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Fuego del Alba

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Fuego del Alba

Mensaje por Sadness el Dom Ago 05, 2012 12:04 pm

Novela que empecé hace un tiempo, y que he reescrito varias veces sin terminarla. Ahora sigo con ella, y actualizaré cada Domingo... No sé si les gustará, espero que sí.

Este es mi primer tema y publicación en el foro... Soy pésimo (horrible) para seguir los foros, se me va publicar, y cosas así. Estuve un par de veces en Ikaruga, y me pasó que me olvidé 100 por 100 de seguir XD pero haré lo posible por no dejar nada esta vez.

El primer capítulo...


Spoiler:


I

Cuatro horas; ya habían pasado cuatro horas desde la hora prometida. Y ya estaba dormida. Recorriendo entre sueños mundos extraños, praderas que nunca imaginó que existían, lugares raros, mas algo conocidos, donde se sentía segura, e insegura a la vez. Como si la acechara algún peligro, y tenía una mala impresión de todo lo que veía, aunque, sabía que soñaba, no hizo nada. El corazón le late cada vez más fuerte, y el frío recorre su cuerpo. Sus ojos purpuras analizan cada detalle del lugar. Un bosque, verdaderamente hermoso, lleno de flores y animales que poco a poco se retiran de la zona…

Estaba acostumbrada al frío, su vida era en el Sur, en aquellas traicioneras tierras donde el calor es un privilegio que solo los que tenían chimenea en casa podían tener… o los pobres y los niños que de alguna forma lograban hacerse con un poco de leña para encender una fogata, y calentar sus cuerpos. La comida no era un problema, miles de animales siempre iban de un lado a otro, el lugar más vivo de todo el Sur. Y el dinero tampoco lo era, menos a padres como el suyo, un comerciante que había viajado por casi toda Midgard a sus 50 años de vida. Pero a pesar de vivir en una tierra fría, tenía comodidades, y en ese momento, en ese preciso sueño donde todo se oscurecía cada vez más, y todo lo que antes tenía color y vida iba muriendo poco a poco, no. Si otra persona hubiera estado junto a ella, también hubiera notado que sus ojos, antes purpuras, se habían puesto negros…

Tan negros como aquel dragón que le quitaba la vida a todo.

Unos metros abajo, un chico subía por uno de los pocos árboles que podían vivir en esa zona. Un árbol alto y fuerte, siempre cubierto de nieve, aunque sus hojas nunca caían en todo el año, salvo unas pocas, y se recuperaban con el tiempo. Era incapaz de recordar la edad exacta de aquél árbol… Supuestamente, había sido plantado por la niña de la casa, cuando ella apenas tenía un año; puso una semilla en la tierra —con ayuda de su padre, claro— y con el tiempo el mismo árbol fue creciendo por sí solo. Aprovechando la nieve derretida que otorgaba de vez en cuando el Sol en verano, pero no creía, dudaba, y sabía, que un árbol, en tan solo 12 años, alcanzase aquél tamaño. Nadie podía corroborar lo que el viejo decía, puesto a nadie le interesaba la edad de ese árbol. No era nada especial a diferencia de todos los árboles del bosque en aquella zona… algunos resplandecían con la nieve, algunos eran de otros colores extraños… “Claro, esto es el Sur, donde lo curioso es normal”.

Se dijo, al tiempo que llegaba a la rama más gruesa y cerca de la ventana de ella, la hija de la casa. Una ventana azulada, puesto que las ventanas en aquella zona no podían ser transparentes… era cosa de su fabricación. No tenían tanto dinero para hacer las ventanas completamente transparentes, y el paisaje de hielo y nieve no ayudaba… Siempre se preguntó, si la nieve y el hielo es blanco, y transparente, ¿Por qué refleja las cosas azules? No importaba… Ahora tenía que levantar a su amiga

—Maldita sea, le dije que dejara abierta la ventana… —dijo, en voz alta, sin pensar que el padre de ella podría escucharlo, con esas orejas tan gigantes que tiene…

Comenzó a abrir la ventana poco a poco, desde fuera era mucho más difícil de abrir que desde dentro, y si no lo hacía con cuidado, la ventana podía resbalarse y cortarle un dedo, o dos, o lesionarle la mano a lo mucho. Y él no podía darse ese lujo, que ayudaba a sus padres y a su hermano para mantener su casa y llevar comida. El trabajo de su hermano a veces no era suficiente… No en un mundo tan demandante.

Su hermano trabajaba en múltiples cosas, desde carpintero, hasta sastre, como mensajero, cazador, y, tal vez su trabajo más importante, como soldado de la pequeña armada improvisada que tenía el pueblo Media Luna. Aunque no eran necesarios… Al principio del pueblo, en la única entrada que había debido a las montañas —precisamente en forma de media luna— había un laberinto que estaba ahí desde tiempos inmemoriales… Solamente los que vivían en el pueblo conocían el camino a la entrada y la salida, y quienes no eran de ahí, la mayoría de las veces, morían de locura al intentar pasar.

Cuando terminó de levantar la ventana y atascarla, lo primero que hizo fue lanzar uno de los cuarzos que coleccionaba a la silueta de su amiga… dando, con una voraz puntería, en la frente a la primera vez.
“Ya… ya me morí”, pensó, al tiempo que su amiga de ojos violetas se levantaba y daba unos cuantos saltos hasta tomar al chico por la camisa, meterlo en su cuarto para sacudirlo varias veces conteniendo los gritos para no despertar a su padre. Luego soltó unos cuantos susurros:

—Eres imbécil ¿o qué? Me has despertado ¡Me has despertado lanzándome una piedra! —susurraba, y su voz sonaba amenazadora.

—Az-Az-a-Azahia… —decía él mareado, a veces se sorprendía de la fuerza de su amiga—, marea… —básicamente, iba a regresar la cena.

Ahora, ella no sabía si estar agradecida con su amigo, o si estar enfadada. Pese a la pesadilla, estaba durmiendo muy profundamente, y ahora se sentía renovada. Además, se suponía que él debía llegar hacía cuatro horas… No ahora. No ahora que el amanecer está mucho más cerca, solo tres horas para que aparezcan los primeros rayos de luz de Primavera, cuando al menos las nubes parecen despejarse un poco, y todos comienzan su trabajo.

Sonrió de medio lado, y dejó caer a su amigo. “Después de todo, es Nad, ¿Qué podía esperar?”, se dijo para sus adentros. Y analizó lo que había soñado… Primero claridad, tranquilidad, animales, viento tranquilo, olor a flores… luego, oscuridad, frío, miedo, aquél olor a ceniza…

Oh, dioses, ese olor a ceniza.

