerte era de día, y la luz se colaba por las hojas, en luminosos haces dorados, siendo un lugar que no se encontraba muy lejos donde se concentraba la mayor cantidad de luz. Gerlaky avanzó lo suficiente para darse cuenta que era un amplio claro que había sido anunciado por el libro, ahí terminaba el primer capítulo, pero no tuvo tiempo para voltear la página y leer el siguiente capítulo puesto que se sorprendió al ver una construcción de un piso, blanca y con ventanas ovaladas.

***

– ¡Mirdal Gerlaky! Estas muy extraña. Cuéntame, por favor qué te sucede.

– Es que sólo… no entiendo porqué tanto peso tiene que recaer en personas como ellos. No entiendo porqué Ned quiso que esto fuera así, que ellos fueran los que tuvieran que cargar el trabajo de salvar al mundo. ¿Y si se equivocan cómo yo lo hice? Es que sólo no comprendo… por qué ellos.

– Debe tener sus buenos motivos.

– ¡Sabía que ibas a salir con algo como eso Combe! Es que Ned no me ha nombrado esos motivos.

– Mirdal… mírame y escúchame.

– ¡No! Conozco muy bien esa técnica, no vas a poder calmarme. Me largo a la base.

***

Mirdal cerró el libro de golpe. De tras de sí sintió el crujir de una rama. Se dio vuelta y se puso en posición de combate. En Disarion aprendió a controlar la energía y a luchar utilizándola tal como lo hacía el profesor Hinkybell. Alzó la vista y se encontró con una especie de mamífero peludo, de grandes ojos y orejas, que la miraban con recelo. Sin apartar la atención del animal, abrió el libro y rápidamente leyó el principio del segundo capítulo, en busca de más indicaciones. El claro, la base y el animal dorado. Satisfecha, detuvo la guardia y el peludo aterrizó frente a ella. Era un poco más grande que una ardilla.

“Ese animal te va a hablar. Será de gran ayuda para lo que se viene adelante.” Decía el libro en los párrafos siguientes.

***

– Espera. No te voy a tranquilizar. ¡Eso sucedió una vez y nunca más!

– Me voy, adiós.

– ¡Mirdal! ¡Ned nos dio una misión y hay que cumplirla! No puedes tener esa conducta, ni puedes acomplejarte por los errores del pasado.

Hubo un breve silencio, en el que los pasos de Gerlaky se hacían más distantes.

– ¡Mirdal! ¡Mirdal!

– ¡Déjame tranquila! –gritó la mujer a lo lejos, oculta por la oscuridad.

Y salió corriendo tras la mujer.

***

– Me llamo, Combe. Mucho gusto.

Combe le mostró la base que sería su hogar y le ordenó que se terminara el libro. En menos de dos días de silencio y a base de sólo agua y unas galletas que trajo Combe desde la cocinilla, Gerlaky terminó de leerse los veinte capítulos que le faltaban. A medida que avanzaba por la caligrafía aparente del anciano entendía las cosas que le rodeaban, entendía el por qué y el para qué de todo lo que estaba sucediendo. La información le llegaba tan fluidamente que ninguna duda le surgía, no tuvo que preguntarle nada al animal que dormitaba sobre el sofá de al lado; sólo tuvo que dejar el libro de lado, cuando aparecía escrito: “Deja el libro sobre la mesa y duerme un poco”. Atraída sin razón fuerte, Mirdal creía ciegamente en todo lo que las páginas le decían. Comprobado era ya el poder anticipatorio del libro que la mujer no se sorprendía cuando leía que Combe se despertaría e iría a buscarle agua. Todo era tan perfecto que pensó que si dejaba de leer, las cosas dejarían de suceder, quedarían en pausa, hasta que continuara leyendo.

***

Combe comenzó a correr tras la mujer, hasta que la alcanzó. Se puso frente a ella, la detuvo y le dijo con voz severa:

– ¡No nos vamos a rendir por nada! Mirdal, esta situación es grave, no puedes tener pena por esos muchachos.

– ¡Pero qué insensible eres!

– No es eso. No es insensibilidad.

– Entonces, ¿qué es?

– Mirdal, no hay que tener un libro al lado tuyo que te diga todo lo que tienes que hacer. No es necesario ahora que esto esté escrito, porque esto lo vamos a escribir nosotros ahora.

Mirdal se sintió un poco ofendida por aquellas palabras, por lo que siguió caminando, sin mirarlo.

– ¡Por favor! No vayas a hacer alguna estupidez.

***

Cerrado el libro, fue ocultado dentro de una habitación cuya puerta era metálica y daba al pasillo. Combe le dijo que debía dormir ahí y ella, tras mirar la gran habitación sin ventanas, entendió porque.

Recorrieron juntos la base, que ella ya se sabía de memoria por la descripción que había en el libro, y luego fueron a dar una vuelta a la isla… la primera de las muchas vueltas que tendría que dar. Pero estaba segura, de que el futuro no iba a ser tan impreciso, tan incierto; por fin lo iba a odiar, tenía la información del libro que había plasmado cada paso que ella estaba dando. Sin embargo, no advirtió que esa clarividencia sólo llegaba hasta a un punto.

***

– ¡No quiero que se repita lo de la otra vez! ¡No voy a dejar que de nuevo te consuma la duda! –dijo para sí Combe, que de nuevo salía en busca de su ama.

– Si dices una palabra, te patearé.

Combe se resistió, sabía que Gerlaky era capaz de eso y mucho más.

***

Un día, semanas después, Combe y Mirdal estaban sentados sobre una roca, bajo las olas que salpicaban de vez en cuando y esperando el atardecer. A su lado, un gran bolso lleno de aparatos tecnológicos como un radar, catalejos y otras cosas para el análisis de rocas y suelos y sobre éste, un pedazo de roca, grande, de color marrón anaranjado con unos símbolos oscuros grabados en él.

– Siempre me pregunté, Combe, por qué existían estos poderes, por qué algunos pueden llegar a poseerlos y otros no. Pero ahora conozco el porqué y me siento feliz, no sé, es como que algo está complacido, algo está contento.

– Es el conocimiento. Tú buscabas respuestas a esas preguntas y ahora las tienes. El conocimiento produce esa satisfacción. –dijo Combe, meneando la cabeza lentamente.

– Pero todavía no entiendo algo. ¿Qué se supone que haremos después de encontrar el orbe?

Combe no respondió.

– Si el orbe sirve para controlar a los orígenes, ¿no estamos buscando su control?

– No.

– Ni el libro dice que haremos después. –quedó pensando, mirando hacia el horizonte que esperaba al sol para llevarlo al otro lado del mundo– Espera, de hecho desde esta mañana las cosas me son extrañas. Las cosas ya no son predecibles. La roca, eso no salía en ningún lugar.

– Ese es la idea. De ahora en adelante las cosas ya no serán como pensamos. Acabamos de entrar en la boca del tiburón.

La mujer bajó la cabeza, arqueó las cejas y dijo con un hilo de voz:

– Entonces… las cosas serán difíciles.

Combe volteó rápidamente su pequeño rostro peludo hacia Gerlaky y la miró con expresión extrañada, como si hubiera dicho algo indebido para sus labios.

– ¿Qué dices?

– Que ahora las cosas no van a ser tan fáciles… sin la ayuda de Ned –dijo Mirdal susurrando, era extraño ver como su gran cuerpo se arqueaba.

Combe se estremeció, mientras desviaba la mirada hacia las olas.

– Lo sabía, lo sabía. Tus vibraciones no indicaban que estuvieran comprendiendo todo esto a cabalidad. ¡Mirdal, ese libro no es más que una ayuda en este inicio! ¡No hay que considerarlo como el manual para encontrar el orbe! ¡NO! –estaba alterado, sus pelos dorados se movían erizados con el viento. – Parece que al leer ese libro te has vuelto pasiva, has vuelto a la minoría de edad. ¡¿No era que tú te fuiste de tu planeta por tus propios medios?! ¡Por tus propios medios!, ¿sabes lo que eso significa? –la mujer comenzaba a comprender lo que el mamífero le estaba gritando y no pudo contener su angustia– ¿lo sabes? –Gerlaky asintió levemente– ¡Entonces por qué me dices algo como eso! Se suponía que tú eras la que reunía las características para este plan, pero parece que has vuelto a caer en la comodidad de que te digan lo que tienes que hacer. ¡Todos los humanos son así! ¡Y ninguno se escapa de esa maldita condición!

Mirdal se asustó al comprender la situación en la que se encontraba y de la nada en su mente se formaba una imagen suya sentada, rodeada de una posa de agua, tan solitaria como un lirio en un charco infértil; se sentía perdida, mirando la oscuridad que comenzaba a subir por sus pies, se sentía perdida en su propio mundo, un mundo que ella había elegido, que ella había escogido entre tantas posibilidades. Ella, Mirdal… lo había escogido, ¿ese era la clave?

Cayó rendida en la roca, en una especie de transe y Combe la observaba fijamente, tratando de no volverse loco, porque cada vez que intentaba este tipo de cosas cabía la posibilidad de caer en la más profunda demencia.

Y así Gerlaky tomo rienda propia al asunto, y así mismo fue como cometió un grave error.

***

Los días pasaron, las noches se hacían cortas puesto que Gerlaky había iniciado un estricto horario para comer y dormir. A las nueve en punto debían estar acostados y mejor si estaban dormidos, pero irse a la cama tan temprano no era un problema para los muchachos puesto que el duro entrenamiento que hacían durante el día los dejaba tan cansados que lo único que querían cuando llegaba la noche era comer rápido e irse a dormir. Mirdal, que dormía en la habitación tras la puerta metálica, habitación que nunca había sido explorada por sus pupilos, salía al pasillo a las seis de la mañana cuando el sol recién comenzaba a asomarse por el horizonte, se dirigía a la cocina y comenzaba a hacer un deliberado aromático desayuno con el cual evitaba ir a despertar personalmente a los muchachos debido a que la exquisita fragancia atraía a los muchachos hacia la cocinilla tal como había sucedido desde el primer día de su llegada.

Los entrenamientos consistían en una serie de ejercicios para dominar la fluidez de la energía a través de sus cuerpos, principio fundamental para poder lograr las grandes proezas que Gerlaky les había contado mientras entrenaban, pero estos no surgieron mucho efecto hasta el final de la segunda semana, cuando Rob logró hacer una “estrella destellante” un poder rápido y certero, que se formaba desde las manos.

- ¡Eso! Te felicito Rob, –congratuló la entrenadora con un fuerte aplauso– eso una estrella destellante, una técnica bastante efectiva para atacar a enemigos rápidos e inesperados. Ahora si el resto puede hacer una estrella destellante como Rob, terminaremos la lección de hoy más temprano.

Pablo, Ben y Alex alentados por esta proposición, en menos de diez minutos lograron realizar no una estrella destellante, sino que varios otros tipos de técnicas que dejaron impresionada a Gerlaky por su elevado nivel de complejidad.

Esa noche, en el cuarto donde dormían Alex y Pablo, el hábil de la bufanda se estremecía sobre su cama, sudando, y balbuceando palabras ininteligibles para Alex y que le producían una serie de extraños escalofríos.

– Que no sea otra de esas pesadillas, por favor. –susurró para sí mismo.

Ante el movimiento de las sábanas y del crujir de la madera del camarote de abajo, Alex trataba de dilucidar qué era lo que estaba diciendo y luego de unos segundos de no entender nada escuchó claramente las palabras: “dos… payasos… ríen y lloran… juntos”.
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Miér Mayo 02, 2012 7:42 pm

Paso a dejar otro capitulo, saludines


Capítulo 12 - Orígenes
Primera parte
Spoiler:
“ Se necesita información… para entender lo que está sucediendo ”

Pasó otra semana y los poderes de los muchachos se asentaron definitivamente. Alex se sentía como si hubiera nacido con la capacidad de controlar el agua. Fue extraordinario como lograron adaptarse a aquel cambio rotundo que les dio la vida.

Celebraron el cumpleaños de Ben en la mañana de un día nublado y más frío que los anteriores, se notaba que el otoño estaba entrando con fuerza y dejaba a un lado al verano.

A la tarde Mirdal, reunió a los muchachos afuera de la base, en el claro, para darles a conocer una noticia.

– Estas casi cuatro semanas que he estado con ustedes, no he hecho más que agobiarlos con clases intensivas de control de energía ¿o no? – Sentados en el suelo los jóvenes asintieron–. Y creo que ya es tiempo de que eso termine.

Escucharon eso aliviados, ya nunca más tendrían que pasar horas tratando de lanzar algún poder difícil de hacer, horas de ejercicios intensos, horas de meditación tediosas y lo peor, la ausencia de minutos de relajación y para qué hablar de un buen dormir. Con todo esto Mirdal había demostrado que la educación que ella impartía como entrenadora era mucho más extrema que la que se practicaba en Club Ned, tal vez porque no estaban en aquel ambiente agradable, rodeado de amigos y de alegrías.

– Sin embargo –continuó la entrenadora–, su entrenamiento todavía no está completo –una sonrisa se dibujó en su severo rostro–. Tengo en mente hacer una última actividad –pasó la mirada por cada uno de sus pupilos, cuyas expresiones ya volvieron al desánimo que se había creado hace varios días atrás, luego preguntó: – ¿Les gustan las competencias?

Asintieron lentamente.

Alex de inmediato recordó las competencias que se hacían con regularidad en Club Ned y se alegró con aquella vez que ganó uno de matemática ante la ovación de todo un auditorio que se impresionó por la tan ardua batalla que dieron los dos finalistas, pero pronto aquellos aplausos se esfumaron y volvió a la realidad con Mirdal delante de él indicándole que ya podían irse a la base, que tendrían el día libre, no obstante Alex se mantuvo en el suelo a pesar de que sus amigos ya se habían levantado y marchado, incluso no lo hizo cuando Ben golpeó suavemente su hombro en señal de que lo acompañara.

– ¿Te quedarás ahí? –le preguntó su amigo, con un dejo de preocupación; a lo que Alex sólo movió su cabeza afirmativamente.

Gerlaky se había dado media vuelta y miraba hacia el cielo nublado que se colaba por las pocas ramas de los árboles que crecían alrededor del claro. Quedaron ambos en silencio.

– Tienes algo que decirme, ¿me equivoco? –señaló la entrenadora, sin voltearse.

El muchacho se levantó y con tranquilidad se dirigió a la alta mujer:

– Dígame algo señorita Gerlaky, ¿por qué está sucediendo todo esto? ¿Para qué nos sirve este entrenamiento? –se detuvo por un momento, para medir sus palabras– ¿Qué va a suceder?

– ¿Por qué preguntas eso?

– Porque… creo que no entiendo nada de lo que nos está pasando y quiero saber.

– ¿Curiosidad? –dijo Gerlaky en un hilo de voz.

Alex se dio media vuelta, y caminó hacia la entrada de la base, airado, porque sabía que de Gerlaky no sacaría la respuesta que buscaba. La mujer, todavía en la misma dirección, comprendía profundamente por qué el muchacho se estaba yendo. Ella misma había sentido aquella sensación tiempo atrás, exactamente la misma y por lo mismo, sabía que la única manera de sobrepasarlo era callando y no buscando más información de las personas, sino de uno mismo.

La noche ya había caído, Gerlaky estaba afuera en el acantilado al lado de la playa junto a Combe, construyendo algo de madera, una especie de torre, bajo la luz de una lámpara que estaba al lado de Combe.

– Esa tabla te quedó torcida.

– ¿Estás seguro? No estás mirando tú torcidamente.

– No.

– Pues yo la veo bien.

– Anda, está claramente mal puesta.

– Pues… toma este martillo y arréglala tu mismo, que yo no veo nada que arreglar.

La herramienta era casi del porte del animal. Este apenas lo agarró le gruñó a Gerlaky:

– ¿En qué estás pensando? ¡Yo no puedo ocupar este martillo! ¡Es muy grande!

La mujer rápidamente cogió de vuelta el martillo y dijo:

– Pues entonces no hables si no haces nada.

Luego le sonrió y le dio la espalda para seguir trabajando.

– Mirdal… – susurró Combe luego de unos minutos de silencio. Gerlaky hizo un bufido– Alguien se aproxima.

Dieron media vuelta, el animal le indicó en la penumbra cerca de un arbusto tenuemente iluminado, y vieron la silueta de Alex, mirando lo que estaban haciendo. La diasariana se apresuró a interponerse entre el muchacho y lo que estaba haciendo y le dijo que se retirara, que mañana iba a saber todo.

– Esta bien. –dijo, dándose media vuelta.

– Espera, ¿qué haces aquí? No creo que vengas a espiarnos ¿o sí? –inquirió Mirdal.

Alex movió negativamente la cabeza, para luego desaparecer en dirección a la base. Le daba lo mismo que estuviera así de oscuro, sabía dónde estaba la base, tenía buen sentido de orientación incluso de noche.

Se encontró afuera del claro con Rob, que justo había terminado de entrenar.

– ¿Cómo va esa estrella destellante? –le pregunto Alex con una sonrisa amistosa.

– Decente, creo que puedo mejorar. –contestó Rob, tocándose su muñeca derecha, como si le doliera un poco.

– Pues mira esto. –luego de decir esto, Alex apuntó con su palma derecha hacia el cielo y lanzó una vigorosa estrella destellante de color azul que explotó metros más arriba de las copas de los árboles. – ¿Qué dices?

– Le falta luminosidad, no ilumina nada… te falta bastante, digo yo.

– ¿Pero qué dices? ¿Para qué quiero que brille?

– Destellante, lo dice todo. ¿No crees? –dijo su amigo levantando una ceja, acto seguido, extendió su brazo izquierdo y lanzó una majestuosa estrella destellante, tan luminosa que alumbró por fracciones de segundo el claro entero, y luego explotó lejos, mucho más arriba que la de Alex.

– Pero… insisto para qué quiero que…

– Simple, para que parezca más poderosa. –y se rió mientras se daba media vuelta y se dirigía hacia la base. – Compara.

Alex lo siguió, también con la risa marcada en su rostro.

– Me lo suponía, ¡sabes!

– Me imagino. –dijo sarcástico. – Ojalá que mañana la prueba sea de quién hace la estrella destellante más poderosa.

Y rieron juntos a la vez que entraban a la base.

Alex se sentó en el sofá de la sala, junto a Ben y a Pablo, que estaban haciendo nada literalmente, mientras que Rob iba al baño a tomar una ducha.

Hablaron un rato, de qué será la competencia de mañana. Era claro que tenía que ver con sus poderes, pero ninguna idea logró convencerlos; de hecho, ninguna idea iba a poder convencerlos, las expectativas habían crecido bastante luego que aprendieron a dominar sus poderes. De pronto, luego de unos minutos, apareció Rob, en toalla y miró con enojo a Alex.

– ¡Estabas espiando lo que hacía Mirdal! ¡Tramposo!

Los otros dos lo miraron con recelo. Alex se sofocó.

– ¿Qué estás diciendo?

– Mirdal no está, Combe tampoco; cuando estaba entrenando los vi tomar el camino hacia el acantilado que está al lado de la playa junto con herramientas. Y después, tú sales y vas en esa dirección. –Rob estaba verdaderamente agitado. – ¡Admítelo!

– Rob, relájate. –dijo Ben, haciendo de mediador. – Alex, explícanos.

Alex se levantó y sin mirar a la cara a ninguno de sus compañeros, admitió que había seguido a la entrenadora y a Combe.

– ¡Ven! Ahora ya estamos en desventaja. –expuso Rob– Siempre haces lo mismo, con razón eras el mejor del curso.

– ¡Eso no tiene nada que ver! Yo no los estaba espiando, no era mi intención.

– ¿Entonces qué? –preguntó Ben, un tanto ansioso y molesto.

– Quería hablar con Mirdal. A solas. ¡Les prometo que no vi nada!

– No te creo. –dijo Rob dándose media vuelta para dirigirse a su pieza.

Alex se volvió a sentar. Preocupado por la reacción de su amigo y por lo que pensaran Ben y Pablo, que lo miraban fijamente.

– Yo te creo. –dijo Pablo, levantándose y dándole una palmada en su hombro– Son cosas que pasan.

Alex le agradeció y vio como se iba a su pieza. Ben seguía ahí, ahora ya no lo miraba, estaba contemplando la trayectoria de Pablo, que desapareció dejando la puerta cerrada.

– No creo que seas tramposo, Alex. –dijo Ben, casi en un susurro, con la cara vuelta hacia la puerta que se acaba de cerrar. – Es sólo… que tus métodos son un poco… cómo decirlo…

– ¿Tú también crees que los estaba espiando? –una mezcla de ira y de decepción lo inundó. Ben dudó– Está bien, puedo entenderlo. Iré a dormir mejor. –y se levantó, pero Ben lo detuvo diciéndole:

– Espera, creo que tienes que escuchar esto. –y miró a los ojos de Alex con cierto aire de tristeza– Puede que ya te hayas dado cuenta, pero igual quiero que lo sepas de mí y de nadie más.

– ¿Qué cosa? –Alex comenzaba a asustarse por el tono de esta conversación.

– Te odiaba. Cuando recién nos conocimos en Club Ned, te odiaba. Odiaba que siempre fueras mejor que yo. Estaba acostumbrado a ser siempre el primero, a ser tratado como el mejor ¿sabes? Pero me encontré contigo, con tu reputación dentro de Club Ned y me propuse ganarte, darte tu merecido. No puede y eso me dolió, mucho. En realidad, pensándolo bien, no era tu personalidad la que no me gustaba, era, simplemente tú y tu entorno. ¡Bah!, no sé cómo explicarlo. Pero de uno u otro modo, me abrumaba tener que pasar tiempo contigo. Me hacía el indiferente, porque eras amigo de Rob y los demás, de otra forma…

– Entiendo. –le interrumpió Alex.

– Ahora, he aprendido a dejar eso de lado. A aceptar que hay personas mejores que yo. Y, afortunadamente he encontrado un muy buen amigo en ti. –luego de decirle esas palabras, le sonrió ampliamente, Alex le devolvió la sonrisa.

Quedaron en silencio. No un silencio incómodo, sino uno reflexivo. Alex no se sorprendió con esas palabras, en el fondo sabía que Ben sentía cierta apatía hacia él cuando se conocieron. Empezó a recordar el día que lo conoció, cuando él llegó a la habitación una tarde a estudiar matemáticas con Rob que vivía en la misma habitación que Alex, pero justo, Rob no estaba, así que tuvo que abrirle y contarle que no llegaría hasta en un buen rato. Alex cordialemente le preguntó si quería él podía enseñarle, matemática se le daba bastante bien, pero Ben no quiso y se fue. Pero el recuerdo fue cortado por las palabras de su amigo.

– No sé porqué Pablo fue a dormirse ahora, si durmió toda la tarde, no debería tener sueño. ¿No crees?
– ¿No entrenó?

– No lo vi.

– Debe ser su táctica para estar bien descansado para mañana.

– Yo creo.

****

– ¡¡A levantarse!! ¡¡El último que llega tendrá menor puntuación!! –se escuchó la voz de la entrenadora mientras golpeaba las puertas tan fuerte que estas amenazaban con caer.

Alex se levantó de inmediato y se dirigió al armario para sacar la ropa más cómoda. Al estar vestido, se dio cuenta que Pablo no estaba y se preocupó cuando vio pasar corriendo a Ben, seguido por Robert. Se apresuró, no comió nada, a pesar que su estómago estaba ya pidiéndole un poco de comida. Salió y vio a Mirdal en el medio del claro, con una paño azul agarrado en su mano y con un aparto pequeño en la otra.

– ¡Llegaste último! –le gritó. Alex se apresuró a llegar donde ella estaba– Son diez puntos menos. Dame tu brazo derecho. –Alex extendió su brazo y mientras Mirdal le amarraba el pañuelo cerca de su hombro, le decía:– Ahora ve hacia la playa, hay una plataforma con un papel, ahí te dará más indicaciones. Son cuatro estaciones, el que llega primero a la última estación gana.