Se mareó por un momento, no creyó que lo volvería a sentir… No era común oler ceniza en aquellos lugares, menos en su casa, no en ese momento en el que la temperatura, a pesar de ser fría, para ellos era como calurosa. Tan solo Nad iba vestido con una camisa y unos pantalones de piel. También las botas de excursión que suele llevar… todo el tiempo.

—Anda, ya estás lista —dijo Nad esbozando una sonrisa—. Eso es genial, ya tenemos que irnos —al decir eso saltó por la ventana sin dar aviso para engancharse a la rama más cercana a la ventana y le tendió la manó a su amiga. Aunque ella negó con la cabeza—. Uhm, ¿Qué sucede? —preguntó, encogiéndose de hombros.

Azahia le imitó con lo de los hombros, y miró hacia el cielo. Oscuro. Nada nuevo salvo unos ligeros rayos de luna que se alcanzaban a notar de plena suerte entre las nubes negras y espesas. Se preguntaba cuándo vendría la próxima nevada para estropear todo, para que Nad cancelara de nuevo la salida a la montaña y se quedara en casa de nuevo, leyendo, soñando.

—Nada… Es muy tarde. —Reclamó, y Nad asintió. Sí, lo era. Subir la montaña tardaría justo lo que esperaba el amanecer, y sus padres notarían la falta de ambos cuando ninguno estuviera listo para el desayuno. Aunque el hermano de Nad tampoco estaría, puesto él ya estaba encima de la montaña, dibujando el paisaje como podía con una lámpara junto a sí, con el peligro de que cayera y empezara un incendio en las flores—. ¿No crees que notarán nuestra falta?

—Sí, la notarán… Pero estaremos con Edrin. Así que diremos que él nos invitó… de hecho, ¡que fue su idea! —exclamó emocionado Nad, a lo que Azahia le siseó, su padre estaba dormido—. Y de hecho, lo fue —comentó, más bajo—. Él ya está allí desde hace unas horas… Sigámosle.

—¿Si él está ahí desde hace horas por qué vienes hasta esta hora? —ella miró la vela en la esquina de su cuarto, había marcado con una aguja en cuánto tiempo se consumiría. Una marca en una hora, una marca en la próxima, y la próxima. Así, de esa forma supo que eran por las cuatro de la mañana, puesto solo faltaban tres marcas para que se acabara la vela, las siete era la hora máxima.

—Pues… —Nad trató de buscar otra excusa. Que le persiguió un oso, o algo parecido, porque no quería admitir que estaba demasiado dormido para poder despertar cuando su hermano lo hizo. Aunque Edrin lo había movido, le había hablado, y hasta una bofetada le puso en la mejilla, su hermano pequeño, seguía roncando. Dolorido por el trabajo que le costó recolectar la leña para la cena…—. ¿Y si solo nos vamos y ya? En serio tienes que ver esto…

La verdad, es que la curiosidad la mataba. Edrin y Nad le habían contado tanto de la cima de la montaña que no podía evitar querer ir desde el primer momento, aunque nunca en su vida subió antes a una montaña, estaba entusiasmada por la idea y no creyó que fuera tan difícil, no creyó que el sueño le estaría ganando una batalla, y menos creyó que su estomago estaría rugiendo a mitad del camino, rogándole a Nad porque le diera un pedazo de pan y descansaran un poco.

—Ya falta casi nada, vamos. —Nad estaba entusiasmado, cada vez más, cada vez más subían, y subían… Las Montañas en Media Luna tenían vista perfecta al Este, y Azahia en su vida vio el comienzo de un nuevo día como lo vio en ese momento, al terminar de subir la montaña tragándose lo que quedaba del pan, agotada, sus ojos contemplaron lo que nunca.

Encima de ellos, las nubes seguían siendo espesas, pero, hacia los cuatro puntos cardinales —excepto al Sur—, las nubes se despegaban. Hacia el Este, un frondoso bosque crecía desde el comienzo de las Montañas Media Luna, y se perdía, se perdía en el horizonte, donde no había tantas nubes y una gigantesca esfera brillante se alzaba poco a poco. Increíble, coloreando todo lo que sus rayos tocaban, dándole calor a miles de plantas, animales, humanos, y criaturas que se encontraran de aquél lado. Al lado contrario de la gran esfera dorada y lejos del frío abrazador que les cubría todo el año. Más allá de la nieve, más allá del frío, más allá de las montañas, más allá de todo lo que Azahia alguna vez se imaginó… Allá estaba Océano. El Mar, y la punta tan extraña que formaba su tierra que decían se unía con el Continente Central, allá donde los reyes vivían y se comunicaban con los dioses. Donde no había ni calor, ni frío, y todo era un otoño y una primavera interminable, con sus altas y sus bajas, y donde la pobreza, decían, no existía, como la guerra. Nadie moría de hambre, nadie moría de frío, nadie moría a manos de una espada como en el Norte de su continente.

—Donde quiero ir… —dijo, y se dejó caer en el suelo. Un suelo que no había notado hasta sentir cada pétalo, y el polen flotar en el aire, sobre sus ojos, el cielo gris encima de ella se convirtió por unos segundos en dorado cuando todas las flores saltaron al caer ella. Sabía que ese cielo nunca se desvelaría, no se volvería celeste como el que se alcanzaba a divisar al Este, al Norte, o al Oeste. Sabía que no vería la gran esfera dorada en mucho tiempo, cuando con algo de suerte, en verano o a mediados de primavera, algo de sol alcance a asomarse entre el manto gris y derrita una parte de la nieve y el río. Cerró los ojos, sabía que la luz que alcanzaba esa montaña era temporal, y estaba dispuesta a aprovechar cada cosquilleo de calor en sus dedos y su cuerpo—. Gracias… Nad… Edrin… Es verdad que es hermoso —Y cayó exhausta en los brazos de algún sueño tranquilo. El poco Sol que llegaba, le hacía bien.

Más bien del que podía imaginar.

Mientras Nad observaba curioso a su amiga, se dispone a buscar a su hermano. En las tres horas que les costó subir a la cima, él debió haberse desesperado y debió de cambiar de posición. El problema ahora era buscarlo, conocía muy bien el lugar, pero sabía que era grande… Buscarlo sería muy trabajoso, y de mucho tiempo, en ese tiempo, él podría bajar… y todo se haría un desastre. Todo. Desde la excusa que tenían, hasta el lugar especial que supuestamente, Nad no había llegado a observar. Necesitaba verlo… Aquél lugar era maravilloso.

Los minutos pasan, y adentrándose en el bosque de la meseta, se pierde. Sí, conocía muy bien el lugar, pero se pierde en el sentido de que no sabe dónde está su hermano. No sabe nada, ni a dónde se había ido, ni a dónde se dirigía en ese momento. Tenía la sensación de ser acechado, de que alguien o algo, le estaba siguiendo… podría ser cualquier cosa. Desde una abeja, hasta un oso, o un lobo… Con exactitud, saber qué clase de animales vivían en aquel lugar, era imposible.

Pasó más tiempo caminando hasta que se dispuso a llamarlo a gritos: “Edrin”, sonó, una vez, y la altura dio la sensación de que se escuchaba un eco en el lugar, como si hubiera entrado en una cueva.

“¡Edrin!” más fuerza esta vez, y el eco, fue el doble de alto. “¡EDRIN! ¡¡HERMANO!!”. Pero nada respondía… Debió haberlo escuchado… ¿O es que en serio el lugar era tan grande? ¿Acaso la meseta, entre tantos árboles, flores, y la pequeña pradera, se veía más grande de lo que ya había explorado con su hermano? ¿O el estaba en aquél lugar que no conocía? Aquella zona desconocida que podría estar muy cerca, o muy lejos, o bajo tierra, o mucho más alto de lo que imaginaba. O quién sabe… tal vez ya había bajado… y eso era lo peor, peor que estar perdido.

¿Quién no tenía cierto miedo a sus padres?

Nad suspiró. Estaba perdido…

Las horas pasaron… Y Nad seguía buscando a su hermano. Y se buscaba a sí mismo también, pues, como supuso, no conocía tan bien el bosque como creía… Ahora estaba en busca de Azahia y de Edrin. De la forma de llegar a casa, y aún con la sensación de ser acechado en la espalda. Constantemente se volteaba para ver si alguien lo seguía, aunque no notó nada las primeras veces, conforme el Sol se elevó más, y las nubes lo cubrían, se adaptaba más a la falta de luz —a lo que acostumbraba—, y no al brillo cegador que daba aquella esfera que solamente muestra unas cuantas veces al año, esa que conocen como Sol. Que derrite el río, y un poco la nieve del pueblo y los árboles, dejando a su pueblo verde… Cosa que no duraba nunca más de un mes.

Y lo que fuese que lo perseguía, se hizo más torpe con el tiempo, puesto una vez alcanzó a vislumbrar una bota asomarse entre los arbustos. Cosa que hizo los ojos verdes de Nad abrirse más que platos, y contener sus ganas de correr, no sin antes tragar saliva, y clavarse sus uñas en sus manos al cerrar sus puños. En serio… algo le estaba siguiendo.

Poco a poco fue acelerando el paso, escuchaba cada vez más cerca los pasos, y los latidos de su corazón se escuchaban sin siquiera tener que acercar el oído al pecho de Nad, estaba aterrado; un olor a putrefacto le llenó la nariz, y un gruñido, y comenzó a correr desesperado. Tropezando con cada roca, cada rama, pero saltando troncos con la habilidad de un felino. Si no estaba loco —que de seguro, sí lo estaba— diría que lo que le perseguía era un orco. Como en las viejas leyendas; criaturas horrendas de toda clase de piel, con olor a podrido y de gruñidos horribles, así como fuertes, ágiles, inteligentes, crueles, y expertos cazadores… carnívoros caníbales.

Nunca creyó que quien le seguía era algo peor.

Fue gracias a una roca, de la que no se salvó, por la que cayó de bruces al suelo. Volteándose instantáneamente para ver a su perseguidor… no, no era un orco. No sabía cómo describir aquella criatura, con la forma de un humano, pero sin capaz de emitir más que gruñidos guturales; con la apariencia de una persona, pero con la piel machacada, y podrida, de color apagado y un olor podrido; con la apariencia de una persona, pero sin partes de carne, como si se las hubieran arrancado; los ropajes destrozados, la cara irreconocible. Un ojo colgaba de su rostro, y parte de la boca era el hueso.

—Por los cojones de Merlín… qué es esto… —dijo, antes de que aquella criatura le tomará de uno de los pies para arrastrarlo.

Azahia despertó dando un bostezo. No vio a Nad por ninguna parte… por ningún lado a donde volteaba, ni a derecha, ni a izquierda, donde las flores seguían ocupando el lugar hasta perderse de vista; solamente quedaba que “El Gato” hubiera ido al bosque, y todavía podía dudarlo. Se levantó sin un titubeo para buscarlo, sin saber lo que esperaba encontrar, sin tener ni idea de qué estaba en el bosque, y qué le iba a pasar después…

Se adentró entre los árboles, feliz, se sentía libre, tranquila. Como si ese fuese su hábitat. Su lugar, que en los bosques como ese fueran su existencia. Tal vez lo sea… pensó, al tiempo que tocaba sus orejas, puntiagudas como las de los elfos en aquellas historias no-tan-fantasiosas. Miró su rostro en un pequeño manantial que se había salido de su cause en el río: Violetas. Ojos siempre violetas.

Sonrió. El agua era brillante, como plateada, y reflejaba cada nube en el cielo, y cada hoja de algún árbol cerca. Un hilito arcoíris apareció, como pintura derramada en agua, poco a poco. Se puso de rodillas, y juntando sus manos recogió algo de agua. Frunció el ceño al sentirla; espesa, líquida, pero espesa, y al acercarla a su rostro le dio un hedor extraño. Oxido… Olía exactamente como los metales en la herrería después de mucho tiempo, esos que tenían demasiados años ahí, y el Señor Hub (el herrero del pueblo) no usaba y olvidaba tirar. Sin embargo, pese al horrible olor, sus labios no se detenían, y querían beber de esa… agua. Si es que podía llamarse así.

Un gruñido escalofriante se oyó a unos pocos metros de ella, lo que le hizo dar un grito ahogado y abrir las manos para que resbalara el líquido. Se limpió las palmas y los dedos con una hoja caída, y se acercó a dónde había escuchado el gruñido, entre la maleza, y los arbustos no veía nada. Siguió el pequeño hilo de río que iba por el mini manantial, y abrió los arbustos. Abrió los ojos como platos.

Tirado en el suelo, un unicornio gemía y lloraba, con el estómago abierto, y la sangre derramándose por el río. Sintió ganas de vomitar, pero se detuvo, no acercando la mano a su boca pues ahí había estado la sangre de la criatura. Se cubrió la mitad del rostro con la camisa, tratando de encontrar otro olor que no fuera al de la sangre; su ropa tenía esa fragancia a bosque, lo que le calmó y le ayudó a ir más rápido con el animal.

Le acaricio suave, le dolía. “¿Cómo no iba a dolerle?” se dijo “Se está muriendo…”. La criatura, tan plateada como su sangre, y con de casi el tamaño del brazo de Azahia, se giró hacia ella. La miró a los ojos, y por un momento su rostro se iluminó. Pareció querer decir algo, y la niña tembló. Aterrada.