– Y, ¿para qué son los puntos? –preguntó Alex.

– Para nada. Ya vete. –y le propinó un empujoncito.

Corrió, pero no hacia la playa sino que al el acantilado que estaba al lado. Se sintió mal por saber esa información. [/justify]
Segunda Parte
Spoiler:

Al llegar no encontró nada; salvo rocas y tierra. Miró hacia abajo, a la playa y vio la plataforma de madera y las pisadas de sus amigos que ya habían pasado por ahí. Saltó, cayó haciendo un leve “pom” en la arena y comenzó a correr a la plataforma. Subió y se encontró con un pedestal también de madera sobre el cual había un trozo de hoja clavada en sus extremos que decía:

Instrucciones.

- Si llegas a perder el pañuelo, pierdes automáticamente.

- Hay cuatro estaciones en cada cuál hay una pista que deberás seguir para llegar a la siguiente estación. Además, hay una frase al final que deberás memorizar.

- Las frases son cruciales para tu victoria.

¡Suerte!

Estación 1: La playa. Las ilusiones no funcionan hasta que obtengas el verdadero poder que bajo las rocas se escondía. Campo verde, la montaña a lo lejos.

<<a todo eso súmale>>


Sin entender muy bien hacia donde tenía que partir, primero se memorizó la frase final. Hecho esto, comenzó a pensar en la siguiente estación. Nada se le venía a la mente, y sin un rumbo fijo, siguió las huellas de sus amigos que se internaban por el otro extremo de la playa al bosque que ahí se formaba. Comenzó a correr, sabía que iba de los últimos, y también sabía que debía pensar donde estaba la siguiente estación, porque irremediablemente las huellas desaparecerían al terminar la arena. “Ilusiones no funcionan…” eso no le hacía nada de sentido; “el verdadero poder… bajo las rocas” eso tampoco le sonaba mucho; “campo verde, la montaña a lo lejos.” Y de pronto, cuando ya había caminado unos metros dentro del bosque, se le vino a la mente un prado amplio con una gran brisa y que en un horizonte cercano aparecía una gris montaña poco elevada… ¡Era el prado donde había conseguido los poderes! Ahora todo cobraba sentido.

Corrió aún más rápido, con un rumbo ya fijado, debía seguir por ahí y tomar un sendero que iba levemente inclinado. Haciendo uso de su exclusiva orientación lo encontró en menos de 5 minutos. Comenzó a subir y se encontró con algo que no esperaba. Elevándose por más de 10 metros y formando una impenetrable pared que hacia lateral se esfumaba con el bosque, miles de sequoias gigantescas cortaban el paso. Maldijo a Benjamin por lo bajo mientras corría hacia la izquierda, bordeando la muralla de árboles milenarios, esperando que terminara en algún momento, cosa que no sucedió hasta que llegó a un escarpado roquerío donde las olas azotaban fuertemente. Entonces, casi sin pensarlo, Alex saltó de piedra en piedra, evitando las filosas y peligrosas para zambullirse en las frías aguas turbulentas. Se impulsó para luego salir rodeado de una marea que lo acarreó varios metros hasta caer sobre una roca al otro lado del murallón. Contento con lo hecho, se precipitó hacia el prado verde que no estaba lejos de ahí.

Al llegar se encontró con Ben en la plataforma. Corrió a su encuentro y le espetó lo más amistosamente que pudo mientras este se bajaba de la plataforma:

– Te golpearía en tu cara en este preciso instante, pero como me caes bien no lo haré. –y le sonrió al ver que su amigo lo miraba extrañado.

Alex subió a la plataforma, no alcanzó a leer una palabra cuando se percató que Ben todavía seguía ahí.

– ¿Qué sucede? –le preguntó con prisa.

– Haz perdido. –contestó sin expresión alguna.

Alex no le creyó, dio media vuelta y comenzó a leer.

– Mira tu hombro. –Alex se vio su hombro y la sangre se le enfrió– No llevas el pañuelo.

Era verdad, había perdido. “De seguro que se cayó en el mar”, pensó, y luego se sentó en el borde de la plataforma.

– Bueno, que estés bien. –dijo lentamente Ben sin un dejo de compasión dándose vuelta hacia la montaña más cercana. Es más, luego de unos metros, sonrió triunfante.

Se quedó solo, en la inmensidad de aquel prado y con el viento revolviéndole su pelo. No sabía hacia dónde ir, pero eso no le molestaba, puesto que estaba bastante cómodo ahí,, tan cómodo que esbozó una sonrisa de placer. No tenía nada que hacer salvo esperar. Parecía que ya no importaba nada, que las cosas estaban en orden y que el mundo finalmente le sonreía después de tanta tragedia junta. Las nubes del cielo eran mucho más blancas que en la mañana, “¿cuánto tiempo iba a durar esta placentera sensación?”, se preguntó de pronto y la sonrisa se le desdibujó rápidamente. Debía pensar en el presente, de nada servía andar imaginándose el pasado y proyectándolo como un presente mejor para así evadir la realidad que estaba pisando. Las imágenes de sus amigos comenzaron a aparecer, los que había perdido le dejaron un amargo sabor luego que su rostro era reemplazado por otro y si este era también de ese gran grupo, la herida de Alex iba escociendo más y más. Así, en aquella ruleta de recuerdos y de perfiles, brotó una arrugada cara con un plateado cabello medianamente largo y una barba constituida…

– ¡Ned! –saltó Alex, incorporándose y sintiéndose terriblemente culpable por algo que no lograba entender muy bien.

Corrió en dirección a la base y mientras atravesaba el prado, cavilaba cómo traspasar la muralla que Ben había construido. El mar estaba lejos como para volver a realizar lo de antes. Sin embargo, no necesitó llegar a una idea, porque unos cuantos metros más adelante justo delante de él escuchó como dos personas hablaban:

– ¡Apuesto todo lo que tengo en mi bolsillo a que Ben fue el que creó esta apestosa muralla!

– ¿Pero qué hacemos?

– ¡Retrocede!

Alex dio un brinco ante tal orden y se apresuró a decir:

– ¿Robert, Pablo?

– Alex, ¡apártate! –espetó Rob.

– ¿Qué piensas hacer? –le preguntó Alex, preocupado, retrocediendo unos pasos.

– Pues, ya verás.

Y Rob lanzó un grito, acto seguido, una incandescente luz encandiló a Alex, quien tuvo que darse media vuelta y alejarse apresuradamente varios pasos más. “¿Qué quiere hacer ese tipo?”, se interrogaba, asustado por lo que vendría después. Súbitamente, uno de los gruesos árboles que componían la barrera comenzó a incendiarse y rápidamente los demás también. Alex volteó la cabeza y casi sin pensarlo conglomeró alrededor de sus palmas unas enormes bolas de agua y las despidió para que detuvieran el fuego. La muralla quedó hecha troncos chamuscados y débiles los cuales podían ser sobrepasados con facilidad.

– ¡Qué te sucede Rob! ¡Puede que hubieras quemado toda la isla si yo no hubiera estado aquí!

– ¡Pero estabas! –dijo Rob sin mirarlo mientras corría en dirección a la segunda plataforma.

Pablo, que ya había pasado el obstáculo, estaba a unos cuantos metros frente a Alex y lo miraba aprehensivamente.

– ¡Ya lo sé! He perdido, no te preocupes por mí. –le dijo, tratando de contener su enojo por la falta de respeto de Rob.

– Es que… estás triste.

Alex quedó paralizado, ¿con cuanta facilidad podía percatarse Pablo de lo que sentía, siendo que una de las cosas que mejor sabía de sí mismo era que no era muy bueno expresando sus sentimientos? Sin decirle nada, Pablo comenzó a correr hacia la plataforma, sin embargo, Alex sintió como la mirada de su amigo le cosquilleaba su espalda, eso de alguna manera lo reconfortó.

Sin mirar hacia atrás, avanzó por el bosque y llego en unos minutos a la base. Se duchó y se acostó en su camarote, dispuesto a no pensar nada hasta que llegaran los demás… había algo que decir, algo importante.

***

Había terminado todo, el ganador había sido Ben, quien recibió de premio una cinta parda que en realidad dejaba mucho que desear. El muchacho, contento pero cansado, se amarró el pedazo de tela en su frente, haciendo que sus rizos se acomodaran más arriba que de costumbre. Robert estaba en el sofá con la mirada perdida en el techo y una clara insatisfacción por no haber conseguido la victoria, aunque le daba lo mismo el premio, la sensación de ganar en realidad le gustaba bastante. Pablo, estaba en la cocinilla, sirviéndose colmados vasos de agua fresca para calmar su sed. Mirdal estaba arreglando algo en su habitación, iba a volver de inmediato según dijo. Combe seguramente acompañaba a su ama, porque no se le veía en ningún lado. Y Alex, en una esquina de la sala, mirando como oscurecía en el claro a través de la ventana.

– Fue un agradable día, ¿no? –dijo Ben, tocándose el pelo como si tratara de percibir su nueva forma. Rob dio un bufido de reprobación y Pablo estaba atareado con otro vaso.

De pronto Alex sintió como la mirada de su amigo caía sobre él; era el momento.

– Tengo que decirles algo, algo verdaderamente importante, algo que hemos pasado de alto durante…

Pero fue interrumpido por la entrada de Gerlaky y de Combe, que estaba sentado sobre su ancho hombro izquierdo, mirando con fuerza a los muchachos.

– No hay mucho tiempo, chicos –dijo con una intensidad que hizo a Alex encogerse de hombros– ¡Sientense todos por favor! Hay algo que deseo decirles, bueno en realidad, algo que es necesario que sepan.

¿Será esto más importante que lo que tenía que decir Alex? Para él no cabía duda que tenían que escucharlo primero por lo que tomó fuerzas con una bocanada de aire y lazó las siguientes palabras:

– Entrenadora, estaba hablando de algo importante, me ha interrumpido.

Un frío recorrió la habitación y a Combe se le erizaron los pelos de la coronilla, todas las miradas estaban puestas en Alex, menos los de Mirdal que miraban hacia la distancia. Su expresión era severa.
– Ya habrá tiempo para que lo cuentes, ahora, el tiempo para decir lo que tengo que hablarles en realidad ya se está acabando. Así que haz el favor de escuchar atentamente a lo siguiente, Alex. –el muchacho había perdido ya las fuerzas para responderle, ya no quería decir nada, por lo que se sentó y comenzó a escuchar a la disariana con la mayor concentración que le otorgo la frustración que sentía– La cosa es ésta. A ustedes les debo varias explicaciones, muchas, pero lamentablemente yo no soy la adecuada para responderlas, más adelante, cuando madure toda la situación, sabrán hasta más que yo del tema, pero la cosa es otra, hay algo nuevo que tengo que contarles, algo que preocupa demasiado.

<< Se cree que hay una fuerza que en algún momento de la historia entró en conflicto con algo que se desconoce y, producto de lo que nosotros llamamos Roce, parte de esa energía inevitablemente cayó en el mundo material y fue depositándose en el Universo. Extrañamente en la Tierra hay una especial concentración de esa energía materializada y no encuentro nada lógico para indicar por qué se debe ese fenómeno. Según mis estudios y la información que he recibido sabemos que esta energía se aloja en los cuerpos de las personas y viven junto con sus almas. Muchas personas nunca se dan cuenta que viven con eso dentro de ellos, pero hay un reducido grupo que manifiesta extrañas habilidades o comportamientos, y en casos más extraños, la energía se materializa por completo y es capaz de desligarse en momentos de la persona; esas expresiones sobrenaturales son lo que llamamos Orígenes.

<<Tal vez no entiendan muy bien cómo eso puede ser posible, pero creemos que en realidad hay una estrecha relación entre los Orígenes y sus poderes, creemos que vienen de un mismo punto de partida o origen, de ahí su nombre. Bueno, a lo que voy es que los Orígenes pueden representar tanto una ayuda como una amenaza, depende en qué manos se encuentre un objeto perdido hace más o menos un año, el Orbe Trisado. Hay que buscar esa reliquia cueste lo que cueste o mejor dicho hay que devolverla a nuestro poder, puesto que el Orbe Trisado estaba aquí, en esta base, protegido en mi habitación, sin embargo, ocurrieron una serie de sucesos –se detuvo, y tragó un poco de saliva– que terminaron con el Orbe robado. Y ahora no sabemos dónde está.

Mirdal Gerlaky terminó de hablar, posó sus brazos sobre sus rodillas y dio un largo suspiro.

– Pero si sabemos quién lo tiene. –dijo suavemente Combe mientras se baja del hombro de la mujer y se sentaba en la mesa de té mirando a los muchachos– Y sabemos que esa persona en este momento está en la Metrópolis.

Hubo una pausa, Gerlaky se incorporó y caminó hacia su habitación mientras les decía con una voz que extrañamente parecía cansada:

– Mañana saldremos temprano, a las siete más o menos. Vayan a descansar.

Espero qe lo hayan disfrutaaadooooo
Cualquier abucheo, duda, cirtica constrctiva y destrcutiva sera muy bien recibida.

PRÓXIMO CAPÍTULO: [Dos Payasos]
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Miér Mayo 16, 2012 4:52 pm

Me tome mi tiempo en leer los capitulos pero ya los he terminado. El 12 hasta ahora es el que mas me ha gustado, y asumo que el chico con la caracola es de quien se habla al final. Espero que el 13 este pronto porque se esta poniendo cada vez mejor esto. Y definitivamente Alex y Pablo son mis favoritos Very Happy

La unica critica que te dare es con respecto a los dialogos de Mirdal: me da una sensacion como que deberian ser mas formales o algo... no se como explicarlo, me parece como si hablara igual que los chicos en algunos momentos y su personaje no me transmite enteramente la posibilidad de que asi sea. No se si me explico.

P.D: perdon por la falta de tildes, recientemente me ha desaparecido la barra de idiomas y no puedo volver a setearla en espaniol.
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Sáb Mayo 19, 2012 8:41 pm

hola a todos!

Antes de publicar el nuevo cap te respondo manto, Tienes razón veré en cuanto pueda los dialogos de Mirdal, pero debo decir que en ese personaje me ha costado mucho determinar su personalidad y todo entonces, esa sensacion que tienes se debe a mi problema de no asentar bien ese personaje, sin embargo espero que con el tiempo maneje bien el tema

Bueno, y ahora el siguiente capítulo!!!!!

Capítulo 13 - Dos payasos

Primera parte
Spoiler:
“ Rien y lloran… juntos… no hay escapatoria ”
– ¿Cómo iremos a la Metrópolis, Gerlaky? –le preguntó Ben a su entrenadora, era el primero que ya estaba listo para salir, los otros tres estaban o cepillándose los dientes o poniéndose ropa.

– Ya te darás cuenta, pero no es en nave ni en barco. –contestó en el umbral de la puerta principal, mirando hacia el claro y dándole la espalda a su pupilo.

Tan pronto como apareció Combe, todos se pusieron las mochilas y partieron hacia el acantilado de la playa. Al llegar, la entrenadora sacó de su bolso una piedra, que aparentemente venia de una construcción mayor, puesto que tenia grabados unos extraños símbolos en una lisa cara.

– Esto es lo que yo llamo una piedra trasladora –comentó Mirdal con una ligera sonrisa– Nos va a llevar a cualquier parte, solo hay que imaginarse el lugar muy bien para que nos deje ahí. –los muchachos miraron un tanto atónitos la roca color crema; no dudaron de su autenticidad, en realidad no se molestaron en comprobar si eso era posible o no, puesto que bastaba con los poderes que poseían demostrar que cosas así si existen. La entrenadora continuó: – Entonces, hay que ponernos de acuerdo a qué lugar vamos a aterrizar. Tiene que ser un sitio que todos conozcamos, que te cuenten el lugar en realidad no es lo suficientemente fuerte para que la piedra te trasnporte. ¿Sugerencias…?

– Eh… ¿Sirve si lo hemos visto por televisión? –preguntó Pablo.

– Me imagino que sí. –contesto Mirdal.

– ¿Qué sucede si el pensamiento no es suficientemente fuerte? –inquirió Rob, un tanto preocupado. A lo que Combe dijo:

– Pueden suceder dos cosas; que tu cuerpo no se traslade por completo por lo que tendrás partes tuyas en el lugar que estás pensando, en el lugar que estas pisando y en el vacio por el cual viajaremos; y lo otro es que no suceda nada y te quedes ahí parado tocando la roca viendo como los demás desaparecen.

Inquietos ante tales palabras los muchachos comenzaron a buscar un lugar lo bastante conocido. A Alex se le ocurrió el Ministerio, pero Mirdal y Combe se negaron rotundamente, puesto que era arriesgado aparecerse así como así en dependencias gubernamentales donde la custodia en firme y un tanto inflexible. De pronto a Ben se le ilumina la mente y dice haciendo un chasquido con los dedos:
– ¡Colorland, el parque de diversiones más grande del mundo! Quién nunca ha tenido el sueño de ir a ese lugar, en la televisión siempre dan ese comercial de la musiquita pegadiza. Tu dum, tu daaam, ven a divertirte a Colorland, ti ti ti ti , donde…

– ¡Inventamos los colores! –cantaron animosos los cuatro jóvenes.

– Pues es bastante conocido, bien pensado Ben. ¿Combe lo conoces? –a lo que el mamífero asintió con la cabeza con energía– Pues, es hora ya de partir, el sol está recién saliendo por lo que el parque estará cerrado, perfecto para que nadie nos vea, ahora, quiero que comienzen a pensar en el lugar, frente a la entrada del Rompetarros, pero no dejen en ningún momento de pensar en eso ¿ya? Y a la cuenta de tres, toquen la piedra. ¡Uno! ¡Dos! ¡¡Tres!!

Los seis tocaron la piedra y de inmediato los símbolos comenzaron a brillar, mientras que el acantilado en el que estaban comenzaba a mezclarse con el mar y el bosque, tal como una pintura fresca que se coloca de lado, los colores se mezclaban y se difuminaban. A los pocos segundos el paisaje era una corriente de luces y formas alargadas, y de pronto, el vértigo los embargo. Era como si calleran en caída libre, pero con un suelo firme y distorsionado. Una verdadera licuadora.

Se detuvo la velocidad y la mezcla comenzó a detenerse, los colores se asentaban en lugares definidos y lentamente aparecieron las banderas de colores chillantes, los famosos faroles curvados, las pintosas fachadas de las entradas a las atracciones, las tiendas melódicas que a esas horas estaban cerradas, los tubos metálicos pulidos y coloreados por infantes que soportaban a carros, a barcos y a animales, cada uno como sacado de un jardín infantil.

Club Ned estaba absorto, por un lado por el extraño y veloz viaje, y por otro lado por encontrarse en ese paraíso que desde pequeños los había maravillado.

Pero algo iba mal, estaban todos completos, sin embargo, no estaban juntos.

– ¡Les dije que era en la entrada del Rompetarros! –les regañó Mirdal luego de encontrarlos tras tres cuartos de hora de búsqueda.

– Lo sentimos. –dijeron en un susurro, cabizbajos.

– No tienes por qué ser tan ruda, Mirdal, es primera vez que utilizan la piedra trasladora. –acotó con amabilidad Combe.

– Bueno, bueno. –decía Mirdal– Como saben nuestra misión es encontrar el Orbe Trisado. Antes de darle cualquier indicación tengo que ir a hacer una cosa, volveré antes del mediodía. Pero no se preocupen, les daré estos comunicadores… Combe, si fueras tan amable –y el animalito sacó del a mochila de su dueña cuatro pequeños teléfonos celulares y se los fue entregando a la vez que les decía “no los pierdan, no los pierdan”. Una vez repartidos, Gerlaky continuó:– Los llamaré cuando me desocupe, mientras pueden estar por aquí, esperar a que abra el parque y disfrutar un poco con el dinero que les entregué en la mañana, no se vayan muy lejos puesto que nos reuniremos a la salida principal de Colorland. Entonces… recuerden, no me llamen, a no ser que sea algo extraordinariamente importante, como si ven un origen.

– Los orígenes son criaturas que pueden variar de forma, ser parecidos a animales o tener una apariencia inanimada, por si acaso, pero su brillo blanco es distintivo de ellos. –acotó Combe, seguro de lo que decía a la vez que miraba de reojo a su dueña.

– Gracias por la información, Combe. –dijo un poco molesta por haberla interrumpido– ¡Ahora, adiós! Nos vemos en unas cuantas horas.

Alex se adelantó un poco y le preguntó a la entrenadora por lo bajo si podía hacerle unas preguntas a lo que ella accedió, Combe se bajó del hombro de Mirdal, y juntos se apartaron un poco del grupo.

– Es que, tengo que contarle dos cosas entrenadora. Primero, no sé si ya se habrá enterado o ya lo sabía desde antes pero nosotros pertenecemos a una organización, pertenecemos a Club Ned y tenemos una misión que se nos dio antes de que sucediera una terrible desgracia.

– Estoy al tanto de todo eso. –dijo la mujer con una ligera sonrisa que le entregó seguridad al muchacho.

– Pero es que todo esto, lo del orbe y los orígenes, nuestros poderes, están haciendo que nos desviemos de esa misión. Yo no me he desligado de Club Ned, ni lo haré, es muy fuerte el vínculo que me ata y por eso es que no puedo dejar de pensar que estamos dejando de lado algo tan importante como es buscar a Ned Volkinez.

Gerlaky miró hacia una colorida bandera que ondeaba lentamente.

– Hasta ahora no es mucho lo que podemos hacer salvo ir a preguntar al Departamento de búsqueda y rescate. Afortunadamente tengo que ir para allá así que preguntaré por su líder, no te preocupes.

Alex no estaba del todo conforme, pero al recibir una cariñosa agitada de pelo miró a los ojos obscuros de la disariana y esta, dedicándole una mayor sonrisa le dijo:

– Y, ¿qué es lo otro?

– Pues, el otro día, encontré una carta pidiendo ayuda de unas personas, estaban en un planeta, eh, parece que se llamaba Phartor… y bueno, no sé qué pensar sobre eso, pero siento algo al acordarme de la carta.

Gerlaky frunció el entrecejo.

– ¿Estaban escritos sus nombres?

– Sí, pero no me puedo acordar de ellos, sólo que eran hermanos.

– Mmh, curioso, pero bueno Alex, hay que priorizar las cosas, ¿no crees? –Gerlaky se miró su reloj de muñeca y se dio media vuelta para decirle a su mascota:– ¡Se nos hace tarde, Combe! Las filas que se forman en el departamento de búsqueda y rescate son largas.

– ¡Andando! –dijo el animal saltando de vuelta al hombro de la mujer, que se revisaba los bolsillos buscando algo.

– ¿Quién tiene la piedra trasladora?

A lo que Pablo saltó diciendo:

– Yo lo tengo, entrenadora, lo siento.

Ella se rió y al poseer la piedra de vuelta se preparó para marcharse.

– Eso indica que tu pensamiento de querer venir acá era más fuerte que el de cualquiera de nosotros, Pablo. –y desapareció sonriendo.

Solos, sin nada concreto por hacer, se encontraron rodeados por el increíble centro de atracciones. Con una mirada suspicaz conocieron de inmediato las ansias de sí mismos y de los demás de recorrer con libertad todo el lugar. Pablo era el más emocionado, hasta se había sacado su querida bufanda anaranjada para poder mover con mayor desenvoltura su cabeza. Las formas, los colores, los reflejos del sol inundaban sus pupilas. Era prácticamente hermoso.

Y así estuvieron dos horas recorriendo cada rincón, absorbiendo hasta el más desapercibido adorno.

– ¡Ya quiero que abran! –expresó Pablo con un brillo en sus ojos– Quiero subirme a alguna atracción.

– Abren a las diez, según un letrero que vi por ahí y van a ser recién las ocho. –aclaró Robert.

Tenían un poco de hambre así que acordaron salir del parque de atracciones para ir a buscar comida en alguna tienda que ya debería estar abierta para volver a la hora de apertura.