Sin embargo, se acercó a las fauces del unicornio, y como un suspiro, logró entender un poco, un dialecto extraño. Entre las palabras, su nombre. Lo demás, desconocido.

Azte ni zanban, Azahiamut. Sude, sude.

No entendió ni una palabra, salvo su nombre. Los ojos de aquella criatura se apagaron, perdiendo todo el color que les quedaba, volviéndose huecos, grises en vez de arcoíris… y Azahia estuvo a punto de llorar. Le dolió eso, pero en especial le dolió que el primer encuentro que tuvo con una criatura que solo había escuchado en clases de historia y en leyendas, cuentos, fuera con un moribundo unicornio. Tragó duro. El lugar olía a muerte, y no necesariamente era el unicornio.

El gruñido que escuchó no fue de ninguna clase de humano, o ser que hubiera escuchado o imaginado jamás. Ni siquiera los moribundos del hospital, en su pueblo, sacaban esos gritos, aunque tuvieran cualquier dolor… Se volteó, solo para rodar en el suelo al tiempo que un hacha cortó el hocico al unicornio muerto. Pudo ser ella.

Miró aterrada al ente negro con la cabeza caída; un ser con ropas sucias, y olor a podrido, movimientos torpes. No tenía ojos, sorprendentemente, no tenía rostro. Solo un cráneo negro. Aunque con una ligera boca, y unos dientes más blancos que el papel, filosos, y una lengua roja. No sabía por qué, pero, a pesar de la apariencia “simple” de aquel ser, Azahia tenía un terror horrendo a él.

La criatura volvió a alzar el hacha y atacó a Azahia; ella rodó por el suelo, se puso de pie y corrió.

Cayó. Algo la tenía aferrada al pie, arrastrándola entre la maleza, la tierra y piedras del bosque hacia el ente. Fue, con un pequeño rayo de luz, que vio un hilo en la mano de la criatura que llegaba a su pie. Ella trató de zafarse, pero la criatura volvió a levantar el hacha. Azahia soltó un grito, más desgarrador que el de cualquiera; no fue el dolor, no había dolor. Fue el miedo. En ese segundo el llanto salió de golpe, el corazón dejó de latir, pero la mente estuvo más alerta que nunca, y cuando sintió el líquido caliente escurrir por su piel, sintió como si le quemara, como si fuese la lava que utilizaban para forjar las espadas.

Pero no era sangre. Al menos, no su sangre. Abrió los ojos, ya rojos por el llanto y soltó un grito al notar a la criatura sin cabeza a sus pies, sus manos y piernas estaban manchadas de negro, y la figura de un hombre descuidado a contraluz. La levantó fácil con un brazo, luego limpió la espada en la hierba.

Ella estaba en shock, temblando, aún llorando por el miedo. No sabía si el hombre aquel que la había salvado era un héroe, u otro ser que la querría muerta. Que vendría para robarla y usarla de esclava, o algo similar. Pero no parecía nada de eso. La alzó, aunque pataleó sin parar, le rasguñó y le mordió. Con facilidad, aquel hombre la subió al caballo negro que traía, y la amarró. A lo que Azahia gritó aún más desesperada, dispuesta a ahorcar al hombre.

Él subió al caballo, y comenzó a galopar rápidamente.

—La cosa es simple, o cooperas, o Naddleus morirá pronto. También lo persiguen, princesita. —Sonó sarcástico, molesto, duro. Suficiente como para que Azahia dejara de llorar y prestara atención. Algo le decía que él no era un enemigo.

Naddleus pateó con fuerza el brazo de aquel ser asqueroso, y su brazo se desprendió con demasiada facilidad. Logró soltarse y salir corriendo, pero la criatura saltó, y en un segundo lo tenía frente a sí. Nad tragó saliva; sus habilidades de gato no le servirían ahora.
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Re: Fuego del Alba

Mensaje por yuske el Dom Ago 05, 2012 3:13 pm

De verdad que maravilla volverte a ver Sadness, te confieso que me emocione un poco cuando me di cuenta que te habias unido.

Lo que dices sobre  tu continuidad en los foros me parece curioso ya que a izanagi (segun el me lo ha dicho) tambien le cuesta y de hecho somos la comunidad (tomando encuenta ikaruga) en la que mas activo a estado, espero que puedas seguir su ejemplo, auqnue sea solo para actualizar esta historia los domingos como dices.

Y hablando sobre la historia tengo que decirte que yo no la veo tan mal como dices que escribes, la narracion en genral es buena, aunque en unas partes se torna bastante emocionante y en otras paresca algo sordida, pero asumo que eso se debe a los mismos altibajos de la historia, lo que si noto que pueden ser detalles a pulir es que en ocasiones utilizas palabras de mas y vuelves la oracion algo redundante o repetitivo como por ejemplo en :

Más allá de la nieve, más allá del frío, más allá de las montañas, más allá de todo lo que Azahia alguna vez se imaginó… Allá estaba Océano.


Entiendo bien lo que quieres decir y dar a entender con esa oración, pero personalmente (y lo digo como eso, mi opinion personal) creo que en ocasiones en las que una palabra (o dos) se repiten tres o mas veces para dar a entender algo es mejor (repito desde mi punto de vista) hacerlo de esta manera:

"Más alla de la nieve y el del frío, más allá de las montañas y de todo lo que azahia alguna vez se imaginó... estaba el océano"

Otro detalle que me llama la atencion es que abusas un poco de los puntos suspensivos, si bien estos son para dar un tiempo de suspenso (por algo se llaman como se llaman ¿No?) me parece que lo utilizas demasiado, pues hay oraciones en las que una como seria suficiente. 
 
Un ejemplo de esto ultimo seria en esta oracion:

Buscarlo sería muy trabajoso, y de mucho tiempo, en ese tiempo, él podría bajar… y todo se haría un desastre.

Me parece que (y reitero desde mi punto de vista) con una como en lugar de los puntos suspencivos hubiera quedado mejor. 

En cuanto a trama no se que pensar, no por que sea mala si no por que la informacion es aun muy poca y no se hacia donde va la historia (auqnue bien parece ser una historia de fantasía y aventura), pero has llamado mi atencion asi que estare al pendiente.

Hasta luego.

PD: espero que todo esto no te incomode, te dejo saber mi opinion con la intension de darte retroalimentacion y puedas autoevaluarte, igual si pasas por alto todo esto no pasa nada Smile 




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Re: Fuego del Alba

Mensaje por MaNtoSastO el Dom Ago 05, 2012 3:45 pm

Yuske me ganó de mano al publicar una respuesta así que modifico, a lo que ha dicho sumo lo siguiente:

Como dijo la historia está interesante, aunque es medio temprano como para opinar sobre la trama pues los primeros capítulos son eso, apenas el comienzo de la historia.