Justo cuando abandonaron el recinto por el desértico y magnífico acceso principal, a decenas de edificios de distancia, en un departamento de soltero poco amueblado y en un sector no muy decente sonó el estridente pitido de un despertador. Eran las ocho y cuarto.

Un hombre joven, de un desordenado pelo castaño oscuro, de tez color mate y unos ojos enfermizos, se levantó y apagó el despertador con desgano. Con una cara sacada de una película de zombies fue al pequeño baño para lavarse la cara y los dientes. Tomó un desayuno poco contundente por pereza y antes de salir a su trabajo, asió un bolso que descansaba en una deslucida y solitaria silla de la entrada.

Su nombre es Eric Alterros y su trabajo, ser payaso en Colorland. Se subió al veloztren y en veinte minutos llegó a su destino. Como siempre dio un saludos al portero, uno de los pocos amigos que tenía y que acababa de llegar. Le dijo que abrieron otro puesto para payaso y ya había un interesado, no le importó. Luego fue a los vestidores para maquillarse como payaso; cuando recién había obtenido una mujer solía hacerlo, pero ya a los meses dominó la técnica con solo observarla hacer su labor y ahora él solo ponía color a sus mejillas, labios y ojos. Con la peluca puesta y el traje amarillos chillos a rayas de una pieza, recibió las indicaciones de su jefe, que vestía un frac ajustado y un exagerado gorro de copa rojo. Lo mismo de siempre, quedarse cerca de “el túnel del diamante” y jugar con los niños, o hacer como lo hacía e inflar globos y moldearlos con formas exóticas.

Para él todas las personas eran iguales, hombres, mujeres y niños, salvo una que otra atractiva mujer que se paseara con ropas livianas, sin embargo, aborrecía sus sonrisas, sus miradas, sus palabras. A pesar de trabajar rodeado de colores vivos y fascinantes Eric solo sabía el rojo, el amarillo y el azul, todo lo demás es más de lo mismo. Nunca se preguntó por qué veía el mundo así, quizás por sus relaciones nefastas con las personas, su infancia olvidada a la fuerza. En realidad no quería averiguarlo, no le interesaba.

Tampoco no quería saber por qué desde hace medio año le seguía una criatura no humana.

Mientras estaba en el lugar de siempre, haciendo lo mismo una y otra vez, en el tejado de una tienda de recuerdos se encontraba ese ser que lo miraba sin parar. Era del porte de un preadolescente y muy parecido a un peluche; cabeza redonda, ojos como botones, extremidades sin dedos, un par de orejas largas de conejo que le llegaban hasta el suelo cuando se ponía en su habitual posición agachada, la boca era una línea entreabierta cocida con un hilo negro formando cruces a lo largo. Un día se decidió a ponerle un nombre, se decidió por Krip, le causaba un poco de gracia ese nombre. Pero, más allá de su extraña forma, dos cosas le llamaban más la atención sobre su compañero, sólo él podía verlo y la emisión de un brillo blanco, semejante a un aura. Hubo momentos, la mayoría en su hogar, en que quiso tocarlo, pero se escabullía y mantenía una fría distancia.

– Te quedaste mirando otra vez el techo de la tienda, Eric. –le dijo suavemente su compañera, también vestida de payaso– Hay una niña que quiere un globo, anda.

– Eh, lo siento.

Siempre, todo era igual. Muy en el fondo quería que sucediera algo extraordinario, algo que no fuera simplemente alucinar con un ser al que no podía tocar ni hablar.
Segunda Parte
Spoiler:


***

– ¿Cómo estuvo tu comida hecha de oro? –preguntó Rob con un aire meloso.

– Muy buena; no comería esas cochinadas ni aunque me pagaran. –contestó, con una sonrisa.

– ¡Ay si! Soy Benjamin Beshood y nací en cuna de oro. –se mofó Rob, a lo que los demás, incluido el aludido, rieron de buena manera.

Los cuatro amigos acaban de pagar la entrada a Colorland luego de hacer una fila medianamente larga y caminaban hacia algún lugar.

– ¿Cuál prefieren “Fiesta salvaje” o “El túnel del diamante”? Ambos parecen ser extremos. –preguntó Alex leyendo un folleto.

Decidieron ir primero al túnel del diamante puesto que era mucho más extremo y tenía mejor puntuación. Al llegar se encontraron con varias personas que disfrutaban de un show de magia en un escenario cercano al acceso a la fila para la atracción. Se quedaron unos minutos viendo como el mago hacía desaparecer una serie de objetos hasta que de pronto algo les perturbó la mirada.

– Brillo blanco. –susurró Ben.

– Un… origen. –dijo Pablo– Hay que llamar a Gerlaky ahora.

Rápidamente Alex agarró su celular y en la lista de contactos encontró el de su entrenadora con facilidad puesto que era el único.

¿Qué sucede?

– Encontramos un Origen, está sobre el armazón de un escenario.

¿Están seguros?

– Totalmente, entrenadora. . . Despide un tenue brillo blanco.

¿Y qué está haciendo?

– Aparentemente nada. Creo que está observando a una persona vestida de payaso.

Mhh… No lo pierdan de vista, llegaré dentro de una hora más, no lo asusten ni tampoco hagan nada indebido con sus poderes ¿entendido?

– Ok. –finalizó Alex.

Comenzaron a avanzar entre la multitud y llegaron hasta el borde del escenario, el origen seguía arriba, cerca de los focos, mirando fijamente al payaso hombre que en una esquina aplaudía y alentaba los trucos del mago.

– Para finalizar, necesito la presencia de alguien del público, por favor asistente –dijo de pronto el hechicero– elija a alguno de los presentes. –la bella mujer que acompaña a todo mago comenzó a caminar por el escenario de lado a lado y súbitamente, al pasar frente a los muchachos, estiró su mano, agarro a Rob de su polera y lo tiró hacia ella.

Sorprendidos, Alex, Ben y Pablo, se rieron por la cara de su amigo, que se había puesto roja y una sonrisa mal hecha marcaba su rostro.

– ¿Cómo te llamas amigo? –le preguntó el mago apuntando con su varita la nariz del muchacho.
– Robert. –con un hilo de voz.

– Pues te vez un poco tenso, amigos payasos vengan a hacerle un baile para que no siga tan apretado. –dijo, echándose para atrás con su asistente para dejar espacio a los dos payasos que se le acercaron dando saltitos e inflando globos alargados.

Los presentes se rieron de los payasos y de la cara del invitado, pero ninguna risa se comparaba con la de los tres amigos, que hacían lo posible para que no salieran lágrimas de sus ojos por la dicha.

– ¡Esto es más gracioso que cuando lo encontramos en el baño!

Los payasos hicieron una corona, un collar y una espada con los globos que iban colocándoselos a Rob mientras daban vueltas a su alrededor. De pronto, se sintió un ruido seco, el origen con forma de conejo saltó dentro de la plataforma y miraba extrañado a Rob. Eric justo había dejado de dar vueltas y vio como Krip se acercaba lentamente al muchacho, el cual le devolvía una mirada entre asustada y desafiante. Abajo, los otros tres eran los únicos que entendían la escena y no sabían que esperar.

Eric contuvo su nerviosismo y se puso entre los dos. El mago volvía a hablar, pero Rob ni Eric le prestaban atención. “Detente Krip, no avances más, es una persona.” Decía mentalmente Eric a su origen, esperando que por primera vez éste le hiciera caso. Luego de unos segundos, el origen detuvo su lento andar y volvió a la altura, dedicándole de nuevo la atención a Eric. El joven payaso dio un suspiro.

Robert se relajó y se dispuso a realizar el acto de magia que era bastante sencillo: el mago le adivinó cinco cartas de cinco mazos distintos. Entre los aplausos de los presentes, el muchacho se bajó y al encuentro le salieron sus amigos.

– ¿Qué fue esa reacción?

– Ni idea, sólo puedo decir que me asusté un poco.

– Si lo notamos; ahora, ¿entramos al túnel del diamante?

– No podemos entrar Pablo, recuerda lo que nos dijo Gerlaky.

– Yo creo que fue porque el origen se dio cuenta que lo podíamos ver, escuche decir a Combe en la madrugada que las personas normales no pueden notarlos.

Y se quedaron a unos metros del escenario, el payaso joven venía bajando.

– El debe ser su portador. –dijo Rob– sentí como si él también pudiese verlo.

– Este… disculpa, puedo hablar contigo un poco. –era Eric, quería hablar con Rob sobre lo sucedido.

– Nosotros también queremos hacerte unas preguntas. –dijo Rob mirando sobre la copa de un árbol la nueva ubicación del origen.

Fueron hacia un lugar menos poblado, cerca de una gran pileta con forma de delfines.

– Me llamo Eric Alterros y seré breve, ¿tú puedes ver eso? –y apuntó hacia el lugar donde se había desplazado el ente brillante: el techo de una casa de golosinas.

– Nosotros cuatro. –le contestó Rob. Cada uno se presentó, había que ser amable con el portador de un origen, claro.

– Pues, pues… me he quedado sin palabras. Siempre pensé que era el único que podía ver a Krip.

Le sonrieron.

– Se llaman orígenes. –dijo Pablo mirando a la criatura.

– ¿Orígenes? –replicó Eric abriendo los ojos.

– Así es, son criaturas elementales que…

Pero Pablo se detuvo en su explicación puesto que Eric ya no los miraba, estaba observando fijo hacia el frente. Dándose media vuelta vieron lo que él veía: había una persona vestida de punki, con el pelo verde fosforescente que parado al otro lado de la pileta también los miraba. Eric quedó petrificado, pero su corazón casi se ataca cuando ve aparecer en la cima de un delfín, a una criatura idéntica a Krip, pero oscuro y con una actitud desafiante y altanera, casi demoniaca.

– No puede ser…

El origen de Eric rápidamente se bajó del tejado y corrió con sus cuatro extremidades hacia su idéntico negativo, pero este, ante un chiflido del extraño punki dio un ágil salto y corrió junto a su amo. Comenzó una persecución, delante iba Krip y atrás los cinco jóvenes.

– ¿Qué está sucediendo? –preguntaba con desesperación Alex, pero no tuvo respuesta del portador.

Doblaron a la izquierda, saltaron una pequeña valla, cruzaron un jardín desierto, pasaron alrededor de un cartel clavado en la tierra que decía: “no pasar, sector próximamente a derrumbar, pronto tendremos una nueva atracción. Disculpe las molestias.” y a unos cuantos metros más, apareció una especie de galpón abandonado, cuya puerta estaba derribada y las cintas de peligro estaban cortadas.

Al entrar, vieron como el origen se lanzaba en picada contra su oscura imagen que lo esperaba delante de su amo. Al momento de contacto ambos saltaron, como dos fieras, y con dieron con patadas, golpes y orejazos comenzaban a pelear ascendiendo hasta llegar bien cerca del maltrecho techo de zinc. Rápidamente, Club Ned se dio cuenta que el origen de Eric era más débil que su par oscuro, eso los inquietó, pero no sabían si atacar o no. Gerlaky les había dicho que sean discretos.

Eric, parado unos pasos más adelante, miraba fijamente al punki, se sacó la peluca y trató de quitarse el maquillaje de su cara puesto que el sudor lo estaba estropeando, dejando ver un poco más cómo era su rostro. Miró hacia atrás para comprobar la presencia de los cuatro muchachos, no encontró el alivio que buscaba, sin embargo, ellos se dieron cuenta de una verdad que los recorrió como un escalofrío.

– Son idénticos. –dijo Rob por lo bajo.

Eric avanzó más, escuchaba adolorido como resonaban los golpes de los que arriba peleaban… “¿¡Qué mierda está sucediendo!?”

Se quedaron mirando fijamente, intruseándose las facciones en busca de algo que los diferenciara aparte del cabello.

– Con que estás trabajando como payaso, ¿eh? –dijo el gemelo de Eric.

– Tú… cómo mierda tengo un hermano.

– Así es. Tú no me conoces, pero yo te he buscado durante mucho tiempo, siete meses para ser precisos.

– ¿Por qué… por qué eso ataca a Krip?

– ¿Krip? ¿Le has puesto nombre? –y lanzó una estruendosa risotada– No pensé que mi hermano gemelo perdido sea tan gracioso. ¡Jajaja! Por eso te contrataron como payaso.

A Eric no le hizo nada de gracia, sin embargo, trataba de mantener la calma.

– Dime por qué haces todo esto.

– Porque es necesario hermano, estamos destinados a pelear juntos… de por vida.

– ¿Qué carajo estás hablando?

– Por algo nos separaron, ¿sabes? Seremos gemelos, pero somos tan distintos como el día y la noche.

– Yo no te veo como mi hermano, estoy seguro que eres tan irreal como Krip.

El gemelo se rió con ganas.

– Basta de bromas y escucha. –decía el de pelo verde mientras caminaba a paso lento hacia su hermano gemelo– Nuestros padres nos separaron porque conocían algo de lo que ahora vez sobre nuestras cabezas, entendían un poco del poder que recibimos al momento de nuestro nacimiento y entendían que nuestros poderes no eran compatibles puesto que siempre estaban en busca de la lucha y el conflicto, criar a personas como nosotros iba a ser desastroso. Tú te quedaste con mi padre y yo me quedé con mi madre, ella me reveló todo y me llevó donde alguien más experto en el tema y transformó mi origen en algo más poderoso para cumplir con la voluntad de mi ex origen que es pelear contra el tuyo, hermano perdido, me era imposible estar ajeno a eso. –se detuvo a un par de pasos de Eric– ¿Respóndeme una cosa? ¿Hace siete meses empezaste a ver a tu origen, cierto? –no recibió una respuesta, pero era verdad– Eso fue porque el mío se transformó y el tuyo reaccionó ante eso saliendo de tu cuerpo, sentía que su enemigo se hacía más fuerte por lo que se preparó para que apareciera a su encuentro. –Dio dos pasos más y quedó con su cara tan cerca de la de Eric que sus narices análogas casi se tocan– Ahora prepárate a pelear, hermano.

Lanzo un golpe directo en el estómago de Eric que lo hizo retroceder de dolor con los brazos en su abdomen, botando sangre por la boca. Los muchachos ante ese movimiento les urgió detenerlos; corrieron para evitar que otra vez arremetiera contra Eric, pero el ser de éste se percató de sus acciones y empujó al origen para disparar desde su boca un rayo ambarino que impactó delante de los muchachos haciéndoles desistir. El ente oscuro no iba a dejar que se entrometieran en la disputa de los hermanos y cuando otra vez Club Ned perseguía detener la pelea, éste volvía a hacer el mismo movimiento.

Esto era un problema de hermanos.

Eric recibió una patada y luego un golpe en un brazo. Afortunadamente el segundo golpe lo pudo detener agarrando por la muñeca a su hermano gemelo.

– Dime tu nombre. –le inquirió, furioso.

– Erian, Erian Alterros.

Y se soltó, dio un paso atrás y golpeo de nuevo con una patada. Eric la esquivó y utilizando todo lo que tenía a mano trató de defenderse. Nunca había peleado ni tampoco sabía cómo hacerlo. Trozos de techo, sillas oxidadas, maceteros quebrados volaban hacia Erian.

Club Ned no sabía qué hacer, estaban entre la espada y la pared. Mirdal les había dicho que no hicieran nada imprudente, sin embargo debían detener la pelea de algún modo. Con decisión y dispersándose por el galpón fueron a ayudar a Eric. Robert lanzó una estrella destellante que despistó por un instante al enemigo y les permitió llegar hasta el payaso y separarlo de su malvado gemelo.
– ¿Quiénes son ustedes?

– Club Ned. –contestó Ben, con orgullo.

Eric estaba mal herido, el primer golpe había sido muy potente, le costaba respirar bien. Aprovecharon para llamar a la entrenadora en el momento en que Erian no arremetía y arriba el origen hacía todo lo posible para que el ente no atacara a los muchachos.

– ¡Mierda! Me cortó. –dijo Alex.

– ¿Por qué estás haciendo todo esto? –preguntó Pablo con energía al punki.

Erian soltó un chasquido.

– Es la voluntad de mi ex origen.

– ¿Qué ya no es tu origen? –Pablo trataba de llegar al fondo de todo esto.

– Estás confundido amigo, él no es un origen ahora, pero sigue siendo mío. –dicho esto comenzó a buscar a su hermano, cuando sus miradas se cruzaron le dijo:– Eric, yo también fui payaso alguna vez. Hace un año trabajé en la calle con un grupo de artistas ambulantes luego de irme de la casa de mi mamá. Sufrí hambre y pase frío, fueron tiempos difíciles, pero un día toqué fondo y me marché del grupo, quemé mi disfraz y decidí volver a casa. Ahí mi mamá estaba esperándome, agónica por una extraña enfermedad mortal, se encontraba sola, estuvo sola todo el tiempo que la abandoné; traté de ayudarla, pero ella se resistía. Sabía que iba a morir luego por lo que me reveló lo de tu existencia y el por qué de nuestra separación. A los días murió, lo último que me dijo fue que fuera con el señor Terrez. Lloré, día y noche, hasta que de pronto mi origen se desligó. Me empezó a hablar y lentamente mi tristeza se fue yendo, me dijo cuál era su propósito en este mundo y era pelear contra su hermano gemelo que yacía dentro de ti. Fui donde el señor Terrez y transformó a mi origen en lo que él llamaba un Quebrado, sus habilidades crecieron, era poderoso. Estaba feliz, porque en ese nuevo estado podía vencer con facilidad a su hermano. Inicié mi búsqueda y logré dar contigo siete meses después por casualidad, cuando vine a la entrevista de trabajo como payaso, vi tu nombre en una pared junto a tu fotografía. Es curiosa la vida, ambos terminamos en el mismo puesto de trabajo.

Eric estaba paralizado, el dolor lo embargaba e incluso sentía que su cuerpo no le respondía normalmente. El tipo que mencionó el portero era su hermano… su hermano; maldito destino.

De súbito se escuchó un fuerte golpe arriba y Krip cayó en los pies de su dueño, todo herido y magullado. El portador reuniendo fuerzas se acercó al cuerpo y lo abrazó, por primera vez lo tocaba, era una sensación placentera, porque de su liviano cuerpo emanaba un tenue calor asociado a la luz blanca. Una lágrima le resbaló por la mejilla, no quería perder a ese extraño ser que lo había acompañado en su amarga soledad.

– No me dejes solo. –sollozaba.

Y una debilitada voz mística salió de la boca cocida de origen.

– Me convertí en origen para protegerte de mi hermano. –un líquido brilloso brotó de uno de sus botones que hacía de ojo.

El quebrado descendió lentamente con su cara su sombría diabólica. Se paró a un lado de Erian y se le acercó a su oreja para decirle con una voz grave y escalofriante:

– Quiero matar… a todos.

Erian accedió con un ligero movimiento de la cabeza. Al instante siguiente el quebrado se abalanzó contra los cuatro muchachos. Era un oponente rudo, de movimientos amplios y poderosos. Ya no quedaba otra opción que ocupar sus poderes, era cuestión de vida o muerte. El punki aprovechó para acercarse de nuevo a su hermano. Al llegar a su lado sintió el gruñido del origen, no le importó.

– Te vez tan patético así, hermano.

– Por qué… ¡POR QUE! –le gritó Eric con sus pupilas hechas dos resplandecientes lagos de lágrimas.

De pronto una mancha color mostaza cruzó a toda velocidad el galpón e impactó contra el quebrado lanzándolo lejos. Era Combe. Y más allá, en el umbral, la alta y robusta figura de Mirdal Gerlaky se dibujaba. Los muchachos se alegran de la llegada de su entrenadora y se dispusieron a sacar a Erian del lado de Eric, pero el quebrado saltó desde los escombros, furioso, formando una gigantesca bola de energía en su boca cocida. Combe se apresuró y golpeó al hostil, en unos segundos lo inmovilizó haciendo peso con su cuerpo y tapándole la boca con su cola de mandril. Pasado esto la voz de Gerlaky retumbó en el galpón:

– Son los orígenes de la discordia, los orígenes de la pelea y el rencor entre dos bandos. Se dice que uno de ellos matará al otro, pero…

– ¿Cuál será el vencedor? –interrumpió Erian con una macabra sonrisa.

Gerlaky quedó impactada. “¡¿Cómo es que sabe esa frase?!”

PRÓXIMO CAPÍTULO: [El Orbe y el Traidor]
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Dom Mayo 20, 2012 6:05 pm

Cada vez se pone más copado. Me imaginaba a los orígenes de distinta manera, más comunes. Pero según entiendo hay uno de cada uno (elemento)? O sea, como estos dos orígenes de la discordia no va a haber otros. Y calculo que así con cada uno que vaya a aparecer :O Está copado, los hace mucho más especiales Very Happy

Que pena que no pudieron ir a las atracciones xP

Así que me ire yendo a encerrarme en la heladera con el afán de estar fresco para el próximo capítulo Very Happy
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Miér Jul 04, 2012 11:01 pm

Hola!! He vuelto luego de un tiempo desaparecido pero ya traigo un nuevo capitulo!

Espero que sea de su agrado (Ojala que Manto no se haya congelado dentro de la heladera)


Capítulo 14 - El Orbe y el Traidor

Primera parte
Spoiler:
“ Las errores del pasado inevitablemente repercuten en el presente. ”
Un grito desgarrador estremeció todo el galpón. Gerlaky se acercó dando rápidas zancadas hacia el lugar donde estaban los jóvenes que rodeaban el rendido cuerpo agónico de dolor de Erian. Se retorcía y chillaba, con su mano izquierda se trataba de sacar la chaqueta mientras que con la derecha tanteaba con desesperación el sucio suelo en busca de apoyo.

– ¡¡¡¡El pechooo… dueeeleeee!!!!

Sus chillidos desesperaron a todos, Eric sosteniendo a su origen, miraba con pavor como un vapor salía del pecho de su hermano y la tela de la oscura chaqueta comenzaba a chamuscarse. Al mismo tiempo Combe hizo un chasquido alejándose del quebrado que tenia aprisionado puesto que éste había cambiado su oscura apariencia y su tamaño. Empezó a inflarse y a tornarse rojizo, adquirió una fornida musculatura y un porte de aproximadamente dos metros. Combe inevitablemente tenía que retroceder.

– El quebrado esta absorbiendo la energía de su dueño para volverse más fuerte. –dijo Mirdal, agachándose y poniendo las manos sobre el ardiente pecho de Erian. Un brillo azulado salió de sus palmas– El pecho es el lugar donde se encuentra la cadena que une el alma del humano y del origen –y se detuvo la quemadura dejando la piel expuesta con una fea cicatriz. La cara del punki todavía denotaba el dolor que sentía– He sellado ese acceso por un tiempo. Te seguirá doliendo, pero no tanto como antes.

Se desata nuevamente la lucha entra Combe y el monstruo. Era extraño ver como peleaba una pequeña criatura contra una de mucho mayor tamaño. Era claro que el quebrado se había hecho más fuerte, a Combe se le dificultaba más acertar golpes, la batalla se hizo más complicada. Ante esta adversidad los cuatro muchachos solicitaron entrar a luchar para ayudar al animal, pero su entradora se los negó diciendo:

– No se preocupen tanto, Combe tiene un as bajo la manga.

Un sonido vibrante acompañado de un destello ambarino alertó a los presentes que al ver lo que sucedió ahogaron un grito. Combe salía despedido por el impacto de un potente rayo, arrastrándose por el suelo varios metros. El quebrado, con sus ojos endiablados, desorbitados de ira, gritaba vibrante “¡Mataré, mataré a todos!”.

– ¡¡Combe!! … ¡Gelraky, tienes que dejarnos ir! –pedía desesperado Alex, sintiéndose impotente de ser un simple observador siendo que poseía el poder para hacerle frente.

Mirdal no contestó, seguía mirando con un ligero aire de suficiencia.