La narración ha estado bien. Creo que tiene lugar para progreso, por el momento se me ocurre señalar los signos de puntuación: cuida los excesos de éstos, por ejemplo: —dijo, en voz alta, sin pensar que el padre de ella podría escucharlo, con esas orejas tan gigantes que tiene… en esta oración no hace falta ninguna coma, a lo sumo la segunda después de "en voz alta", pero no es necesaria para que se entienda. En algunas ocaciones puede resultar algo confuso al leer sino.

Bueno, por el momento me iré yendo. Espero ver que le ocurrirá a Nad y descubrir quien es este salvador misterioso con su caballo negro Very Happy
Un saludo!
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Re: Fuego del Alba

Mensaje por Izanagi el Lun Ago 06, 2012 12:21 am

Interesante escrito Sadness me gustó bastante, creo que ya había leido algo tuyo en Ikagura (en el concurso de fics) que me había gustado bastante así que le pondré fichas a esto. Sobre tu continuidad en el mundo de los foros como ya dijo Yuske creo que tengo el mismo problema que vos pero creo que si te enganchas a escribir lo tuyo rapidamente te picará el bichito de querer leer lo que escriben lo demás como a mi me pasó (aunque sigo siendo bastante inactivo jaja). Sobre la historia en general creo que ya Manto y Yuske te dieron un análisis de los errores, yo soy muy malo en ese así que no tengo mucho que agregar, sólo que creo que en alguna partes pasaste de escribir en pretérito a presente pero puede ser que haya sido impresión mía, por lo demás me gustó el comienzo aunque como es el principio aún falta info para poder hablar de la trama. Espero seguir leyendo lo que sigue y no te presiones con eso de publicar cada domingo, publica cuando puedas y quieras, no tienes que sentirte obligado a cumplir una fecha, cuando uno escribe por obligación más que por gusto termina notándose en la calidad del escrito.

En fin, sigue así te lo recomienda un simple lector que nada sabe de esto pero que le gusta hacer que si, jajaja.

Saludos: Izanagi
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Re: Fuego del Alba

Mensaje por Sadness el Mar Ago 07, 2012 3:59 pm

Primero, muchas gracias a los tres por molestarse en leer, comentar y criticar el primer capítulo. Soy sincero, puse esta carita \(*-*)/ cuando vi que tenía comentarios, jejeje.

Tomaré en cuenta lo de los puntos suspensivos y los símbolos Yuske, Manto; gracias. La verdad no me había dado cuenta de que abuso de ellos, y editaré el cap (y los siguientes) cuando se me vaya el vagismo. (lol)

Acerca de los tiempos, quiero aclarar que en la narración estoy usando dos, Iza. A veces el pretérito y a veces el presente, depende. Lo estoy haciendo como un juego sobre eso y no sé si sea molesto, pero a mí me va gustando. Siento como que hablando de repente en presente en un parrafo y luego en pasado entonces ya pasó, y un parrafo delante ya están en otra escena, en otro lugar... No sé, me gusta hacerlo. Solo quería aclarar eso.

Gracias por leer :3
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Capítulo II

Mensaje por Sadness el Dom Ago 12, 2012 7:29 pm

Segundo Capítulo...

Spoiler:
Mira con desconfianza el té, y decide servirse un poco. Escucha atentamente las indicaciones que le da Tándir, pero todo suena hueco; solo puede mirar al chico de cabellos largos tirado en la cama, temblando, herido y sangrante. Edrin le ayuda, cubre con presión la herida en el cuello de su amigo, y lo mantiene despierto. Sabe que estará bien, Edrin es excelente haciendo esta clase de cosas. «Hay muchas cosas que no sé sobre él…», piensa, bebiendo el té de un sorbo. Cerró los ojos un momento, tratando de concentrarse.

Lo único que pensó hacer, fue golpear a la criatura, aunque no tuvo mucho efecto. La cosa soltó un gruñido, y mordió el hombro de Nad. Gritó. El dolor era agudo, punzante… Apartó a la cosa de una patada, y cubriéndose el hombro, corrió.La criatura le tomó del pie, y lo volvió a tumbar y arrastrar por el suelo. Los brazos le fallaron, y la vista se le borró; la sangre salía de su hombro dejando un rastro por toda la tierra. Las plantas, y las hojas caídas se pintaban de un rojo carmesí que para Naddleus, ahora solo era una clase de pintura difuminada sobre algún papel color verde.

Las cosas se oían lejanas; aunque no sabía por qué. En lugar de un grito, de él salía un gemidito que no podía escuchar bien siquiera. Un dolor de cabeza que cubría todo, y la debilidad era desesperante. Quería dormirse. ¿Pero debía?

Cerró los ojos, y sintió como si volara. Y de nuevo, una punzada en el cuello, lo que le hizo gemir… ¿gritar? No podía. Aunque eso deseaba.

La cabeza de aquella criatura cayó al suelo, y casi igual de rápido, un fuego cubrió a ese hombre, y el cuerpo vacío comenzó a correr, buscando su cabeza o desesperado por el fuego. Se golpeó con un árbol, y cayó a los arbustos, y estos comenzaron a arder de igual manera. Así, Edrin se agachó junto a su hermano y arrancando un pedazo de su camisa para amarrar con fuerza el hombro de su hermano, donde sangraba, luego arrancó otro pedazo y lo puso con fuerza en el cuello de Nad, que era lo más preocupante.
Un par de venas comenzaron a marcarse poco a poco, palpitando. Edrin tragó saliva.

Amarró otro pedazo de tela al cuello de su hermano, y lo puso en el caballo café que traía. Dejó su espada en la tierra, no era importante, tenía de sobra. Subió al caballo también, y ató a su hermano a sí. Galopó rápido, pero suave. Sentía la frialdad del rostro de su hermano contra su espalda, eso solo le aterró más.

En medio del galope vio un caballo negro demasiado conocido, a lo que con un movimiento de brazo le indicó hacia dónde ir. Distinguió los cabellos de Azahia volar con el movimiento del caballo. Iban por el mismo rumbo, a unos cuantos árboles de distancia, saltando distintas clases de cosas con sus caballos. No variaban de velocidad, y no volteaban a verse; parecían soldados, amaestrados y entrenados para ir al mismo ritmo.

Entre el bosque, y el galope, Azahia alcanzó a ver a su amigo. Moribundo, sangrando. Y entonces sí entró en shock. Tembló y miró para el otro lado.

«Solo es una pesadilla, solo es una pesadilla, solo es una pesadilla.»


—¿Estás escuchándome, malcriada? —gruñe el hombre que dice llamarse Tándir. Azahia asiente, cerrando sus puños—. ¿En serio? ¿Qué he dicho, entonces?