Justo cuando Alex se preparaba para entrar sin importarle lo que dijera la mujer, sucedió algo en Combe que lo sorprendió. El animal se levantó de su sitio y cerró los ojos, como si estuviera esperando el ataque final del enemigo que se aproximaba a grandes pasos; sin embargo, mientras todos esperaban lo peor, el cuerpo de Combe comenzó a brillar, su pelaje marrón se desprendía de su cuerpo como cenizas de papel elevándose en el aire revelando un cuerpo lizo y blanco que poco a poco iba aumentando de tamaño… y un aura alba comenzó a rodearlo. Al abrir los ojos de nuevo, de un amarillo oro, ya era del tamaño de su adversario. “Así que este es el as bajo la manga que decía Gerlaky.”

– ¿Combe es un… origen? –preguntó Ben, tanto más perplejo que los demás.

– Así es. –contestó cruzando sus brazos por sobre sus pechos– Tiene la habilidad de hipnotizar con el contacto visual y hacer ver cosas que no son realidad. El cuerpo de ese animal normal era una simple ilusión, no le gusta que lo vean en su forma de origen. –se detuvo y miró con decisión a sus pupilos– Pero basta de hablar, hay que planear algo para detener al quebrado.

– ¿Qué haremos? –preguntó Pablo mientras que los sonidos de potentes golpes sonaban.

– Estos orígenes son de la discordia mutua –pensaba en voz alta la entrenadora–, por lo que la única forma de terminar con todo esto es que uno de los dos sea victorioso de la batalla.

– Pero el origen ya esta derrotado. –acotó Rob.

– Al parecer no, –interrumpió con debilidad Eric con su origen acurrucado en sus brazos– siento un poco de su energía. ¿No es cierto Krip? –y miró a su acompañante con tristeza, esperando su respuesta.

– Todavía me quedan fuerzas, aunque no creo que le gane. Me sacrificaré si es necesario. –dijo el origen con dificultad.

De la boca de Eric solo salió un débil “Krip” inaudible para el resto de los presentes. La conexión entre estas dos almas era tremendamente poderosa.

– El que debe ser derrotado debe ser el quebrado. –sentenció Mirdal Gerlaky mirando con el ceño fruncido la pelea.

Alex observaba a los dos hermanos gemelos y al origen, apesadumbrado. Y de pronto le vino una idea.

– Gerlaky, por favor has que Combe me utilice a mí como señuelo. ¡Has que Combe haga creer al quebrado que yo soy el origen contra el que debe pelear!

– Alex…

– ¡Por favor! ¡Estoy harto de mirar y de no hacer nada, esto se supone que es un entrenamiento! ¡Tengo fe en que lo derrotaré!

Algo, quizás un brillo en sus ojos, un aliento de valentía o una forma en su hablar, convencieron a Mirdal de mandar al muchacho en tan atrevido acto.

– Alex, espera…

– ¡Si llego a ser derrotado, que me reemplace otro! ¡Así tendremos más chance de ganar!

Y sin esperar respuesta de la entrenadora, mirando antes rápidamente la cara de aceptación de sus amigos, diose media vuelta y se sacó la polera de un tirón. Sentía la adrenalina recurriendo su cuerpo y cómo su corazón empezaba a acelerarse dentro de su pecho. Comenzó a correr en dirección al enemigo, seguro de sí mismo, seguro de su poder.

– ¡Combe, ya oíste a Alex! ¡Hazlo! –gritó Mirdal.

Combe dio un salto hacia atrás y con un resplandor rojizo en el borde de su iris, engañó el ojo de su adversario: el joven sin polera que corría ahora era una especie de conejo bípedo, blanco con un aura intensa. El quebrado desvió totalmente la mirada hacia su nuevo objetivo; ni se percató del cambio.
“Cayó en la trampa”, pensó Alex, con una mueca de victoria.

Primer impacto. Mal calculado. Alex no supo adivinar la fuerza del tremendo puño que venía y su defensa no fue lo suficientemente poderosa. Salió despedido con energía varios metros. Trató de incorporarse, pero el quebrado volvía a arremeter con la mirada furibunda fija en él mientras de su boca cocida salían las trágicas palabras de un asesino.

Logró esquivar un puñetazo y aprovechó la recuperación del quebrado para propinarle una patada en su torso; efectivo, pero no suficiente. Intentó de nuevo golpearlo, pero fue prevenido y otra vez salió despedido. Esta vez con una fuerza tal que atravesó la pared metálica del galpón y dio hacia el exterior. El quebrado lo siguió, desapareciendo de la escena.

Mirdal se impacientó un poco.

– Dejame relevar a Alex, entrenadora– dijo Ben dando un paso hacia adelante.

– Calma –contestó sin mirarlo– Combe, asegúrate de que ningún civil vea lo que está sucediendo, por favor. –y el origen, que había vuelto a su forma encapuchada, salió con agilidad del reciento a hipnotizar a cualquier curioso que se acercara ante tanto alboroto.

Los ruidos de la lucha se sentían adentro y un impulso hizo que salieran, un impulso formado por dos causas; una por ver la batalla y ayudar si fuera necesario, y la otra para dejar solos a los dos hermanos que tenían cuentas pendientes.

Al llegar a fuera vieron el cuerpo de Alex, todo sucio y sudado, peleando contra el quebrado que lo superaba por al menos dos cuerpos.

El combatiente no sabía si utilizar el poder del agua, por lo que mientras luchaba le preguntaba a la entrenadora si era factible utilizarlo.

– ¡No creo que haya problema! ¡Tan sólo da lo mejor de ti y termina esto de una vez! –contestó.
Alex sonrió. En realidad se había contenido todo este tiempo. El quebrado retrocedió unos pasos y comenzó a generar una descarga. Alex se preparó para recibirlo; al momento del impacto, el rayo dejó una gran marca en el suelo y el muchacho saltó lo más alto que pudo para esquivarlo y también para situarse sobre la cabeza del enemigo y dar el golpe final. Con un grito potente generó un remolino de agua a su alrededor, agua que obtuvo de unas cañerías viejas que sirvieron en su momento para regar, y al instante siguiente impactó con todas sus fuerzas contra el cráneo del quebrado provocando su caída con un sonido en seco.

– Creo que he terminado. –expresó Alex airoso, sobre la cabeza del quebrado inconsciente.

Adentro, los dos hermanos se miraban fijamente. Erian, soportando el dolor, se incorporó del suelo y estaba frente a su hermano y a su origen.

– ¿Me aceptarías como hermano, Erian? –preguntó con suavidad Eric, pero decidido en sus pensamientos.

– Han pasado tantas cosas, pero bueno… –y soltó un chasquido– la vida da muchas vueltas, tan sólo hay que saber cuando las cosas van mal y cuando van bien… hermano.

Esa palabra tan sencilla, “hermano”, caló hondo en Eric. Por fin tendría alguien con quien compartir la monotoneidad de la vida, por fin no se sentiría tan solo. Y una lágrima cayó, mientras los dos cuerpos trataban de abrazarse.

En ese escenario, algo ocurrió. Tanto el cuerpo del origen como el del quebrado comenzaron a volver a su tamaño normal y comenzaron a elevarse, sin hacer nada, tan solo llevados por una corriente invisible, que los jalaba apaciblemente hacia el encuentro. Alex se asustó en un primer momento y dio un salto fuera del cráneo del quebrado. Todos siguieron con la mirada el trayecto de los seres elementales. Desde la entrada, Gerlaky, Combe, Alex, Ben, Rob y Pablo contemplaron como esos cuerpos se encontraban dentro del galpón y se abrazaban lentamente, como si el tiempo no existiese, rodeados por un velo difuso que se iba incrementando hacia el cielo y cuando éste tocó las tejas de zinc, las deshizo sin provocar ningún sonido, dejando un orificio por donde se colaban los rayos del sol para continuar su recorrido.

Dentro, los gemelos miraban, absortos la danza de los orígenes de la discordia.

Krip, el origen de Eric, comenzó a limpiar el cuerpo de su alma gemela con sus manos de peluche sacándole, tal como si fuera suciedad pegada, trozos de la piel ennegrecida del aspecto de quebrado, revelando la blancura de su aspecto original no corrompido. Finalizada la tarea, comenzaron a ascender, tomados de la mano, por el camino que el velo había creado. En ese trayecto cada uno miró hacia abajo, hacia sus portadores y se despidieron meneando sus palmas. Lágrimas de emoción cayeron por las mejillas de los hermanos al ver como sus orígenes desaparecían en la altura, desvaneciendo en pequeñas motas brillantes, mezclándose con el velo blanquecino que finalmente terminó por desaparecer.

La Discordia había encontrado el Perdón mutuo. [/justify]
Segunda Parte
Spoiler:

***

Cuando todo terminó, Eric al saber que los individuos de extraños poderes no tenían un lugar donde quedarse, amablemente los invitó a su modesto departamento. Aceptaron y los 7 humanos más Combe, imposibilitados de teletransportarse con la piedra trasladora debido a que solo Eric sabía donde quedaba su hogar, no tuvieron más remedio que ir por el transporte público de la Metrópolis.

Con el poco dinero que llevaban compraron unos pasajes en la estación de metro más cercana y en veinte minutos estaban entrando por el deslucido umbral del hogar de Eric.

– Esta es mi casa, siento que sea tan despreocupado por mantenerla limpia y bien decorada, pero no soy muy diestro con esas cosas. –dijo humildemente con una tímida sonrisa.

Entraron, Erian de inmediato fue puesto en la cama de Eric, porque se encontraba muy débil y a ratos le venían náuseas. Por órdenes de Mirdal, Combe quedó cuidando de él mientras ellos se acomodaban en la pequeña sala de estar, extrañamente atiborrada de cuentas por pagar. Eric, un tanto nervioso, comenzó a preguntarle sobre todas las cosas que habían sucedido.

En la habitación, en la penumbra creada por las cortinas cerradas, Erin era interrogado por Combe.

– Dime todo sobre el individuo que le hizo eso a tu origen–. Su actitud, a los pies de la cama era lejos de asemejarse a la ternura que de pronto solía emanar; esta vez como que su cuerpo se veía erizado, atento, severo; pero el cuerpo de Erian le impedía sentirse amedrentado pues ya no podía siquiera mantener sus párpados abiertos.

Sin embargo, hizo el esfuerzo y le contó la historia de cómo y por culpa de quién se había transformado su origen a un quebrado.

La tarde llegó y el hambre comenzó a sentirse. Ben se ofreció a ir a buscar un poco de comida preparada en el almacén del distrito, Rob lo acomañó, pues estaba harto de ese ambiente que no le agradaba para nada.

Quedaron solos Mirdal, Alex, Pablo y Eric.

-¡Ah!, Alex, se me olvidaba contarte que no me fue muy bien con lo que me pediste. Ni rastro de ellos.

Alex simplemente asintió con un amargo sabor en su boca de frustración, que paso a nerviosismo cuando sintió la voz de Pablo que le preguntaba:
-¿Qué cosa le pediste a la entrenadora?

-Este… Nada de importancia. –dijo con premura. No quería que supieran sobre lo de los Wernin todavía, aunque eso incluyera la búsqueda de Ned. Se encontraba débil por pensar en ellos, en la carta y en querer su rescate.

-¿Por qué no le cuentas –Inquirió la entrenadora frunciendo el entrecejo.

Preparándose para responder algo que no fuera comprometedor y agobiado por una ligera presión, se sintió aliviado cuando se abrió lentamente la puerta de la alcoba y salía Combe meneando su cola peluda en lo alto. Para suerte de Alex, Mirdal y los demás se olvidaron de la conversación y miraron hacia el animalito que se acercaba… con información importante.

***

Parada en el umbral de la puerta de entrada, con un abrigo puesto sobre sus hombros, con Combe a un lado, Mirdal estaba preparada para partir hacia donde había venido. Dejó atrás a sus pupilos y a Eric con un ademán y bajó por el ascensor para salir a la calle. A pesar de saber perfectamente a donde se dirigía, no iba a utilizar la piedra trasladora pues no conocía si el lugar había cambiado desde la última vez que había ido, hace 2 años atrás.

No llevaba ni dos meses de haber descubierto el orbe en la isla cuando de pronto tocó un hombre de mediana edad, barboso, ojeroso, sin atuendo de no ser más que un vendedor minorista esforzado extendiendo un papel blanco con una mano y con la otra sosteniendo un bolso. Dijo que su nombre era Mut Strobalsrone y que venía a trabajar con ella por unos días, por órdenes del señor Volkinez tal como rezaba la tarjeta que traía.

Él, unos días después se fue y volvió al mes siguiente, cuando Gerlaky tuvo que ir a hacerle unas consultas que habían surgido de su investigación. Tuvo que ir a su laboratorio, un reducido laboratorio que se encontraba escondido entre los edificios comerciales del distrito del noreste. Era un lugar oculto al cual no podría haber llegado si no fuera porqué Mut le estaba dando las indicaciones vía celular.

En un callejón estrecho, poco iluminado, flanqueado por los altos muros de dos edificios enormes era el acceso donde al final se veía una puerta metálica que según contaba Mut, estaba pensando poner a un sobrino suyo, uno bien alto y fornido, para que hiciera de guardia y cuidara los descubrimientos que estaba haciendo.

– Este cretino al final puso a su grandote sobrino. –dijo despacio Mirdal, mientras caminaba hacia la puerta.

El lugar no había cambiado mucho.

- Disculpe. – dijo el guardia que no superaba los 20 años de edad, pero su voz era grave y era casi del porte de la disariana.

- Combe…

Y el origen dio un saltito hacia adelanto y al hacer contacto visual con el grandulón, lo indujo a que abriera la puerta que tenía clave de acceso.

- Me quedaré aquí, impidiendo que este individuo nos de problemas y así protejo el acceso de cualquier individuo.- expreso Combe, a lo que Mirdal, aceptando con la cabeza, entró dispuesta a hacer lo que tenía que hacer: conseguir el Orbe Trisado.

Entró al recinto y rápidamente sacó debajo de su abrigo una pequeña pistola que tenía reservada para momentos como éste. Estaba en un hall de entrada bien deslucido con una única entreabierta puerta de metal al frente. Entró agudizando su vista puesto que estaba todo en una oscuridad resaltada por los botones y aparatos que emitían tenues luces de varios colores.

Avanzó, con el arma al frente, en cada rincón se detenía para escarbar en las penumbras por si encontraba rastro de dos cosas: del orbe y del traidor.

Ya estaba en la mitad de la primera parte del laboratorio, a unos pasos de un desnivel que de seguro habría hecho tropesarle, pero una voz áspera y cansada a su espalda la alertó:

- Tú nunca miras donde está el interruptor ¿cierto?

Dio media vuelta y apuntó a una silueta de un hombre al lado de la puerta que en un click supo quién era al iluminarse la habitación, aunque desde un principio había reconocido si voz.

- Mut Strobalsrone, me alegra haberte encontrado… - pero algo la detuvo, algo que no se esperaba. Él estaba sentado sosteniendo con ambas manos una pesada arma que apuntaba hacia ella.

- ¡Qué cara es esa! ¿Qué no has visto nunca un arma de este tamaño?

- Baja esa arma.

- Tú también me estás apuntando.

- Quiero que hablemos como personas civilizadas, por favor Mut, yo también la bajaré.

- Está bien. –y ambos hicieron un movimiento para dejar el arma sobre la encimera más cercana manteniendo la cautela de no quietar la vista nunca de su adversario por ningún segundo. – Espera, espera, espera. Yo no soy nada de tonto, pero yo soy un simple mortal mientras que tú eres una, mh… ¿Cómo se llama?

- No tiene un nombre en especial el dominar la energía.

- ¡Ah! Claro, claro, de igual forma si me quedo sin esta arma estaré en desventaja contra ti, Mirdal.

No tuvo más remedio que guardar su arma de donde había salido para que esto se terminara pronto.

- Dime querida, ¿a qué se debe esta visita?

- ¿Dónde está?

- ¿Qué cosa?

- No te hagas el que no sabe. – su paciencia ya se estaba acabando.- ¡De vuélveme lo que me robaste desde mi laboratorio! ¡Traidor! –le espetó.

- Calma, calma. Déjame hacerte una pregunta antes, ¿cómo lograste pasar sobre mi sobrino?

- ¡¿Dónde tienes el orbe?!

Mut, con una parsimonia que lograría sacar de quicio a cualquiera, indicó con la mirada una esquina, donde, sobre un mesón, yacía una esfera del diámetro de una palma abierta sujetada por unas barras de metal que hacían dos circunferencias alrededor. Gerlaky dubitó en su actuar, pero no se atrevió a abalanzarse sobre su objetivo por miedo al arma de Mut.

- ¿Por qué lo hiciste? ¿Quién te llevó a hacer todo esto?

- El señor del acero nada más, me ha prometido una suculenta recompensa. –los ojos pardos de Mut destellaron.

No entendía cómo él podría haberse vendido para hacer tal calamidad, no entendía por qué él que lo consideraba una buena persona, le robo el elemento más importante dentro de la investigación que juntos estaban realizando.

- ¡Tú no eras así!

Mut se levantó con un suspiro, dejando a un lado el arma. Caminó hacia la esquina, pasando al lado de la disariana que lo miraba fulminantemente. Puso una mano sobre el orbe y este comenzó a brillar levemente.

- ¿Sabes para qué sirve esto? –le preguntó Mut con la cabeza fija en el objeto mágico.

Esa era la tesis de su investigación, la pregunta que trataban de responder… juntos.

- Para controlar a los orígenes, esa era la hipótesis que estábamos barajando.

- En parte tienes razón, pero ya he descubierto que hay una segunda habilidad de este orbe. –se detuvo para ir a una estantería, de la cual sacó un libro grueso y bastante dañado, de esos antiguos donde se guardan las fotografías familiares. La abrió sobre el mesón más cercano a la mujer para que ella pudiera ver los rostros de las tarjetas de identificación de diferentes jóvenes, con su nombre rotulado en un papel puesto debajo de cada imagen, junto a la dirección y a su edad. Ninguno superaba los 25 años.– El orbe puede discriminar utilizando mi visión quienes son de los que no son portadores de orígenes, incluso si los estoy viendo por la televisión.

- Qué cosas dices…

- Y así, utilizando la base de datos de la República, ¡he logrado dar con el perfil de más de setenta portadores aquí en la Metrópolis! ¡Anda! Dale una hojeada.

Gerlaky lo hizo, un tanto desconfiada y comenzó a pasar por páginas y páginas de hombre, mujeres, niños y niñas de portadores de orígenes. Estaba impresionada, mas todo esto le daba una mala espina… “El origen de Erian, que se convirtió en quebrado por culpa de él. No querrá…”

- ¿Qué estas tramando?

- Pon la última fotografía.

Era una bella mujer, de 25 años, cuyo nombre “Gigin V. Toresee” estaba destacado con un círculo rojo.

- Ella, Gigin, eminente periodista, será nuestro primer blanco.

- ¡¿Qué mierda te traés entre manos, Mut?!

Él sonreía malévolamente con sus ojos abiertos como platos. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Gerlaky. Resonaron las carcajadas del traidor, la disariana, asustada, metió su mano dentro del abrigo en busca de su arma, pero una imagen la paralizó: detrás de Mut emergió un ente sombrío, bajo, calvo, con una enardecida mirada gris.

- Ya has hablado suficiente, Stroblasrone. Es hora de despedir a la disariana.

Con el corazón latiéndole en la garganta por la llegada de uno de los espectros, Gerlaky sacó su pistola dispuesta a disparar a cualquiera, pero no alcanzó a pulsar el gatillo porque un certero disparo de la gran arma de Mut, accionado por él mismo quién se acercó de un salto y apuntó en todo el torso de Mirdal Gerlaky haciendo que se desplomara sobre una repisa llena de vasos, libros y instrumentos.

PRÓXIMO CAPÍTULO: [Un incidente de madrugada]
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Jue Jul 05, 2012 4:50 am

Noooo Mirdal!!! Me confundió un poco cuando comienza esa parte final del laboratorio pero más entrada la lectura se entiende bien.
Entonces presumo yo: con ese orbe detectan a quienes son portadores y con su poder los corrompen para crear quebrados? :O

Espero puedas colocar el próximo capítulo prontín que sigo con ganas de ver que pasa Very Happy

Saludines!

P.D: no me congelé en la heladera porque me llevé un abrigo de esquimal Very Happy
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Vie Jul 06, 2012 4:07 pm

@MaNtoSastO escribió:Entonces presumo yo: con ese orbe detectan a quienes son portadores y con su poder los corrompen para crear quebrados? :O
El orbe tiene dos funciones directas que son el de dominar a los orígenes (la pregunta es cómo se logra eso pero las investigaciones de Mirdal y Mut años atrás apuntaban hacia eso) y el de detectar a los portadores; ahora bien, el punto de corromper, veremos más adelante

Pero bien pensado Manto! 
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Club Ned - Sombras en la Tierra [Cap. 15!!! ]

Mensaje por EnRoKe el Sáb Sep 22, 2012 10:16 am

EDITADO!

Hola mundo. Por fin les dejo el capítulo completo que acabo de terminar. Espero que les guste!!!!

SINOPSIS
Spoiler:
Terminado el entrenamiento con Mirdal Gerlaky, la disariana, los cuatro muchachos junto a ella y Combe, un Origen peculiar, se dirigen a la Metrópolis para buscar el paradero del ladrón del Orbe Trisado, elemento crucial para entender la dinámica de los Orígenes y sus portadores. Ahí, se encuentran con la triste historia de dos gemelos portadores, Eric y Erian, pero gracias a la Discordia y a la manipulación de uno de los Origenes, transformándose en un "Quebrado", llevó a la "muerte" de ambos Orígenes.
Gerlaky, consiguiendo información desde Erian, logra dar con la identidad del personaje que estaba corrompiéndolos. Se trataba de Mut Strobalsrone, el ladrón del Orbe Trisado. Va decidida a su laboratorio a confrontarlo y a luchar si es necesario por detenerlo y conseguir el preciado objeto, pero se entera de que Mut había hecho alianza con los Espectros para corromper a los Origenes gracias al poder del orbe. Mut le cuenta sobre una mujer, la proxima víctima de su empresa: Gigig V. Toresee.
¿Podra Club Ned detener los planes de los Espectros antes que una nueva víctima aparezca?

Capítulo 15 - Un incidente de madrugada

Primera parte
Spoiler:
“ ¿Qué dirán los televidentes cuando el plan se lleve a cabo? ”

Por el pasillo del edificio de Eric una extraña escena estaba llevándose a cabo. La puerta del ascensor se abrió y al cerrarse dejó a una chaqueta con una mujer dentro, de espaldas, que se arrastraba como por arte de magia por el suelo, como si cientos de hormigas estuvieran cargándola ahora a través del pasillo hacia la puerta del departamento de Eric. De pronto, justo antes de que el cuerpo tocara con la cabeza la puerta de entrada, la escotilla del ascensor se volvió a abrir y una mujer anciana, con un peinado como de peluca antigua apareció. Al ver el cuerpo, avanzó lo más rápido que le permitían sus tullidas piernas y, un tanto espantada, inspeccionó primero con la mirada y luego con sus propias manos por la salud de la mujer. Cuando levantó el alerón de la chaqueta se dio cuenta que el cuerpo no tocaba el suelo y que dos esferas relucientes le miraban fijamente. La mujer dio un grito ahogado, pero era demasiado tarde para alejarse y perdir auxilio. El efecto de la ilusión de Combe dio efecto y pronto se olvidó de toda la historia, dio media vuelta y se fue hacia su hogar como si nada extraño hubiese sucedido a la entrada de su departamento.

Con las últimas energías que le quedaban, Combe movió levemente el cuerpo de Mirdal en un vaivén para que con su cabeza golpeara la puerta. De inmediato abrió Eric que se espantó al ver la imagen. Ya era de noche; estaban preocupados.

- ¡Hagan algo! ¡Gerlaky ha…!

Recostaron de inmediato al cuerpo de Gerlaky sobre el sofá, pues Erian todavía seguía durmiendo en la habitación. Hecho esto, Combe se apresuró a contar lo sucedido.

Vigilando el acceso al laboratorio, manteniendo hipnotizado al sobrino grandulón para que no se diera cuenta de nada, el origen se mantuvo expectante ante lo que pudiera suceder. De pronto escuchó el disparo y de inmediato comenzó a correr hacia dentro, pero una presencia maligna lo estremeció. “¿De quién es ese poder?” pensaba, quieto de miedo, justo en la mitad del vestíbulo. Luego sintió unos pasos que se acercaban, se escondió con rapidez detrás de una amargada planta y vio como Mut Strobalsrone caminaba hacia la entrada. Por culpa de la distancia el efecto de la hipnosis había desaparecido por lo que el joven guardia, al llegar su tío al lado de él, estaba en todos sus cabales.
- ¿Por qué has dejado pasar a esa mujer? ¿Ah? – le espetó con enojo Mut.

- No, no, no… he visto… a na-nadie, tío. –balbuceó el joven que por efecto de la hipnosis no recordaba nada de lo sucedido.

De un sopetón, el tío le lanzó una cachetada un tanto particular porque el joven media unas dos cabezas más que él pero no fue impedimento para que fuera lo suficientemente efectiva para que el chico retrocediera unos pasos.

- Ven. Necesito que me ayudes a mover una cosa.

Combe, sin saber qué hacer, no se precipitó a hipnotizarlos puesto que Mut sabía muy bien cómo funcionaban sus poderes y no quería arriesgarse a ser descubierto así que los siguió con la mirada hasta que desaparecieron dentro del laboratorio. Agudizó el oído.

– Llévate el cuerpo de esa mujer al patio de atrás, ¡ahora! –ordenó Mut con dureza– Y no digas nada a nadie, ¿entendido? Y si vez cualquier animal peludo, como un mono, llámame de inmediato. ¿Oieste?

Luego, el sonido de algo arrastrándose estremeció el pequeño cuerpo de Combe. Actuó saliendo de su escondite y en pocos brincos se subió al techo metálico donde podía ver el pequeño patio trasero que no era más que la convergencia de las sombrías paredes posteriores de los edificios llenas de cámaras de aires acondicionados, plataformas y escaleras metálicas de emergencia. Parecía el fondo de un precipicio flanqueado por tres paredes urbanas.

Escuchó el sonido de una puerta abrirse y de nuevo el roce del cuerpo sobre el suelo, pero ahora la sensación fue mucho peor, puesto que presenciaba como el sobrino de Mut remolcaba el cuerpo inerte de Mirdal Gerlaky dejándolo apoyado sobre unas cajas vacías.

Esperó a que se fuera, saltó y se acercó lentamente al cuerpo, oliendo con su nariz el hedor a chamuscado de la chaqueta de la entrenadora cuya mirada inexpresiva indicaba lo peor.

Los ojos de Combe se encendieron. Se encontraba ahí, impotente ante la gran masa de Mirdal. Rápidamente se metió entre sus ropas y desde el suelo, utilizando la fuerza que como origen poseía, la levantó.

Dando un esforzado salto, logro sobrepasar el techo metálico del edificio. Parecía como si un par de hormigas gigantes cargaran un trozo de hoja. Al llegar a la calle, debía hacer algo, con desesperación hipnotizó al primer peatón que vio que tuviera una musculatura suficiente para cargar el peso de la disariana. Al encontrarlo, aún escondido entre las ropas de la entrenadora, marchó rumbo hacia el departamento.

Por supuesto, resultaría muy extraño para los peatones ver a una persona cargar a una mujer de tales características por las calles de la Metrópolis y no prestarle ayuda y solicitar una ambulancia. De eso se encargó Combe, que, escondido entre las ropas de la entrenadora, lograba, hipnotizar y hacer cambiar el rumbo de las personas que centraban la mirada en ellos. Los que podrían estar en edificios o en cuadras lejanas no le importaron. Había que llegar al metro lo antes posible.

Ya estaba cansado para cuando llegó al acceso inferior del departamento. Encantó al conserje para que no hiciera nada al ver como ese extraño dejaba a una mujer inerte en el ascensor y apretaba el piso correspondiente y luego salía por la puerta… Sin acordarse de cómo llegó al acceso de un departamento de mala categoría, se alejó, con un dedo en la boca. Para suerte de Combe no había nadie más en la entrada salvo el ya controlado conserje. Y subió por el ascensor.

***

Desesperados, los muchachos y el origen trataron de reanimar a la mujer. Su pulso estaba débil, la herida en su abdomen le había quemado la piel pero afortunadamente no la había matado. La vendaron y siguieron con la reanimación. Pronto dejaron la tarea puesto que los párpados de Gerlaky se volvieron a abrir y con una lijera sonrisa les agradeció a todos.

Prepararon lo que Ben había ido a comprar y lo comieron sentados en la sala de estar, frente al televisor que ha esa hora estaba dando una película para nada interesante.

- ¿No tienes algún canal mejor? –le preguntó Rob a Eric frunciendo el entrecejo.

- Aquí no llega muy buena señal, no se por qué si la antena esta puesta a unos dos o tres edificios de distancia. – Respondió el dueño de casa tristemente.

Comieron en silencio. Alex se sentía muy incómodo en esa situación.

- Iré a ver a Erian. –dijo Eric levantándose y llevándose su plato. Combe lo siguió.

Siguió una conversación sosa y sin contenido. Pablo le preguntó a su entrenadora si los orígenes comían y ella lo negó diciendo que ellos son energía materializada y lo que utilizan para moverse y respirar proviene de su propio núcleo de Energía Blanca.

- ¿Energía Blanca? –preguntó Alex- Nunca he escuchado esa palabra.

- Así le llamamos a la energía que dio nacimiento a los orígenes. La misma que cayó a la Tierra y se depositó en los humanos. También se le llama Energía Pura y es diferente a la energía de sus poderes, que es la Energía Elemental.

Quedaron todos pensativos hasta que apareció Eric anunciando que su hermano seguía durmiendo pero que había recuperado el color normal de su piel. Se le veía aliviado.

Alex sonrió tanto por la buena noticia que había traído y por la leve muesca de gracia que llevaba Eric, el muchacho pensó que debía sentir una extraña mezcla de emociones en ese momento… rencontrarse con un hermano que ni siquiera sabía que existía en un mundo tan triste como el que vivía debería ser un momento feliz, pero complejo.

Sin embargo, al voltear su vista en el semblante de Mirdal encontró que miraba con exceso de preocupación la pantalla del televisor.

- ¿Qué sucede entrenadora? –le preguntó.

La entrenadora no le respondió. Se levantó con energía, como si no no le afectara para nada la quemadura en su tronco y dijo con seriedad apuntando a la pantalla en el preciso momento en que daban un reglamen de un programa llamado “Gigin a las 6”.

- ¡Eric! ¿¡Dime qué programa es Gigin a las 6!?

- Es un programa de madrugada que dan en ese canal.

- ¿Quién lo conduce?

Eric dudó un momento, pero justo apareció una bella y joven mujer en primera plana diciendo: “Los esperamos todos los días de semana a las 6 en puntito para que me vean a mi. Sí, a mi y a los interesantes invitados que tenemos para alegrarles las madrugadas. Chaito”.
- Ella –indicó Eric.

- Pues tenemos que ir de inmediato a ese canal. –dijo con determinación la disariana poniéndose su abrigo.

- ¡Pero si todavía está convalenciente! –le hizo notar Pablo.

- Ya me siento bien. Aparte esto es de vital importancia… Me temo que esta madrugada nuestros enemigos crearán un nuevo Quebrado.

Los cuatro portadores se levantaron también, dejaron sus platos en la cocinilla y se despidieron agradecidamente de Eric.

- Trataremos de volver para saber como andan las cosas. Pero no te preocupes por la salud de tu hermano, ya no creo que nada raro suceda. –le dijo con bondad la alta mujer mientras se despedía con un abrazo.

La puerta ce cerró dejando a un Eric con una percepción muy distinta de la realidad que la del Eric que se levantó hace varias horas atrás para ir a trabajar.

***

Con la piedra trasladora llegaron los cuatro humanos, la disariana y el origen a la fachada del canal donde Gigin trabajaba. Pablo conocía ese lugar ya que justo al frente existía una plaza donde regularmente asistía en sus días de soledad antes de irse a la Colonia Ned.

Entraron sobrepasando con facilidad la barrera de los guardias de noche gracias a la habilidad de Combe y en el hall de acceso, que se encontraba vacío y en penumbras, donde un reloj sobre el mesón de recepción daba las tres cuarenta, por lo que todavía les quedaban más de dos horas de espera antes de que el programa diera lugar.

Tiempo suficiente para organizarse.

Esquivando la seguridad del edificio y tratando de encontrarse con la menor cantidad de guardias posibles, llegaron a un camarín del primer piso donde se escondieron.

Estuvieron una hora y media pasando el rato conversando y hurgando entre los cajones y armarios con los atuendos de los animadores, disfraces extrafalarios y uno que otro gorro que llamó la atención a Alex por lo llamativo de sus formas.

- ¡Vaya! Creo que encontré el gorro más raro que he visto en mi vida.

Cuando ya estaban más que aburridos, los muchachos pidieron con entusiasmo a la entrenadora que los dejara salir, mas sólo obtuvieron un rotundo no como respuesta.

- Veo que están ya inquietos. Como nos queda todavía... -revisó el reloj de la pared- cuarenta minutos para que comience el programa, haré un ejercicio con ustedes. ¿Qué les parece? Vamos siéntense.

Se posicionaron en una semicircunferencia, en postura de meditación, teniendo como centro a la entrenadora.

– Cierren sus ojos primero y comiencen a sentir como su cuerpo se mueve con la respiración. -les decía con una voz tranquila y serena, tono que poca veces se le oía- Eso, ahora, concéntrense en los sonidos que nos rodean y vayan desde lo más cerca a lo más lejos... Eso, eso, agudicen el oído... sientan... -hizo una pausa- Y si alguien logra saber qué es ese sonido, que lo diga sin prisa.

Pero nada se escuchaba, nada parecía que emitiera sonidos allá afuera. “Que cosa más aburrida”, pensó Rob con desgano, él definitivamente no era parte de la meditación, las aborrecía profundamente.

Pasaron unos cuantos minutos hasta que Pablo percibió algo. “Pasos”, dijo; “una puerta cerrarse”, dijo Alex unos segundos después, “una voz de… ¡una mujer!” exclamó Rob con fuerza para alarmar a los demás. Abrieron los ojos y se levantaron. La voz femenina había sonado extremadamente cerca y claramente alcanzaron a oír lo que decía.

– Espérame un segundo, voy a buscar una blusa al camarín y vuelvo.

Segunda parte
Spoiler:


De un salto se escondieron tras un atiborrado colgador de ropa.

La puerta se abrió y vieron como una bella mujer, de cabellos oscuros entró, pero no en la típica forma en que entran las personas a un cuarto, sino que ella entraba sacándose la polera marrón floreada que traía mientras dejaba a la vista de un público desconocido y oculto la ropa interior que sostenía sus voluminosos pechos.

Los muchachos, entre los ropajes, intentaron tomar la mejor vista de la escena, tratando de hacer el menor ruido posible. Sin embargo, los planes de Gerlaky eran bastante distintos a estar espiando a una mujer en su camarín, por lo que, bastante incómoda, salió del escondite para tratar de convencer a la futura víctima de las atrocidades que tal vez ocurrirían esta madrugada. De un sopetón la mujer logró tapar la boca de Gigin antes que ésta gritara por su presencia.

Alterada, Gigin comenzó a patalear y forcejear, pero fue en vano, Gerlaky era mucho más fuerte y más alta.

– Tranquila, tranquila Gigin, no te haremos daño. –con un además pidió a los cuatro abochornados que se revelaran. Combe quedó escondido, ya la situación era bastante extraña para la mujer y no era necesario hacerla más confusa aún– Ellos tampoco te harán daño, querida. De hecho, estamos aquí para protegerte de algo que pensamos que te sucederá hoy. Vamos, relájate. –dicho esto, dejó a la mujer sobre un asiento felpudo y se apartó un poco. Gigin al parecer ya estaba tranquila, no obstante, se le notaba su confusión.

Le contaron rápidamente lo sucedido antes que cualquier persona viniera a revisar por qué se demoraba tanto. Ella escuchó con creciente atención toda esa fantasiosa realidad de la existencia de personas con “entes”, llamados orígenes, dentro de ellas que pueden despertar en cualquier momento, y si caen en las manos equivocadas podrían resultar un gran problema para la humanidad… y que esta madrugada, muy probablemente hicieran despertar a su origen… y precisamente con una serena canción.

– Tal vez… es por eso que me pasan de repente cosas extrañas en mi casa. Como que siento que algo me sigue. –confesó Gigin, las cosas que decían esos extraños le parecieron muy lógicas.

– Bueno, ahora nosotras nos iremos para que te vistas. –dijo Gerlaky dándose media vuelta. La joven se acordó que estaba sin polera ante esos cuatro adolescentes. Le hirvió la cabeza de vergüenza y en un santiamén se puso cualquier cosa que encontró.

Salieron, Combe pasó desapercibido para Gigin entre las piernas de los muchachos. Afortunadamente en el pasillo no se encontraron con nadie y se quedaron esperando un momento hasta que saliera Gigin.

– Me dirijo al escenario a practicar un poco y ordenar la situación. –comunicó la joven cuando salió sin mirar a los muchachos por la vergüenza– ¿Me acompañarán, cierto?

– Sí. –contestó con cortesía Benjamin.

– Pero… ¿cómo lo harán para no despertar la curiosidad del resto del equipo?... Ya deben estar preocupados porque me demoré.

– Calma, tenemos ya eso bajo control. –tranquilizó Gerlaky dedicándole una leve sonrisa, acto seguido miró de reojo el cuerpo de Combe para comprobar que seguía oculto a la vista de Gigin tras los pantalones de Alex.

Gigin V. Toresse estaba más preocupada por la reacción que tendrían sus compañeros de trabajo y su jefe, más que por lo que supuestamente ocurriría con ella.

Llegaron todos juntos al escenario. Los guardianes de Gigin se sentaron rápidamente en las galerías metálicas que daban hacia la escenografía hogareña del programa sin molestarse por evadir la atención del equipo de producción puesto que minutos antes Combe se escabulló entre los cables y muebles, luces y maceteros, para hacer contacto con los del equipo audiovisual y el director y generar una ilusión para que, en ese sector de las galerías, no viera más que metal.

El Origen volvió sigilosamente con el resto y se escondió dentro de la chaqueta de Mirdal mientras que unos metros más allá Gigin, que leía el guión y escuchaba lo que el soñoliento director le decía, miraba constantemente de reojo hacia las galerías, donde veía claramente las figuras de esos cinco individuos. “¿Qué están haciendo? ¿No era que harían algo para no levantar las sospechas del resto? ¡Mi equipo y el Director los verá!”, pensaba aproblemada la mujer.

– ¿Qué sucede, por qué miras tanto hacia ese lugar? –inquirió el Director mirando hacia las galerías. Gigin, se volteó su vista a la copia de su guión.

– Nada, un poco de nervios, creo. –contestó sin dejar de leer.

– ¡Jajaja! ¿Tú? ¿Nerviosa? Vaya, vaya… nunca pensé en escuchar eso de ti, eres una gran animadora. –reía con fuerza el Director. Dio me dia vuelta y salió del escenario diciendo con el mayor ánimo que le permitía su cansancio: – ¡Eres grande Gigin!

Respiró aliviada, de alguna forma los extraños habían puesto una barrera de invisibilidad para que todos, salvo ella, no se percataran de sus presencias.

El programa comenzó, todo iba normal, sin embargo, si uno fuese lo bastante perceptivo, se podría dar cuenta que el comportamiento de la animadora revelaba muy sutilmente su inquietud. Alex se dio cuenta de sus ademanes de pronto trémulos y poco coordinados… tal vez pueda ser que sea la primera vez que la veía, pero esos pensamientos lo le quitaron la atención para lo que venía a hacer. Miraba a todos los rincones, tal como lo hacía el resto, en busca de algo, de algo fuera de lo normal, de Mut o de algún Espectro, no le importaba no saber cómo eran.

Comerciales… y no pasaba nada.

Inicio del segundo bloque… nada.

Comerciales otra vez… nada.

Los ánimos de los muchachos estaban cada vez más caldeados a medida que el programa llegaba a su fin.

– Y ahora, un invitado que ha hecho reír a cientos de personas a lo largo de toda la Metrópolis. ¡Bimbo! –presentó Gigin a un comediante que se acercaba sonriente, luciendo una deslucida corbata color púrpura, para saludarla de beso.

Y de súbito, tan pronto como los labios resecos del invitado se separaron de la tersa mejilla de Gigin, una tos espantosa, cada vez más fuerte, dejó sin habla a presentadora. Trató de tomar un poco de agua que le ofreció el invitado, pero no se detuvo. Se tomó la garganta y comenzó a emitir chillidos de dolor entre el implacable catarro. El Director, se alarmó y ordenó detener las transmisiones del programa.

Y en las galerías, Club Ned, Mirdal y Combe se levantaron sobresaltados.

– ¡Está sucediendo!

– ¡Combe! ¿Puedes mandar a las personas a fuera de este lugar? Es peligroso que estén aquí. –solicitó con premura la disariana.

– Estoy un tanto agotado… muchas alucinaciones en poco tiempo. –dijo con voz queda el origen bajo la tela amarilla de la chaqueta de Mirdal– Pero haré el intento.

Y en el segundo siguiente todo el equipo de producción, incluyendo al Director, miraron hacia la puerta de salida y sin inmutarse por los gritos de dolor de Gigin, salieron con paso holgazán. Sin cohibiciones ya los muchachos y su entrenadora salieron a rescatar a la mujer.

– ¡El Origen está intentando salir por la boca de Gigin! –espetó Mirdal luego de unos instantes de análisis. – ¡Un paso atrás! –y juntando las manos de una forma extraña, moviendo su boca rápidamente, generó un domo de placas poligonales transparentes para contener y aliviar el sufrimiento de la joven– Con esto ella estará más tranquila… y el origen también.

En efecto, la mujer dentro del domo dejó de chillar de dolor, pero estaba exhausta y cayó de rodillas, sobándose la garganta con una mano mientras que con la otra se apoyaba en piso.

Alex contempló a su alrededor y se alarmó al ver cómo el invitado comediante del programa seguía sentado en el sofá, mirando la escena con cara de complacido.

– ¡Tú! –le gritó el chico apuntando con el dedo.

Una sonrisa malévola se dibujó en su rostro.

– Yo… –dijo, sin desviar la mirada de las pupilas de Alex. El muchacho se sintió de pronto atemorizado.

– ¿Qué le hiciste a Gigin? –le preguntó con brusquedad Ben, dando un paso al frente.

– Ustedes ya deben saberlo. –y mágicamente su trasero se despegó del cojín del sofá y jalando con energía su fea corbata púrpura mostró su verdadera identidad.

– ¡Viento! –exclamó Mirdal.

De piel oscura como una cueva, de ojos desafiantes, groseros y perezosos, y bajo ellos un tajo que aparentaba ser la boca; la figura fantasmagórica del Espectro del Viento levitaba sutilmente sobre la escenografía despidiendo desde el agujero del cenit de su cabeza, rodeado de cuatro picos que se asemejaban a una corona, una tenue, pero constante, ráfaga de viento.

– Si quieren saber quién hizo todo esto, no me miren a mí. Vayan hacia la sala de edición, ahí puede que encuentren a su criminal. –dijo con una voz resonante y silbante como el viento, mientras apuntaba una puerta en el extremo derecho.

Los muchachos se miraron para luego encontrar una orden en su entrenadora, pero esta no dijo nada, miraba hacia arriba, hacia el Espectro.

– Yo iré, quién me acompaña. –dijo Ben corriendo hacia la puerta.

Alex le siguió el paso. Rob y Pablo se mantuvieron ahí, junto a Mirdal y Combe.

– Por favor, ve a resguardar el edificio Combe, quiero que nadie entre. –ordenó con seriedad la disariana, a lo que Combe obedeció y dando saltos se posicionó sobre el tejado metálico que daba hacia la entrada principal, observando con sus ojos redondos y brillantes. – Muchachos… tengan cuidado, la lucha será difícil.

Se oyó el sonido de una puerta cerrarse, y frente a Alex y Ben un corto pasillo terminaba en otra puerta entreabierta, con la luz del interior encendida.

Avanzaron y entraron una la sala llena de estantes con cajas de dvds que dieron la pista para identificarla como la sala que buscaban.

– Ahí. –indicó Ben sobre un mesón repleto de hojas de libretos y bitácoras– Ese debe ser el Orbe.

Y reluciente, una esfera color nube con una grieta, yacía sobre una plataforma.

–Hay que llevársela a Gerlaky. –propuso Alex acercándose hacia el objeto, pero una voz de hombre lo detuvo:

– Yo no haría eso.

Y tras un estante, apareció un hombre macizo, de barba, y una mirada perdida en un punto fijo. Era Mut Strobalsrone.

– ¿Quién eres? –inquirió asustado Alex, poniéndose a la defensiva, al igual que Ben.

– Un pobre complaciente de causas ocultas en el abismo. –contestó moviendo sus manos de manera extraña– Un pobre enemigo de los santos y enemigo de las bestias.

El hombre dio unos pasos y tomó sin problema el Orbe Trisado. Los dos muchachos no se movieron ni hablaron, pues, algo helado había subido por sus pies, algo rígido que no dejaba moverles las piernas. Cuando miraron hacia abajo se dieron cuenta que del suelo nació una masa de metal que los inmovilizó desde los pies. Al segundo siguiente, por el rabillo del ojo vieron una mancha oscura atravesando la habitación. Voltearon rápidamente la mirada y sobre la mesa, botando hojas y cuadernos, otro espectro había aparecido, más pequeño, más musculoso y sobre su cabeza tenía un solideo tan negro como él.

– Ustedes deben ser dos de los portadores de los Elementos, ¿me equivoco? –dijo abriendo un poco su boca, acto seguido levanto su puño que había aumentado cinco veces su tamaño porque una gruesa capa de metal lo forraba– Yo soy Acero y conocerán mi puño.

****

Entre los vendavales crecientes que destruían la escenografía, los muchachos forcejeaban por avanzar para atacar al espectro. Mientras que la entrenadora se mantenía al lado del domo, mirando fijamente al enemigo.

– ¡Solo quiero saber una cosa! – le gritó la mujer para sobrepasar el ruido del viento– ¿Está Mut ahí?

Y el Espectro del Viento asintió.

Pablo y Rob dieron media vuelta la vista y alcanzaron a ver como la figura de Mirdal Gerlaky huía, desapareciendo tras la puerta del extremo derecho.


Espero que les haya gustado, tratare de subir pronto la segunda parte!! SALudos y cualquier cosa, criticas constructivas, destructivas o una lluvia de tomates podridos o una torta de merengue lúcuma, serán bien recibidos

PRÓXIMO CAPÍTULO: [La técnica especial, revelada]


Última edición por EnRoKe el Dom Feb 17, 2013 12:22 pm, editado 3 veces
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Dom Sep 23, 2012 4:07 am

Buen capítulo/parte!
Por la cita del comienzo ya esperaba que fuera una presentadora de algún programa, y por suerte me acordaba de todo lo sucedido bastante bien Very Happy
Ahora creo yo que por más que ellos estén protegiéndola los malos malosos van a conseguir crear ese quebrado, los malos siempre consiguen sus objetivos cuando no son el último y más terrible de todos ellos xD
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Dom Feb 17, 2013 1:02 am

Volvi! dejando la continuación y actualizando un poco el cap 15... espero subir pronto el capitulo siguiente en el que ya estoy trabajndo. Muchas gracias por leer!! Very Happy
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Dom Feb 17, 2013 8:25 pm

Capítulo 16 - La técnica especial, revelada

Primera Parte:
“ Borrar la herida de la traición… difícil ”
En la cima de una terraza de un edificio de oficinas que a esas horas de la madrugada se encontraba desnudo de personas, salvo por el guardia que dormía muy al interior de él, se divisaba la silueta de un Espectro apoyado sobre un arma parecida a un francotirador, con una mano con forma de garra apoyado en su cara redonda y el codo en el mango del arma. Sonreía burlescamente dejando ver el vacío de su interior mientras observaba lo que sucedía al interior del edificio de un canal de televisión. Al este, entre los rascacielos de la Metrópolis, el tímido sol se despertaba para ver el espectáculo y detrás de él, un ventanal tapizado en vaho congelado, eso que las mañanas se estaban dando bien calurosas a pesar de ser otoño.