La niña titubea, mira de nuevo a su amigo. Pálido. Edrin coloca una compresa en la frente de Naddleus; luego toma el brazo derecho —el sano— e inyecta alguna clase de líquido. No pregunta, mas sí le da nervios.
Caliente. Siente su mejilla caliente.

—¡Presta atención! —grita Tándir. Misma cara serena, aunque los ojos destellan. Suelta una risa algo enferma, y se soba la frente—. Pero claro, ¿en qué estoy pensando? Eres solo una niña. Una bebé.

La risa que tiene no le gusta nada a Azahia; pasa de él, y camina donde Nad, y toma su mano. Edrin voltea a verla, y le sonríe.

¿Cómo podía sonreír tan tranquilo? Simplemente, no tenía sentido. Su hermano se estaba muriendo, y él sonaba igual que siempre. Ve sus manos, manchadas de negro, no las ha lavado y está cuidando del Gato, ¿la sangre de aquella cosa no le haría daño? Mira las suyas. Le queman. Tampoco las ha limpiado. Y él tan tranquilo…

—Estará bien, he tratado con esto antes —dice, y le cree. Entonces entiende que nada es tan grave… Luego Tándir la voltea. No puede ver su rostro, esta contraluz a las velas que alumbran la oscura habitación. Hay una tormenta afuera, y el cielo está negro, aunque según ella sigue siendo de día «uno nunca sabe», piensa—. No seas tan malo con ella, es solo una niña y no sabe nada.
¿Saber de qué?

—Trato de decirle, no presta atención. —Hablando con Edrin suena más natural, como si estuviera acostumbrado a hablar con él, o con mayores. «No tiene experiencia con niños» dice en voz baja Azahia, al tiempo que recibe otra bofetada—. ¿Y qué si no la tengo?

—Tándir —gruñe Edrin—. Sé suave —eso suena a orden, y Tándir asiente. Se aleja de Azahia, y llena de nuevo el vaso de té para tomárselo entero. Suspira. Ahora lo comprende, es un calmante.

Mira con atención la cabaña. Hay mapas por todos lados, y notas clavadas a la pared. Solo una ventana azulada que mira hacia el bosque y la lluvia; se frota los brazos. No hay fuego que caliente el lugar, y hace más frío incluso que en su propia ciudad; tiembla, y agacha la cabeza. El calmante no sirvió de mucho, al parecer… al menos ya no está llorando, y sus ojos violetas brillan de nuevo.

—Hace mucho tiempo que estamos en una guerra —dice Tándir—. Tú sabes de esto por los libros de historia en la escuela, por tus padres, las noticias o lo que comentan los adultos. Los niños no deben saber de nada, es algo que es de ley en todas las regiones de todas partes de Midgard. Nuestra tierra.

—¿Qué guerra? —pregunta.

Tándir mira todos con atención, y luego apunta a uno en especial. Lo arranca de la pared, y lo tiende sobre el suelo, toma una vela y acomodando la vela sobre el mapa, hace señales a Azahia para que se agache.

Ella asiente, y se arrodilla, mirando el mapa con atención; lo reconoció de inmediato. Continente Este, o en otras palabras, el suyo. La mitad del mapa —el Norte— está pintado de gris, y en el Sur, solo algunas zonas lo están. La suya no era una, pero el bosque encima de su zona sí… sabe que no es bueno. Mira con desconfianza a Tándir, y él asiente.

La barba mal cortada, el cabello despeinado, las ojeras y la gran capa que le cubre le hacen ver viejo, cuando en realidad no pasaría de los treinta. Es esbelto, quizá demasiado, como si fuera un mendigo que pide comida. Había unos cuantos en su pueblo, pero siempre encontraban una forma de comer; cazar era la más fácil. Abundaban los animales, conejos, pájaros, venados… y algunos peces si eras capaz de hacer un hueco en el agua del río, que no estaba congelada más que superficialmente.

—Todo el Norte, ha caído —dice, y Azahia cierra los ojos. Lo gris son zonas ocupadas por lo que dirían enemigo—, y algunas zonas del Sur están ocupadas, como puedes ver. Los mares y ríos siguen siendo nuestros, aun los del norte. Las zonas costeras igual. El problema es que…

—Tándir, no es una planeación. Dile ya —exige Edrin, mientras ayuda a levantar a su hermano con más color para que beba un poco de agua.

Él asiente, se levanta para ir a la mesa con montones de papeles para tirarlos todos, soltar una risilla y alzar un papel con un dibujo que entre la oscuridad, no se dejó ver. Lo acercó a la llama de la vela en el suelo, y se vislumbraron siete dragones; el más grande de ellos, era negro.

—Creo que sabes lo que son. ¿No? —mira a Azahia, sonriendo burlón; ella no tiene idea, solo ve…

—Dragones, son dragones. —Se lame los labios; secos, nerviosa. Algo no la ponía ansiosa, mareada, todo aquello no tenía pinta de ser bueno; la falta de luz, la tormenta con aquellos truenos, los dragones, Naddleus, Tándir, Edrin—… Me siento mal…

Se pone de pie como puede, y camina hacia la ventana, ver la lluvia la calmaría o al menos eso creyó. Porque no es una lluvia cualquiera. «Parece que el cielo se cae», piensa, mientras Tándir sigue hablando, todo se pinta borroso.

—¿Has oído hablar del dragón Nidhug? El dragón que roe las raíces de nuestra galaxia, y que comerá todo cuando llegue el fin de los fines. Este, es su padre; y no es nada amigable.

«—Callate —piensa, tratando de aclarar lo que ve y lo que no. Más allá de figuras, y entes sin forma donde antes estaban Tándir, Edrin y Nad… ahora todo es monstruoso—. Ya cállate…»

—Carcome nuestro mundo, y nuestro continente es el primero en su lista.

Oscuro.


Solo logra recuperar la conciencia porque hay gritos; gritos ensordecedores y chillosos. Se pone de pie, y el suelo está frío, aunque sigue sin ver; como si una nube negra tapara su visión y su olfato para dejar un olor a muerto todavía impregnado en sí. Tiene mucha hambre, pero no tiene la fuerza para buscar algo, solo quiere clavar el diente y tragar. Está mareado, y el hombro y el cuello le punza. Intenta hablar, pedir ayuda, solo salen gruñiditos… Lo último que recuerda…

Carmesí.

Avanza, lento, mareado. Levanta los brazos para no tropezar con cualquier cosa, los gritos se hacen más cercanos y reconoce los gritos… su amiga… hay otra voz; tal vez es la de su hermano… Solo tal vez. No oye con mucha claridad con la voz del desconocido. Conforme camina, oye más…

—¡No le hagas daño, por favor! —ese es su hermano… es un susurro.