***

La puerta de la sala de edición se abrió de golpe y la figura de Mirdal Gerlaky pasó como un rayo impactando con una patada en el Espectro del Acero, impidiendo así que golpeara a los inmovilizados jóvenes que tan pronto como el Espectro tocó el suelo, sujetado por Gerlaky que lo mantenía agarrado por el cuello, la masa de metal desapareció y lograron safarse.

– ¡Váyanse ahora de aquí! –ordenó furiosa Mirdal Gerlaky.

Ben y Alex corrieron en dirección al escenario, para ayudar a sus amigos. Los encontraron, la escenografía estaba por todas partes, varias cosas volaban por los aires junto a las ráfagas de viento que creaba el Espectro desde el agujero de su cabeza. Dieron un salto para alcanzarlo y golpearlo, pero tal era la fuerza del vendaval que ni siquiera lograron despegarse treinta centímetros del suelo.

Y en el centro, el domo todavía seguía ahí conteniendo a Gigin que respiraba agitada, apoyada sobre sus rodillas.

– ¿Cómo lo golpearemos? –preguntó Ben al momento en que se reunieron los cuatro.

– ¡Se me ocurrió algo! –exclamó Rob– Apártense un poco. –y juntando una bola de luz en una mano, lanzó una vigorosa estrella destellante que atravesó con facilidad la barrera de viento e impactó en el objetivo.

Éste comenzó a descender, sobándose la herida, mientras los vientos desaparecían.

– La luz no se ve afectada por cosas como el viento. –dijo Rob mirando el suelo.

El Espectro tocó suelo, cerca del domo.

– No se sientan victoriosos. –dijo, silbante– Eso no era ni una centésima de mi poder. –y avanzó, arrastrando el humo que salía de la zona donde debería tener pies, rozando con sus garras negras la superficie externa del domo, unas chispas salieron– Ustedes ya deben saber de nuestros planes, ¿no es así? –y sin esperar respuesta, extendió la mano libre y un torbellino horizontal cruzó el lugar e impacto de lleno en el pecho de Rob lanzándolo contra la galería de metal que se desplomó sobre él haciendo un estruendoso sonido metálico. Los otros muchachos saltaron hacia un lado para esquivar el ataque y entre sorprendidos y encolerizados por lo sucedido, corrieron en picada hacia Viento.

– Si el humano ha jugado a ser Dios; a nosotros, los verdaderos dioses ¡¿Qué nos espera ser?! –expresó el Espectro abriendo los brazos, como si estuviera esperando a los tres jóvenes que corrían hacia él.

Pablo fue el primero en llegar, lanzó un puñetazo de roca pero el espectro había se había hecho humo en un parpadeo. Se detuvieron, y comenzaron a buscarlo con la mirada.

– ¡Tras de ti! –grito Pablo a Alex que tenía a su espalda al Espectro recién materializado que estaba concentrando en una mano una esfera de viento, dispuesto a golpear al portador del Agua.
Alex se dio media vuelta con agilidad y se protegió con un manto de agua, dispersando el ataque. Luego, de un salto se echó hacia atrás.

Ben y Pablo se dispusieron a atacar, con ramas y rocas, muy pocas lograron alcanzar al Espectro que volaba rápidamente y lanzaba bombas de aire que impactaban en el suelo produciendo feroces ráfagas que desestabilizaban a los jóvenes.

Alex aprovechó que se había apartado de la pelea al esquivar una bomba de aire y se acercó corriendo a los escombros bajo los cuales estaba Rob.

– ¡Rob! ¿Estás bien?

Y, sacando a duras penas algunos restos metálicos, logró encontrar a su amigo, vivo. Lo sacó de un tirón y cuando ambos se pusieron de pie escucharon gritar a Ben y Pablo.

– ¡¡Cuidado!!

Voltearon la cabeza y se sobresaltaron al ver cómo el Espectro de Viento se acercaba surcando el aire concentrando dos bombas en su mano. Estaba ya tan cerca y venía tan rápido que los dos muchachos no optaron más que llevarse por sus reflejos cerrar los ojos y cubrirse con los brazos.

De súbito, justo antes que el Espectro golpeara, el domo se hizo pedazos, el enemigo se detuvo para contemplar lo sucedido, pero nada se podía ver puesto que una luz blanca cegadora nacía desde Gigin que se expandió por todo el recinto de grabación, cegando a todos los presentes.

El Espectro se fue a refugiar tras una muralla casi derrumbada. El ardor que producía la radiación de la Energía Pura en su cuerpo era insoportable.

– Qué diablos sucede.

Y poco a poco, la luz aminoró, revelando el cuerpo abatido de Gigin sobre el suelo de madera del escenario con sus pelos negros tapándole el rostro y a unos centímetros, la figura de su Origen: un ballenato pequeño con astas de venado.

– ¡¡VAMOS TRUENO, DISPARA AHORA!! –gritó Viento hacia el techo saliendo de su escondite.

A lo lejos, sobre un edificio cercano, el Espectro del Trueno apuntó, no importaba que hubiera varias murallas que lo separara, podía ver perfectamente la emanación de energía de cada persona y por supuesto, la energía blanca de los orígenes. Encontró su objetivo y disparó una bala invisible que atravesaba murallas como un fantasma.

– Trabajo hecho, nos marchamos. –dijo el Espectro del Trueno luego de unos minutos, siempre con una sonrisa grotesca.

***
– ¡Váyanse ahora de aquí!

Y cuando sus dos pupilos abandonaron la escena, sujetando por el cuello al Espectro que forcejeaba con fuerza, increpó al hombre de barba que tenía a unos cuantos metros.

– ¿Por qué Mut? ¿Por qué haces esto? ¿No te das cuenta del daño que estas produciendo a todo el mundo con la ayuda que le prestas a estos demonios?

– Todo es culpa tuya. Sí, tu culpa Mirdal. Tú me mostraste el secreto de los Orígenes, nunca hubiera conocido el poder que se esconde tras de ellos si no fuera por tu ayuda, nunca hubiera conocido la codicia que ahora me embarga. Si hubieras dicho que no cuando golpeé tu puerta ese día ¡Perfectamente lo podrías haber hecho! Ned nunca te obligo… –espetaba Mut con sus ademanes inconexos– ¡Por tu culpa, Mirdal He caído en la trampa de Septimorial!

Ante esas duras palabras, la gran mano de la disariana se debilitó, dejando escapar al Espectro a un lugar seguro: sobre un estante robusto. Se cruzó de brazos y observó el acto de estos actores de drama.

– Mut… yo confiaba en ti, eras la única persona con la que me relacionaba en ese entonces. Debes saber cuánto importabas para mi… y debes saber cuánto, cuánto me dolió saber que te robaste el Orbe. Me traicionas, nos traicionaste. –una lágrima resbaló por su mejilla– ¡Que hay de nuestros deseos! ¡La vida que planeamos juntos!

El Espectro del Acero soltó un chasquido, mientras que Mut contemplaba la nada, aturdido, a la vez que repetía sin emitir sonido la palabra “juntos”.

Se oyó algo quebrarse, un destello blanco iluminó por menos de un segundo la habitación.

– ¡IDIOTA! ¡HUMANO INSERVIBLE! ¡HAS DESTRUIDO EL ORBE! –vociferó furioso Acero, dejando su asiento y acercándose desafiante a Mut.

Gerlaky trató detener al Espectro pero éste, con un movimiento rabioso, lanzó una onda de choque que desplomó a Mut y destruyó la pared que había tras de él. La mujer corrió a socorrerlo, Mut ya se había levantado y en el momento en que a Mirdal le faltaba una zancada más para alcanzarlo del suelo surgió una espina metálica gigante que creció hacia el abdomen de Mut, atravesándolo y brotando sangre a montones.

– ¡NOOOOOOOOOOOO!

El Espectro se agachó en el lugar donde estaban los restos del Orbe Trisado, tratando de recuperarlos, mientras decía furioso en voz baja:

– El amo me castigara, el amo me castigará.

Entre los escombors de la pared, la tétrica figura de Mut siendo atravesado por esa espina hizo detener el corazón a Mirdal. Lo sujetó de un brazo y le dijo apresuradamente:

– Tranquilo, te salvaré, sobrevivirás.

A lo que Mut negó con la cabeza y haciendo un tremendo esfuerzo le dijo:

– No, no hables. Es… escucha, –la mujer se le acercó para oír bien el lastímero susurro– ese orbe no era el verdadero. El original lo escondí en… en mi hogar, en el lu-gar… que tú sabes… que ambos… sabe-mos.

Mirdal se separó de Mut y con un semblante severo miró hacia atrás y observó como el Espectro los miraba atónito. Había logrado escuchar y dedicando una última mirada fría se evaporó, y la espina mortal también lo hizo, dejando caer al hombre al suelo, en su propio charco de sangre.

El corazón de Mirdal la tía con fervor. Tomó entre sus largos brazos, lo abrazó, y, con su delantal hizo una amarra sobre su cintura para detener algo de la hemorragia.

– Gracias. –susurró al oído Mut mientras Mirdal termianba de hacer el nudo. Una pausa y luego los labios del hombre dejaron escapar dos palabras: – Te amo.

La disariana se levantó cuidando de dejar al herido lo más cómo posible, el corazón parecía salirle por la boca. Metió su mano en el bolsillo donde guardaba la piedra trasladora, le dio la espalda y pensó en el laboratorio de Mut, sin antes decirle:

– Te perdono.

Y desapareció.

Segunda Parte:

Al segundo siguiente apareció en el laboratorio de Mut que estaba sumergido en la oscuridad. Al parecer el Espectro no había llegado. Tanteó por unos momentos sobre los mesones y encontró un interruptor. Al haber luz, corrió hacia una puerta opuesta a la que daba a la sala de entrada. “Si estoy en lo correcto, la casa de Mut debe estar tras esta puerta”, pensaba, “Si no es así, no sé qué haré”.

Tras el umbral se encontró con una cocina pequeña apenas equipada con un mini refrigerador y un horno, con una puerta en el otro extremo que daba a su dormitorio bañado por la luz de la ciudad. Se detuvo en la mitad del cuarto y miró hacia todas direcciones. “¿Qué rayos es ese lugar que ambos sabemos?”. Comenzó a desesperarse, debía encontrar rápidamente en su memoria algún recuerdo que le diera larespuesta. Debía encontrar el verdadero Orbe antes que el Espectro.

¡Zaz! Un golpe en secó impactó en la espalda de la mujer haciendo que saliera despedida a través de la cocinilla y aterrizando en el suelo de la alcoba de Mut.

– Llegaste antes, humana. –dijo el Espectro arrastrando las palabras.

– No soy una humana, soy una disariana. –se molestó Mirdal, mientras se limpiaba la sangre de la boca.

En el silencio que se creó escucharon el sonido de sábanas rozándose y el crujir de la cama. Miraron hacia el lugar de origen de esos sonidos y se encontraron con el rostro regordete de un joven corpulento, pero con cara de bobo que al ver la figura de la mujer al pie de su cama y en el umbral que daba hacia la cocina el perfil de un ser que no era humano se transformó en una expresión de terror. Gritó como un desquiciado y de un salto, el sobrino guardia de Mut Strobalsrone, se escapó del lugar corriendo tan rápido como sus gordos muslos se lo permitían.

La lucha continuó. Acero arremetía y Mirdal se defendía. Los papeles se intercambiaron y en ese momento la muralla colapsó por un puñetazo de Acero abriendo un acceso al pequeño patio trasero enclavado en las deslucidas fachadas posteriores de los rascacielos que dejaban el lugar como una gigantesca fosa en medio de la ciudad.

– ¿Cómo puedes enfrentarte a alguien como yo, siendo una mísera humana? –inquirió el espectro cuando se separaron.

– Soy una disariana, una disariana que domina el arte de la manipulación de la Energía Pura. –contestó, concentrando una esfera de energía.

– Interesante. –y esquivó a duras penas el ataque.

– Somos pocos en el Universo los que podemos dominar esta técnica.

– Me acuerdas a un individuo, que me contaron que tenía la misma habilidad. –dijo con fingida calma el Espectro. Acto seguido, se abalanzó contra la mujer.

Siguieren batallando, saltando por las plataformas metálicas de los rascacielos, llegando cada vez más arriba. Mirdal ya se estaba agotando cuando llegaron hasta un gran balcón lleno de galones vacíos.

– Dime dónde se encuentra el Orbe Trisado verdadero.

– ¡Nunca!

El espectro se esfumó, Mirdal se puso de inmediato a la defensiva culpándose por haber dejado un tiempo a su enemigo para que hiciera tal maniobra. Lo vio acercándose como una sombra a ras del suelo, avanzando vertiginosamente en dirección a ella. Con prisa, reunión una gran cantidad de energía en el talón derecho y en el momento en que la sombra estuviera lo suficientemente cerca arremetería. Lo hizo, sin embargo, el espectro también había logrado su objetivo. La aprisionó del otro talón y una barra de metal comenzó a ascender, llevándose colgando cabeza abajo a la disariana.

– ¡Dime dónde escondió Mut el Orbe! –ordenó amenazándola con su gran puño de metal.

– ¡No lo haré! –y un grito de dolor se escapó de la boca de Mirdal. Acero alejó el puño de su torso.

– Volveré a preguntar, ¿dónde está el Orbe?

Esta vez no obtuvo respuesta, por su lado Gerlaky sí obtuvo otro puñetazo en su abdomen.

– Eres testatura. –dicho esto se preparó para volver a golpear, sin embargo, un aura poderosa lo llevó a echarse para atrás– ¿Qué demonios…?

Un brillo blanco rodeó a Mirdal que tenía los ojos cerrados y las manos juntas en alguna posición extraña. Una onda de choque mandó lejos al Espectro y esto provocó que la barra de metal desapareciera. Mirdal lentamente se incorporó a su posición vertical normal, levitando, rodeada de esa energía que se iba acumulando.

– Interesante. –dijo el Espectro, en el suelo del balcón, observando como lentamente la mujer iba descendiendo hasta llegar a su altura.

Un brillo destelló en todo el sector, reflejándose en los sucios vidrios de los rascacielos y en las partes no oxidadas de los fierros, techos y galones que ahí se encontraban.

Gerlaky estaba erguida, con los puños apretados, las piernas separadas y cada articulación de sus extremidades era abrazada por una llama blanca con destellos púrpuras. Su expresión era severa, acentuada por unas marcas moradas en su frente y tres puntos bajo su ojo izquierdo.

– Esto es mi técnica especial: ¡Shiroiji! –y movió energéticamente sus brazos y piernas de manera que producía látigos de fuego blanco que el espectro trataba de esquivar y de contener con su armadura de metal.

– Interesante. –dijo a medida que surcaba el contaminado cielo nocturno y esquivaba los ataques.

Comenzaron a luchar mano a mano. La velocidad de Mirdal se había duplicado otorgándole la ventaja. El Espectro del Hielo a duras penas amortiguaba los potentes golpes de la disariana.

– Maldita, ¡humana! –y junto con el grito, del suelo salieron espinas metálicas que hicieron retroceder a Mirdel dando piruetas y saltos invertidos para lograr esquivarlos uno a uno.

– Soy… una… ¡disariana! –le decía mientras se echaba para atrás.

Y cuando el ataque metálico terminó, la mujer pisó bien firme y con un grito para darse ánimos lanzó una poderosa esfera de energía blanca que destruyó todas las agujas gigantes y se estrelló en el cuerpo de Acero, que estaba esperándolo con una capa de metal sobre él, pero no fue suficiente, el metal se hizo añicos y el Espectro voló varios metros hasta estrellarse contra la pared de concreto de la casa de Mut, perforando la pared. Salió gateando, iracundo, maldiciendo a los mortales, a los humanos, a la familia de Gerlaky, a su descendencia y a ella misma, que se encontraba parada, mirándolo entre el humo que se había formado por su ataque. Que vergüenza, uno de los guerreros más poderosos de Lord Septimorial, siendo derrotado por ella… no quería ni pensar en su castigo. Ni lo hizo, porque una voz resonó en su cabeza, era Hielo.

– «Trabajo hecho, nos marchamos.»

Y sin decirle nada a su contrincante, desapareció en una humareda negra.

Mirdal volvió a su estado original, estaba cansadísima, pero aún tenía algo más que hacer. Miró dentro del agujero que había creado el espectro y notó que estaba la cocinilla ahí dentro, avanzó y vio el horno que con el golpe tenía la portezuela abierta.

Y se acordó del escondite que ambos conocían.

***
– Esto es un quebrado, sí, ¡sí lo es! –decía el Espectro del Viento triunfante.

Los cuatro muchachos no quitaban el ojo de lo que acaba de ocurrir: El recién liberado Origen recibió una bala invisible, inofensiva físicamente, pero lo transformo en un ser sombrío y deslucido, que lanzaba alaridos de bestia, llanto de bestia. Y a su lado, Gigin seguía desmayada.

– ¡Maldito! –espetó Pablo.

– Que te he dicho que no he sido yo. –dijo la voz silbante del Espectro.

– ¿Por qué hacen esto? –dijo Alex triste, mirando el hocico del Quebrado.

– Es nuestro deber. –sentenció sacando de la nada un naipe en blanco entre sus dedos con forma de garras.

El naipe voló en seco y se clavó en la grasosa piel, ahora gris, del ente que comenzó a gemir con más fuerza. Unos rayos nacieron de la carta y súbitamente el Quebrado fue absorbido.

Finalmente la carta viajó de vuelta a la mano de Viento que la observó de reojo. La imagen del Quebrado ahora estaba inmortalizada donde antes era un fondo blanco.

– ¡Detente! –gritaron todos a distintos tonos, lanzando cada uno un ataque de su elemento. Justo antes que dieran en el Espectro, este, se hizo humo.

– ¡Rayos! –blasfemió Ben– Se llevaron el Origen.

– Creo que habrá que acostumbrarse a ver esos tipos desaparecer de esa forma. –dijo Rob caminando hacia un escombro para sentarse.

Gigin seguía respirando, pero estaba muy pálida y casi no tenía pulso.

– Hay que llevarla a un hospital. –dijo Alex soltándole la muñeca.
– ¿Cómo? –inquirió Ben.

Rob, sentado a la distancia, notó que la puerta que daba hacia la sala de ediciones se abría. Fijó su atención y se sorprendió al ver entrar a Mirdal, cargando el cuerpo de un hombre de barba, ensangrentado.

Con ayuda de Mirdal, dejaron los cuerpos de los dos heridos en el gran hall de entrada del canal de televisión. Llamaron a Combe de un silbido y éste apareció, se le notaba cansado y caminaba con sus cuatro patas como si hubiera corrido por todo un día. Ni se inmutó al ver los cuerpos desmayados de Mut y Gigin.

– ¿Alguna noticia? –le preguntó Mirdal.

– Han tratado de entrar varias personas, las tuve en el parque de al frente, haciendo como si estuvieran visitándolo. –dijo.

– Entonces, ¿ahora vienen para acá?

– Así es, ya no están hipnotizados.

Se alarmaron.

– ¡Pero Combe! ¡Cómo no avisas antes y vienes tan despacio caminando! –le regañó Rob, molesto por su actitud.

El Origen dio un corto bufido y subió al hombro de la mujer.

– Bueno, marchando, ya tenemos lo que veníamos a buscar.

Alex vio los dos cuerpos tirados en el frío suelo de cerámica, y dijo con melancolía:

– ¿Y los dejaremos ahí?

– No hay tiempo, los que vienen llamarán a una ambulancia, te lo aseguro. –respondió Mirdal cortante.

Justo antes que la puerta de acceso se abriera, ella agarró la piedra trasladora, tomo a los jóvenes y, sujetando firmemente el Orbe, pensó en el departamento de Eric; sin antes mirar con compasión y amargura el cuerpo del hombre que hace algún tiempo atrás había amado.

Espero que les haya gustado!

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PRÓXIMO CAPÍTULO: [Dentro del armario]
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por MaNtoSastO el Vie Feb 22, 2013 9:51 am

Jojojo bien! Ya me puse al corriente!

Han sido muy buenos combates, quizás este último capítulo tuvo un aumento de dedazos que atribuyo a la emoción al escribirlo, sé que lo has hecho con todas las ganas, se nota en el resultado que transmite esa sensación a la perfección. La pelea de Acero contra Mirdal fue genial. Poco a poco empiezan a develarse los movimientos de los enemigos, me pregunto qué será esa carta que captu´ro al Quebrado, y por qué tienen que quebrar a los orígenes antes de capturarlos. parece como si los "coleccionaran", aún queda por ver para qué exactamente.

Esperaré el próximo capítulo con ansias, mientras jugaré al ahorcado conmigo mismo y empataré en todos y cada uno de los juegos.
Saludos!
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Re: [E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" [Capítulo 19]!! FIN PRIMERA SAGA

Mensaje por EnRoKe el Vie Feb 22, 2013 9:41 pm

Fantástico que te haya gustado leer el capitulo tanto como yo disfrute escribiéndolo.

Por fin termine de escribir el siguiente capítulo y esta vez, no como la anterior, la releí antes de darla por terminada. Y sin más rodeo se las dejo.

Capítulo 17 - Dentro del armario

Primera Parte:
“ Muchas veces los temores se guardan en un armario cerrado con llave. ”

La seguridad aumentó. Ya no se permitían las visitas de civiles al Ministerio Gubernamental salvo que se haya agendado con tiempo telefónicamente. Las puertas de monumental edificio sólo se abrían bajo la custodia de soldados de capa blanca que fiscalizaban las identidades de los que entraban y salían.

El Ministro del Tesoro, Ty Kaladú, pasó por aquella entrada dedicando un animoso saludo a los soldados que ni se inmutaron y de inmediato se dirigió al despacho de Zafiro, siempre saludando con cordialidad a quién se le cruzase. El Primer Ministro lo había llamado horas atrás para tratar un tema de extrema importancia, sonaba muy preocupado.

– No entiendo por qué tanto alboroto, Zaf. No entiendo. –ironizó Kaladú al Primer Ministro cuando entró a su despacho, dedicándole una sonrisa mientras se abrazaban.

– Vaya Ty, hasta en estos momentos mantienes el buen humor. –dijo el aludido, devolviéndole la sonrisa– Anda, toma asiento.

Ty tomó asiento, aceptó el café que le ofrecía Soler y sin permiso comió una pequeña galleta que yacía solitaria sobre la fina mesa de té del despacho. De pronto, luego de mirar de reojo a Zafiro y percatarse que se encontraba junto al gran armario sacando dos copas de cristal, Ty saltó rápidamente a la butaca de terciopelo terracota bordado y acto seguido hizo un ligero sonido con la boca para llamar la atención del Primer Ministro. Éste dio media vuelta sujetando las copas en una mano y con la otra una botella de licor ambarino y se acercó lentamente a Ty diciéndole:

– Sabes muy bien que ese es mi asiento favorito y no me…

– Gusta que se sienten en él cuando bebo. –terminó de decir el Ministro del Tesoro– Blah, blah… ¡ya lo sé! Por eso me senté aquí. –y rió, a lo que Zafiro sólo sonrió– ¡Anda! ¿Qué pasa? ¿Por qué tanta seriedad? ¿Qué ya no sabes cómo reír que sólo sonríes?