—¡No es tu hermano, ya no, ya no! —¿Y el otro? Está histérico…, suena como un metal frotándose. Se estremece—. ¡Hay que matarlo, toma el fuego!

—¡Tándir! —toma la mano de su compañero, y detiene la espada. Naddleus cae junto a Azahia y gime; no es un monstruo. Trata de hablar, y su voz suena ronca, como gruñidos—. Solo está herido, idiota. El veneno de la criatura hace esto.

—¡He visto a otros morir así, y no se convierten en nada lindo! —grita, y suelta una risa ahogada.

—No, el antídoto que le di contrarresta, la muerte. Aunque sigue enfermo y se sentirá mal durante unas horas, no es peligroso, hiena.
Hiena, ese apodo… cuánto lo odiaba.

—Despierta a la malcriada ya, niño —suelta, guarda su espada y sale de la cabaña hacia la lluvia.

Edrin carga a la revoltosa Azahia a la cama donde antes estaba Nad, pero vacila al verla manchada de sangre. Opta por ponerla de nuevo en el suelo, y echarle un vaso de agua fría al rostro para que despertase y dejase de gritar. Ella se levanta, tosiendo y escupiendo el agua que entró en su boca. Luego se seca el rostro con las manos, y se abraza las piernas.

Edrin toma a Nad del brazo, y le ayuda a levantarse; poco a poco ve más claro, pero sigue sin poder hablar, la herida en el cuello no sana velozmente como la de su hombro, la cual apenas sangra. Él suspira, y deja a su hermano en cama de nuevo, quien vuelve a dormir de inmediato… la chica arrinconada no pude hacer más que llorar, y se sienta junto a ella.

—Tándir me dijo que viste a un unicornio plateado, ¿verdad?

—S-Sí… lo vi… —responde titubeante, sin alzar el rostro, se abraza más las piernas—. Muriéndose, con los intestinos de fuera y el río manchado de su sangre.

Edrin soltó un pequeño «oh», y volteó el rostro al vacío. «Y yo pensé que Tándir exageraba…» dice para sí, y Azahia llora más fuerte.

—Regresa al trono, princesa Azahia —suelta Edrin, y cubre con su brazo a la niña.

—¿Q-Qué?... —pregunta ella, sollozando.

—Fue lo que dijo el unicornio, Tándir me lo contó. —Tándir… ¡entonces el maldito dejó que la cosa la atacara! Ahora en vez de miedo por aquella pesadilla, sentía furia, una furia hacia aquel hombre. Como si todo fuera su culpa—. Y verás, todo tiene una explicación, solo que no soy yo quien debe decírtelo…

Ella le mira con incredulidad, sarcasmo y enojo; Por ella, que todos se fueran al Tártaro. Entra “la hiena” empapado, y sin secarse, toma una vela con mucho cuidado, y se acerca a la cama donde está Naddleus. Saca una planta mojada de su bolsillo, y la quema, inmediatamente las hojas se queman y un humo abrazador cubre casi todo el rincón. Nad suspira en sueños, como si estuviera más tranquilo, y el encapuchado suelta un “ja” ahogado y odioso. Deja la planta quemándose en la mesita junto a la cama, y se vuelve hacia Azahia.

Por la puerta entra una brisa helada, apagando casi todas las velas salvo por la que quemaba a la planta. El frío estremece a todos pero solo la niña lo demuestra; la lluvia cae con más fuerza que antes, y ella temblando se abraza al hermano de su mejor amigo, al
que muchas veces le decía: “Primo”.

Él la cubre con su chaqueta, y el encapuchado camina dos pasos hasta estar frente a ellos. Escurre agua, y el suelo es iluminado por unos cuantos fuegos artificiales de Thor. Los relámpagos vienen seguidos de los truenos, y siente como si el bosque estuviera en llamas; ahora se pregunta cómo estaría en su casa. ¿Nevando? ¿En una ventisca? ¿o es que acaso la tormenta era solo en aquella montaña? Como fuese, le preocupa, y extraña el chocolate que le hace su padre en esta clase de días. La hiena le levanta con facilidad, la pone erguida. Azahia mira cómo él mete la mano en su chaqueta, y saca un sobre. Una carta sin abrir. El sobre está empapado… pero al abrirlo, nota que el escrito sigue seco. Tándir comienza a leer la carta.

En estos momentos de gran ayuda, debemos apelar a las últimas oportunidades que tengamos. Las que conocemos, y las que necesitamos. Como de seguro ha de saber, Midgard está en una situación crítica debido a que el padre de Nidhug, el Dragón Negro (del cuál desconocemos su verdadero nombre, solo los apodos que nos han dado sobrevivientes) está atacando nuestro mundo. Empezando con El Continente Este.

»Azahia, conocemos tu paradero, y seguro, él también lo conoce. Nos negamos a entrometer a menores en cosas como estas, pero debido al asunto, nos hemos obligado a hacerlo, y hemos de decirte la verdad: Eres hija de Idún, la mujer dorada reina de los elfos y portadora de las manzanas de la inmortalidad. No has heredado nada de ella más allá de la sangre elfica; Mas sí un gran detalle que puede venir o no de la sangre de los dioses: Eres hija de Midgard. Destinada entre las masas a liderar como Reina

Primera en mi lugar cuando yo muera o lo merezcas, y eres tú la que tiene el poder de derrotar a nuestro enemigo.

»El día 30 de Marzo a las 20 : 15, del próximo año, deberás partir, por el bien de tu pueblo. Pues el enemigo te busca, y podría ser un peligro que llegase a las Montañas Luna.

»Quizás no te ha quedado muy claro mi mensaje, pero me he visto obligado a escribirlo con prisa. Tándir, mi más fiel mensajero, te dirá hacia dónde ir el día en que partas. Hasta entonces, ten cuidado, que los peligros muchas veces son inadvertidos, incluso para mi querido Adivino.

Princesa Azahia, futura Reina, Tenga Suerte.
Rey Darath.


Azahia sostiene su cabeza, y mira a Edrin, quien acomodado en el suelo levanta los hombros y luego los encoge. Ya lo sabía, entonces… piensa, y mira a Nad, luego a su hermano de nuevo, pero él niega con la cabeza. Nad no lo sabe.

—¿Cómo supieron que era yo?... —pregunta, y mira a Tándir a los ojos. Él señala la ventana sin quitarle los ojos de encima, sin voltearse, sin nada.

Mira a través de la ventana la lluvia. Oscuridad. ¿Qué debía ver?

El cielo se ilumina de nuevo, haciendo que todo el bosque brille de blanco, y en aquel segundo de luz, sus ojos fue lo que se reflejo en la ventana. Entre la oscuridad de la cabaña, sus ojos violetas brillaban.