Zafiro dejó lo que traía sobre la mesa de centro y contestó con un dejo de complicidad:

– Por eso te traje a esta reunión.

Ambos eran amigos hace tiempo, buenos amigos desde antes que entraran en la política. Estudiaron juntos en la misma escuela y a pesar de los cinco años de edad que los separaban, fueron muy buenos amigos. El Destino hizo que sus vidas siguieran entrelazadas tras la secundaria y tras la Universidad. Años más tarde entraron a trabajar juntos en el Ministerio y poco a poco fueron ascendiendo hasta que ambos ya bastante maduros alcanzaron los puestos que ahora ostentaban con orgullo.

Ty volvió a su asiento original y Zafiro, al que le pertenecía. Los viejos amigos parecían como padre e hijo, porque Ty, si bien tenía cinco años menos que su amigo, parecía tener la mitad de la edad que él. Su melena castaña cobriza resplandecía con energía y sus ojos oscuros parecían dos lagos profundos. Risueño y extrovertido, Ty siempre destacó por sobre Zafiro, atraía más a las chicas y era el centro de atención en las fiestas y reuniones por sus chistes y temas hilarantes.

A Zafiro eso no le preocupaba, es más, le daba gusto el éxito social de su mejor amigo, además él al ser más maduro por naturaleza sabía que ya había pasado su tiempo para el espectáculo público y no había nada de malo que Ty fuera como era. A él le gustaba su forma de ser, en especial con las mujeres; la mayoría de las novias que tuvo Zafiro, incluida su esposa Marie, fueron presentadas por el mismísimo Ty Kaladú. Sin embargo, este privilegio sólo era ofrecido para él, ya que Ty a nadie más le hacía este favor.

Lo único que desencajaba con la entretenida personalidad de Ty era su tacañería, nunca prestó un peso a nadie, ni siquiera a Zafiro, eso que poseía un capital bastante abultado pues a los once años comenzó a participar en el negocio familiar de la casa de empeño que le iba muy bien, tanto que, cuando se recibió de la secundaria, se convirtió en el dueño de la tienda, mientras que su familia se dedicaba en otra empresa.

Zafiro siempre pensaba que tal vez por esa tacañería y más la suerte que siempre tocaba a su puerta era que Ty Kaladú se había convertido en el Ministro del Tesoro, cargo que no lo decidió él, pues todavía no era Primer Ministro. Fue Antonio Guizer, su antecesor, quién lo eligió.

– ¿Esperamos a alguien? –preguntó Ty bebiendo un sorbo.

– Sí. –respondió simplemente Soler, a lo que agregó: – Ya debe estar por llegar. –Segundos después la voz de la secretaria sonó en la habitación anunciando que Maximian Summerhoff había llegado. – Que entre. –dijo el Primer Ministro mientras se levantaba dejando su copa a un lado.
La puerta se abrió para dejar entrar al Intendente Central Summerhoff, hombre alto, delgado y nariz recta y prominente. Su corto cabello se asemejaba a un pasto dorado recién podado y sus largos dedos a las patas de una tarántula. Se saludaron con un abrazo afectuoso.

Mientras Soler iba a buscar otra copa de cristal al armario, Ty saludó con gracia al recién llegado, diciéndole:

– Max, ¿no conoces los relojes? –hincó Ty con una sonrisa amistosa.

– No es tan tarde. –respondió Max con una potente voz.

El Intendente Summerhoff también pertenecía a este grupo de amigos, aunque nunca fue tan estrecha la relación como la de Zafiro y Ty. De hecho, largo tiempo Summerhoff sintió un rencor por Ty principalmente por su forma de ser que chocaba contra su mente calculadora y poco dotada para crear y procesar las bromas.

–Necesito su ayuda. –comenzó a hablar el Primer Ministro cuando todos se hubieron sentado. –Como viejos amigos que somos, me aferro de nuestra confianza para confesarles algo que está ocurriendo dentro del Ministerio Gubernamental. Algo para nada agradable.

De pronto, la voz de la secretaria de Zafiro sonó desde el escritorio:

–«La Capitana Fregota desea hablar con usted, señor, dice que es urgente.»

Y desde su asiento, el magistrado replicó:

–Dígale que se espere unos minutos, yo la llamaré cuando me desocupe, gracias Katie.

–«Señor, debo disculparme, pero ella está aquí ahora.»

–Que descortés serías si no la dejaras entrar si ella había venido personalmente a tu despacho. –le hizo notar Ty, con una risita.

Pero Zafiro no tuvo ni que levantarse de su asiento cuando la puerta de su oficina se volvió a abrir y la elegancia de la Capitana de la República de la Tierra entraba dando zancadas, tan naturalmente como si fuese el living de su casa.

– Buenos días, Escila. –saludó Zafiro levantándose, al igual que los otros dos.

– Necesito hablar con usted, de inmediato, a solas. Hay algo importante que ha sucedido.

– En este momento estoy en una reunión, ¿no vez? –le objetó Soler.

– ¿Desde cuándo sirve licor en sus reuniones? –le preguntó la mujer con una leve sonrisa pícara.

Era verdad, nunca servía bebidas alcohólicas dentro de su despacho, a no ser que estuviera recibiendo a alguien muy querido. Esto Escila lo sabía al dedillo.

–Está bien, está bien. –se rindió Zafiro. –No es una reunión propiamente tal, pero estábamos hablando de cosas bastante importantes también.

La mujer lo quedó mirando fijamente. Sus ojos pálidamente azules tenían ese fulgor irresistible a la voluntad de un hombre. Pero eso también lo sabía muy bien Zafiro a cuyo efecto había dominado una técnica para evitar ser persuadido: apartar la mirada de ella.

Zafiro Soler se sentó de nuevo esperando que la conversación se diera por terminada, sin embargo, Escila no se movió.

–Se trata de los muchachos de Club Ned. –dijo lentamente, como si no hubiera estado en sus planes decirle eso frente a esas dos personas.

De hecho, los dos presentes se miraron cómplices mientras que Zafiro miraba el suelo.
–Si me permiten un momento. –dijo luego de unos segundos de silencio.

Fueron juntos a una sala de reuniones poco utilizada últimamente del Ministerio Superior* ubicada en el mismo piso.

–¡Cuánto polvo hay aquí! –exclamó Zafiro al entrar y ver que una capa de polvo cubría la mesa oscura del centro y las cortinas parecían grises en vez de blancas. – Voy a tener que hablar con el departamento de aseo para que venga a hacer una limpieza a este lugar.

– No importa el polvo. Mire esto. –y colocando sobre la mesa una laptop que le había entregado uno de sus asistentes a la salida del despacho de Soler, le mostró un video de varias cámaras de seguridad. –Es lo que sucedió esta madrugada en las dependencias del Canal Tres.

– Esos son… los cuatro muchachos de Club Ned. –dijo con asombro, indicando en la pantalla sus figuras poco nítidas. –¿Quién es esa mujer alta? –preguntó.

–Mirdal Gerlaky, ese nombre nos arrojó el programa de identificación de rostros. La mujer de ahí es Gigin Veller Toresse.

– Explícame un poco, el hecho criminal que daban en las noticias esta mañana, ¿fue por culpa de esos muchachos? –dijo con amargura Zafiro.

– No lo sabemos. Ese individuo de ahí, que apenas se ve… Déjeme pausarlo, ¡ese! Ese tipo, Mut Strobalsrone luego de despertar en el hospital se ha declarado culpable de todo lo sucedido.
– ¿Y qué hacían esos jóvenes ahí?

– No lo sabemos, señor. Ni tampoco la relación que tiene esa tal mujer Gerlaky con ellos.

– ¿Estos videos están en manos de otras personas?

– Entregué una copia en fiscalía hace unas horas.

– Entiendo. –dicho esto, el Primer Ministro se dispuso a retirarse, pensando que había perdido el tiempo por no ser algo tan urgente, pero Escila lo detuvo al decir:

– En vista y consideración de las actuales circunstancias y de quienes están involucrados, hice algo con el video, esa es una de las cosas por las que quería hablar personalmente con usted. –dijo con prisa al ver la inquietud de Zafiro.

– ¿Qué cosa?

– Bueno, edité algunas partes.

–¿Qué dices? –la expresión serena de Zafiro cambió de pronto a asombro.

–La copia que dejé en fiscalía no contiene ninguna imagen de los muchachos. ¿Cree que haya sido lo correcto?

–Sabes muy bien que no me gustan las mentiras, pero en este caso, como bien has dicho, en vista y consideración de las circunstancias y de ellos como de nosotros mismos, debemos mantener a esos jóvenes lo más alejados de la res pública.

–Eso mismo pensé. –suspiró aliviada la Capitana.

Zafiro de nuevo hizo acto de retirarse, cuando la mujer lo detuvo.

–Espere, hay otra cosa, más bien dicho otras cosas. –y le indicó en el video el escenario y cómo Gigin saludaba de beso a un invitado, luego cómo comenzaba a toser olímpicamente, cómo aparecían los 5 individuos más el extraño animal y cómo peleaban contra algo fuera de lo cotidiano: el Espectro. Finalmente la grabación se cortó drásticamente. –Y eso es lo último.

Zafiro estaba pensativo, mirando la pantalla en negro del monitor.

– ¿Se da cuenta? Cosas raras están sucediendo alrededor de los muchachos. ¡Ned tenía razón!

–Ned tenía razón. –repitió Soler en un hilo de voz.

***

La Metrópolis se encontraba en una gran península, incluso se extendía por decenas de kilómetros al interior de las tierras montañosas de la antigua Europa y como cualquier ciudad tiene sus ciudadanos y como cualquier ciudadano necesita movilizarse por su ciudad, se había construido una colosal red de metrotrenes que interconectaban varios puntos de la región. Sin embargo había regiones que no ostentaban este servicio, principalmente las localidades periféricas que eran numerosas y con el paso del tiempo habían ido proliferando aún más.

Pero, más allá existían los abandonados pueblos y ciudades que habían sido devastados por la Tercer Guerra y que con poco éxito el Ministerio había logrado reconstruir. La cruda marca del pasado era infinitamente mayor que las ganas de vivir en un lugar donde la pena y el dolor se respiraban hasta en el más pequeño de los callejones.

En uno de esos lugares, una casita sin cerca ni patio a los pies de una colina pedregosa parecía no verse afectada por el paso del tiempo.

Dentro, las voces de tres humanos se solían escuchar.

–¿Qué nunca vas a salir de ahí?

–Ya van dos días, ya debe tener hambre.

Un armario grande, de estilo antiguo y deslucido se erguía en la mitad de una habitación alargada iluminada por dos ventanas a cada extremo. Frente a él, un asiento de dos puestos desde donde Saoran y Mataro lo contemplaban con cara de fastidio.

–Ve atraer un poco de comida. –dijo sin cortesía Saoran.

–Ve tú. –le contestó Mataro dedicándole una mirada asesina. –A mí no me vienes a dar órdenes.

– Ni tú tampoco. –le dijo, devolviéndole la mirada.

Estaban a punto de montar una pelea sobre el sillón cuando la tercera voz, una femenina esta vez, se escuchó desde una habitación contigua tan fuerte como un trueno:

–¡¡Yo soy la que da órdenes aquí y van a ir los dos a buscarle algo a la cocina!! ¡De paso me traen mi vaso de bebida que ya estoy a punto de volver a mi forma normal!

Se apresuraron en levantarse y desaparecer por otra puerta.

–¿Te has dado cuenta que se pone mucho más enojona cuando está en forma de caracola? –le preguntó Mataro a Saoran. A lo que este asintió con la cabeza.

De vuelta, le dejaron un plato de frijoles fríos en el piso alfombrado frente al armario y luego dejaron el vaso de bebida en la recámara de Victoria, sobre su mesita de noche, cómo acostumbraban hacer.

– ¡Ya, fuera, fuera! –les espetó la mujer en su forma de caracola. Yacía sobre varios almohadones, oculta tras el dosel de su cama tan antigua como el armario.


Segunda Parte:

La noche llegó y el plato seguía sobre el suelo.

–Sal, sal, sal, sal…–repetía Mataro dándole pequeñas patadas al armario mientras la cabellera negra de Victoria en su forma humana se paseaba de un lado a otro y bajo ella, unos ojos furiosos destellaban observando de vez en cuando si la puerta del armario se destrababa.

–Ten cuidado que es una herencia bastante cara. –le dijo la mujer al joven debido a que una patada había sido más fuerte que el resto.

–Herencia que nos ha causado esta molestia. –dijo Saoran de brazos cruzados en un rincón.
–Aparte, tú nos dijiste que este armario era casi indestructible. –le argumentó Mataro dándole otra patada.

Se fueron a dormir. A Mataro le tocó hacer guardia esta vez por lo que tuvo que dormir en el sofá de dos cuerpos, bastante incómodo, puesto que el medía más que lo común.

Dentro del armario unos ojos observaban a través de la cerradura cómo el adolescente roncaba y mirando el plato de frijoles, se saboreó la boca por última vez y tomó la llave de su bolsillo para abrir la puertecilla del armario. Sacó un brazo.

– “Despacio, despacio.” –pensaba conteniendo la respiración. No sabía si el que lo custodiaba tenía el sueño ligero.

“Bingo”. Se alegró al tomar el borde del plato. No le importó sentir que estuviera frío, el hambre era mayor.

–Anda, cómetela. Pero no vuelvas a entrar ahí.

Y quedó paralizado por unos segundos al oír la voz de Mataro que se había despertado. Luego trató de volver a meterse dentro del armario, con o sin el plato, sin embargo, el pendenciero joven saltó de la cama y agarró con fuerza su brazo.

–Dije que no entraras ahí. –le quitó la llavé y lo arrojó al suelo a la vez que la puerta del armario se cerraba, sin nadie adentro. –Ahora cómete eso, debes tener hambre. –y luego de decirle eso se sentó en el sofá y lo contempló. –Dale.

No tuvo más remedio que aceptar y con los dedos comenzó a comer el plato que tenía frente a sus rodillas. Le parecía lo más rico que había probado.

–¿Dices que te llamas Gorme o no? –le preguntó Mataro.

–Sí. –contestó sin quitar la mirada de los frijoles.

–Y vienes de Club Ned, ¿cierto?

–Sí.

–Bien. ¿Qué sabes de Ned Volkinez?

–Poco. –la salsa de los frijoles le resbaló por la barbilla.

Luego de un rato de silencio, la puerta de la habitación de Saoran se abrió. El otro joven apareció con el peinado desordenado y una cara de pocos amigos.

–¿Ya salió ese bobalicón? –preguntó entre bostezos.

Y a los minutos, cuando ya el plato estuvo vacío, luego de una intensa, pero silenciosa disputa, decidieron despertar a su jefa.

–Jefecita. –golpeó con simulada ternura Mataro la puerta de la recámara de Victoria. Saoran le había ganado el piedra, papel o tijera. –Jefecita, lo tenemos.

No hubo respuesta. Ni la hubo después de tres intentos.

Saoran se desesperó, avanzó, apartó a Mataro y golpeó con más fuerza a la puerta. Mataro corrió a esconderse tras el sofá.

–La harás enojar. –le dijo desde su guarida.

–Se enojará si no le avisamos a tiempo. –se defendió Saoran.

Y los pasos de la mujer comenzaron a resonar tras la puerta y al instante siguiente Victoria estaba debajo del umbral, sin maquillaje, despeinada, aparentando toda su edad y con las cejas arqueadas a más no poder.

–Despertó. –le contó Saoran retrocediendo sin mirarle a los ojos.

Y una mueca diabólica, que aparentaba ser una sonrisa, se esbozó en el rostro de la mujer.

***
–¿Qué querrán hacer los Espectros con los Quebrados? –preguntó Ben cuando todos estaban en la mesa de la cocinilla de la base esperando a que su entrenadora terminara de cocinar el almuerzo, a las cinco de la tarde.

–Debe tener relación con ese tal Septimorial. –acotó Pablo.

Mirdal dejó de revolver los huevos para responder.

–Septimorial es el jefe de esos tipos, un enemigo extremadamente fuerte que por fortuna no se lo ha visto por mucho tiempo pisando la Tierra. –dijo mirando ensimismada la lámpara que caía del techo sobre la mesita. –Sospecho que esos Espectros están formando un ejército de esos Quebrados. Ya vimos cuál es el poder de sólo uno de ellos. Ni me quiero imaginar cómo será pelear contra cientos de Quebrados.

Puso una rebosante paila de huevos revueltos sobre la mesa junto a una fuente ensaladas y se sentó junto a los adolescentes a comer.

–¡Provecho! –dijo Mirdal tomando una rebanada de pan y untándole un cerro de huevo.
Cuando hubo terminado el almuerzo, en el cual siguieron debatiendo sobre el poder de los Orígenes y de los Quebrados, sobre cómo sobrellevarían lo ocurrido los gemelos Erian y Eric de los cuales se despidieron con un gran abrazo; Mirdal se levantó, acarició a Combe que se encontraba reposando sobre el sofá y se dirigió a sus muchachos, con una voz serena y acongojada:

–Hemos vivido una experiencia bastante fuerte. Enfrentarse a esos Espectros no es algo pasajero. Son seres poderosos y atemorizantes ¿no es así? –los cuatro jóvenes asintieron. –Ahora, que ya saben a qué nos estamos enfrentando, tengo que decirles que su entrenamiento concluyó con esa batalla, ya no deben decirme entrenadora. –y rió por lo bajo.

Los cuatro, un tanto asombrados, sintieron como la mochila que cargaban triplicaba su peso.

–Pero, entrenadora… –una mirada severa se clavó en Alex. –digo, señorita…–otra mirada hizo que se callara.

–Díganme sólo Mirdal o Gerlaky desde ahora.

–Ehm… Mirdal, –continuó con un tanto de timidez Alex. –no me siento preparado para estar sin usted.

–Ni me lo digas, ¡han peleado ustedes solos contra ese Quebrado y contra ese Espectro! yo nunca les di órdenes para que hagan algo… ya están listos.
Quedaron en silencio. Tenían que aceptar lo que se venía, un horizonte obscuro y lleno de misterios se acercaba cada vez más, a una velocidad que a Alex le hizo estremcer mientras lavaba los platos.

Gerlaky propuso hacer una expedición hacia la cima de la montaña más alta de la isla. Los jóvenes respondieron animosos con un sí.

–Partimos a las seis en punto. –dijo para luego desaparecer tras la puerta de metal fortificado.

Y efectivamente a esa hora Mirdal los estaba esperando afuera en el claro con Combe a su hombro meneando su cola enroscada en el aire. Tan pronto como el último chico llegó, comenzaron su expedición atravesando el bosque hasta llegar luego de una hora de expedición hacia un río.

–Este es el río Kaa. Yo lo bauticé así. –explicaba la disariana mientras lo bordeaban en dirección a las montañas.

El cansancio que Alex sentía, las heridas y moretones que había acumulado por las dos peleas que enfrentó no le habían molestado durante el camino, el ungüento que le dio Mirdal antes de que se fuera a dormir había funcionado muy bien, sin embargo, aún sentía sus brazos y piernas algo fatigados, por lo tanto, cuando el camino comenzó a inclinarse comenzó a preocuparse un poco. Y para cuando observó la cima de la montaña cuando Mirdal la apuntó, se dio unos golpecitos en los muslos para que estos reaccionaran.

Cruzaron el rió saltando sobre unas rocas.

–Es poco profundo, así que no se preocupen si se caen. –les dijo Gerlaky siendo la primera en cruzar.

–Alex podría hacer un lado el agua, para evitar mojarnos. –propuso Pablo manteniéndose al margen.

–¡Ah! ¿No me digas que le tienes miedo al agua? –se mofó Alex mientras saltaba. Todos rieron, menos Pablo.

–Lo digo en serio. Las aguas se ven un tanto turbulentas.

Alex se acordó de la habilidad de Pablo de tener sueños premonitorios. ¿No será que tuvo una visión de que algo malo pasaría en este río? Por lo que, cuando hubo pasado a la otra rivera, detuvo el curso del agua y dejó pasar a su amigo.

–Gracias. –dijo.

–Bueno, ahora comienza el ascenso. –indicó Mirdal. Y luego de otra hora subiendo por un camino que según decía lo había construido ella con Mut llegaron a la cima.

No era una cima común y corriente. Allá arriba, una construcción aparentemente muy antigua se alzaba. Pilares, cimientos, paredes casi en el suelo y un arco roto, todos de piedra, hacían el ambiente de un templo destruido por el paso del tiempo y, tal vez, por algo más.

Gerlaky hizo que se acercaran al arco destrozado y les preguntó:

–¿Dónde recuerdan haber visto unas inscripciones así? –apuntó a los jeroglíficos que tenía tallado la piedra. Alex se acordó de inmediato:

–¡La piedra trasladora!

La mujer asintió, sacó la piedra de un bolsillo e hizo encajarla a la perfección en una muesca en uno de los pilares del arco. Alex en su interior pensaba un tanto molesto“Si trajo la piedra consigo todo el tiempo, ¿por qué no la utilizaron para teletransportarse a la cima?” y sabía que Rob pensaba lo mismo puesto que miraba con desgano la piedra.

–Esta piedra salió de aquí, de este arco. Creemos… –se detuvo. –creo que esta construcción era una especie de templo no sé de qué religión y que este arco semi-destruido fue un portal en su tiempo.

–Me hace sentido. –expresó Ben.

Mirdal luego de guardar la piedra tomó un pedazo de roca que estaba a punto de desprenderse del arco y lo arrancó.

–Si se fijan si uno saca un pedazo de roca como lo acabo de hacer las marcas desaparecen junto con su poder. –explicaba mostrándole la roca sin nada en su superficie. –Para obtener una piedra hay que tener suerte y saber esperar, porque sólo obtendrán una si ésta cae naturalmente, sin influencias creadas por uno. ¿No sé si se entiende? –los muchachos asintieron.

– ¿Y si yo arranco la piedra con mis poderes? –preguntó Pablo, incrédulo.

–No creo que sirva. –le respondió Mirdal apartándose para lanzar la piedra montaña abajo. –Ahora, si quieren una piedra, los invito a quedarse aquí y esperar a que una roca caiga. Creo que pronto caerá un fragmento, de ese lado ¿lo ven? –y luego de indicarles, comenzó a descender sin decir más, con Combe caminándole al lado de sus pies.

Los muchachos quedaron un tanto pasmados por la actitud de Mirdal y cruzaron miradas rápidamente.

–Se me hace que esto es una prueba. –dijo Alex.

–Pero si ella dijo que ya no era más nuestra entrenadora, replicó Rob, cruzándose de brazos.

–Tal vez nos abandonó. –bromeó Ben.

–Ni lo digas. –dijo Pablo corriendo hacia donde había ido la disariana. –¡Mirdal! ¿En serio nos tenemos que quedar?

Y a la distancia se escuchó cómo le respondía:

–¡Por supuesto, es indispensable tener una piedra trasladora!

Y utilizando el poder de la piedra trasladora se perdió de vista.

Quedaron solos, los cuatro, mirando el trozo de roca que, esperaban, pronto iba a ceder ante la gravedad.

En ese mismo instante, a miles de kilómetros de distancia. En aquel pueblo abandonado de la periferia, una figura humeante y negra se escapaba de una casa desde cuyo interior provenían los chillidos espantosos de un ser no humano, amortiguados dentro de un armario cerrado con llave.


Nota (*): Ministerio Superior, vendría a ser el Ministerio del Interior (aquí en Chile) y ahí es donde trabajan los Intendentes Centrales y el Primer Ministro.

PRÓXIMO CAPÍTULO: [Club Ned vs Crimson Shark]

Además les dejo el mapa de la isla (hecho por mí en paint xD)
Mapa:

Espero que les haya gustado! Nos estamos leyendo.
Saludines
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[E] Club Ned - Saga "Sombras en la Tierra" (ACTUALIZACIÓN: cap. 18!!!)

Mensaje por EnRoKe el Lun Dic 23, 2013 9:42 pm

Hola, ejem, creo que he vuelto (?)... si he vuelto! ya estoy de vacaciones y una de mis primeras acciones fue terminar este capítulo para uds.