—Son lo que distingue a los reyes naturales. Violetas. Princesita.
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Re: Fuego del Alba

Mensaje por yuske el Dom Ago 12, 2012 9:56 pm

El capitulo a sido bueno, nos desvela a grandes rasgos el panorama, la situación que ocurre en el mundo. Nos dice quien es la niña y nos habla un poco de uno de los personajes (la hiena), pero no por eso nos dice quien es esté.

La narración a cambiado bastante respecto al capitulo anterior, en el cual conjugabas en pasado y en otro tiempo que se me olvida su nombre (XD) en este lo has dejado todo en presente, lo cual hizo un poco confusa la narración al principio.

Las comas las haz empleado mejor, pero siguen habiendo párrafos en los cuales aun abusas un poco de ellas. Yo se que es un poco complicado saber donde y cuando colocar una coma, eso es algo que se va adquiriendo conforme a lo que lees. Recuerda que las comas no solo dan una pauta a la lectura, también separan las oraciones.

Pese eso haz hecho un buen trabajo, esperare tan paciente como pueda la siguiente semana para leer lo que sigue.

Hasta luego.




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El curso de las cosas (capítulo III)

Mensaje por Sadness el Lun Sep 17, 2012 3:24 pm

Disculpen la ausencia; suelo publicar un capítulo nuevo cada que he terminado otro (voy más adelantado en la novela que en el 3er capítulo) pero no me había dado el tiempo para termianr por lo tanto, no publicar... Pero ya. Espero les guste este capítulo. Muy corto. Pero a mí me agrada.

Spoiler:
Cuando abrió los ojos, fue solo para ver a su alrededor; ver qué había de nuevo, con qué le torturarían ahora. Rió — o al menos trató—, y subió la cabeza, sonriendo. Cerró los ojos para recibir uno de los mil golpes que le darían esa noche para que dijeran lo que los otros querían. Información que estaba demasiado sellada a su boca, solo saldrá con el adecuado.

Ahora abre los ojos recordándolo; las noches de tortura son muy comunes para él. Es completamente normal que le metan en agua hirviendo, o le quemen los ojos: aunque solo siente cosquillas. «Estos niños no saben de tortura» piensa, mientras se levanta de su cama. ¿Está cansado? Eso sí, y de sobra. No ha dormido en meses, y no ha comido muy bien, las cadenas en sus tobillos le incomodaban, y el encierro le ahogaba… pero ya se está acostumbrando. Así que, ¿Qué importa?

Mirando el sol por la única ventana que tenía en su celda, se dispuso a mirarlo hasta que encontró el día en el que estaban. Aún no era el día adecuado para el gran evento. Pero sí el día para otra cosa, no tan grande, mas sí importante.

Sentado en su cama, cruzando las piernas, cerrando los ojos… comienza a meditar.

Pasan las horas, y los insultos de otros prisioneros histéricos «¡Viejo mago, sácanos!», «¿Quién te crees que eres para dejarnos aquí como si nada?», «¡Tienes poder y no lo usas! ¡Ten algo de hue…».

Sí, tenía poder, pero no lo usaba por otras razones. Y todos, salvo los soldados, se darían cuenta esa noche.

Horas, minutos, segundos, todo parecía interminable. Con el tiempo los insultos cesaron, y las horas de comidas pasaron, la hora de trabajo forzado —los pocos minutos de sol que tenían permitido tomar aquellos prisioneros— se terminó, y la noche cayó. La Luna, oculta por las nubes, se asomó solamente una fracción de segundo para tocar la cabeza de aquel Mago. Entonces, llegó la hora.

Abriendo los ojos, ve el vacío en la penumbra. Extiende los brazos hacia delante y suelta un gruñido que despierta a los prisioneros de enfrente; rápido, ellos despiertan a los demás y todo se hace una cadena, hasta que llega a los soldados nocturnos, dormidos con el alcohol hasta la coronilla se levantan, toman sus lanzas y corren por el pasillo.

Hay una esfera azul entre los brazos del mago de barba larga y piel medio morena. Entre la suciedad de su rostro no se ve claramente ninguna de sus facciones, y la gigantesca cabellera no ayuda. Sus cabellos negros, se iluminan y se ven azules por el gran portal que está creando; no un portal, sino una ventana. Una ventana que mira a un prado verde y un bosque. A un kilómetro como mucho, un océano sin playa, y hacia el lado opuesto al sol, un reino. Un gran castillo que llega hasta las nubes, y una extensión que aterró a los pocos que alcanzaron a ver. Se ve erguido, blanco y poderoso, brillante. El sol se oculta rápidamente, y la Luna se alza como una luciérnaga poco a poco, brillando cada vez más, hasta llegar al momento presente, y todo se hace lento.

—¡Deje eso brujo de pacotilla! —grita uno de los soldados, aterrado por la energía que expedía la ventana; los cabellos de todos se veían como envueltos en una ventisca, y el polvo se alzaba en el calabozo—. ¡Qué lo deje, ¿no me oye?! —el guardia, torpe por el alcohol trata de picar al hechicero con su lanza, pero esta se destroza en pedazos al acercarse a la esfera. Entonces cae al suelo rezando a algún dios que le ampare.

De entre los cabellos del brujo, un pequeño escarabajo sale y salta de su cabeza a la esfera. Y al entrar, se convierte en un gran águila con un mensaje; un mensaje que llegaría a manos del rey de aquel reino, de aquellas tierras. Porque estaban en peligro.

El brujo, ahora tiene unos cuantos mechones de canas en la cabeza. El cansancio, y la falta de comida le vuelven mucho más débil al hacer cosas como esas. La imagen del prado desaparece, y ahora se ve un gran ejército de monstruos y criaturas que camina en formación como hormigas trabajadoras, hacia lo que se sabría, era aquel reino blanco.

El brujo sopla, y comienza una tormenta dentro, una ventisca que comienza a helar todo, y destruirlo con relámpagos y tornados.

Desaparece la esfera.

El mago cierra los ojos, y se sienta en su cama. Las cosas seguirán su curso.

—Las cosas seguirán su curso.
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Re: Fuego del Alba

Mensaje por yuske el Mar Sep 18, 2012 11:27 am

Ya extrañaba esta historia.

Como lo has dicho sadness, en comparacion con los capitulos anteriores es realmente corto, pero a mi tambien me a gustado y bastante.

La ortografía me a parecido impecable y la forma de llevar la narración a sido maravillosa.

En cuanto a la historia quizás no parezca avanzar mucho (o quizás si, eso solo tu lo sabes), pero nos muestra mas detalles de lo que sucede en ese mundo.

¿Quien es ese mago?¿Que tipo de mensaje envió? ¿Por que esta preso? Me gustaría saber las respuestas a esas preguntas, pero me parece que tendré que esperar por los próximos capítulos.

Hasta luego.




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Re: Fuego del Alba

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