Lo siento por mi gran ausencia y espero que no me odien por eso... aunque si quieren gritarme, porfavor no maldigan a mi madre.

Saludos y espero que les guste!


Capítulo 18 - Club Ned vs Crimson Shark


Primera Parte:

“ Todos somos mortales, incluso los que pensábamos que nunca morirían. ”
Habían pocas nubes en el cielo a esas horas de la tarde acompañando el camino de regreso de Mirdal Gerlaky y Combe, quienes habían aparecido en el prado verde. El césped estaba tan bello como siempre, nada hacía pensar que hace unos meses atrás una dura batalla se produjo. A la distancia se veían las cuatro estructuras de piedra que se erguían sólidas, sin querer desaparecer.


–Me iré, ya me dio hambre. –le dijo Combe a Mirdal. –¿Tú te quedarás?


–Sí, quiero pasear un rato a solas. –dicho esto, Combe desapareció dando saltitos en el bosque mientras que la disariana caminaba en la dirección opuesta, hacia los monolitos.


Posó su mano sobre la fría superficie y esperando sentir algo, retiró la mano sin percibir algo.

“Este era el poder que guardaba esta isla.” Pensaba “Pero ya no está más aquí” y mirando hacia la cima de la montaña Lazo, suspiró:


–Ahora se encuentra junto a esos chicos… creo que vamos bien.


Y con una leve sonrisa comenzó a rozar con la punta de sus dedos cada roca que fácilmente superaban los cuatro metros de altura a la vez que rememoraba los momentos que tuvo que aguantar el campo de fuerza para detener que los cuatro espectros destruyeran sus planes.


“De algo tenías razón Ned… Íbamos a encontrar a los muchachos ideales.”


Se detuvo contemplando el paisaje. Pocas veces su mente divagaba, por lo que pasados unos minutos de anonadamiento la sorpresa de su comportamiento le llegó de sopetón he hizo que iniciara la marcha en dirección a la base.


No utilizó la piedra, el bosque que separaba el claro del prado verde estaba muy agradable a esa hora del día. La luz se colaba entre lar ramas y hojas acompañado de una leve humedad que aplacaba un poco la repentina falta de brisa al entrar al bosque. Se demoró menos de media hora en atravesarlo, poca duración a pesar que se tomó tiempo de mirar entre rincones y troncos. Por un segundo pensó en cómo sería la vida aquí sin todos estos revuelos y ataques de enemigos.

Al llegar al inicio del claro un aroma a chamuscado hizo que sus sentidos se agudizaran y repentinamente Mirdal se detuvo en seco pues vio como las flamas consumían su base.


Corrió lo más rápido que pudo, con el corazón bombeando a más no poder, y al alcanzar la puerta y ver que esta estaba toda destrozada, los peores pensamientos se le vinieron a la cabeza.


Con un brazo impedía que el humo entrara por sus narices, mientras que con el otro se abría espacio entre los escombros ardientes.

– ¡Combe! –grito sacándose por un segundo el brazo, lo cual le hizo toser y volver a taparse. Por lo avanzado del fuego dedujo que comenzó mientras ella estaba en el bosque y ya Combe debería haber estado dentro de la base.


Examinó lo más que pudo entre la humareda y las llamas que había en la cocinilla y la sala de estar. Botó la mesa y trato de llegar a la llave de agua pero el mueble estaba hecho un mar de lenguas de fuego que le impidieron acceder al agua.


– ¡Combe! –volvió a gritar, desesperada.


Se dirigió al pasillo, con el corazón latiéndole a mil… y lo encontró.


Las piernas le flaquearon al ver la escena. Cayó de rodillas, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Frente a ella yacía sobre un charco de algo que parecía ser sangre un cuerpo de un animal peludo, no resplandecía, tenía un tono grisáceo y su tamaño era el tamaño natural sin ilusiones.


Mirdal lanzó un grito despavorido. Se levantó, ahogada y con el rostro desfigurado en ira y dolor para tomar el cuerpo del Origen que la había acompañado por tanto tiempo. Salió velozmente de la base justo para cuando el techo se desplomó. La base ardía y el alma de Mirdal se desgarraba.
¿Quién fue? ¿Por qué? No lograba asimilar todo lo que ocurría. Supuestamente estaba a salvo en esa isla, se lo habían prometido. ¿Por qué no toda era sencillo, tranquilo como el bosque que los rodeaba? Estaba desconsolada, con el frío sobre sus hombros a pesar de que sobre ella un sol resplandecía, pero incluso la belleza de la naturaleza se veía desfigurada a través de las lágrimas derramadas por sus mejillas para caer sobre las hojas resecas del suelo.


Y vio a la distancia un destello metálico.


Sin pensarlo dos veces corrió con el cadáver de Combe a través del bosque y llegó a otro claro, mucho más pequeño, que con toda probabilidad había sido creado artificialmente. Y se encontró con una gran nave metálica con forma de huevo cimentada sobre las raíces y ramas del piso. Mirdal contempló con furia el símbolo de un tiburón rojizo y de inmediato se acordó de las palabras que le había dicho Combe tiempo atrás:


–Encontré a unos tipos raros merodeando en la isla. Venían de una extraña nave con una insignia de un tiburón y casi encuentran la base, pero yo los he detectado a tiempo y los hipnoticé para que no vieran nada en el claro… Creo que vienen en busca de algo, Mirdal.


Y la amargura se mezcló con la ira. Funesta combinación.


Ahí parada, frente a la nave, el cuerpo de Combe comenzaba a esfumarse en una ligera brisa de polvo grisáceo que era visto por los vidriosos ojos verdes de Mirdal. Formaban un especie de hélice hacia el cielo, brillando tristemente, en silencio. Y para cuando los brazos de la mujer ya no soportaban ningún peso, la escotilla de la nave se abrió haciendo un leve ruido de motor.


– Estabas muy aferrada a ese “salvaje”. –se escuchó una mimosa voz femenina acompañada del sordo sonido de tacos contra el metal de la plataforma. – Una lástima, una verdadera lástima… que tal ser haya desaparecido para… –hizo una pausa, su rostro se le hizo visible para la disariana. La furia le invadió– ¡siempre!

Sin aguantar y teniendo la corazonada que aquella mujer de severo aspecto había asesinado a Combe, se abalanzó de un salto para golpearla. Para su sorpresa, termino revotando hacia atrás, cayendo sobre un arbusto de bayas. Al levantar la cabeza sintió un dolor en su cara como si hubiera chocado contra un muro y miró lo que había sucedido: un aro de más de dos metros de diámetro se había interpuesto entre ella y la mujer de la nave.


– Si piensas que yo fui la que mató a tu animalito, estás equivocada. –dijo Victoria bajando el brazo con lentitud.


La respiración de Mirdal estaba muy agitada, no podía controlarse. Si es verdad que no fue ella, entonces, quién fue.


– Ese bicharraco era una molestia. –continuó alardeando Victoria. – Ahora entiendo por qué cada vez que veníamos a este lugar, no encontrábamos nada, siendo que pasamos muchas veces por ese claro. Pero esta vez fue diferente, lo encontramos desprevenido.


– Ustedes… –Mirdal corroboró lo que había dicho sobre los intrusos de la nave con la insignia del tiburón. Sólo necesitaba preguntar algo más antes de desbordar su ira desgarrándole la piel a la mujer, luego de arrebatarle ese molestoso vestido verde. – ¿Qué están haciendo aquí?


La alta mujer sonrió sin mostrar los dientes y luego dijo simplemente con tono trinufoso:


– Buscar.


De pronto, a la disariana se le vino lo que podrían estar buscando.

Se puso de pie y salió veloz de vuelta a la base. “El orbe…” pensaba, “ellos quieren el orbe”.


Las llamas seguían ahí, consumiendo la base. Mirdal se volvió a meter dentro de lo que quedaba de la construcción, que sólo eran las habitaciones y el pasillo que conducía hacia su habitación. La puerta metálica estaba ahí, y la recámara tras de ella se mantenía subterránea y protegida. “Combe... protegiste el orbe hasta el final”.

Salió tan rápido como entró. No soportaba el fuego ni el calor rozándole la piel. Y al volver al exterior vio la silueta de la mujer de la nave, acarreando algo voluminoso tras de ella, que levitaba gracias a una plataforma redonda hecha con el mismo anillo que había repelido su ataque. Se acercó mientras la otra se acercaba, y la disariana se percató que era un gran armario con una belleza difícil de explicar, propia de los objetos antiguos, donde en su centro brillaba un candado dorado. Se siguió acercando, sin decir nada, cauta y atenta a cualquier movimiento de su enemiga, cuando logró percibir unos movimientos ágiles que provenían desde dentro del mueble y se detuvo.


– Aquí dentro está quién lo hizo. ¿Quieres descubrirlo? –dijo Victoria.


– ¿Quién eres? –increpó asesinándola con la mirada.


El pecho de la mujer se infló. Su vestido verde sedoso rozó la piel de su brazo con suavidad mientras acercaba éste al candado del armario y con sólo tocarlo con la punta del dedo, este se desplomó en el suelo.

– Victoria Estarder. –susurró con malicia, mirando de reojo a la disariana, mientras las puertas del armario se abrían y dejaban ver un interior negro, pero no vacío.


Y en un abrir y cerrar de ojos, Mirdal vio como un delgado ser humano de torso desnudo se abalanzaba contra ella. De reacción se defendió del primer golpe, luego, del segundo y dando un paso atrás se preparó para contraatacar, pero el enemigo volvió a golpearla ferozmente, puño tras puño. Mirdal con sus brazos sólo podría cubrirse hasta que se aprovechó de un intervalo de puñetazos que duró más que los anteriores para repelerlo juntando energía en sus brazos y expulsando una onda que hizo retroceder varios metros a la criatura.


Se dio cuenta que ese torso desnudo y emaciado no era normal. Aparte de su prominente joroba, sus extremidades superiores era desproporcionadas, de las vértebras de su espalda pareciera salir unas protuberancias sólidas y afiladas, como las aletas dorsales de un tiburón, y lo que más le llamó la atención fueron sus ojos furiosos, de córnea oscura y una dentadura echa completamente de puntiagudos colmillos. Detrás, Victoria sonreía orgullosa.


Y detrás de Mirdal, la base terminaba de consumirse.


***


– ¿Cuánto rato tendremos que esperar? –preguntó Rob con su típica cara de desgano.


Los cuatro muchachos estaban sentados en la tierra, con la mirada clavada en una de las piedras de las ruinas del arco.

– Pablo… –dijo de nuevo Rob luego de un rato de silencio– ¿Por qué no ocupas tus poderes y ya? – el aludido lo miró con los ojos abiertos, y meneó la cabeza negativamente. – Anda, no me interesa lo que haya dicho Mirdal. Tan solo te pido que muevan un poquito la tierra de esta montaña, una sacudida bastará para que ese maldito trozo de roca caiga.


A Ben y Alex le gustó la idea.


– Hazlo, nos estamos aburriendo todos aquí. –le dijo Ben a Pablo, conteniendo el sonido de su barriga– Y mi estómago también te lo pide.


Pablo miró al suelo y con tranquilidad, mientras aguantaba la respiración, levantó su mano y tal como lo hace una persona al aplastar un insecto, azotó la palma contra la tierra haciendo que un leve sismo se sintiera en toda la montaña. Unos cuantos pájaros emprendieron metros abajo el vuelo y para cuando sus aleteos desaparecieron a la distancia, los ojos expectantes de los cuatro jóvenes vieron como la piedra caía para luego comenzar a rodar unos cuantos centímetros… luego más… un metro y se acercó al borde de la cima.


Ben se incorporó de un salto y en tres zancadas llegó hasta al borde justo antes que la piedra callera montaña abajo. La tomó, era liviana, al taco era áspera y sintió un leve hormigueo en su mano. Levanto la mirada hacia el horizonte antes de darse media vuelta y su sonrisa se borró.

– ¡Rápido, vengan! ¿Ese no es el claro dónde está la base? –preguntó con preocupación Ben cuando todos se le acercaron indicando una columna de humo negro elevándose en medio del bosque.


– Eso me parece, –dijo Alex con la mirada paralizada– ¡Hay que ir de inmediato! –y le quitó de las manos la piedra trasladora a Ben y ordenó: – ¡Toménse y piensen en la base!


Sin dudarlo, los cuatro se afirmaron de la mano de Alex había extendido, cerraron los ojos y pensaron en la base del claro.
Segunda Parte:

Segundos más tarde… seguían con los pies en la cima de la montaña.

Los jóvenes se miraron entre ellos, extrañados. A Alex se le ocurrió el por qué podría haber sucedido eso:


– Si la base se está quemando, –dijo sombríamente– ya no debe ser como antes… por lo tanto la piedra no nos llevará a ese lugar que pensamos porque ya no existe así… entonces…


Pero Benjamin lo interrumpió arrebatándole de vuelta la piedra y completó:


– Entonces hay que pensar en otro lugar. ¿Qué tal el acantilado de la playa?


Asintieron, tomaron la piedra y pensaron en el lugar.


Alex apenas sintió el sonido irreemplazable de las olas rompiendo sobre las rocas comenzó a correr en dirección hacia el claro, sus amigos le siguieron. 

– ¡Creo que siento el olor a humo! –gritó Pablo minutos después, cuando ya estaban dentro del bosque.


Alex iba al frente de la carrera y escuchó las palabras de Pablo a lo lejos, dio media vuelta su rostro para verlo y lo alcanzó a divisar en el último puesto. “Vaya, tiene buen olfato… yo ni siento el olor.” Y al volver su cabeza hacia adelante vio por el rabillo del ojo una mancha de un distinto color que el matiz verdoso de las ramas y hojas del bosque. Se detuvo en seco.


– ¿Qué sucede? –pregunto Rob mirándolo con cierta molestia luego de detenerse tras él.


– Vi algo entre las ramas. –contestó buscando sobre los árboles.


De pronto se oyó un estruendo tras ellos y al darse media vuelta dos figuras se acercaban velozmente hacia ellos. Sin saber contra quiénes se enfrentaban, se defendieron lo más que pudieron, pero la sorpresa del ataque y la velocidad de sus contrincantes les jugaron una mala pasada.


Alex se dio cuenta que sus dos enemigos tenían cada uno una pequeño aparato, el cual con el sólo tocar una parte de la piel desnuda, cada uno de sus amigos calleron paralizados. Él fue el último en caer.


En tan sólo unos minutos ya eran cargados por estos dos adolescentes, uno en cada hombro. Alex sentía una extraña sensación en su cuerpo, se sentía adormecido, sin fuerza y lo único que podía hacer era mover sus ojos y respirar. 

Siguieron caminando en dirección al claro, Alex intentó mirar a los demás y se dio cuenta que también estaban en la misma situación que él. Hasta que la luz bañó sus pupilas y la escena del bosque cambió a la del claro donde lentamente comenzó a divisar la base destruida, luego a Mirdal y finalmente dos siluetas desconocidas.


El que lo cargaba lo dejó en el suelo, su cuerpo cayó flácido y sin tono; lo mismo le sucedió a los otros tres. Mirdal se dio vuelta y los contempló, Alex dedujo que lanzó un grito pues su boca se abrió con fuerza y su rostro estaba envuelto en lágrimas, también supuso que había estado peleando contra esa bestia semi-humana, la cual se le avalanzó a penas ella giró su cabeza. Mirdal no pudo responder a tiempo y fue derribada sobre el césped amarillento del claro. 

Después miró hacia la alta mujer, que miraba la escena acariciándose un dedo, con una clara mirada triunfante. 

– No te perdonaré lo que haz hecho hoy, Victoria. –dijo con dolor Mirdal al inorporarse. Segundos después la bestia volvió a embestirla, pero Mirdal, enardecida por la furia, se rodeó de un campo de fuerza que la protegió. La bestia fue a parar cerca de los cuerpos de los 4 muchachos, frente a la cara de Alex.


Su corazón se aceleró al darse cuenta que aquel monstruo era Gorme Rivera.


Intentó avisarles a los demás, pero su cuerpo ya no le respondía, intentó levantarse, pero ya no podía. Se sentía un inutil en el suelo, viendo como Gorme se volvía a levantar respirando agitadamente, para volver a atacar a su entrenadora. Parecía que todo se terminaría, así de rapido y ante estos enemigos desconocidos. Alex tenía que hacer algo, ya.


Metros más allá, Victoria levanto la manó y gritó:


– ¡Detente! –acto seguido, Gorme se detuvo en la mitad de la carrera hacia el domo y miró a la mujer del vestido verde. – Ya hemos perdido mucho tiempo, esa mujer no puede más. –un gesto de despreció se dibujó en su rostro– Es hora de que vayan a buscar el Orbe Trizado. ¡Ahora!


Tan pronto como dió la orden, Gorme fue hacia los restos de la base perdiéndose en la humareda y Alex escuchó como los pasos de uno de sus captores se alejaban, luego sintió como el aliento del otro le rozaba la nuca.
– ¿Sabes donde está el Orbe? ¿Eh?


Y le jaló el pelo hacia atrás con fuerza. Alex logró ver su rostro: ojos rasjados, una cicatriz vertical en la mitad izquierda de su rostro trigueño. 

– Asi que no quieres contestar... ¿ah? –y le tiró más fuerte su cabello, casi desgarrándolo del cuero. Un grito quedó sin salir por su boca– Vaya, no puedes hablar ni gritar. –dijo el adolescente, un segundo después, tras un pinchazo en su brazo, el efecto de la parálisis había menguado– Te he puesto un antídoto, pero no soy tan tonto como para ponerte toda la dosis, con esto podrás hablar y moverte con dificultad.


Lo levantó de un brazo y lo arrastró por el suelo hacia el domo donde se protegía Mirdal. Era imposible resistirse.


Mataro ya estaba ahí, burlándose con una sonrisa de la desesperación de la disariana, la cual no podía canalizar la energía a su alrededor para volver a utilizar la técnica Shiroiji. “¡Demonios! ¡No puedo, no puedo lograrlo! La pelea contra el Espectro todavía me tiene fatigada, ya no me queda energía”, pensaba atormentada por lo que se avecinaba.


– Hey tú, –llamó la atención Mataro a Mirdal haciendo como si golpeara la pared trasnparente y poligonal del domo– ¿Dónde está el orbe?


Mirdal, mirando a Alex con aprehensión, movió la cabeza negativamente.


– Cuentanos… y ése no saldrá lastimado.


Mirdal no respondió. Los lagrimosos ojos de la mujer revelaban el temor, la inseguridad y el desamparo en el que se encontraba. 

– ¡Contésta! –ordenó Mátaro.


Al segundo siguiente, sin respuesta, Saoran juntó un poco de energía en la yema de sus dedos índide y mediano y los presionó en el antebrazo desnudo de Alex provocando que gritara de dolor. 

– ¡¡Alex!! –gritó Mirdal, cayendo al suelo de rodillas, mirandose las manos con agobiante impaciencia.


– Responde ahora dónde esta el orbe y no dejaré un agujero en el brazo de este tipo. –dijo con severidad Saoran, retirando unos centímetros los chispeantes dedos de la quemadura que dejó en Alex.


Y antes de que Mirdal hiciera algo desesperado, Victoria caminó hacia lo que horas antes era la puerta de acceso a la base en el claro, donde Gorme Rivera la esperaba con el Orbe Trizado en sus aberrantes brazos. La esfera reflejaba los débiles rayos del sol que alcanzaron a esquivar las hojas de los árboles. Estaba atardeciendo.


Mirdal levantó la cabeza, Alex miró el rostro de ella y se dió cuenta que ya todo se había acabado. Sin el Orbe su misión se desmoronaría... Tenía que evitarlo, pero cómo lo haría si Saoran todavía lo mantenia sujetado firme del pelo con una mano mientras que con la otra lo amenazaba con quemarle de nuevo otra parte del cuerpo. Las imagenes que siguieron le pasaron lento por su mente: vió como Mirdal se levantaba, exhausta, mientras que Mataro volteaba la mirada hacia atrás de él y Saoran, de donde provenía un sonido de ramas agitándose con violencia. Acto seguido, una gran masa de ramas y hojas aplastó a él y a su apresador, haciendo que éste lo soltara. 

Alex logró hacerse rápidamente espacio entre las ramas con un movimiento de su tronco. Sin saber muy bien que había pasado, miró hacia el lugar donde sus tres amigos yacían y vio como Ben lo miraba serio, arrodillado y con ambos brazos extendidos. 

Victoria bramó encolerizada:


– ¡Idiotas! ¡El efecto de la parálisis se está acabando! –Mataro de un saltó derribó a Alex en el suelo y lo arrastró hacia el lugar donde estaban los demás. Ben intentpo detenerlo, pero Saoran al segundo siguiente logró salir entre la vegetación creada por Ben y rápidamente lo redujo. Y otra vez, los cuatro portadores estaban en el suelo, paralizados.


El domo de Mirdal se destruyó producto del impacto de las ramas y luego de ver como los dos adolescentes volvían a paralizar a sus pupilos y de observar como Victoria le sonreía, una ola de furia que nunca antes había sentido comenzó a subir por sus pies hasta llegar a las palmas de su mano, donde formó una gran estrella destellante que lanzó tan rápido que Victoria no tuvo tiempo de protegerse con el anillo y fue a parar en la cara de Victoria, propulsándola hacia el suelo, varios metros más allá. Al instante siguiente, Mirdal cayó al suelo inconciente.


– ¡Juro que te matare, Mirdal Gerlaky! –vociferó la mujer del traje verde, tras incorporarse y luego extendió su brazo y abrió la palma, el anillo se posicionó delante y se preparó para dar el golpe final.


***


La caña artesanal no estaba funcionando muy bien este día.

– Los peces no quiren ser pescados. –se dijo el pescador, acomodándose en una roca a la orilla del río– Vamos pececillos, tengo hambre.


Estaba ahí sentado desde el medio día, no había comido nada desde las nueve de la mañana, cuando Elim trajo una pequeña manzana que había encontrado en un árbol a los pies de la montaña. Su estómago le pedía a gritos que capturara rápido un pez.


– El primer día de pesca fue muy bueno. Vamos río, no me digas que ya se te acabaron los peces que puedes ofrecerme.


La roca era incómoda, pero su trasero ya estaba lo suficientemente adormecido para no sentrir más molestias.
Pasaron otros cinco minutos hasta que una pequeña e inocente trucha mordió el anzuelo.


– ¡Te tengo! –exclamó con alegría mientras jalaba la caña de madera.


Metros más allá se acercaba revolotenado en el aire una polilla de envergadura semejante a la palma de un humano, que brillaba más que el sol reflejado en el agua del río.


– ¡Pasó algo! ¡Pasó algo! –dijo con energía la polilla. El hombre de largos cabellos dorados, volteó la mirada hacia el Origen con un pedazo de trucha rostizada en su boca.– Ya no huelo a Combe, ¡ya no huelo a Combe! –el batir de sus alas dejaba un halo brillante que caía como una delgada escarcha sobre el césped.


El hombre tragó lo que le quedaba de alimento, se levantó de la roca, sacudió su vestimenta y le dijo al Origen con forma de polilla:


– Esto es serio. –y sacando de su bolsillo una piedra trasladora se despidió del Origen– Gracias Elim. Volveré en un rato, puedes seguir durmiendo.


– No, debo acompañarte. Mi olfato no me falla, si ya dejo de percibir el olor de un Origen es porque...


– Lo sé... tranquila Elim. No pienses en lo peor.


Y dedicándole una sonrisa al Origen del Olfato, el hombre cerró los ojos aferrándose a la piedra y desapareció, dejando a Elim volando en el aire sola y temerosa. 


Próximo capítulo: [Cenizas y un adiós]

Ya estamos llegando al final de la primera saga!!!!!!!!!! Chaolin


Última edición por EnRoKe el Vie Ene 03, 2014 1:12 pm, editado 1 vez
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